Más allá del cielo

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En la Clínica Central, en el área para terminales, en cama especial persistía Adam: esperaba la fecha de partida. Aguardaba, para lo antes posible, la respuesta a un mail suyo, impreso, que tenía impreso en su mano derecha. De dicho brazo se prolongaban cables y conductos varios. La misiva había sido enviada hacía ya tres días a su hermano mayor, un verdadero amigo, compinche y guía. Sentía su presencia, su cercanía, aun en su estado de extrema fragilidad. Esperó. Más tarde, una vez más leyó con esfuerzo el mensaje que él hiciera escribir:

Dime, Hebert, ¿qué hay más allá del cielo? Te lo pregunto porque sé que lo conocés, que lo has visitado, que has estado más allá de lo que nosotros vemos. Nuestro azul, tan hermoso y romántico, ¿está allí también? No me digas que hay estrellas. ¡Eso lo sé! Me interesa saber cómo es la vida sin vida. Estoy preparado para el viaje final. Sabés muy bien que fracasé en dos situaciones anteriores. ¡Los médicos y los remedios compitieron contra mi voluntad de entrega! Hoy estoy agradecido, pero sé que la fecha se encuentra próxima. ¿En qué podés ayudarme? Te lo digo. Sé que has regresado al barrio cientos de veces. Solo yo lo sé. Percibo tus formas angelicales, sé que estás a mi lado, que nos amamos, que somos inolvidables mutuamente. ¿Hay otros ángeles?, ¿son muchos?, ¿dónde viven?, ¿están organizados?, ¿tienen un jefe, un presidente? Contame todo. Sé que no podés hablar, que sos energía, pero probá responderme este mail. Mi dirección es la de siempre: la conocés muy bien. Espero tu ayuda. Te quiero. Necesito estar a tu lado, más allá del cielo azul. ¿El día se hace noche? Solo poseo debilidades y esperanzas por el reencuentro. Te abrazo sin tocarnos.

Con la mano ya sin fuerzas, abandonó el papel. Tras un breve resoplido, sus ojos se cerraron. Necesitaba paz. Esperaría la respuesta. Durmió distendido, alimentado por sueros calmantes y con respiración asistida.
Su esposa lo contemplaba abstraída al recordar sus juventudes, los bailes, el casamiento y los cientos de días y noches plenos de felicidad. En la cara de ella, se reflejaba el dolor mutuo mientras unas fluctuantes lágrimas comenzaban a brillar como símbolos nefastos. La palidez se transmitía de un rostro al otro. Amanecía.
Tras unos movimientos imperceptibles, Adam fue despertado por un dulce beso. Al verla, notó un cruce de miradas piadosas y le consultó:
—¿Respondió Hebert?
—No, querido. Ayer lo mandé. Esperemos un poco.
—Te dicto otro y se lo mandás hoy mismo. ¡No me engañes!… Por favor.
—Jamás lo haría, pero… —balbuceó ella, tomó la notebook y agregó—: Te escucho. —Una voz aguda y débil llegó a sus oídos y comenzó a teclear.

Decime, Hebert, ¿qué hay más allá del cielo? Ayer te hice la misma pregunta. Hoy tengo nuevas. Los ángeles, ¿todo lo pueden? Allá, ¿hay animales, flores, paisajes con ríos o solo energías angelicales sectorizadas? ¿Llueve? Sé que son consultas tontas, pero mi flaqueza no me permite otras. El final está cerca. El tumor me lo dice y repite cada hora. Hermano, te fuiste a causa de otro igual. No te sientas responsable: los genes, las neuronas y los cromosomas nos pertenecen por azar. Igual sucedió hace ya años con papá. ¡Es la vida! ¡Es la muerte! ¿Nos veremos allá? ¿Cómo te ubico? ¿Qué hacen durante las noches? ¿Hay noches o siempre es azul? Bueno, basta de tonterías. Te abrazo fuerte, aún si poder hacerlo. Adam.

En cada interrupción, en cada espera para que él recuperara la respiración, tragase su propia angustia y volviera a coordinar las ideas, la esposa lloriqueaba a escondidas, en voz baja, con vergüenza oculta. «Está desvariando», pensó varias veces y, al finalizar la escritura, cerró la notebook. Entonces se retiró de la habitación: necesitaba desahogarse y alivios musculares, no razonar, solo paz y soledad. En la sala, en un sillón, se durmió en posición semifetal, como si abrazara a su esposo. Lo necesitaba, requería la tibieza que él ya había olvidado.
La luz que entraba por el ventanal le permitió a Adam ver que una enfermera se acercaba y que con amabilidad le susurró al oído: «Un mail para usted», y le entregó un papel celeste. Con esfuerzos, agudizó la vista y no pudo deletrear nada. Solo encontró penumbras borrosas. Cerró los ojos e, impedido, gritó con esfuerzos y voz tenue:
—¡Querida! ¡Amor! Vení…, llegó la respuesta.
—¡Voy! —exclamó ella, ya en el pasillo.
Ingresó a la habitación, miró panorámicamente todos los aparatos con luces diferentes y sonidos sofisticados. Creyó confirmar que todo funcionaba bien. Vio la respuesta en un papel que él apenas agitaba. Le tocó el hombro, lo agitó con cuidado y logró que abriera los ojos y viera su sonrisa de amor.
—¡Respondió Hebert! —exclamó ella, con voz positiva—. Te lo leo. Deben ser buenas noticias. Escuchá, por favor…
—Escucho…

Mi querido Adam, hermano y futuro ángel. Tienes razón. No puedo hablar ni escribir, sí transmitirte mi amor a través de terceros casi humanos, verdaderos robots dips. Te cuento que más allá del cielo hay otros cielos, otros mundos, universos complejos e infinitos, otros dioses. En los cielos vivimos todos y nadie. Solo somos energías espirituales sin formas y sin peso, pero contamos con deseos de amor y de amar. Por eso volvemos a la Tierra para unirnos con nuestros seres pasados y actuales, para brindarles cariño. No te apresures en venir: goza de la vida. Aquí te esperan generaciones de ángeles, te esperaré siempre. Yo te buscaré, no te preocupes. Es bueno ser ángel, es bueno ser humano. Disfruta hoy, pues ya tendrás tiempo donde no hay tiempo, donde se permanece en éxtasis. Inténtalo en vida y lo conseguirás. Respondo algunas de tus preguntas; a las otras las descubrirás acá. Sí, aquí llueve dignidad, gotas de cariño, atados de esperanzas y racimos de tolerancia. Hay montañas de generosidad, ríos de ternura. Los paisajes marcan la cordialidad universal. Cúrate. Hay tiempo. Te espero. Te busco. Tu ángel hermano. Hebert.

Cuando terminó de leerle, lo contempló y, avergonzada, le tomó una mano huesuda y fresca. Una extraña vibración de muerte se apoderó de ella. Quiso negar todo, borrar esa respuesta que escribiera como consuelo. Resignada y tras una fuerte inspiración, cerró sus ojos con cataratas de lágrimas y entonces percibió a su amado Adam, allá, más allá del cielo, con su hermosa silueta de ángel.

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