Leer para escribir

Escritores que merecen ser leídos porque dejan huellas. Leer para escribir, porque leer no te garantiza que seas escritor, pero sí uno mucho mejor.

ELEGIDO AL AZAR:

Rabindranath T. Tagore – El héroe

Madre, figúrate que vamos de viaje, que atravesamos un país extraño y peligroso.
Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos?’
Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
La oscuridad crece, el campo y el cielo se ... »»»»

ÚLTIMO PUBLICADO:

Herman Melville – BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. ... »»»»


ORDENADOS POR AUTOR:

Herman Melville – BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. ... »»»»

Isaac Asimov – CUÁNTO SE DIVERTÍAN

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: «¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!».

Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando ... »»»»

Marcelo Birmajer – ADIÓS SUI GÉNERIS

No sé cuál de mis hijos me había usado la Sube pero, cuando la puse contra el detector del colectivo, no tenía saldo. El colectivero ya me estaba haciendo señas para que me bajara; un señor sexagenario se ofreció a pagar con su tarjeta por mí. Me acerqué a su asiento a regresarle el dinero, y se negó a recibirlo.
—Debés estar cansado de que te digan que tienen una historia para contarte —dijo.
Me senté a su lado en la butaca libre y respondí:
—Yo ya estaba cansado de antes.
Sospecho que lo consideró una licencia para contar. En ... »»»»

Mariano Quirós – UNA VIDA TRANQUILA

Había una canoa muy maltrecha y a Pilo se le ocurrió que una buena idea era subir la conservadora y mandarnos río adentro a esperar el amanecer. Diego dijo que no, que mejor nos quedábamos en la orilla.

–Además que esa canoa debe tener dueño.

Pero Pilo no le dio mayor pelota y desató la soga que amarraba la canoa a una piedra. Después empujó la canoa hasta dejarla flotando en el agua mansa. Se rio, loco de contento, por lo que acababa de hacer. Se rio como antes, como cuando éramos chicos y hacíamos más seguido ese tipo de estupideces. 

Tomó impulso, ... »»»»

Gabriel García Márquez – UN DÍA DE ESTOS

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la ... »»»»

Claudia Piñeiro – DOS VALIJAS

Dos valijas. Eso dijo Mauro. Volví a preguntar: “¿Estás seguro?”. “Sí, estoy seguro”, respondió con paciencia. Todos me tenían paciencia en aquellos días. “No pueden ser dos”, insistí. Pero Mauro ya no dijo nada porque ahí estaban las dos, en el recibidor del departamento. Apenas se atrevió a señalarlas con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, mientras vacilaba en el marco de la puerta dudando de si entrar o irse. “Pasá y tomamos un café”, le dije. “¿Estás de ánimo? Mirá que no hace falta. Si querés descansar, o estar sola…”. “No, tomemos un café, que me va a hacer bien”, dije sin estar segura de qué cosa me podía hacer bien. ... »»»»

Edgar Allan Poe – LA CARTA ROBADA

Me hallaba en París en el otoño de 18… Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del n.° 33, rue Dunot, au troisième, Faubourg Saint–Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos ... »»»»

Mariana Enriquez – EL DESENTIERRO DE LA ANGELITA

A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de ... »»»»

Luciano Lamberti – LA CANCIÓN QUE CANTÁBAMOS TODOS LOS DÍAS

Me llamo Tomás, tengo treinta años, vivo con mi padre. Somos dos solitarios en una casa grande que se cruzan a horas insólitas y se tratan con respeto, pero podemos pasar días enteros sin vernos. Los jueves viene una señora que barre los pisos, lava los platos acumulados y deja brillantes los muebles. Tengo un hermano mayor, ingeniero en sistemas, que vive en las sierras con su familia, y al que a veces vamos a visitar. Nos turnamos al volante, porque a mi padre se le cansa la vista. Salimos el sábado temprano y volvemos el domingo después del almuerzo, ... »»»»

Fernanda García Lao – MI PEQUEÑA MOLOTOV

Voy apretada contra el cuerpo de Evaristo en visita nocturna. Su pelo huele a kerosén. O seré yo. El polo petroquímico está cerca, pero el camino se corta varias veces como una espalda rota. La posición en la moto lo tiene confundido, si lo abrazo es por seguridad. Siento poco por él. Cada vez menos. El amor es un tobogán ingrato.

