PANTALLAS

Pantallas

Anna entró presurosa al departamento de su amiga usando la llave que, por cualquier emergencia o necesidad, cada una tenía de la casa de la otra.

– ¿¡Hola!? ¿Julia? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?

Tras varios días sin noticias, había decidido viajar para verla y saber así cuál era el motivo de su silencio. El traslado de una provincia a otra estaba prohibido por la cuarentena, de modo que tuvo que insistir mucho y presentar todo tipo de documentación para lograr, por fin, los permisos correspondientes. Estaba confundida y angustiada: nunca había pasado tanto tiempo sin que se comunicaran.

Julia, oriunda de Santa Fe, vivía en Córdoba desde hacía algunos años. Se habían conocido en la universidad, cuando ambas estudiaban Psicología. Anna había decidido cambiar de carrera y en el presente se desempeñaba como ingeniera industrial en una empresa que funcionaba en una provincia vecina. Julia se había recibido también y ejercía como psicóloga clínica. Sin embargo, su amistad había continuado a lo largo de los años, profundizándose, superando obstáculos y adaptándose a los cambios de la vida.

Mientras viajaba desde Mercedes, San Luis, a la capital de Córdoba, Anna recordaba algunas de las largas charlas que había mantenido con su amiga, por video-llamada o por teléfono, en los meses de cuarentena.

-Mirá, Anna- solía quejarse-, trabajar con pantallas con mis pacientes es algo antinatural. Nunca pensé que iba a llegar a hacer esto…

-Pero, Julia, ¡es lo que podés hacer ahora! Y sos una privilegiada. ¿Sabés cuántos querrían estar en tu lugar?

-No me entendés. Claro que agradezco poder trabajar. Pero me siento mal… Tal vez el modo, el instrumento que me veo obligada a usar. O no sé… Tal vez todo esto de la pandemia me esté afectando…

 

De los “Apuntes en pandemia”, de Julia

Sé que contar lo que pasa en el interior de uno mismo es imposible. Sé que, del torrente de las vivencias y sentimientos, asoman a la superficie solo algunas formas y colores que, al surgir, quedan como congeladas y, por eso mismo, se distancian del fluir interior. Estoy resignada a eso y me alegra que los que me importan, puedan ver, aunque sea, algunos de mis colores. Por eso no entiendo lo que me sucede ahora: siento con dolor la impotencia de que en estos momentos no puedan entender exactamente lo que me pasa. Claro que la vida ha cambiado tanto para todos con esta pandemia… quizás sea solo eso: una necesidad imperiosa de sentirme acompañada. En esta irrealidad en que me sumerjo cada día frente a la computadora o al teléfono, mirando el desfilar de mis pacientes lejanos, tratando de penetrar desde esa lejanía, en su mundo interior…

 

El paisaje corría sin que Anna prestara atención. Algo en las palabras de su amiga la estremecía y no podía precisar por qué o qué parte de lo que ella le había confiado le producía esa sensación. Sentía también culpa: había minimizado la importancia de lo que le pasaba a Julia, un poco para conectarla a ella con lo positivo de la situación que atravesaba y un poco para no conectarse ella misma con lo angustiante de lo que estaba sucediendo.

Anna había seguido trabajando en Mercedes con mucha dedicación, sabiendo que el trabajo no solo la conectaba con la vida, sino que también le permitía evadir por largas horas el agobio que, como la niebla, se introducía en el ánimo de todos. Julia en cambio -pensaba Anna-, se metía en la niebla de otros para intentar sostener, en el mejor de los casos, a sus pacientes a transitar la vida, en la desinstalación total a la que habían sido arrojados. ¿Cómo no se había dado cuenta de que su queja era un pedido de auxilio para no caer ella misma en el vacío?

 

De los “Apuntes en pandemia”, de Julia

Desde que se declaró la pandemia, tengo la sensación de haberme caído del mapa y de la historia. Se ha abierto una ventana, medio terrorífica, fuera del espacio tiempo. La desinstalación total. Y todo con una velocidad de vértigo… sin dar lugar a nada más que acatar órdenes y tratar de asimilar la información necrológica que día a día llega desde Europa, anticipando el abismo de muerte que nos espera…

Desde hacía dos años, Anna vivía con su novio, que también trabajaba en la empresa y con quien había proyectado formar una familia apenas la situación de la pandemia se los permitiera. Julia había terminado con su relación de pareja hacía ya bastante tiempo y, aunque tal final le había significado un enorme alivio, a Anna la entristecía imaginarla sola en la situación presente, ya que su única familia, su padre, vivía en Neuquén, de modo que ambos estaban totalmente imposibilitados de trasladarse debido a la cuarentena.

Siguió manejando, sin poder evitar que los fragmentos de las conversaciones con Julia la invadieran como oleadas, angustiándola cada vez más.  

