Leer para escribir

Escritores que merecen ser leídos porque dejan huellas. Leer para escribir, porque leer no te garantiza que seas escritor, pero sí uno mucho mejor.

ELEGIDO AL AZAR:

Gonzalo Drago – Mister Jara

Mr. Jara había nacido en Machalí. La mina lo había arrastrado inevitablemente hacia su vientre, como un potente electro-imán atrae a la brizna de acero, cuando apenas era un muchacho inexperto y canijo, recién egresado de la escuela rural. Fue peón, alarife, capataz, alistador, escribiente y por último ayudante de ingeniero. Para llegar hasta ese cargo se había valido de dos recursos que le dieron espléndidos resultados: su rudimentario conocimiento del idioma inglés y el uso cotidiano de su flexible espina dorsal cuando se veía en presencia de un jefe rubio, auténtica mente yanqui, “made in USA”.
Desde sus comienzos ...

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ÚLTIMO PUBLICADO:

Roberto Arlt – ESTER PRIMAVERA

Me domina una emoción invencible al pensar en Ester Primavera.
Es como si de pronto una ráfaga de viento caliente me golpeara el rostro. Y sin embargo, la cresta de las sierras está nevada. Carámbanos blancos aterciopelan las horquetas de un nogal que está al pie de la buhardilla que ocupo en el tercer piso del Pabellón Pasteur en el Sanatorio de Tuberculosos de Santa Mónica.
¡Ester Primavera!

Su nombre amontona pasado en mis ojos. Mis sobresaltos rojos palidecen en sucesivas bellezas de recuerdo. Nombrarla es recibir de pronto el golpe de una ráfaga de viento caliente en ...

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ORDENADOS POR AUTOR:

Roberto Arlt – ESTER PRIMAVERA

Me domina una emoción invencible al pensar en Ester Primavera.
Es como si de pronto una ráfaga de viento caliente me golpeara el rostro. Y sin embargo, la cresta de las sierras está nevada. Carámbanos blancos aterciopelan las horquetas de un nogal que está al pie de la buhardilla que ocupo en el tercer piso del Pabellón Pasteur en el Sanatorio de Tuberculosos de Santa Mónica.
¡Ester Primavera!

Su nombre amontona pasado en mis ojos. Mis sobresaltos rojos palidecen en sucesivas bellezas de recuerdo. Nombrarla es recibir de pronto el golpe de una ráfaga de viento caliente en ...

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Pablo de Santis – EL RELATO ESCONDIDO

En agosto de 1885 un hombre de traje negro, al que le faltaba la mano derecha, se presentó en mi casa. En la izquierda llevaba un maletín de cuero. Dijo llamarse Virgil Spatia; era un representante del despacho de abogados Miller & Benson, de Baltimore, y tenía el penoso deber de notificarme que mi tío, Joseph Moran, había muerto. El hombre esperaba alguna muestra de congoja por mi parte, pero mi tío era un extraño para mí, y la muerte, más que alejarlo, lo trajo bruscamente a la actualidad. Pregunté, para disimular mi falta de ...

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EL HORLA – Guy de Maupassant

8 de mayo

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a ...

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Juan Marsé – NADA PARA MORIR

Apoyó la espalda en la pared, alzó los ojos a la noche y abrió la boca formando un arco irónico. La botella de ginebra resbaló de su mano y se hizo añicos sobre la acera. El otro, soltando la navaja, escapó corriendo. «Ocurrirá dentro de poco –se dijo–. Seguramente inclinaré la cabeza y sentiré vaciarse mis venas, vaciarme todo…». Empezó a caminar, pegándose a las paredes, una mano apretada a su vientre y la otra agarrando los hierros fríos de las ventanas bajas. Sonreía, pensaba vagamente en la noche y el silencio de la calle, en la muerte que se ...

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Lydia Davis – UNA HISTORIA QUE ME CONTÓ UNA AMIGA

El otro día, una amiga me contó una historia triste sobre un vecino suyo. Él había empezado a escribirse con un desconocido a través de un servicio de citas online. El amigo vivía a cientos de kilómetros, en Carolina del Norte. Los dos hombres intercambiaron mensajes y después fotos y en poco tiempo estaban teniendo largas conversaciones, primero por escrito y después por teléfono. Descubrieron que tenían muchos intereses en común, que eran emocional e intelectualmente compatibles, se sentían cómodos el uno con el otro, y se sentían físicamente atraídos, por lo menos por Internet. Sus intereses profesionales, también, eran ...

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Stephen Dixon – ESPOSA EN REVERSA

Su esposa muere, los labios ligeramente separados, un ojo abierto. Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menor y le dice: «Sería mejor que vinieras. Parece que mamá está por fallecer». Su esposa entra en coma tres días después de haber vuelto a casa y sigue así durante once días. Hacen una pequeña fiesta al segundo día de su regreso: salmón de Nueva Escocia, chocolates, un risotto que prepara él, queso brie, frutillas, champagne. Un vehículo de traslado médico trae a su esposa a casa. Ella dice: «Ya no quiero más asistencia vital, ni remedios, ni suero, ni ...

