Leer para escribir

Escritores que merecen ser leídos porque dejan huellas. Leer para escribir, porque leer no te garantiza que seas escritor, pero sí uno mucho mejor.

ELEGIDO AL AZAR:

Hermann Hesse – La fábula de los ciegos

Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera ...

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ÚLTIMO PUBLICADO:

Ambrose Bierce – EL PUENTE SOBRE EL RÍO DEL BÚHO

I

 

Desde un puente de ferrocarril, en el norte de Alabama, un hombre miraba correr rápidamente el agua veinte pies más abajo. El hombre tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas atadas con una cuerda; otra cuerda anudada al cuello y amarrada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes que soportaban los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus ejecutores —dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, ...

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ORDENADOS POR AUTOR:

Ambrose Bierce – EL PUENTE SOBRE EL RÍO DEL BÚHO

I

 

Desde un puente de ferrocarril, en el norte de Alabama, un hombre miraba correr rápidamente el agua veinte pies más abajo. El hombre tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas atadas con una cuerda; otra cuerda anudada al cuello y amarrada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes que soportaban los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus ejecutores —dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, ...

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Roberto Arlt – DIVERTIDA AVENTURA DE MÍSTER GIBSON

Míster Gibson había sido proveedor del colegio San Francisco Javier, en Calcuta; pero ahora no lo era. Antes de haber sido proveedor del colegio San Francisco Javier (legumbres y verduras), míster Gibson había desempeñado innumerables oficios y corrido numerosísimas aventuras.

Pero, indudablemente, la más conmovedora e inofensiva de sus aventuras fue la de estarse al pie de su verdulería recitando mentalmente un poema de Kipling, mientras un cartero indígena, aproximándose, le entregaba una carta. Gibson (tenía entonces cuarenta años) abrió la carta, y mediante este simple acto, se enteró de que su honorable tío acababa de reventar. En consecuencia, entraba en ...

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Pedro Mairal – HOY TEMPRANO

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín ...

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Eduardo Sacheri – Me van a tener que disculpar

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos.
Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo ...

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Roberto Arlt – ESTER PRIMAVERA

Me domina una emoción invencible al pensar en Ester Primavera.
Es como si de pronto una ráfaga de viento caliente me golpeara el rostro. Y sin embargo, la cresta de las sierras está nevada. Carámbanos blancos aterciopelan las horquetas de un nogal que está al pie de la buhardilla que ocupo en el tercer piso del Pabellón Pasteur en el Sanatorio de Tuberculosos de Santa Mónica.
¡Ester Primavera!

Su nombre amontona pasado en mis ojos. Mis sobresaltos rojos palidecen en sucesivas bellezas de recuerdo. Nombrarla es recibir de pronto el golpe de una ráfaga de viento caliente en ...

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Pablo de Santis – EL RELATO ESCONDIDO

En agosto de 1885 un hombre de traje negro, al que le faltaba la mano derecha, se presentó en mi casa. En la izquierda llevaba un maletín de cuero. Dijo llamarse Virgil Spatia; era un representante del despacho de abogados Miller & Benson, de Baltimore, y tenía el penoso deber de notificarme que mi tío, Joseph Moran, había muerto. El hombre esperaba alguna muestra de congoja por mi parte, pero mi tío era un extraño para mí, y la muerte, más que alejarlo, lo trajo bruscamente a la actualidad. Pregunté, para disimular mi falta de ...

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EL HORLA – Guy de Maupassant

8 de mayo

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a ...

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Juan Marsé – NADA PARA MORIR

Apoyó la espalda en la pared, alzó los ojos a la noche y abrió la boca formando un arco irónico. La botella de ginebra resbaló de su mano y se hizo añicos sobre la acera. El otro, soltando la navaja, escapó corriendo. «Ocurrirá dentro de poco –se dijo–. Seguramente inclinaré la cabeza y sentiré vaciarse mis venas, vaciarme todo…». Empezó a caminar, pegándose a las paredes, una mano apretada a su vientre y la otra agarrando los hierros fríos de las ventanas bajas. Sonreía, pensaba vagamente en la noche y el silencio de la calle, en la muerte que se ...

