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Cuando el ruido de la balacera al fin cesó, el lugar quedó sumido en un tenso silencio de incertidumbre donde lo único que alcanzaba a percibirse era el aroma acre de la muerte. El inspector Martelli improvisó un vendaje sobre su pierna herida y reptó unos metros, tratando de esquivar los trozos de vidrio del ventanal destrozado.

Desde su lugar, solo alcanzaba a ver los cuerpos de dos de los terroristas caídos. Esto bien podría significar que el cabecilla de la banda, un tal Jallad, aún estaba vivo.

Con cierta dificultad logró ponerse de pie y avanzó hacia el pasillo con paso sigiloso, intentando no delatar su posición. Su instinto le decía que algo no estaba bien. 

El golpe llegó de súbito, certero. La siguiente visión del inspector, aún en medio de la maraña del aturdimiento, fue la desagradable sonrisa de dientes amarillos del delincuente, apuntándole con una Mk47.

—Adiós, imbécil —escupió.

El inspector Martelli comprendió que la cosa era cuestión juzgada. Cerró los ojos a la espera del desenlace, pero, en lugar del traqueteo seco del arma, solo llegó un vacío sordo cargado de una luz intensa que tiñó todo de blanco. De repente todo alrededor se desvaneció y quedaron solo los dos hombres frente a frente.

—¿Y ahora qué? —maldijo Jallad.

El inspector abrió los ojos y la situación no pareció sorprenderlo. 

—Es solo Dios —masculló.

—¿Dios?

—Sí, Dios —contestó Martelli—. Él suele hacer esto. Parece como que la vida se suspendiera un momento, pero al rato todo vuelve a la normalidad y las cosas siguen su curso.

El otro lo miró incrédulo. 

—¿Acaso cuando decís Dios te referís al escritor?

—¿Escritor? —se extrañó el inspector—. No, hablo de Dios. ¡Todo el mundo sabe quién es Dios!

El delincuente se quedó unos segundos escrutándolo en silencio, como si no llegara a comprender sus palabras.

—Decime una cosa —soltó—, solo para aclarar: vos sos consciente de que este es un mundo ficticio y de que ambos somos personajes de una novela, ¿no?

El inspector Martelli intentó una rápida respuesta, pero se detuvo. El gesto de incredulidad migró ahora hacia sus ojos.

—¡Jodeme que no tenés ni idea! —persistió Jallad, mientras intentaba contener la risa—. ¿En serio creíste que eras real?

—No… No sé de qué cuernos estás hablando —balbuceó Martelli.

—Ah, ¿no sabés? —insistió el otro, apoyando el arma en el suelo para ponerse cómodo—. Dejame que te explique: ese, al que vos llamás Dios, se llama Juan Ramón Medina y vive en el quinto piso de una torre en Puerto Madero. J.R. se hace llamar el turro, porque dice que así suena mejor.

—¡Mentís! ¡Sos un lunático! —replicó el inspector.

—Ah, ¿no me creés?… ¡Guglealo!

El inspector Martelli no encontraba las palabras indicadas como para contradecir a Jallad. La seguridad en los argumentos del otro parecía estar haciendo mella en sus convicciones más íntimas.

—Mirá, flaco —retomó el terrorista, casi en tono paternal—, entiendo que te cueste creerlo, pero es la realidad. Apenas somos la creación de un tipo que se sienta frente a una computadora con su vaso de whisky, y estamos condenados a hacer todo lo que a él se le pase por la cabeza. Es más, seguro que ahora se quedó dormido, borracho como siempre, y nosotros acá, como dos pelotudos esperando que se despierte para poder seguir.

Martelli permaneció largo rato en silencio, sumido en un torbellino de dudas y contradicciones que amenazaba con devorarlo.

—Está bien —rompió finalmente—, supongamos que lo que decís es cierto, ¿cómo explicarías, entonces, cosas tan concretas como mi familia, mis recuerdos…?

—Ficticios.

—Ja… ¿y los casos que resolví? Salieron en todos los diarios.

—Todos inventados por el escritor. De hecho, en el mundo literario son famosos. Este es el cuarto libro de una tu saga; le hiciste ganar mucha guita a J. R.

—¿En serio? —preguntó Martelli con un dejo de emoción.

—Sí, pero no te entusiasmes mucho, ¿eh? Mirá que este es el último en el que aparecés.

—¿Por qué el último? ¿No acabás de decirme que soy un éxito?

—Bueno… no sé —se excusó Jallad—. A lo mejor el tema ya no da para más. O por ahí el autor quiere darle a la saga algún giro inesperado, qué sé yo… algún personaje más carismático.

—¡Carismático!… ¡Andá a cagar! —explotó Martelli—. ¿Vos vas a ser más carismático que yo?

—¡Pará la mano, loco! Si tenés alguna queja, arreglalo con el escritor. ¿Qué te la agarrás conmigo?

—¡Carismático te voy a dar! —siguió repitiendo Martelli mientras se acomodaba nervioso la venda sobre su pierna—. ¿Y vos cómo sabés que este es mi último libro?

—Lo sé.

—¿Cómo sabés que, cuando se reanude la cosa, yo no me abalanzo sobre vos, te saco el arma y te cago matando? Al fin y al cabo, yo ya estuve un montón de veces en situación de peligro y siempre zafé.

—Lo sé porque leí el título de la novela —confirmó Jallad.

—¿El título?

La muerte del inspector Martelli.

Martelli se quedó mirándolo con la boca abierta.

—Sí, ya sé, es un título de mierda. Pero es bastante descriptivo, ¿no?

Un silencio denso, casi palpable, se interpuso entre ambos. Jallad ocupó el tiempo en controlar que su arma estuviera correctamente cargada y en condiciones para cuando la acción se reanudara, mientras Martelli, hundido en su propio desconsuelo, se acurrucó en un rincón a la espera de su destino.

Menos de un cuarto de hora después, comenzaron los cambios. Primero volvieron los sonidos de fondo y el olor de la pólvora saturó el ambiente. Luego reaparecieron los muebles destrozados, los cuerpos tirados y el resto del decorado.

—Ya se despertó —afirmó Jallad.

Martelli se arrastró hacia su posición original, mientras el otro se acomodó de frente, apuntó con el arma y carraspeó para aclararse la voz.

—Adiós, imbécil.

Los ojos del inspector se agigantaron cuando el dedo de Jallad comenzó a cerrarse sobre el gatillo de la Mk47.

—¡Pará! —gritó justo antes de que disparara—. Una última pregunta: ¿cómo sabés que a vos no te va a pasar lo mismo?, ¿cómo sabés que, en la próxima página o dentro de dos capítulos, no manda a algún infeliz y te hace boleta?

Jallad cerró los ojos y apuntó directo al pecho.

—No lo sé —suspiró.

Los estampidos secos rasgaron la noche. Los pocos testigos que escucharon los disparos declararon que al menos fueron catorce o quince detonaciones. Cuando la policía derribó la puerta y consiguió ingresar al departamento, el cuerpo de J. R. Medina yacía muerto sobre el teclado, con el pecho destrozado por los impactos.

Las crónicas de la fecha consignarían que los investigadores jamás lograron identificar al asesino ni determinar la manera en que pudo ingresar a la vivienda cerrada. De su lectura se desprende que el inspector que estuvo a cargo del operativo fue un tal Martelli.

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