Estucado rojo

Lo confieso, señor agente, yo maté a Marta Arias. En mi defensa debo decir que no era una persona que hiciera bien a la sociedad, aunque quizás solo merecía un tiempo en la cárcel y el castigo de la muerte haya sido exagerado. Pero en este país a la gentuza como ella no se la encarcela; al contrario, se les anima a seguir delinquiendo y propagando su odio hacia aquel que es diferente. Y, cuando las paredes empiezan a hablar, es imposible acallarlas.

Marta Arias, o Marta A, como ella prefería identificarse, era una de esas personas a las que, si te las encuentras de frente, cambias de acera. Rapada por las sienes, con una cresta coloreada en medio de la cabeza, las orejas llenas de piercings y una gruesa raya negra que le cruzaba la mirada. En invierno no sabrías determinar si se trataba de una skinhead o si era una bonehead. En verano, la cruz celta que llevaba tatuada en el hombro izquierdo te indicaba que se trataba de una bonehead, una neonazi que, como el nombre indica, tiene la cabeza hueca. ¿Qué otra cosa pueden tener en la cabeza las personas que afirman que el holocausto no existió? Pero qué le voy a contar a usted, señor agente, si acá les conocen bien, les saludan por la calle e incluso les tutean.

Aunque era invierno cuando la maté, no necesitaba ver la cruz celta de su hombro para confirmar que era una fascista. Hacía semanas, incluso meses, que seguía sus pasos. Si le parece, señor agente, tome declaración de los hechos. Mucho me temo que, a pesar de haber eliminado un parásito, me tocará pasar una temporada entre rejas, así que déjeme, por lo menos, explicarle por qué la maté.

Todo empezó la noche del 12 de octubre del 2022. Usted sabe que ese día, acá, se celebra el Día de la Hispanidad. En esta tan memorable como deplorable fecha, salen los franquistas con sus banderas del aguilucho y los neonazis con el muelle bajo el brazo a esparcir su odio hacia todo aquel que salga del cuadrado de lo correcto, ya sabe, personas negras, gitanas, catalanas o musulmanas, gais y lesbianas, travestis, sin techos… personas que aman, hablan, oran o viven de una forma diferente a la suya, que es la que consideran correcta.

Resulta que la noche de la hispanidad, después de sacar a pasear odio y aguiluchos, una tal Marta A decidió que era buena idea dejar patente en una pared que «Los españoles primero». La experiencia debió de gustarle porque un par de semanas después otra pared cercana gritaba «Hitler tenía razón». Al mes las paredes la ciudad estaban llenas de «Heil Hitler», «Comunistas al paredón», «Negros Fuera, Arriba España», cruces célticas y esvásticas, todas ellas firmadas en tinta negra por Marta A.

No sé si se fijó que mi nombre es Marta Anducas. Exacto, también se puede reducir a Marta A. ¿Se imagina qué podría suceder con mi carrera literaria si alguien asociara la A de Marta A con Anducas, cuando es Arias? Usted sabe que hoy en día te ponen una etiqueta y quitártela es peor que limpiar una mancha de aceite. Google no olvida y siempre queda rastro. Claro que podría usar un sobrenombre; me gusta Moênchi, que es el nombre de mi gata, pero ¿qué sucedería cuando descubrieran que detrás de Moênchi está Marta Anducas? Enseguida aparecería el iluminado que deduciría que Marta Anducas se esconde tras el sobrenombre de Moênchi para ocultar que en realidad es Marta A, la de las pintadas fascistas. 

Mientras estas elucubraciones rondaban mi cabeza, las paredes seguían hablando a un ritmo vertiginoso. A Marta A se le soltó el dedo y le agarró gusto a ensuciar la ciudad. Y, aunque los servicios de limpieza hacían su trabajo, por una pintada que borraban, cuatro más aparecían. Empecé, entonces, a mapear las pintadas. Imprimí un mapa de la ciudad y me dediqué durante semanas a marcar cada una de las calles que rugían en tinta negra el odio de Marta A. Encontré un patrón, tanto de la limpieza de los servicios municipales como del nuevo hobby de Marta A. 

Siguiendo su lógica, un día fui a buscarla y la encontré. La espié y vi que solo era una fascista solitaria con un spray negro, una cresta azul y buenas piernas para salir corriendo. Al cabo de una semana, volví a por ella. Lo que sucedió esa noche lo sabe usted bien, señor agente. Esperé a que terminara la firma que sentenciaba su vida, Marta A, y disparé. La sangre de su cabeza salpicó la pared. Mientras ella era la autora de la frase «Putos MENAS», yo lo era del estucado rojo que le daba color. Esta vez Marta A firmaba doble.

1 respuesta

  1. Carlos Peludero dice:

    Me gustó. Me gusta ese tipo de relatos.

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