Aparecemos por error frente a un castillo que fue usina eléctrica y hoy no es nada. Una construcción que oculta el vacío, una lápida brillante,  justo atrás de los burdeles. El guarda nos señala el camino y no duda cuando ... »»»»

Guillermo Saccomano – KAVANAGH

Mi tío el Campeón era el menor de los hermanos de mi padre. Lo llamaban el Campeón porque empezaba a abrirse paso en el box. Si bien el Campeón trabajaba en el frigorífico, a los veinte años, su destino parecía estar en otra parte. Y esta impresión, con seguridad, se debía a su aspecto. El Campeón era alto, corpulento, rubio, con una sonrisa entre franca y ganadora, que inspiraba una simpatía inmediata. Caminaba con trancos lentos, apacibles, de una pereza canchera. Esa indolencia se disolvía cuando boxeaba. Su avance era preciso, demoledor. Al tirar una trompada, nunca la veías venir. ... »»»»

Vladimir Nabokov – SOLO EL AZAR LOGRA CRÍMENES PERFECTOS

Madame Lacour fue asesinada en Arles, al sur de Francia, a fines del siglo pasado. Un hombre desconocido con barba, que, según se conjeturó después, podría haber sido un amante secreto de la dama, se dirigió a ella en una calle atestada de gente, al poco tiempo de su casamiento con el coronel Lacour, y le dio tres puñaladas mortales en la espalda; mientras tanto, el coronel, una especie de pequeño bulldog, se colgaba del brazo del asesino. Por una coincidencia milagrosa, en el instante mismo en que el asesino se libraba de las mandíbulas del enfurecido esposo (mientras varios ... »»»»

Vladimir Nabokov – UNA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ A RUSIA

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a ... »»»»

Paul Auster – INFORME DE UN SINIESTRO

1

Cuando A. era joven y vivía en San Francisco —justo cuando empezaba a abrirse camino en la vida—, pasó un período de desesperación en el que casi pierde la razón. En el lapso de pocas semanas, la echaron del trabajo, una de sus mejores amigas fue asesinada por unos ladrones que irrumpieron por la noche en su apartamento, y el adorado gato de A. se puso gravemente enfermo. No conozco la naturaleza exacta de la enfermedad, pero al parecer era mortal, y cuando A. llevó al gato al veterinario, éste le dijo que el animal moriría en un mes si ... »»»»

Stephen King – COCO

–Recurro a usted porque quiero contarle mi historia –dijo el hombre acostado sobre el diván del doctor Harper.

El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos.

–No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos.

El doctor Harper puso en marcha el ... »»»»

Stephen King – El asesino

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo. No podía recordar nada.

La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.

Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.

Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo ... »»»»

Lydia Davis – UN HOMBRE EN NUESTRA CIUDAD

Un hombre en nuestra ciudad es tanto un perro como su amo. El amo es imposiblemente injusto con el perro y hace de su vida una miseria. Un minuto quiere jugar con él y al otro minuto lo golpea por ser tan indisciplinado. Lo golpea severamente en la nariz y el lomo porque durmió en su cama y dejó pelos en su almohada, por otro lado también hay tardes en las que se siente sólo y agarra al perro para acostarlo a su lado, pero el perro tiembla de miedo.

Pero la culpa la tiene solo un lado. Nadie más toleraría ... »»»»

Lucia Berlin – MELINA

En Albuquerque, al caer la tarde, mi marido Rex iba a sus clases en la universidad o a su taller de escultura. Yo solía sacar al bebé, Ben, a dar largos paseos con el cochecito. En lo alto de la colina, en una calle frondosa con olmos a ambos lados, estaba la casa de Clyde Tingley. Siempre pasábamos por delante de aquella casa. Clyde Tingley era un millonario que donaba todo su dinero a los hospitales infantiles del estado. Me gustaba ir por allí porque siempre, no solo en Navidad, había guirnaldas de luces en los aleros del porche y ... »»»»

Raymond Carver – PÓNGASE USTED EN MI LUGAR

Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sala, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono.
       —¿Sí? —dijo—. Myers al aparato.
       —Myers —dijo ella—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?
       —Nada —dijo él—. Hola, Paula.
       —Va a haber una fiesta en la oficina luego —dijo ella—. Estás invitado. Te invita Carl.
       —No creo que pueda ir —dijo Myers.
       —Carl me acaba de ... »»»»

Lucia Berlin – Mi jockey

Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.

Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero ... »»»»