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LA ÚLTIMA PREGUNTA – Isaac Asimov

La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:
    Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso —kilómetros y kilómetros de rostro— de la gigantesca computadora. Al ...

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Clarice Lispector – FELICIDAD CLANDESTINA

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto
enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por
encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a
cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un
librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era
un paisaje de ...

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Julio Cortázar – CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y ...

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Herman Melville – BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. ...

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Isaac Asimov – CUÁNTO SE DIVERTÍAN

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: «¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!».

Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando ...

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Marcelo Birmajer – ADIÓS SUI GÉNERIS

No sé cuál de mis hijos me había usado la Sube pero, cuando la puse contra el detector del colectivo, no tenía saldo. El colectivero ya me estaba haciendo señas para que me bajara; un señor sexagenario se ofreció a pagar con su tarjeta por mí. Me acerqué a su asiento a regresarle el dinero, y se negó a recibirlo.
—Debés estar cansado de que te digan que tienen una historia para contarte —dijo.
Me senté a su lado en la butaca libre y respondí:
—Yo ya estaba cansado de antes.
Sospecho que lo consideró una licencia para contar. En ...

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Mariano Quirós – UNA VIDA TRANQUILA

Había una canoa muy maltrecha y a Pilo se le ocurrió que una buena idea era subir la conservadora y mandarnos río adentro a esperar el amanecer. Diego dijo que no, que mejor nos quedábamos en la orilla.

–Además que esa canoa debe tener dueño.

Pero Pilo no le dio mayor pelota y desató la soga que amarraba la canoa a una piedra. Después empujó la canoa hasta dejarla flotando en el agua mansa. Se rio, loco de contento, por lo que acababa de hacer. Se rio como antes, como cuando éramos chicos y hacíamos más seguido ese tipo de estupideces. 

Tomó impulso, ...

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Gabriel García Márquez – UN DÍA DE ESTOS

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la ...

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Claudia Piñeiro – DOS VALIJAS

Dos valijas. Eso dijo Mauro. Volví a preguntar: «¿Estás seguro?». «Sí, estoy seguro», respondió con paciencia. Todos me tenían paciencia en aquellos días. «No pueden ser dos», insistí. Pero Mauro ya no dijo nada porque ahí estaban las dos, en el recibidor del departamento. Apenas se atrevió a señalarlas con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, mientras vacilaba en el marco de la puerta dudando de si entrar o irse. «Pasá y tomamos un café», le dije. «¿Estás de ánimo? Mirá que no hace falta. Si querés descansar, o estar sola…». «No, tomemos un café, que me va a hacer bien», dije sin estar segura de qué cosa me podía hacer bien. ...

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Edgar Allan Poe – LA CARTA ROBADA

Me hallaba en París en el otoño de 18… Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del n.° 33, rue Dunot, au troisième, Faubourg Saint–Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos ...

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Mariana Enriquez – EL DESENTIERRO DE LA ANGELITA

A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de ...

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Luciano Lamberti – LA CANCIÓN QUE CANTÁBAMOS TODOS LOS DÍAS

Me llamo Tomás, tengo treinta años, vivo con mi padre. Somos dos solitarios en una casa grande que se cruzan a horas insólitas y se tratan con respeto, pero podemos pasar días enteros sin vernos. Los jueves viene una señora que barre los pisos, lava los platos acumulados y deja brillantes los muebles. Tengo un hermano mayor, ingeniero en sistemas, que vive en las sierras con su familia, y al que a veces vamos a visitar. Nos turnamos al volante, porque a mi padre se le cansa la vista. Salimos el sábado temprano y volvemos el domingo después del almuerzo, ...

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Fernanda García Lao – MI PEQUEÑA MOLOTOV

Voy apretada contra el cuerpo de Evaristo en visita nocturna. Su pelo huele a kerosén. O seré yo. El polo petroquímico está cerca, pero el camino se corta varias veces como una espalda rota. La posición en la moto lo tiene confundido, si lo abrazo es por seguridad. Siento poco por él. Cada vez menos. El amor es un tobogán ingrato.

Aparecemos por error frente a un castillo que fue usina eléctrica y hoy no es nada. Una construcción que oculta el vacío, una lápida brillante,  justo atrás de los burdeles. El guarda nos señala el camino y no duda cuando ...

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Guillermo Saccomano – KAVANAGH

Mi tío el Campeón era el menor de los hermanos de mi padre. Lo llamaban el Campeón porque empezaba a abrirse paso en el box. Si bien el Campeón trabajaba en el frigorífico, a los veinte años, su destino parecía estar en otra parte. Y esta impresión, con seguridad, se debía a su aspecto. El Campeón era alto, corpulento, rubio, con una sonrisa entre franca y ganadora, que inspiraba una simpatía inmediata. Caminaba con trancos lentos, apacibles, de una pereza canchera. Esa indolencia se disolvía cuando boxeaba. Su avance era preciso, demoledor. Al tirar una trompada, nunca la veías venir. ...

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