Leer para escribir

Como consideramos que escribir no convierte en escritor, pero sí en mejor escritor, en esta sección están publicados cuentos de autores reconocidos, con la intención de tener una guía en nuestro quehacer narrativo. 

ELEGIDO AL AZAR:

Woody Allen – Fiesta de disfraces

Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. Me fuí de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce.
Así que lo aseguré sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza; sólo le había rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente.
Justo cuando estaba cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo en el parachoques, y el ... »»»»

ÚLTIMO PUBLICADO:

Ernest Hemingway – EL GRAN RÍO DE LOS DOS CORAZONES

El tren siguió su camino hasta perderse de vista, doblando una de las colinas de árboles quemados. Nick se sentó sobre el fardo de lona y ropa de cama que el encargado del vagón de equipajes había arrojado por la puerta del vagón. No se veía ninguna población, nada más que los raíl es y tierra calcinada. No que­daba ni rastro de los trece bares que antaño flanquearan la única calle de Seney. Los cimientos del hotel Mansion House asomaban del suelo. La piedra estaba desportillada y partida por el fuego. Era todo lo que quedaba de ... »»»»

ORDENADOS POR AUTOR:

Isabel Allende – Si me tocaras el corazón

…por un tiempo se extasiaron en una intimidad absoluta que confundieron con el amor.
Amadeo Peralta se crió en la pandilla de su padre y llegó a ser un matón, como todos los hombres de su familia. Su padre opinaba que los estudios son para maricones, no se requieren libros para triunfar en la vida, sino cojones y astucia, decía, por eso formó a sus hijos en la rudeza. Con el tiempo, sin embargo, comprendió que el mundo estaba cambiando muy rápido y que sus negocios necesitaban consolidarse sobre bases más estables. La época del pillaje desenfadado había sido reemplazada ... »»»»

James Joyce – UNA NUBECILLA

Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall diciéndole que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero, su traje de tweed bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían su ta­lento y todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher tenía un corazón de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo así.

Desde el almuerzo, Chico Chandler no pensaba más que en su cita con Gallaher, en la invitación de Gallaher, en la gran urbe londinense donde ... »»»»

Marco Denevi – GÉNESIS, 2

Imaginad que un día estalla una guerra atómica. Los hombres y las ciudades desaparecen. Toda la tierra es como un vasto desierto calcinado. Pero imaginad también que en cierta región sobreviva un niño, hijo de un jerarca de la civilización recién extinguida. El niño se alimenta de raíces y duerme en una caverna. Durante mucho tiempo, aturdido por el horror de la catástrofe, sólo sabe llorar y clamar por su padre. Después sus recuerdos se oscurecen, se disgregan, se vuelven arbitrarios y cambiantes como un sueño. Su terror se transforma en un vago miedo. A ratos recuerda, con indecible nostalgia, ... »»»»

Gonzalo Drago – Mister Jara

Mr. Jara había nacido en Machalí. La mina lo había arrastrado inevitablemente hacia su vientre, como un potente electro-imán atrae a la brizna de acero, cuando apenas era un muchacho inexperto y canijo, recién egresado de la escuela rural. Fue peón, alarife, capataz, alistador, escribiente y por último ayudante de ingeniero. Para llegar hasta ese cargo se había valido de dos recursos que le dieron espléndidos resultados: su rudimentario conocimiento del idioma inglés y el uso cotidiano de su flexible espina dorsal cuando se veía en presencia de un jefe rubio, auténtica mente yanqui, “made in USA”.
Desde sus comienzos ... »»»»

John Cheever – EL NADADOR

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.
El ... »»»»

Pedro Ugarte – Los bárbaros

Nosotros, los bárbaros, vivíamos en las montañas, en cuevas húmedas y oscuras, comiendo bayas, robando huevos de los nidos y apretándonos los unos contra los otros cuando la noche se hacía insufrible. 
Era cierto que, a veces, un trémolo sordo nos llamaba. Temerosos, descendíamos por el bosque hasta ver el camino que habían construido los hombres del poblado, y veíamos las caravanas, los ricos carruajes, los soldados de brillantes corazas. Y era tanto el odio y la envidia y la rabia, que precipitábamos sobre ellos gruesas piedras (eran nuestra única arma) y escapábamos antes de que nos alcanzaran sus dardos.
»»»»

Jorge Luis Borges – LA MUERTE Y LA BRÚJULA

A Mandie Molina Vedia

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño – tan rigurosamente extraño, diremos – como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) ... »»»»

Clarice Lispector – La gallina

Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.
Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante -el tiempo para que ... »»»»

Ana María Matute – El niño al que se le murió el amigo

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre: “el amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar”. El niño se sentó en el qui­cio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”, pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hoja­lata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no vi­niese a buscarlos. Vino ... »»»»

