Estereotipia

Tiempo de lectura: 4 minuto/s

El parásito se había distribuido por los reservorios de agua y, poco a poco, fue invadiendo a la población mundial. Sin signos, sin síntomas, sin indicios. La maldad estaba latente, encapsulada en una burbuja de cotidianidad.

Cuando la enfermedad explotó, la gente comenzó a ejecutar acciones extrañas y repetidas, por razones desconocidas. Por eso se lo llamó estereotipia, ya que era similar al comportamiento enfermo sin función aparente que tienen los animales encerrados e incapaces de saciar sus impulsos.

Existían tantos rituales como personas que padecían la enfermedad. Podías ver individuos en las calles dando pasos hacia adelante y luego en reversa, santiguándose continuamente, girando hacia la izquierda, contando hasta el diez y luego hacia la derecha contando hacia atrás; pero otros tipos, como los automutiladores, rara vez se veían en público.

Ni ellos sabían por qué lo hacían, pero, cuando volvían en sí, no recordaban más que un profundo sufrimiento, una depresión tan aguda que hasta el mismísimo pensamiento se congelaba. Sin embargo, se comentaba que los casos más tardíos eran conscientes del proceso, pero estaban tan aterrados que no querían contarlo.

***

—Sos positivo, Damián —anunció Ana al leer el resultado que yo no me atrevía a mirar. Sus ojos comenzaron a brillar. Ninguno pudo decir nada más.

Recordé mis planes del futuro. No podía creer que, cuando recién me sentía realmente vivo, iba a perderlo todo, iba a perderla a ella.

—Tenés que esperar, Damián. Estos tipos pueden equivocarse también. Son humanos, no dioses. —El catastrófico silencio de Ana se había tornado en una vigorosa porfía del resultado—. Incluso aunque seas positivo puede haber casos en los que hay inmunidad. Por ahí sos de esos y no te hace nada —continuó.

No contesté. Si solo había sido un chequeo de rutina, Dios mío.

***

Pasaron las semanas y no había tenido ningún síntoma. Empezaba a pensar que Ana había estado en lo cierto: tal vez era inmune.

Pero llegó el fatídico momento. Cobré conciencia de lo que había pasado cuando ya anochecía. Tenía hambre y mis pantalones estaban húmedos de orín. Una sensación de amargor saturaba mi alma. Me dolía la cabeza. Me llevé la mano a la coronilla y la retiré porque ardía. Me miré las manos: sangraban. Me había estado arrancando el cuero cabelludo.

Tenía la peor clase de estereotipia: automutilación. Si bien la mayoría de los que estereotipaban morían de hambre cuando llegaba el punto de no retorno, esta clase no. Ellos morían por las heridas que se infligían. Solo había conocido a uno personalmente: mi exjefe, quien se rascaba el pecho. Cuando se encontró el cuerpo, tenía un agujero que había llegado hasta el propio corazón.

Ana estaba mirándome. «No pude hacer nada», balbuceó. Su sufrimiento me causaba más pesar que el mío propio.

***

No quedaba ningún pelo en mi cabeza, mi cuero cabelludo era una herida abierta.

Extrañamente, a medida que progresaba la enfermedad, ganaba lucidez. Cuando llegué a arrancarme la piel de la cara, estaba completamente despierto. En ese momento, supe por qué no quedaban residuos de piel en el suelo: me los comía.

Como ahora era consciente de mis impulsos, comprendí por qué mi inconsciente había llevado a cabo el ritual y por qué despierto también debería llevarlo a cabo.

Llegó el punto en que arrancarme la piel era lo único que hacía durante todo el día. No comía más que piel, no bebía más que sangre.

Ana había intentado varias veces detenerme, pero mi cuerpo era más fuerte y ella siempre terminaba en el suelo. Extenuada, se había ido del departamento y no la volví a ver. Quizás había sido lo mejor, así no podría dañarla.

***

Todo mi ser estaba en carne viva. El dolor era constante. Quería morir, pero no podía. Mis manos solo podían hacer lo que la enfermedad les pedía.

Escuché un sonido: alguien estaba abriendo la puerta. Era Ana. Traía con ella un revolver y me estaba apuntando. Su expresión era de consternación y horror. Lágrimas surcaban su rostro, pero, aun así, pude percibir una sonrisa benevolente.

El disparo retumbó con una fuerza increíble. Mi cráneo se partió. Luego, la oscuridad me consumió.

***

Cuando recobré la conciencia, mi cuerpo estaba en marcha desde hacía mucho tiempo. De alguna forma había sobrevivido, pero junto con la enfermedad que me controlaba. Me estaba arrancando las tiras de piel de mi pie.

Ana no se había ido. Adoptaba una posición fetal y se hamacaba ligeramente. Haber juntado fuerzas para acabar con el sufrimiento de su marido debió de ser difícil para ella y, aún más debió de serlo ver cómo el golpe de gracia no había tenido efecto.

No he sido completamente honesto. La estereotipia, en realidad, no era la enfermedad sino un mecanismo de defensa, una acción compulsiva que intentaba alejar a la bestia de su verdadero objetivo, como el toro al que se le entrega la muleta para que no se cargue al torero. El verdadero mal era el deseo, infundido por el parásito. El ritual solo se hacía para refrenar el impulso. En ese momento, comprendí que nunca podría romper el círculo si el deseo no se expresaba, así que me rendí.

Me abalancé sobre Ana y la consumí hasta sus huesos, mientras mis lágrimas quemaban en medio de la carne expuesta de mi rostro.

¿Qué opinás?