Apriete y alivio de un cinto flúor con hebilla

Un niño de diez años juega en el pasto de una plaza y mata hormigas con una ramita. Piensa en Lucía y en eso que le dijo de ser interesante; o, en el caso de él, de no serlo. Mata que mata, piensa que piensa, y forcejea con la hebilla del cinto naranja flúor con el que esconde la panza y que, además, le produce un dolor horrible con la fricción. No le gusta ese cinto, pero escuchó a Lucía decir que le encantaba cómo le quedaba el mismo cinto al galán del curso, y no dudó un segundo en rogarle a su mamá para que se lo comprara.

Mientras le arranca las patitas a una colorada, repasa la charla que tuvo ayer con Lucía:

—Basta, nene, no te voy dar bola. No sos interesante —había sentenciado ella. 

—¿Qué es ser interesante? —respondió el niño, más curioso por la respuesta que herido por el rechazo.

La niña pensó un rato y soltó:

—No sé, es difícil de explicar. Que te pasen cosas —dijo y se fue sin dar más explicación.

El niño se quedó mirando cómo su pelo se balanceaba de un lado al otro mientras se alejaba.

Ahora, mientras los ecos de esa conversación lo torturan, se da cuenta de que ni siquiera es capaz de entender a qué se refería la chica más linda del grado. Frustrado, tira la rama con la que tortura bichos al suelo y decide volver a su casa para atacar las Rhodesia que encontró en el cajón de la mesa de luz de su mamá.

De repente, al pasar por el Museo de la Defensa se siente atraído irresistiblemente por una de sus puertas. Sus ojos miopes alcanzan a divisar el hocico enorme de una vaca que se asoma detrás de la puerta y parece masticar algo. Se acerca y mira de frente al animal, que también lo observa sin dejar de masticar.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome con cara de marmota o me vas a llevar de vuelta a mi casa? —dice la vaca al tiempo que traga el bocado y se agacha para arrancar otra hoja del libro de visitas. Mientras la engulle, continúa—: Dale, que no tengo mucho tiempo, vamos y, por favor te lo pido, no me hagás preguntas, que no estoy de humor. Vos sacame como si nada y llevame al campo de los Arocena. 

El niño no responde. Lo primero que piensa es en desviarse y encarar para la casa de Lucía para demostrarle que a él realmente le suceden cosas difíciles de explicar. Se imagina su cara cuando él se le aparezca con una vaca que habla. Se ve junto a ella caminando en complicidad hacia el campo, sacándole palabras a la vaca y riéndose juntos. Sonríe imaginándose la vuelta en silencio después de la aventura. Fantasea con un roce de manos casi al final, un beso en la mejilla cerca de los labios y un chau tímido en la puerta de lo de Lucía.

Entonces, respira hondo y vuelve a la realidad. Se acuerda del cinto molesto que le aprieta y enlaza la vaca. Toma la calle lateral a la plaza, que va derecho a lo de los Arocena cruzando la ruta, y camina con el animal sin desviarse en ningún momento, aliviado y sin nada que lo ate.

4 Respuestas

  1. Maira Pelinski dice:

    Me encantó, Agustín.

  2. Andrea Sánchez dice:

    Agus! Breve, tierno, fantástico, contundente! Y esas cosas raras que solo se te ocurren a vos y le pasan a tus protagonistas (me encantó lo del cinto naranja flúor y el giro de la vaca que habla). Pero, ojo que mi preferido de los preferidos de los preferidos sigue siendo el de Barny ;P Abrazo grande!

  3. Victoria Karamazov dice:

    Desde el título hasta el final, impecable. Lo hiciste de nuevo, Agustín! Felicitaciones. Lo disfruté tanto como al otro que escribiste, el de Charly. SI ALGUIEN AÚN NO LO LEYÖ, HAGALO YA. https://www.escribir.com.ar/2021/05/texto/me-llamo-charly/

  4. Graciela Giachero dice:

    Que cuento más tierno!Me ha encantado .Huele a inocencia perdida.

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