Anónimo – El Ángel de la Muerte y el rey de Israel (cuento de Las mil y una noches)

Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el. Trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el Rey se puso en pie de un salto y preguntó:
-¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?
-Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me ... »»»»

SAKI (H.H. Munro) El jardín ocasional

No me hable a mí acerca de los jardines de la ciudad —dijo Elinor Rapsley—, lo que significa, naturalmente, que quiero que me escuche por alrededor de una hora mientras no hablo de otra cosa. “Qué bien proporcionado jardín tienen”, nos decía la gente cuando acabábamos de mudarnos acá. Lo que supongo que querían decir era qué lugar ... »»»»

Ernest Hemingway – Colinas como elefantes blancos

Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. ... »»»»

Augusto Monterroso – OBRAS COMPLETAS

Cuando cumplió cincuenta y cinco años, el profesor Fombona había consagrado cuarenta al resignado estudio de las más diversas literaturas, y los mejores círculos intelectuales lo consideraban autoridad de primer orden en una dilatada variedad de autores. Sus traducciones, monografías, prólogos y conferencias, sin ser lo que se llama geniales (por lo menos eso dicen hasta sus enemigos) podrían constituir en caso dado una preciosa memoria de cuanto valor se ha escrito en el mundo, máxime si ese caso fuera, digamos, la destrucción de todas las bibliotecas existentes.

Su gloria como maestro de la juventud no era menor. El selecto grupo ... »»»»

Enrique Anderson Imbert – El suicida

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien ... »»»»

Giovanni Guareschi – TERCERA HISTORIA

¿Muchachas? No; nada de muchachas. Si se trata de hacer un poco de jarana en la hostería, de cantar un rato, siempre dispuesto. Pero nada más. Ya tengo mi novia que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica. Tenía yo catorce años y regresaba a casa en bicicleta por ese camino. Un ciruelo asomaba una rama por encima de un pequeño muro y cierta vez me detuve.
Una muchacha venía de los campos con una cesta en la mano y la llamé. Debía tener unos diecinueve años porque era mucho ... »»»»

Jorge Luis Borges – EL SUR

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un ... »»»»

Anton Chéjov – GANAS DE DORMIR

Es de noche. La niñera Varka, una muchacha de unos trece años, mece la cuna en la que está acostado el niño y canturrea con voz apenas audible:

Duérmete, niño,
al son de la nana…

Ante el icono arde una lamparilla verde; una cuerda, de la que cuelgan pañales y unos grandes pantalones negros, se extiende de un extremo al otro de la habitación. La lamparilla dibuja en el techo una gran mancha verde, mientras los pañales y los pantalones proyectan largas sombras sobre la estufa, la cuna y Varka. Cuando la lamparilla empieza a parpadear, la mancha y las sombras se ... »»»»

María Teresa Andruetto – CUERVOS SOBRE UNA CHIVA

(perteneciente al libro CACERIA, Mondadori, 2012)

             He bebido las aguas del Shu-Am/
             como si no estuvieran contaminadas./
            
 A orillas/ del río silencioso/ crecen
            
 flores amargas/ sobre las que he
            
descansado, leyendo./ Y no he
            
pecado sino/ lo necesario.

             Susana Cabuchi  

 

Cuando abrió los ojos, sin comprender todavía dónde estaba, creyó verse otra vez en aquella casa, tirada en el suelo con aquel peso encima y las rosas tan cerca ... »»»»

Ernest Hemingway – EL GRAN RÍO DE LOS DOS CORAZONES

El tren siguió su camino hasta perderse de vista, doblando una de las colinas de árboles quemados. Nick se sentó sobre el fardo de lona y ropa de cama que el encargado del vagón de equipajes había arrojado por la puerta del vagón. No se veía ninguna población, nada más que los raíl es y tierra calcinada. No que­daba ni rastro de los trece bares que antaño flanquearan la única calle de Seney. Los cimientos del hotel Mansion House asomaban del suelo. La piedra estaba desportillada y partida por el fuego. Era todo lo que quedaba de ... »»»»

Rudyard Kipling – ELLOS

Un paisaje me llevaba a otro; la cima de una colina, a otra cercana, en la mitad del condado, y ya que no tenía más dificultad que empujar una palanca dejé que el condado fluyera bajo mis ruedas. Los llanos del este tachonados de orquídeas dieron paso al tomillo, los acebos y la hierba grisácea de los promontorios calizos del sur; y éstos a los maizales feraces y las higueras de la costa baja, donde a lo largo de veinticinco kilómetros inalterables ... »»»»

 

 

 

 

A %d blogueros les gusta esto: