Crónicas misántropas

Crónicas misántropas

Viernes

 

Estoy en la guardia de nuevo. En general, cuando tengo un mal día de trabajo lo termino en la sala de espera de algún centro médico. Sé que los síntomas que presento seguramente se expliquen usando la lógica; sin embargo, necesito que el médico de turno me diga que no me voy a morir hoy.

Si bien hay meses en los que no aparezco, por las dudas tomo el recaudo de alternar diferentes instituciones para que no surjan de sus registros mis recientes ingresos. En general, presento las mismas manifestaciones físicas: molestias en la zona del abdomen o bultos raros en el pecho, axilas o detrás de la oreja.

Hoy me equivoqué durante una reunión: mencioné un archivo que no correspondía al tema en análisis y, a partir de ese momento, un bulto doloroso comenzó a crecer en mi axila derecha. En cuanto terminó la jornada, me vestí con la ropa que siempre tengo preparada para estas ocasiones (porque no vaya a ser cosa de que a uno lo internen con el traje de la oficina), así que, libro en mano para leer en la sala de espera, partí en busca de ayuda profesional.

Aguardo mi turno, pienso que estoy ocupando injustificadamente el lugar de alguien realmente dolorido, pero enseguida la culpa desaparece, dado que en realidad yo también estoy sufriendo. Es otro dolor, quizás, no físico, pero requiere la atención del especialista, que no es otra cosa que un proveedor de tranquilidad.

Mientras espero a ser atendido, todos los problemas del día perecen ante la nueva urgencia que es resolver estos síntomas que me tienen en vilo. Si bien es mínima, siempre hay una posibilidad de que esta vez mi preocupación se corresponda con un diagnóstico.

Escucho con cierta envidia a un médico que le habla a una familia: mientras les explica el parte de su paciente, les dice que por ahora están haciendo estudios y que deberán esperar los resultados. A mí nunca me hacen estudios; cuanto mucho, me recetan una loción dermatológica.

 

***

 

Sábado por la mañana

 

Cada vez que miro la hora, son las nueve.

Hace unos años, cuando miraba el reloj, siempre eran las siete. No sé por qué, no importa lo que haga o dónde me encuentre, en el momento en que lo chequeo, minutos más, minutos menos, son las nueve. ¿Será que en este plano que habito el tiempo funciona diferente? Antes eran siempre las siete y en algún momento el pulso se corrió, salteándose el ocho. ¿Será más bien cuestión de números impares?

Ojo, ¿eh?, no es que no mire la hora durante el resto del día. Yo me refiero a aquel momento en el que nos detenemos, dejamos a un lado todo lo que estamos haciendo e, ignorando por un instante las distracciones que la tecnología nos ofrece, contemplamos el reloj como si alguien dentro de la aguja nos hubiera estado esperando. ¿Será una especie de punto en el espacio-tiempo que conecta distintos mundos posibles? ¿Será que, dentro de todas nuestras existencias inauténticas, hay un minuto del día en que todas ellas se alinean y las diferentes versiones de uno mismo se detienen, miran la hora y para todas son las nueve?

 

***

 

Lunes

 

Llegué antes a la oficina con el objeto de dejar escrito el siguiente texto para que mis compañeros lo encuentren como primer chat del día al abrir el sistema interno de la empresa, y de ese modo todos comencemos desde cero la semana:

 

El aburrimiento es una forma de angustia. El fastidio parece inmotivado, pero en el fondo somos plenamente conscientes de su origen. Si dejamos de lado los pensamientos principales, encontraremos que aquel que molesta es el que se esconde detrás de los otros, el que descartamos, pero nos resuena como un pitido agudo: ese es el responsable del malestar.

Para muchos un tallo no es más que el órgano de las plantas que se prolonga en sentido contrario al de la raíz y sirve de sustentáculo a las hojas, flores y frutos, pero, si lo piensan, también es simplemente el germen que ha brotado de una semilla. Por eso entiendo que las palabras deben interpretarse conforme al contexto, ¿no es cierto?

Qué son las palabras si no interpretaciones que hacemos de un conjunto de letras ordenadas de una forma u otra. Les propongo liberarse de la esclavitud que representa ajustarse fielmente al sentido de los términos y dar lugar a diferentes posibilidades, juguemos con ellos. ¡Despojemos a nuestra vida de la tirana literalidad!

Sentado lo anterior, corresponde que me dirija a ustedes, estimados compañeros de existencia, para disculparme por mi conducta inapropiada del pasado viernes. Sé que estar hastiado en una reunión no justifica que les haya revoleado los papeles del informe y, mucho menos, mi falta de ánimo configura un eximente de responsabilidad por haberme referido a los presentes en aquel encuentro como «adefesios con cara de imbéciles», y ni hablar de la recomendación que les hice respecto de que se introdujeran un cactus por el ano.

A través de estas líneas, les digo simplemente: lo siento.

 

***

 

Lunes por la tarde

 

Me pregunto si en algún lugar escondido dentro de la mente hay un botón que activa nuestro modo más freak. En mi caso, creo que junto a él hay un regulador de intensidad que dosifica mi aversión al género humano. Jamás pude corroborar esta teoría, pues tanto el botón como el regulador no se perciben a través de los sentidos. Quiero decir, es fácil registrar el movimiento de nuestras extremidades: somos totalmente capaces de sentir el vaivén de nuestros dedos, mas no el del hígado, salvo que duela. Concluyo, entonces, con que si existieran el botón y el regulador de odio serían más bien órganos internos que se impulsan en respuesta a estímulos externos negativos.

Hoy no escribo desde la guardia de ningún centro médico. Estoy en un bar. La jornada laboral se desarrolló de manera excelente. Mi mensaje en cadena logró su objetivo: a través de esas palabras, mis colegas me han visto desde un lado más humano, lado al que, antes de mi declaración, no habían podido acceder.

Para celebrar, le encargo al mozo un tazón de café y una porción de pizza. El sujeto responde a mi pedido con cara de confundido y, usando ese tono altanero que caracteriza a los representantes de la «policía de lo correcto», dice:

—Amigo, ¿va a pedir café con pizza?

Advirtiendo el desdén empleado en la formulación de su pregunta, sin esperar mi merienda, escribo en estas servilletas el siguiente mensaje, a los efectos de que comprenda el alcance de sus términos:

Estimado empleado en relación de dependencia, quizás incorrectamente registrado y, seguramente, desconocedor de la falta de aportes de su empleador a la seguridad social. Tengo el gusto de manifestarle mi más profundo sentir, en razón de que hoy he comprobado con sorpresa que la vida es mucho más sencilla cuando uno se expresa sin rodeos.

 

Un amigo escritor solía decir que «no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». A ello, y tratándose de aproximadamente la tercera vez en el mes en la que, a la misma hora, le pido el mismo menú (una simple combinación que no entiendo por qué a usted le genera estos exorbitantes niveles de conmoción, hablamos de una porción de pizza con un tazón de café), puedo mencionar sin temor a equivocarme que, volviendo al asunto del suicidio, el mundo sería un lugar mucho más agradable si personas como usted decidieran, en un acto de solidaridad:

* dejar correr en su cocina el monóxido de carbono,

* fundirse a un vehículo en movimiento, en un definitivo abrazo frontal,

* o animarse al típico (pero no menos edificante) corte de muñecas con navaja…

Lo que prefiera antes de continuar arruinando la tarde de la gente normal, feliz y exitosa, que solo pretende merendar. Hágale un favor a la humanidad y, simplemente, muera.

 

Me siento orgulloso: por segunda vez en este día, he podido expresar con claridad mis emociones. Miro la hora. Por supuesto, son las nueve.

 

1 respuesta

  1. Matias dice:

    Felicidades Victoria Vazquez!! Me encantó el cuento.

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