El día que intentaron robarse un dinosaurio

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Me habían dejado solo. La Nona, como nuestro nieto le decía, se había ido a misa con mi hija y me habían dejado a cargo del niño. Las instrucciones eran claras, tanto que me las habían dejado anotadas en un papel pegado en la heladera: darle la leche, poner en la tele los dibujos animados y, por supuesto, pasar el tiempo hasta que ellas volvieran, que escrito decía algo así como «quédense quietos y no coman porquerías».

Siendo así, puse la pava y las tostadas a calentar. Gonzalo, que recién se levantaba, esperaba el desayuno y jugaba con los legos que estaban dispersos sobre la mesa de cocina. Me costó servir la leche en la taza; las manos me temblaban desde hacía un tiempo, pero traté de no preocuparme. Estaba acompañado de mi nieto: él iba a cuidar de mí o yo debía cuidar de él. No me acordaba muy bien.

 —Che, abuelo…

—¿Qué pasa?

—¿La abuela ya se fue a misa? —preguntó en tono cómplice mientras armaba el dinosaurio con las piezas de plástico. Ambos sabían la respuesta a esa pregunta. Cuando la abuela no estaba, podían hacer cuanto quisieran. Nadie les iba a decir qué hacer y qué no. Tenían ante sí un mundo de posibilidades como de probabilidades. Salieron apurados como si también llegaran tarde a algún lugar, pero ellos no iban a misa. Gonzalo sabía perfectamente dónde estaba el local de Lego que su abuela esquivaba cada vez que volvían a casa y quería ir a verlo.

 —¡Dale, apurate! —protestó tironeando mi mano hacia delante. Estábamos a una cuadra de distancia de la juguetería cuando Gonzalo fue corriendo a pegar la cara contra el vidrio, donde tenían exhibidos unos Lego de dinosaurios entre el amontonamiento de juguetes. Al ver la emoción en su cara y el precio del juguete, me compadecí de que los dinosaurios no existieran de verdad.

—¿Me das unos lilas? —me preguntó haciendo referencia a los billetes de cien.

—¡¿Qué?!

—Es que me falta otra caja más para completar el dinosaurio —dijo con una mezcla de viveza y timidez.

Lo tomé de la mano para seguir caminando y pensé en la posibilidad de que a los pocos pasos se le olvidara aquella idea. Es que las probabilidades de que eso ocurriera eran tantas como las de que aquel día encontrara un dinosaurio real para regalarle. Pero quién sabe, siempre existe la posibilidad de que algo suceda y sin razón alguna se me ocurrió otra idea y le dije:

—¿Sabías que yo conocí a los dinosaurios?

—¡No! ¿Tenías uno para vos solo? —Su cara cambió y los ojos le comenzaron a brillar de entusiasmo.

—Sí, claro. Tenía uno para mí solo. Era mi amigo y también salíamos a pasear, así como con vos.

—¿Y tomaban café con leche?

—Sí, tomábamos café con leche y comíamos criollos con manteca. ¿Querés que lo vayamos a visitar?

Emocionado, Gonzalo saltaba sin parar. La alegría le brotaba del cuerpo y quería ir a ver el dinosaurio, darle de comer y, probablemente, llevárselo a casa.

—Abuelo… ¿y si no quiere venir con nosotros?

—Vos haceme caso y hacé todo lo que yo te diga.

A lo lejos se veía el cuerpo escultural del dinosaurio que se alzaba sobre una base de cemento. Era marrón y verde. La cola atravesaba el otro salón y terminaba en punta cerca del techo. Cuando el niño lo vio, corrió a tocarlo, pero lo detuve advirtiéndole sobre los peligros de los museos.

—Esperá, hijo. Tenemos que tener cuidado porque el guardia se puede enojar con nosotros si nos ve hablando con él —le dije señalando la escultura sin tocarla. Para disimular, le pedí a unos turistas que nos sacaran una foto y así, cuando el guardia se fue a la otra sala, le ordené:

—¡Ahora, Gonzalo! —grité agarrando una de las piernas del dinosaurio y empujé hacia arriba para sacarlo. Él me imitó abrazándose de la otra pierna. Los dos empujamos de un lado hacia el otro con todas nuestras fuerzas, pero la escultura seguía en el mismo lugar. El guardia volvió a la sala y, al vernos agarrados de las piernas del dinosaurio, vino corriendo hacia nosotros a la vez que llamaba a la policía. Alcé al niño y lo subí a la cola del animal para que el guardia no lo pudiera alcanzar y comencé a correr a su alrededor, evitando que sus manos me atraparan. Gonzalo se reía sin parar y me alentaba a ganar la carrera. Me libré del guardia cuando esquivé el abdomen del dinosaurio pasando por debajo y él olvidó agacharse, por lo que se dio de lleno en la frente contra la escultura. Aproveché ese momento para salir del edificio con el niño en brazos. A unas cuadras de casa, lo bajé para que corriera, pero seguíamos riéndonos.

—¿Qué hacés? No te parés, ¡vamos! —le dije mientras, doblados de la risa, intentábamos caminar.

El niño de aquel día ya no lo es tanto; ahora está sentado al lado de su abuelo, mira el partido de fútbol que pasan por televisión y se acuerda del día en que intentaron robarse un dinosaurio. Quiere contárselo, pero, al verlo tan tranquilo, desiste. No se iba a acordar y solo lograría alterarlo. Al terminar el partido, se levanta del sillón, saluda a su familia y, antes de irse, besa la frente de su abuelo. Por un momento, piensa en la probabilidad que habría de meterse en esa cabeza y pasar un día más de esos con él.

2 Respuestas

  1. NATALIA dice:

    Excelente!

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