Madre

La travesía comenzó cuando todavía era una niña sin recuerdos. Quién sabe cuántas veces habíamos repetido ese viaje, año tras año, siempre para la misma fecha. Fui entendiendo la importancia que este rito tenía para mi familia con el paso del tiempo. 

Partíamos en el mes de noviembre, siempre de madrugada, hacia el camino que llevaba al desierto de San Juan. En mi mente de niña, el desierto era un lugar tan escalofriante como enigmático. Desde el auto, resguardada del calor y la voracidad del afuera, podía observar tranquila ese mundo tan desconocido, tan falto de agua. La tierra no era tierra, era polvo y volaba con facilidad por los aires, a través de los arbustos secos. El cielo diáfano, esa bóveda celeste interminable, enfrascaba el paisaje en forma de esfera. Apoyaba mi cara contra el vidrio y mis ojos se llenaban de ese mundo estéril. 

—Papá, ¿qué son esos palos con una rueda encima? —pregunté al ver que cada tanto aparecía al costado de la ruta un poste de madera con un neumático colgado en la punta. 

Es para dejar agua —respondió mi padre. 

—¿Agua para quién? —pregunté intrigada.

—Para la gente que vive camino adentro —respondió y enseguida agregó—: ¡Mirá! Ese ya tiene unos bidones. En el próximo que veamos, dejamos las botellas que trajimos en el baúl.

Año tras año, al pasar por esa ruta, imaginaba las caras de esas personas que viven tierra adentro, sin agua, sin lluvia, como fantasmas marginados del mundo de los vivos. 

Con ese paisaje la vida me daba la bienvenida y plantaba en mi cuerpo una raíz amarga: la recurrencia a la melancolía, la necesidad de silencios constantes y la comunión con el desierto. Me recosté sobre una almohada que había improvisado mi padre en el asiento trasero y comencé a tejer recuerdos y sueños de ese camino que volverían recurrentes a mi vida adulta. 

Mi madre dormía casi todo el viaje, porque viajar le provocaba náuseas; entonces, para no sentir, dormía. Y a nosotros ese sueño nos daba paz, una tregua, un momento para ser nosotros. Desde el asiento de atrás, solo alcanzaba a ver su contorno de madre gigante, su pelo castaño que colgaba enmarañado hasta los hombros. Su nariz protuberante me recordaba que aún estaba viva y que respiraba. Me preguntaba si me quería, si algún día dejaría de mirarme con desprecio. Me cuestionaba por qué no me besaba ni me acariciaba como lo hacían las madres a mis compañeros del colegio. Me preguntaba qué hacía mal, pero tengo tan solo diez años en este recuerdo y de estas preguntas, en realidad, seré consciente más adelante. Por el momento, solo aprovechaba para hablar con papá.

—Pa.

—¿Qué, hija?

—¿Me contás de nuevo qué le pasó a la Difunta Correa?

—La Difunta era una mujer que vivía acá, en el Vallecito de San Juan, al lugar donde vamos. 

—¿En una casa?

—Sí, en una casa, pero muy muy pobre. Al marido se lo llevaron para pelear en la guerra civil y entonces ella salió a buscarlo con su bebé en brazos por el desierto… —y, mirándome por el espejo retrovisor, enfatizó—: en este desierto.

—Pero se murió, ¿no? —pregunté con la esperanza de que la historias puedan cambiar al ser contadas.

—Sí, se murió de sed, pero su hijo no. Ella lo salvó —aseguró con firmeza.

—Dándole la teta —añadí con determinación.

—Sí, el bebé tomó teta hasta que lo encontraron al otro día unos trabajadores de la zona. 

—Entonces al nene lo salvó la teta —concluí y me recosté a mirar por la ventana otra vez.

Imaginaba a la Difunta Correa tendida en alguna parte de ese desierto con su pecho grande apuntando al cielo, al papá lejos, bien lejos, extrañándolos, y al niño, vivo y feliz, tomando de esa teta sin saber que su mamá estaba muerta y su papá lejos, bien lejos, extrañándolos. 

 Apenas llegamos al santuario de Deolinda Correa en el Vallecito de San Juan, me apresuré a bajar, estirar las piernas y correr hacia las escaleras negras que me llevaban al encuentro con la Difunta. Pero mi madre me llamó. Ella quería ir primero a las escaleras blancas, las del otro lado de la calle. Agaché la cabeza, desanduve el camino y todos cruzamos. 

Allí se erguía, monstruosa sobre la ladera, la iglesia blanca de escaleras infinitas. Los peldaños más anchos que yo pude jamás imaginar parecían cubrir todo el diámetro de la montaña. Llegar a la cima era más que un reto. Detestaba subir bajo el sol caliente, solo para llegar y tener que atravesar una hora de misa. Mamá nos obligaba. Su fuerza de mujer enorme, marcada por la vida y por un intenso odio reprimido, nos vulneraba a cada segundo de nuestras pequeñas existencias. Mamá era un torbellino gris que nos envolvía en un infinito de emociones incompresibles para mi corazón de niña. Ella me enseñó que podía temerse a quien se amaba y sembrar convicciones falsas que pueden durar toda una vida. Esa era mamá, un monstruo que nos protegía y nos engullía en su sombra. Con ella no había opción más que subir la escalera al encuentro de esa religión tan extraña que exigía sacrificios.

Nadie podía rebelarse contra mamá. El único que se rebeló fue su propio cuerpo, que generó un cáncer de mama que culminó con su vida a sus cincuenta y cuatro años. 

Hoy, veinte años después, seguimos viajando con papá a visitar la Difunta Correa. Hoy viajo con mi hija pequeña y disfrutamos subir las escaleras negras, mientras que las blancas de la iglesia quedan al frente, bien lejos y quietas, como en un cuadro del pasado que se mira y no se toca.

 Durante el viaje de regreso, dejaremos agua al costado de la ruta, para esas personas que nunca conocí, pero a las que siempre vuelvo. 

—Mami.

—¿Qué, hija?

—¿La Difunta tenía la teta al aire? —me cuestiona mi hija desde el asiento de atrás.

—Sí, era para que su bebé pudiera tomar leche y no se muriera de sed en el desierto —le respondo y miro por la ventana, como cuando tenía diez años. 

Pienso en mi madre y su cáncer, en el último día que la vi con vida en el hospital, y el vasto desierto entra por la ventanilla y me abraza. Pienso en la Difunta y en su pecho rebosante y recuerdo a mamá vomitando sangre horas antes de morir. Me duele la ironía de las imágenes, pero entiendo que el seno izquierdo de mi madre, donde se gestó su cáncer, no nos dio de mamar, pero también nos salvó. Porque nos preparó para el mundo que a veces es como era ella: solitario, agreste y sin agua. Y allí, en medio de la nada, solo la fe nos devuelve a la vida. 

—Mami, te amo —me dice mi hija pasando su mano por entre la cabecera del asiento. 

Se la tomo y le respondo: 

—Yo también, y para siempre.

3 Respuestas

  1. Mario Cesar La Torre dice:

    Hermosa tu historia y excelentemente descripta! Un placer leerlo! Felicitaciones!!

  2. Diego Carrizo dice:

    Grande, Betu! Qué historia, paisaje, recuerdos

  3. Victoria Karamazov dice:

    Maravillosa escritura, profunda historia y bellísima autora… FELICITACIONES!!!

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