LA LECTURA COMO VIAJE Y DEFINICIÓN

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Las autoridades de la Biblioteca Córdoba me pidieron que escribiera sobre mi visión de la lectura y qué tipo de lecturas me formaron. Como sé que varios se van a quedar sin el ejemplar de los Cuadernos de la Biblioteca (vuelan), publico aquí la nota:

LA LECTURA COMO VIAJE Y DEFINICIÓN

Leer es viajar acompañado

Cuadernos de la Biblioteca Córdoba

Creo que leer es viajar. Cada página que pasa de anverso a reverso significa un paso más allá, una estación menos en el mapa de la trama, un mojón que queda atrás en la banquina de un azaroso camino que elegimos correr, recorrer o, por qué no, esquivar.

Cada lectura es un viaje en el que solo puedo llevarme a mí mismo como guía a/desa/fortunado, como chofer diestro y siniestro, o como niño de aburrimiento fácil y equipaje, o más bien bártulo… de los incómodos.

Como guía (es bien sabido que, para señalar un camino, primero hay que conocerlo) corro riesgos y compro libros de autores desconocidos o de autores conocidos pero en sus facetas menos frecuentes. Así me he adentrado en la poesía de Borges, algo que no todos conocen, y descubrí que solo una pluma acerada, enciclopédica y precisa como la de él pudo encontrar las mejores laderas y trazar un bello camino por lo montañoso de la poesía. También me ha tocado padecer los senderos de otros autores, que no se bifurcaron en jardines y me dejaron en medio de tierra yerma. Como guía, eso sí, reconozco mi escepticismo a la hora de recomendar lecturas. La búsqueda de un libro debería ser un hecho íntimo, lejos de todo canon o catálogo. Me ha tocado oír charlas que se resumirían en un “si no leés a Roberto Bolaño, sos un iletrado”. Si permutara algunas palabras, quedaría: “si no tenés un Levi’s, sos un grasa” y ambas suenan igualmente vacías, de shopping.

Como chofer suelo conducir por los libros únicamente de ida: no me gusta hacer el mismo camino dos veces y libro leído, libro que descansará en el estante. Podrán dar cuenta de mi hábito desde Asimov hasta García Márquez, cuyo coronel, además de no tener quién le escriba, no logrará que vaya de nuevo a visitarlo. Los libros técnicos, en cambio, deben hacerse cargo de mis repetitivas consultas.

Como niño (debo reconocer que ante un libro siempre soy como un niño), me describo aburridizo. Estoy siempre en el asiento de atrás y no le tengo miedo a los viajes de quinientas o mil páginas mientras la trama sea entretenida. Eso sí, mi paciencia dura más o menos veinte páginas. Excedido ese fiado, el «¿falta mucho?» es instantáneo. Incluso puede pasar que me quiera bajar a medio camino. Así fue que un verano Don Wilton me hizo viajar calladito la boca y el Nobel Vargas Llosa agotó varias veces el crédito.

Como equipaje de mí mismo, debo decir que soy difícil de acomodar en el maletero, sobre todo cuando estoy sumergido en libros cuya trama hace que quiera más y más. Ahí es cuando mi otro yo me hace pesado el viaje, recordándome cuántas obligaciones tengo y todas mucho más importantes que la lectura. Una víctima de «mi equipaje de mí mismo» ha sido Dan Brown.

Leer es viajar para mí y, si bien sólo puedo llevarme a mí mismo, nunca sé cuál de mis yoes es el que me va a acompañar. 

Leer: una definición que me define

Abro el diccionario y busco una definición de la Real Academia: 

Leer: (Del lat. Legĕre). Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados.

No hay mejor definición para lo que me ocurrió días atrás, cuando pude recuperar mi biblioteca. En cajas, en valijas, en mochilas —y hasta en cajones de verduras—, el caudal de libros que conservo y acreciento desde mi infancia volvió a tener residencia en el barrio de mi biblioteca. Y en la tarea de asignarle a cada ejemplar su terreno fui «pasando la vista por lo escrito o impreso», reencontrándome con mis libros amigos, mis conocidos y con títulos y autores que no recordaba haber leído. En esa “lectura” rememoré los caídos… al menos los que mi prodigiosa capacidad de olvido me permitió: prestados sin retorno, perdidos, estragados y por mí devueltos (a regañadientes).

En esa «lectura», en realidad no estaba haciendo otra cosa que leerme a mí mismo, «comprender la significación» de quién he sido hasta el momento de escribir este artículo.

