Me llamo Charly

Me llamo Charly

Carlitos tiene doce años, está sentado en el piano y le transpiran los dedos. No le importa el público, ni su maestro, ni el título de profesor de piano, teoría y solfeo. Hasta ayer tenía un solo miedo: decepcionar a sus padres. Ahora, frente al piano, no está tan seguro de que solo sea eso.

Cuando cesa el murmullo en la sala del conservatorio, escucha la voz adentro de él: «Llegó el momento, dejame a mí».

El muchacho obedece y se entrega.

 

***

 

La noche antes del evento, Carlitos García ejecutaba con los dedos en el aire, y desde el borde de su cama, las notas de la Sonata para piano n.° 14, de Beethoven.

Sabía la obra de memoria, pero le costaba concentrarse cuando se imaginaba a don Carlos y doña Carmen escrutándolo con gesto aristocrático y severo desde abajo del escenario. Sabía que en su casa el afecto se ganaba y a cambio solo se le pedía una cosa: la perfección, nada más. «Si ellos van a postergar una reunión para estar ahí —pensaba—, ¿qué derecho tengo a arruinarlo? Ninguno», concluyó.

Sus cavilaciones terminaron con el estruendo en la habitación de una voz grave y ronca en la que identificó la predominancia del do sostenido:

—Así nunca vas a lograrlo.

Abrió los ojos y reconoció al instante a Ludwig van Beethoven. Era igual al busto colocado en uno de los estantes del mueble del comedor. O casi igual: al fantasma que tenía al frente le faltaba el aura seria y majestuosa del busto y, en su lugar, lo cubría un aire triste que rozaba lo patético. Carlitos se acomodó los lentes y preguntó, buscando una confirmación:

—¿Beethoven? ¿Ya estoy loco? —El joven no demostraba en su tono ni sorpresa ni pavor; al parecer, la aparición le resultaba algo natural.

—Todavía no, pero no te falta mucho. —Al terminar la oración, el rostro de aquel prócer-fantasma dibujó una sonrisa que lo hizo parecer aún más triste—. Vea, joven Charly, vengo observándolo desde hace años y no tengo dudas: usted tiene todas las condiciones para ser un concertista de reconocimiento mundial. —Esperó un momento alguna reacción por parte del joven, pero no la encontró—. Lamentablemente, usted hoy está hecho un desastre. Si mañana ejecuta la pieza usted mismo, va a arruinarla y su carrera se hará pedazos antes de nacer. Pero no se preocupe, estoy aquí para ayudarlo. Le propongo lo siguiente: usted me presta su cuerpo para tocar la pieza y luego se lo devuelvo. Piénselo así: por unos minutos, usted será un verdadero genio y todos los que estén en esa sala serán testigos de su talento —y, como hablando para sí mismo, aclaró en voz baja— o del mío, pero bueno, eso no importa. En fin, piense que además no correrá ningún riesgo. 

El silencio que siguió se prolongó hasta que el muchacho se sintió incómodo y obligado a contestar algo:

—Es la primera vez que me dicen Charly. Me gusta.

Al fantasma de Ludwig le extrañó la respuesta. ¿Acaso lo estaba escuchando? Con gesto de forzada cordialidad, insistió:

—Bien, ¿y qué dice de mi propuesta?

—Ah, ¿lo de que vos toques la sonata? —pensó unos segundos y respondió—: Ehh, no, prefiero tocar yo.

—¿Pero usted me escucha o solo me mira con esa cara de bobo? —contestó Ludwig y agigantó su silueta fantasmagórica con la esperanza de infundir algo de temor—. Ni en mis últimos días yo era tan sordo como usted es ahora, mocoso insolente. —No iba a lograr nada de ese modo. Hizo una pausa para reponerse y, antes de un carraspeo calculado, lanzó la estocada—: ¿Acaso no le interesa que lo quieran sus padres? ¡Qué orgullosos que estarán si todo saliera bien! Imagíneselo un instante. Ah, pero si por algún motivo algo sale mal… —Al ver la expresión del joven, supo que había acertado y, para asegurarse la victoria, hundió aún más el dedo en la herida—: ¿O cree que no sé cuánto busca su aprobación?