-No imaginás lo que me cansa las pantallas, Anna. No entiendo por qué. Si yo en el consultorio atendía entre ocho y nueve horas diarias. Más el traslado. Y ahora, desde el cómodo sillón de mi casa, no llego ni a cinco por día… Sin embargo, cuando termino, tengo que acostarme un rato y no logro conectar una idea con otra. Decí que vivo sola y no tengo que atender a nadie. Ni hambre tengo- le había dicho hacía un tiempo.

El temor de que Julia se hubiera enfermado al punto de no poder moverse o de que hubiera atentado contra su vida le atenazó la garganta y el corazón. Tal vez había sufrido un asalto o hasta –pensó-, la hubieran secuestrado. De una cosa estaba segura: de haber podido, Julia la habría llamado para que ella no se preocupara.  Algo muy inusual tenía que haberle sucedido.

Pero nada podría haberla preparado para enfrentar lo que encontraría en el departamento de Julia.

 

De los “Apuntes en pandemia”, de Julia

Trato de entender por qué me canso tanto. Me veo obligada a un nivel de concentración extraordinario, eso seguro. Tratando de “sacarle el jugo” a cada gesto de la imagen recortada que tengo ante mí y de no perder ninguna de las palabras, único soporte para el vínculo ahora. Exigida por el rostro que del otro lado me reclama atención con cierto enojo. “Claro que lo estoy atendiendo- le respondo- ¿cómo no? Solo que estoy pensando en lo que me dice y no puedo contestarle con la rapidez que usted me pide. Pero estoy aquí, escuchando”. Los comprendo; todos hemos caído fuera del espacio-tiempo que conocíamos y temen que también yo desaparezca.    

– ¡Pero Julia! Tenés que alimentarte bien. Tantas veces hemos hablado del tema ese… No te descuides. Vos sabés que el sistema inmunológico se mantiene sano también con la alimentación adecuada.

-No me entendés, Anna. Yo te hablo de una cosa y vos me salís con otro tema… ¿Qué pasa?, ¿soy yo la que no logro transmitir lo que siento?

 

De los “Apuntes en pandemia”, de Julia

Claro que soy yo. ¿Cómo transmitir las extrañas sensaciones que me invaden día a día? Cuando dejo de “atender” (me suena tan irreal el verbo) a mis pacientes, siento alrededor una niebla que me rodea, conformada por las imágenes, sonidos, movimientos y olores que quedaron afuera de las sesiones. Estaban sí, fluyendo entre nosotros en el ámbito del consultorio, cuando éramos personas compartiendo un espacio en común. Cuando vivíamos por un rato, semana a semana, en el mismo lugar, cortadito de por medio, trabajando en la tarea que nos convocaba. No cuento con el entorno del consultorio, con sus sonidos habituales y su silencio creador que, ahora me doy cuenta, me sostenía, permitiéndome adentrarme tranquila en cada una de las galaxias que son mis pacientes. Ahora entro en ellas desde un vacío, sin más instrumental que las imágenes y las voces empobrecidas, a las que las pantallas les han quitado vitalidad…

Mientras recorría la ruta desierta, Anna seguía recordando, en el intento de encontrar sentido al misterioso silencio. Parecía recién tomar conciencia de los largos meses transcurridos desde el comienzo de la cuarentena y de cuánto se había deteriorado Julia en ese tiempo: a medida que pasaban las semanas, se había ido apagando. Ahora se daba cuenta de sus conversaciones cada vez más breves, del tono angustioso de sus relatos, del “no entiendo”, tantas veces repetido… pero siempre pensó, que se debía en parte al encierro y -sabiendo que Julia era una persona especialmente sensible al sufrimiento-, a la situación de tanta muerte amenazando y destruyendo, a tanta soledad en los hospitales, a la distancia con la gente querida. Por eso se alegró cuando Julia le contó en uno de sus habituales encuentros de pantalla, que había pedido turno a su exterapeuta.

– ¡Qué bueno, Julia! – le había dicho- ¡Siempre te has sentido muy bien con ella! Y, la verdad, éste es un momento justo para que te acompañe. Me alegro por tu decisión.

Con remordimiento recordó el alivio que había sentido de que otro se ocupara de su amiga. La quería y deseaba que estuviera bien, pero, de alguna manera, Julia la conectaba justamente, con lo que Anna quería olvidar.