Repaso desde el principio. Mi primer contacto con la lectura fue a través de mi madre y sus cuentos antes de dormir. Eso duró hasta mis seis. Ahí gané independencia y en mis primeros años de lector fui armando pilas de Billiken y Anteojito que me acompañaban en el último trayecto del día. Algunas siestas también, pero tras una ardua discusión con los Rastis.

En el único lugar donde leía a la siesta era en la casa de mi abuela, cuando la visitaba en vacaciones (y sin Rastis). Ella tenía dos colecciones que me sosegaban de 13.30 a 16.30: El tesoro de la juventud y Robin Hood. Algo añeja en varias secciones, la primera tenía un cofre que siempre abría: “El Libro de las Narraciones Interesantes”, repleto de fábulas y cuentos, casi siempre de tintes fantásticos. De tapas amarillas, la segunda colección me hizo pelear con Sandokán,  asombrarme con Julio Verne y conocer decenas de clásicos más, como Alicia y Gulliver.

A finales de mi primaria y toda mi secundaria me atraparon una revista llamada Muy Interesante -de la que hasta hace poco conservaba el número uno de la edición argentina- y la Enciclopedia Salvat de tapas rojas. Mis libros de aquella época fueron de lo más variado: El Código Civil Argentino, la colección Elige tu propia aventura y autores de ciencia ficción como Ray Bradbury.

La poesía y lo latinoamericano se apropió de mi último tramo adolescente y mis veintis, ya en Córdoba y usando cospeles para moverme. Entre mis libros y apuntes de marketing se infiltraban García Marquez, Neruda, Benedetti, Tuñón. También los hubo foráneos: Rimbaud, Baudeleire y Bukowski. Todos ellos me sirvieron, a veces de guía y a veces de consuelo en mi producción literaria que por entonces era principalmente poética.

La publicación de mi libro de poesía, fue un antes y un después en mis lecturas o pasajes de vista por paisajes de vidas. 

El lecto-escritor

En mis treintis tomé la decisión de ser escritor.

Lo bueno: cierta previsibilidad. Cuando uno dice a qué se dedica, sabe que obtendrá dos tipos de reacciones en su interlocutor: admiración (en todos los matices) o desprecio (en todas las gamas).

Lo malo: dejemos de lado las deficiencias financieras (para ser un escritor con ingresos de salario mínimo se deben vender 500 ejemplares mensuales y para ser uno rico como el de las películas, unos 10.000 como mínimo y por muchos años), lo malo de ser escritor es que, además de aplanarte los cuartos traseros mientras dale que dale al tecladito, tenés que pelarte los ojos leyendo y más de una vez con visión técnica, quitándole bastante placer al viaje. De hecho, más que como pasajero —e inserto un cuarto rol—, vas en un crucero por lugares paradisíacos, pero como mecánico confinado a la sala de máquinas.

Así desarmé varias veces las novelas de Auster, Murakami y decenas de thrillers —mucho menos literarios—, en pos de encontrar esa “pieza” que les confiere un funcionamiento sobresaliente.

Para peor, cuando uno elige el camino de la escritura, debe buscar aquellas lecturas que sean funcionales a las novelas que escribe, con lo que la baraja de títulos no da para mezclar y repartir como en Las Vegas, sino más bien con un mazo de campamento repleto de faltantes.

En mi caso, cuando estoy escribiendo una novela (algo que comienza mucho antes de aporrear el QWERTY noche tras noche), la mesa de luz va llenándose de libros de investigación y novelas afines al tema que en más de un párrafo dicen lo mismo que yo y me amargan la existencia.

Finalmente me sobrepongo y sigo pasando páginas —no es cuestión de perderse el viaje—, y también sigo escribiendo lo que alguna vez me propuse: esas historias que me gustaría leer.

Germán Maretto

Creo creando

26 Respuestas

  1. Raquel Agüero dice:

    Hola Germán ! Qué genuina definición de algo que amas, leer y escribir. Te felicito, Raquel

  2. Andres Simes dice:

    Muy bueno Germàn…ni una sesiòn con el psicologo hubiera logrado que pudiera reconocerme tanto en tus palabras y conocerme un poco mas a mì mismo jaja !! Debemos ser de la misma generaciòn, inferencia que hago al reconocerme tambièn en los libros leìdos, peldaños siempre hacia arriba de esta hermosa escalinata, eterna-y circular gracias a Borges-). Sos un soldado de las letras!! Eso para mì es mejor que mil Rambos jajaja…Abrazo grande!!

  3. Daniel dice:

    Uh, cuantas cosas escritas Germán. Me gustó el uso de los recuerdos para ilustrar el deseo. Buenas imágenes. La deconstrucción de un escritor. Es muy personal, intimista. Disfruté leyéndolo. Gracias!

