La malicia

Malicia

Me estaba sacando las pestañas postizas en el dormitorio y, por el espejo de la pared, vi que Nacho —mi marido—se levantaba de la cama y agarraba su campera.

—¿Vas a salir? —le pregunté.   

—No sé, los chicos se juntan a jugar al póker en lo del Tano… —me respondió con un «no sé» que obviamente quería decir «sí».

En ese momento hubo un apagón. Fui a oscuras hasta la cocina, donde mi hermana Majo estaba prendiendo velas.

—¿Qué pasó?, ¿se cortó la luz?  —le pregunté.  

—Sí, pero por falta de pago. Lo que pasa es que en esta casa hasta que papá cobra no hay un mango. ¡Si ustedes no aportan nada! —me increpó, obligándome a ponerla en su lugar:

—Vos sabés perfectamente que Nacho se está por recibir de abogado, y ni bien tenga el título va a conseguir un trabajo muy bueno. Así que no te preocupes que, antes de dejar este rancho, les vamos a devolver todo lo que les debemos.

—Hace quince años que se está por recibir tu marido, ¿no?… —me dijo exagerando, como siempre, para hacerme calentar, así que la dejé pagando y me fui para el dormitorio.

—Es un vago, hermana, aceptalo —me chicaneaba mientras me seguía por el pasillo, arrastrando su pierna coja de nacimiento.

Cuando me alcanzó, me agarró del brazo y dijo:   

—Si Nacho tuviera un poco de dignidad, habría aceptado ir a trabajar con papá… —Mientras me daba un par de velas encendidas.

—Abogado…. ¿entendés? Se está por recibir de a-bo-ga-do… Mirá si va a ir a trabajar con papá —la interrumpí, soltándome con bronca, y entré al dormitorio con las velas.

Nacho estaba listo para salir. Le dije que lo dejaba ir; pero antes le hice prometer que si ganaba al póker (y más le valía ganar) me tenía que hacer un regalo. Algo caro, nada de pavaditas: cartera de cuero, perfume importado o algo de oro. A una mina como yo no la conformás con cualquier cosa.

♦♦♦

Llegué al departamento del Tano y me encontré con el resto del grupo de amigos que conservamos del secundario. Estaban jugando póker y tomando whisky en medio de una nube de humo de cigarrillo y porro.

Jugamos hasta la madrugada, los que perdían se iban yendo. Esa noche me fue bien y me quedé solo con el Tano.

—Te va a matar Lali…son las cuatro de la matina—me dijo.

—No…va a estar feliz: llevo guita —le dije sacudiendo los billetes —El tema es su hermana; la renga me detesta y todo el tiempo le está llenando la cabeza. Nos tenemos que ir de ahí cuanto antes…

—¿No probaste con laburar? —me preguntó el Tano en tono de joda. Los dos nos reímos.

—Sabés que el viejo de Lali me quiere llevar a laburar con él; pero yo no…no puedo ser remisero, Tano. ¿Qué querés que te diga? Antes, muerto. Yo quiero ser abogado, quiero tener un buen laburo, un departamento, un auto… como vos…

El Tano me cortó:

—¿Vos pensás que yo, como empleado en una inmobiliaria, hago buena guita?

Se fue a la habitación y volvió con lo que parecía un paquete de azúcar. Lo apoyó sobre la mesa y señalándolo me dijo:

—¿Ves esto? Esto es tu ticket de salida de la casa de tu suegro, es tu oportunidad para empezar a ser «alguien» en la vida.

Toqué el paquete con la yema de los dedos. Lo agarré con las dos manos, lo examiné, lo olfateé, y lo miré al Tano con ansiedad. Él me explicó el negocio:

—La fraccionamos y cada uno la vende entre sus conocidos. Tenemos veinte días para pagarle al dealer. Si todo sale bien, lo hacemos de nuevo. Sencillito. Si hacemos unas cuantas vueltas de estas, en unos meses te comprás un auto y le alquilás a Lali un depto en Capital.

—Ok, estoy adentro —le dije sin dudarlo. No hay nada que no haría por ella.

♦♦♦

Estaba lavando los platos cuando entró Lali, sacudiendo la melena morocha de lado a lado.

—¿Y? ¿Qué tenés ahora para decir de mi marido? —me preguntó desafiante y contenta.  

—¿Por qué? ¿Porque pagó la factura de la luz? —le respondí con calma. —Era lo mínimo —Y le pasé un repasador para que seque.

—Tranqui, Majo, no te preocupes, nos queda poco tiempo acá en el rancho. Estamos buscando un departamento para alquilar en Capital, ¿sabías? —me dijo arrogante mientras secaba un plato.

—Ah, mirá vos. Y… disculpame que te pregunte, pero me da curiosidad… ¿de dónde estaría sacando la plata tu marido? —le pregunté— Si todos sabemos que es alérgico a la pala…

—Está haciendo negocios con el Tano —me interrumpió.

