Los consejos de Clementina

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Ahí está mi jefe, con los ojos cerrados, recostado dentro del féretro de nogal, con un traje al tono. Me da igual. Un burócrata menos. No sé por qué, pero cada vez que voy a un funeral me acuerdo de mi tía Clementina. Mientras todo gira en torno a la tragedia y el llanto, entre frases hechas y abrazos, yo caigo presa de pensamientos que no puedo controlar. Vienen a mi cabeza las palabras extravagantes que ella pronunciaba con naturalidad: inconmensurable, ataraxia, acendrado, melifluo, epifanía, inmarcesible… y así puedo quedarme, durante horas, sentada en un rincón con la mirada extraviada, evocando rarezas. Supongo que heredé algo de ella.

Recuerdo a Clementina con su roja y desordenada cabellera, siempre leyendo o escribiendo. Tenía una biblioteca llena de ejemplares de una revista que se llamaba Selecciones. La recibía por correo cada viernes y la devoraba en pocas horas, con la avidez con la que se consumen ciertos placeres. Ella se definía a sí misma como una persona nefelibata. Cuando nos explicó el significado, mi hermana y yo le preguntamos:

—¿Por qué no decís soñadora, tía? Es más simple hablar con palabras que todos conocemos.

—Porque soñadora no es una palabra musical —respondió ella.

Además de sus delirios palabreros, sufría de la más disparatada de todas las fobias: sentía rechazo por los hombres de traje marrón. Nos decía que tuviéramos mucho cuidado con ellos: eran juzgadores, rígidos, soporíferos y malos amantes.

—No pierdan tiempo en cosas que no tienen alma —nos aconsejaba—. Un traje marrón jamás podrá ser buen refugio para un alma.

A mí me gustaba ir a jugar a su casa. Me dejaba disfrazar con su ropa y usar sus cosméticos. Además, podía encontrar tesoros en cualquier rincón: duendecitos colgados con hilo sisal, velas perfumadas, muñecas de trapo… Los domingos se despertaba temprano y escribía cartas al editor de la revista Selecciones. Le detallaba qué artículos la habían hecho volar, cuáles eran menos relevantes y cuáles, definitivamente, no consideraba dignos de la revista. Al principio, muchas de sus cartas fueron publicadas. Más tarde comenzó a recibir correspondencia privada del editor. Y luego sobrevino un intercambio epistolar cada vez más frecuente que iba subiendo el tono y la cercanía entre Eduardo –así se llamaba el editor– y mi desenfrenada tía.

Una vez, mientras rellenábamos bolsitas de arpillera con flores de lavanda, ella leyó en voz alta la última misiva que había recibido: «… desde hace tiempo vivo en un estado constante de limerencia que solo usted puede provocar en mí, Clementina», le había escrito Eduardo. Entonces comprendí que ella había encontrado al fin a su alma gemela, alguien capaz de enamorarla con palabras locas, llenas de melodía. En esa carta le proponía conocerla frente a la iglesia, en la plaza principal, un domingo, en el horario en que el sol comienza a esconderse.

Incendiada de pasiones e intriga, fue a su encuentro el domingo siguiente. Yo también quería saber cómo era Eduardo, así que, a escondidas, fui a la plaza y me acerqué hasta una distancia que me permitiera presenciar todo sin ser descubierta.

Ella caminaba decidida. A su paso, los arreboles del cielo se iban filtrando entre sus rulos cobrizos. Cuando lo vio, todo su cuerpo se estremeció con una expresión que mezclaba decepción y dolor: se llevó una mano al tórax, se le aflojaron los tobillos y cayó sentada al suelo. Él tenía puesto un traje marrón. Con sus manos entrelazadas, la observó detenidamente y disparó sin compasión:

—¿Usted es Clementina? No lo puedo creer. Esas cartas llenas de palabras mágicas no pueden provenir de alguien con un aspecto tan vulgar.

En su mirada clara, se podía leer, de forma inconfundible, cómo se desenamoraba Eduardo: a primera vista, como se desenamoran los hombres de traje marrón.

Ella se puso de pie, se abalanzó sobre él con la furia eruptiva de un volcán, hincó sus uñas en esos ojos de hielo, los arrancó y se los comió.

«Si vas a matar a un hombre de traje marrón, no apuntes al corazón, eso no sirve: hay que ir directo a los ojos», fue el último consejo que me dejó mi tía Clementina.

10 Respuestas

  1. Marcela dice:

    Ídola Clementina!!! Los tipos con traje marrón no valen nada. Excelente, me encantó el final. Gracias por tan buen cuento.

  2. Zulma Chiappero dice:

    Muy bueno Isabel. Agil y divertido. Genial el final. Felicitaciones.

  3. Ada Salmasi dice:

    Pobre tía Clementina, tanto esperarlo y se quedó sin el amor. Las trampas de las palabras.¡ Muy bueno!!

    • Isabel Roura dice:

      Y bueno Ada… ella tal vez se pudo volver a enamorar, el problema es para el pobre Eduardo, que se quedó sin ojos. Je.

  4. Mauricio dice:

    ¡Me pareció genial! Recomiendo enviar una misiva a Selecciónes sugiriendo la publicación del cuento.
    Por mi parte voy a tirar inmediatamete mi único traje marron y sus medias al tono.
    ¡Buen trabajo Isabel!

  5. Mabel dice:

    Me encantó! Distinto a todo lo que leo tuyo, pero con la misma impecable redacción. Me gusto Clementina.

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