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Lydia Davis – UNA HISTORIA QUE ME CONTÓ UNA AMIGA

El otro día, una amiga me contó una historia triste sobre un vecino suyo. Él había empezado a escribirse con un desconocido a través de un servicio de citas online. El amigo vivía a cientos de kilómetros, en Carolina del Norte. Los dos hombres intercambiaron mensajes y después fotos y en poco tiempo estaban teniendo largas conversaciones, primero por escrito y después por teléfono. Descubrieron que tenían muchos intereses en común, que eran emocional e intelectualmente compatibles, se sentían cómodos el uno con el otro, y se sentían físicamente atraídos, por lo menos por Internet. Sus intereses profesionales, también, eran ...

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Stephen Dixon – ESPOSA EN REVERSA

Su esposa muere, los labios ligeramente separados, un ojo abierto. Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menor y le dice: «Sería mejor que vinieras. Parece que mamá está por fallecer». Su esposa entra en coma tres días después de haber vuelto a casa y sigue así durante once días. Hacen una pequeña fiesta al segundo día de su regreso: salmón de Nueva Escocia, chocolates, un risotto que prepara él, queso brie, frutillas, champagne. Un vehículo de traslado médico trae a su esposa a casa. Ella dice: «Ya no quiero más asistencia vital, ni remedios, ni suero, ni ...

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LA ÚLTIMA PREGUNTA – Isaac Asimov

La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:
    Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso —kilómetros y kilómetros de rostro— de la gigantesca computadora. Al ...

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Clarice Lispector – FELICIDAD CLANDESTINA

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto
enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por
encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a
cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un
librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era
un paisaje de ...

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Julio Cortázar – CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y ...

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Herman Melville – BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. ...

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Isaac Asimov – CUÁNTO SE DIVERTÍAN

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: «¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!».

Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando ...

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Marcelo Birmajer – ADIÓS SUI GÉNERIS

No sé cuál de mis hijos me había usado la Sube pero, cuando la puse contra el detector del colectivo, no tenía saldo. El colectivero ya me estaba haciendo señas para que me bajara; un señor sexagenario se ofreció a pagar con su tarjeta por mí. Me acerqué a su asiento a regresarle el dinero, y se negó a recibirlo.
—Debés estar cansado de que te digan que tienen una historia para contarte —dijo.
Me senté a su lado en la butaca libre y respondí:
—Yo ya estaba cansado de antes.
Sospecho que lo consideró una licencia para contar. En ...

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Mariano Quirós – UNA VIDA TRANQUILA

Había una canoa muy maltrecha y a Pilo se le ocurrió que una buena idea era subir la conservadora y mandarnos río adentro a esperar el amanecer. Diego dijo que no, que mejor nos quedábamos en la orilla.

–Además que esa canoa debe tener dueño.

Pero Pilo no le dio mayor pelota y desató la soga que amarraba la canoa a una piedra. Después empujó la canoa hasta dejarla flotando en el agua mansa. Se rio, loco de contento, por lo que acababa de hacer. Se rio como antes, como cuando éramos chicos y hacíamos más seguido ese tipo de estupideces. 

Tomó impulso, ...

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Gabriel García Márquez – UN DÍA DE ESTOS

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la ...

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Claudia Piñeiro – DOS VALIJAS

Dos valijas. Eso dijo Mauro. Volví a preguntar: «¿Estás seguro?». «Sí, estoy seguro», respondió con paciencia. Todos me tenían paciencia en aquellos días. «No pueden ser dos», insistí. Pero Mauro ya no dijo nada porque ahí estaban las dos, en el recibidor del departamento. Apenas se atrevió a señalarlas con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, mientras vacilaba en el marco de la puerta dudando de si entrar o irse. «Pasá y tomamos un café», le dije. «¿Estás de ánimo? Mirá que no hace falta. Si querés descansar, o estar sola…». «No, tomemos un café, que me va a hacer bien», dije sin estar segura de qué cosa me podía hacer bien. ...

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Edgar Allan Poe – LA CARTA ROBADA

Me hallaba en París en el otoño de 18… Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del n.° 33, rue Dunot, au troisième, Faubourg Saint–Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos ...

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