—¿Qué tengo que hacer? —interrumpió con sequedad Carlitos.

Ludwig abrió la boca y sonrió, dejando ver la pasarela de dientes amarillos. Luego explicó:

—Es simple, solo tiene que esperar mi orden. Luego relájese, déjeme a mí y disfrute.

Carlitos asintió; el fantasma se despidió hasta el otro día y desapareció.

 

***

 

Las manos de Carlos García, movidas por el alma de Beethoven, ya casi han ejecutado la mitad de la pieza. En la sala, todos escuchan pasmados ante el virtuosismo del niño y nada sospechan de lo que sucede en realidad. Solo el profesor del joven nota que hay algo raro en su manera de tocar. Advierte que suena maravilloso, pero no logra reconocer en el estilo de su alumno el que escucha ahora.

Mientras tanto, el alma de Carlitos está consciente de todo lo que sucede. Sin embargo, al contrario de lo que esperaba, no está para nada tranquilo. De hecho, se siente aún más nervioso que antes, y encima ahora ni siquiera es por sus padres, o al menos está seguro de que no es solo por eso. No es capaz de reconocer de dónde viene la ansiedad.

Decide prestar atención a la música que sale de sus dedos, disfrutar del espectáculo al menos. Y es entonces cuando percibe que precisamente esa es la fuente de su descontento: hay algo que está muy mal en eso de sonar de otra forma que no sea la suya propia.

La impotencia va colmando su alma de una electricidad que lo quema hasta volverse incandescente y culmina en la explosión contra el fantasma. Sin titubear, echa al intruso que está dentro de él:

—Correte, Beethoven, salí de acá, yo también soy genial.

Ludwig no tiene tiempo para poder convencer al muchacho de terminar la pieza y sabe que, sin su consentimiento, no hay mucho por hacer. De un momento al otro, se ve despedido del cuerpo que invadió y tiene que contentarse con ser un espectador de la ejecución de su obra. Pero lo que tiene que presenciar ahora es aún peor.

Carlitos, preso de su instinto más primitivo, comienza a improvisar sobre la armonía y a crear una nueva melodía justo cuando la obra está llegando a su clímax. Al miedo que tiene se lo saca de adentro, lo revolea contra las teclas y lo revienta con sus dedos largos con una furia que, en toda su vida y a pesar del paso de los años, nunca terminará de drenar.

En los últimos minutos de la sonata, vuelve a la partitura y la toca perfecta, sin modificar una sola corchea. Cuando termina, el auditorio estalla en aplausos.

A don Carlos y doña Carmen parece habérseles borrado el gesto aristocrático y en su lugar exhiben una expresión que combina la fascinación y el terror por lo que despierta su hijo. Carlitos los mira un momento y sonríe como envuelto en un aire de nostalgia, como quien mira la foto antigua de un amor no correspondido.

El profesor de piano es el primero en llegar corriendo, lo toma por los hombros y le reprocha al oído, horrorizado:

—¡Carlos Alberto, improvisaste en la mitad de una obra de Beethoven! ¡Tan bien que venías! ¡Y de esa forma tan salvaje encima! ¿Estás demente?

Carlitos posa la mirada en el fantasma que, con ojos resentidos, lo observa desde la espalda de su maestro, y responde:

—Todavía no, pero no me falta mucho. —Se perfila para dar media vuelta y bajar las escaleras y, justo antes de escuchar otro reproche del profesor, aclara—: No me llamo más Carlos Alberto, maestro. Acuérdese bien, me llamo Charly.

11 Respuestas

  1. Impresionante esta escena: «Carlitos los mira un momento y sonríe como envuelto en un aire de nostalgia, como quien mira la foto antigua de un amor no correspondido.». Me gustó mucho el cuento.

  2. José Luis Perera dice:

    excelente, fascinante, me encantó, felicitaciones Agustín

  3. Maira Pelinski dice:

    Es hermosísimo el cuento, Agustín. Me dio ternura este Charly imaginado por vos.

  4. Andre dice:

    Magia, Agus. Me encantó.

  5. vicky dice:

    Maravilloso texto, colmado de imágenes, música y emociones… bravo Agustín!

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