    • ¡A vos, Dani querido, gracias! Qué bella palabra “deconstrucción”. También podría decir que fue algo así como una ingeniería inversa y remixada de emociones, historia personal y aspiraciones.

  4. Iván Bruera dice:

    EXELENTE, GERMÁN: ME GUSTÓ LA IDEA DE MEZCLAR OPINIONES Y REFLEXIONES CON UNA ESPECIE DE “AUTOBIOGRAFIA COMO LECTOR” (ELIJE TU PROPIA AVENTURA, QUE BUENO!!! JA, NOSTALGIA TOTAL). CREO QUE LOGRASTE UN AUTENTICO “ENSAYO LITERARIO”, ES DECIR NO SOLO UN ENSAYO SOBRE LA LECTURA SINO TAMBIEN UN ENSAYO “LITERARIAMENTE ESCRITO” SI SE ME PERMITE, DISIENTO SOLAMENTE EN ALGO: NO SE SI PARA LEER, PERO PARA ESCRIBIR, CREO QUE SÍ HAY CIERTOS LIBROS Y AUTORES QUE “DEBEN” LEERSE “SÍ O SÍ”. NO POR UNA CUESTIÓN “SHOPPING”, NI DE POR LO QUE SERÍA “CORRECTO O NO”. CREO QUE HAY CIERTOS LIBROS, QUE PARA CADA PERSONA QUE ESCRIBE NO SON LO MISMOS, PERO QUE TIENE QUE ODIAR Y A OTROS AMAR. SE TIENE QUE ODIAR, Y AMAR ALGUNOS LIBROS, PARA PODER ESCRIBIR… QUE SE YO… FELICITACIONES!!!!!!!! IVANS

    • ¡Gracias, Ivans querido, por la opinión! Comparto en que hay un listado de libros que deberían leerse sí o sí… aunque no me creería capaz de elaborar ese canon. Quizás una pista para hacerlo sería pensar en el qué querría escribir, para nutrirme de los que iniciaron el camino que continuaré; porque escribir, en muchos casos, se trata de seguir trazando el sendero que otros iniciaron/bifurcaron.

  5. SANDRA dice:

    Sencillo, hermoso, tierno a la vez… impecable. me encantó leerlo y pesnarlo asi como un viaje. muy buena la metáfora. ESpero que stén bien. Siempre “los leo” a través de los mails que neviás y los recuerdo. OJalá pueda volevr! Un beso

  6. Eva Peano dice:

    Estimado Germán. Muy bueno su escrito. No voy a entrar en detalles, no sería objetiva, porque lo admiro mucho y siempre me gusta lo que usted escribe. Siempre marca diferencias. Desde el corazón. Eva Peano

  7. Cecilia Aimar. dice:

    ¡Gracias Germán! Me gustó muchísimo leer este artículo, te describe tal cual yo te veo, con señas y marcas. Me mató la metáfora que utilizas como representación del significado de lector. ¡Y lo bueno que es un viaje interminable y por diversas geografías, historias, culturas,¡¡¡ interpretaciones!!!
    Un beso.

  8. Puqui. dice:

    Desde Asimov hasta García Márquez…Me identifico, leo de todo.
    Me encantó, Germán. Un verdadero placer leerte.

  9. Noe dice:

    Ger: con que sencillez describís el arte de leer. Espero trasmitirle a mi hija el amor por los libros y la lectura. Desde que estaba en la panza he pensado en ello y por eso Ema ya tiene una mini-biblioteca desde Mujercitas hasta cuentos ilustrados de A. Poe. Te recuerdo a vos y a Tertulias con gran cariño desde San Luis.

  10. me parece expectacular, ya todos te han dicho lo superbueno que sos pá que repetir….. lo mio vos sabes…….. un buen champuuuuuuuu!!!!!! y ganas de ser amigos incondicionales siempre todos juntos. Besote

  11. OSVALDO dice:

    HOLA GER…como padre me “enorgullece” tener un hijo así, no solo te felicito, sino que además, TE ADMIRO…un abrazo.-

  12. Laura Covaro dice:

    Muy bueno, me gustó mucho!

  13. Pedro dice:

    Germán, muy bueno lo que escribiste. Te describe y nos describes a muchos de nosotros, me identifiqué mucho con tu historia de escritor. Yo tambien comencé a leer temprano, el Billiken y Comillo Blanco creo que fueron de las primeras cosas que llegaron a mis manos, luego el horizonte se fue ampliando con Corazón, Sandokan y los de Tarzán. Ahora, ya casi viejo, he decidido escribir, no “ser escritor” sino simplemente escribidor de mis vivencias. Te felicito y como siempre: Te admiro!!!

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