De los “Apuntes en pandemia”, de Julia

Voy a llamar a mi ex terapeuta y voy a pedirle unas sesiones. Hoy me asusté demasiado. Cuando apagué el celular después de la última videollamada, tuve un extraño episodio: dejé de sentir mi cuerpo; por un instante solo existió mi mente. Y vi mi propio rostro aparecer en la pantalla. Como si esa pequeña máquina me atrapara… tuve que luchar por unos segundos para salir de allí ¿Me estaré psicotizando? ¡Fue tan real!  Espero que alguien que está en el mismo trabajo que yo pueda entender mejor lo que me pasa…

La siguiente conversación después de que Julia anunciara el regreso a su terapia, había resultado de lo más enigmática:

– ¿Y Julia?, ¿cómo te va con tu terapeuta?, ¿te estás sintiendo mejor?

– Sí, sí… Bueno, ya sabés que estas cosas son lentas. Es por video-llamada también.

– Claro, me imaginé, Julia.

– No. Yo esperaba que, dado que ella me conoce y sabe cuánto me estoy cuidando, me recibiera con todos los protocolos, obvio, pero presencialmente. Yo le expliqué que necesitaba algo más que una pantalla. Es muy extraño todo esto.

– ¿Extraño?, ¿cómo que extraño, Julia?

– Nada, no me hagas caso. Estoy cansada nomás- contestó evasiva.

Anna se había quedado por un rato con una sensación incómoda. Pero, -recordó una vez más con culpa-, la descartó. Tenía mucho de que ocuparse y ahora Julia- pensó- podía hablar con alguien que la comprendía.

 

De los “Apuntes en pandemia”, de Julia

No voy a “ir” más a terapia. Ahora Piera quiere derivarme a psiquiatría para que me mediquen. Yo no tendría ningún inconveniente si creyera que la cuestión pasa por ahí. Pero a esta altura estoy segura de que no es imaginación mía. Lo que me está pasando va más allá de mí. Insiste, me atrapa cada vez con más fuerza. Es una lucha desigual y si de algo estoy convencida, es de que no puedo vencerlo con más pantallas. Necesito ser rescatada con la presencia corporal de alguien a quien yo le importe. Que quiera simplemente estar conmigo “de verdad”, como dicen los chicos cuando juegan… No pretendo abrazos… solo presencia.

Una semana después, había tenido lugar la última conversación con Julia. La había notado aún más lejana y reservada. Y- pensó ahora-, como entregada, con una profunda tristeza en el tono de su voz.

– ¡Vamos Julia! ¡Esto no puede durar tanto más! Pronto se flexibilizarán las medidas y prometo viajar a Córdoba para verte. O tal vez vos puedas dejar a tus pacientes por un tiempo y venir a pasar unos días con nosotros.

– Sí claro, Anna. Seguramente… Ojalá pudieras venir pronto y pasar unos días conmigo. ¡No imaginás cuánto lo necesito! Espero que ustedes se encuentren bien. Nos veremos cuando se pueda y gracias por tu preocupación…

***

Anna recorrió meticulosamente el departamento. No había ni el menor rastro de su amiga. La pequeña valija que usaba siempre que hacía algún viaje estaba en su lugar. Y toda la ropa. También los documentos y los apuntes del trabajo que Julia guardaba cuidadosamente en un placar. Sobre la mesa del comedor, estaba su notebook y al lado, prolijamente acomodados, el bloc de anotaciones que ella usaba en las sesiones, con una serie de “Apuntes en pandemia”. Lo único que no encontró fue el celular.

Seguramente, Julia se lo habría llevado. Pensó entonces con cierto alivio que habría ido a hacer alguna compra y pronto regresaría. Se abrazarían al encontrarse, dejando de lado el riesgo del contagio y todo lo que por tanto tiempo las había separado.

Se obligó a esperar sin llamarla: quería darle una sorpresa. Entonces recordó que Anna solía dejar cargando el celular dentro de un pequeño y antiguo mueble escritorio que se encontraba en el living, de esos que tienen una tapa que, al abrirse, conforma la mesa sobre la que se escribe.

Con temor, lo abrió lentamente y encendió la pequeña lámpara que se encontraba en su interior. Allí, en efecto, estaba el teléfono, conectado al enchufe que permitía cargar la batería. Un estremecimiento de angustia la sobrecogió: supo con certeza que algo terrible le había sucedido a su amiga. Ella nunca salía sin su celular.

Lo activó – conocía su clave desde siempre-  y así, simplemente, Julia apareció en la pantalla. Distante, envejecida, extraña. Pero era ella y se la veía sana. Desconcertada, sintió alivio por un instante. Al mismo tiempo que se daba cuenta confusamente, de que no había habido ninguna llamada que habilitara la comunicación. Sin embargo, como si fuera todo cuestión de un malentendido, le dijo:

– ¡Ay, Julia! ¡Qué susto! ¡Creía que te había pasado algo grave! ¿Dónde estás?

– Todavía no te das cuenta, ¿no?

Y entonces, cuando Anna comprendió por fin, el alivio fugaz dio paso al terror.

 

 

 

 

 

 

 

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