—Ajá… y negocios… ¿de qué tipo? —insistí.

—Es un emprendimiento. Venta de algodón de azúcar. Manejan a un grupo de pibes que venden en la calle y parece que funciona re bien —me respondió, y pude ver cómo se le encendía la cara.

Solté una carcajada. ¡El cuento que le estaba metiendo el aspirante a abogado era monumental! Ni en plena temporada de vacaciones de invierno la venta de copitos podría pagar el anillo de oro que ahora portaba mi hermana.

A Lali no le causó gracia.

—¿Querés que te diga lo que te pasa a vos? Estás celosa. Porque así —señaló mi pierna—no vas a conseguir a nadie, nunca.

—Sí, sí, ya sé, soy renga, gracias por hacerme acordar —le dije, sarcástica —Y sí, reconozco que te envidio porque siempre fuiste la linda, la perfecta; pero te puedo asegurar que lo que no te envidio es el marido. Podrías tener a cualquiera y elegiste a un vago, inservible y, ahora, ¡el rey del algodón de azúcar! 

Lali me tiró con el repasador:

—Tomá, secá vos, que a mí se me rompen las uñas. —Y salió de la cocina hecha una furia.

Así que se mudan… me alegro de que se vayan, ¡cuanto antes mejor! Si yo estoy muy bien sola. Prefiero eso que tener un marido inútil para todo servicio. Sola estoy mejor. Sola, bien sola. Solísima.

El agua de la canilla se iba enfriando en mis manos y me sacó del ensimismamiento. «Esta puta caldera, debe ser la presión», pensé. Al meter la mano por abajo para abrir la válvula tanteé algo extraño: un bulto plástico estaba atorado entre los caños. Lo saqué con cuidado y vi de qué se trataba. «Así que copitos de azúcar…», me dije. Inmediatamente entendí cuál era el floreciente negocio de mi cuñado: igual de blanco, no tan dulce.  

Sentí el impulso de la oportunidad. Busqué un cuchillo del cajón de los cubiertos y maquinalmente le hice un gran tajo al paquete, salpicando de polvo la mesada. Volví a abrir la canilla y empecé a vaciarlo en la bacha. Sentí una punzada de satisfacción mientras veía el agua blanquecina arremolinarse en el desagüe. 

♦♦♦

Cuando no encontré el paquete en la caldera me puse como loco, pero ¿qué puedo hacer?, no puedo decirle nada a nadie. Como las otras veces salió todo perfecto, me parece que esta vez me relajé de más. No consigo entender quién carajo se puede haber llevado mi merca. Lali y su familia parecen no tener idea de nada. La renga me mira raro, pero eso es costumbre. Puta madre, el corazón se me va a salir del pecho.

Bueno, no me queda otra, le voy a contar al Tano. Le voy a decir que me deje hablar con el dealer, cara a cara, yo lo voy a solucionar. Para algo soy casi abogado.

♦♦♦

Ayer mi cuñado no volvió a dormir a casa. Lali no se preocupó, es normal cuando sale con el Tano. Pero hoy tampoco dio señales de vida, me dijo que le clavó el visto y no le atendió el celu en todo el día… me estoy empezando a angustiar.

Lali está totalmente en otra, con la cantinela de «los hombres son todos iguales», piensa que como ahora anda con guita ya le estará metiendo los cuernos. Ni se cuestiona el tema de los copitos… se ve que el anillo de oro brilla tanto que la dejó ciega. Mierda, si Nacho hoy no vuelve a dormir le voy a tener que decir la verdad.  

♦♦♦

No hizo falta hablar con ella: llamaron de la policía. Dicen que encontraron en un auto dos cuerpos con sendos tiros de bala en la cabeza. El auto es del Tano. Hay que ir a identificarlos. Tengo ganas de vomitar. Yo lo quería joder a mi cuñado, no matarlo.

Pero él se metió en este quilombo, yo qué tengo que ver. Se puso a vender falopa, ¿cómo quería terminar? Yo no lo obligué. En todo caso… si alguien lo impulsó a ir por ese camino fueron Lali y sus aires de diva.  

Voy a buscar a mi hermana. Se va a poner muy mal, tengo que estar ahí para ella.

De pronto me siento más calmada…me siento…optimista. Incluso…esa punzada de satisfacción otra vez. Hasta que Lali enganche a otro boludo, no voy a estar tan sola.

Acerca de Sol Gatti
Vivo en Buenos Aires, soy mamá de un pre-adolescente y trabajo desde casa en la industria de ciberseguridad. Escribir es un viejo amor que estoy retomando.

2 Respuestas

  1. María Leticia Larruy dice:

    ¡Muy bueno! Me encantó. Sobre todo el cambio de puntos de vista de los distintos narradores.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Contenido exclusivo para quienes pertenecen a nuestros talleres.