El carrusel de la vida

el carrusel de la vida

—¡La puta que te parió! —me gritó el tachero cuando intenté sobrepasarlo por la derecha—. ¿A dónde te querés meter?

Saqué la cabeza por la ventanilla para devolverle la puteada, al tiempo que metía un rebaje a tercera y me volvía a colocar a la cola del Fiat Siena pintado de amarillo y negro.

Después me quedé en el molde; al fin y al cabo, la culpa de mi calentura no era del gordo que manejaba el taxi, ni de la fila interminable de camiones que parecía multiplicarse a cada kilómetro, ni mucho menos del empleado de la garita del peaje, que demoró una vida para encontrar las cuatro mugrientas monedas de un peso de mi vuelto. La calentura era por tener que manejar 290 kilómetros un viernes por la tarde, justo un viernes por la tarde, cuando todo el mundo huye como hormiga de la capital y las rutas se convierten en un suplicio, solo porque a mi viejo se le había ocurrido que tenía que ir a verlo.

«Tenés que venir», me puso en un mensaje de texto, veinte minutos antes de la hora de salida del laburo y cuando ya tenía todos los planes armados para el fin de semana largo. A la mierda la salida de pesca con los compañeros del banco, la juntada en la casa del Cabezón para ver el partido o cualquier intento de acercamiento con alguna mina en los siguientes días.

«Tenés que venir». Nada de un «¿podrías venir?» o «¿qué te parece si nos juntamos, ahora que viene un fin de semana largo?». No: «Tenés que venir», como un mandato. Y yo, como un gil, largando todo y manejando 290 kilómetros un viernes por la tarde, esperando que esta vez fuera por algo que realmente valiera la pena.

Mi antiguo pueblo me recibió con la languidez bucólica de siempre. Mentiría si dijera que notaba algún cambio con respecto a mi última visita, o a las anteriores: la misma postal anacrónica de casas tristes, el mismo letargo, la misma melancolía depositada como polvo sobre todas las cosas.

Mi viejo me esperaba sentado en un banco en el porche de la casa, con el pucho en la boca y la Spica a todo trapo, pasando un tango del Polaco. Tenía la espalda bien apoyada contra la pared, como intentando disimular la curvatura de su columna, que a esa altura ya se había hecho más que evidente.

—¿Seguís fumando, vos? —le dije desde la ventanilla del auto.

—El médico me deja —me contestó.

Entramos. Un tufillo extraño, mezcla de humedad y algo parecido a la soledad, me recibió al transitar el pasillo de ingreso.

—Dale, pasá —me apuró—. Tengo la comida manteniéndose en el horno.

—¿Y qué era tan importante? —pregunté impaciente.

—No, después —me dijo, señalándome la silla—. Ahora debés estar cansado del viaje. Comamos y mañana te muestro.

El diálogo con mi padre nunca había sido demasiado fluido, y mucho menos desde que faltó mi madre. Cenamos durante un rato en silencio. Sobre el final, cuando ya casi acabábamos el vino, él pareció soltar la lengua y me dio una larga perorata sobre el destino, las vueltas de la vida y cosas por el estilo que no alcancé a comprender. Yo solo murmuraba cada tanto algunas palabras ininteligibles a manera de respuesta.

Cuando por la mañana me desperté, él ya me estaba esperando con el mate.

—¡Vamos! —me gritó después del tercer o cuarto amargo.

—¿A dónde?

—Ya vas a ver, subí.

Manejó la chata durante diez minutos y la estacionó de culata en la plaza del centro. Cuando sacó de la caja su maletín de herramientas y se encaminó directo hasta el viejo carrusel, me empezaron a caer las fichas.

—¿Y? —dijo con un gesto de su cabeza y señaló el montón de fierros oxidados y figuras de madera tan deformadas y huérfanas de pintura que costaba distinguir qué eran—. ¿Qué te parece?

—¿Qué hiciste, viejo? —pregunté incrédulo.

—¿Cómo qué? —me respondió haciendo puchito con los dedos—. Lo compré; recuperé nuestro viejo carrusel.

Me quedé inmóvil, parado frente a ese montón de chatarra como quien mira llover. Mi viejo había heredado ese carrusel de su padre y lo había regenteado durante toda mi infancia. Una vez que lo vendió, fue pasando de mano en mano hasta que finalmente no resistió el paso del tiempo y un día se detuvo de manera definitiva. De esto debían de haber pasado más de veinte años. Intenté decir algo, pero las palabras se habían fugado de mi boca.

—Quedate tranquilo —agregó él—, se la compré al «Tano» De Luca por dos mangos.

«Te recagó», pensé para mis adentros, pero no me animé a pincharle el globo porque, a esa altura, mi viejo ya se había trepado a la plataforma y empezaba a descalzar lo que alguna vez había sido un autito y ahora no era más que un habitáculo descascarado con solo tres ruedas y sin volante.

—¡Dale, dame una mano! —me gritó y me tiró una pinza.

Antes de darme cuenta, ya lo estaba ayudando a desarmar la tapa del motor y quitando unas cenefas descoloridas con estampas del Topo Gigio y otros personajes de los que seguramente los pibes hoy ni siquiera tienen registro.

Para el mediodía, la chata estaba cargada hasta el cielo de fierros y maderas que luego descargamos y acomodamos, parte en el galpón y parte dentro de la casa, a la espera de ser restaurados.

—Vos estás loco —le decía yo, mientras le pasaba removedor de pintura a un unicornio verde—, no te va a venir ni el loro. Los chicos de ahora están en otra; dales la Play, dales celular…

—No, ya vas a ver —insistía él y le daba al torno y a la amoladora con un espíritu y una energía que no le recordaba desde la época de mi vieja.

Será por eso que me dio lástima dejarlo con todo el quilombo y el lunes a primera hora llamé al banco para consultar si podía tomarme las tres semanas de vacaciones que tenía pendientes. «Sí, dale», me dijeron. ¿Qué otro tarado se iba a tomar las vacaciones a mediados de agosto?

Arrancábamos a la mañana temprano y le pegábamos sin parar hasta la tardecita, apenas haciendo una pausa para comer algo al mediodía. Así, día tras día durante tres semanas, salvo un par de ocasiones en que mi viejo estuvo atacado de los bronquios y me dejó laburando solo. «Es el polvillo que se desprende de la pintura», me decía para que yo no lo jodiera con el tema del cigarrillo.

—¿Te acordás de este? —me preguntó una tarde, mientras le lijaba las orejas a un tordillo—. Era tu favorito.

Me acerqué al caballo y le pasé muy suave la mano por el lomo, como si en algún punto la figura de madera pudiera sentir mis caricias.

—Me acuerdo de que, cada vez que tu madre te traía a la plaza, te trepabas a este y no había dios que te hiciera bajar —continuó mi viejo—. ¡Y cómo te desesperabas en cada vuelta para manotearme la sortija! ¿Te acordás que a veces me escondía atrás del palo borracho y, cuando vos dabas la vuelta, te creías que me había ido? ¡Cómo te reías cuando me veías aparecer!

Así estuvo toda la tarde. Cada recuerdo que evocaba era como una figurita que yo iba pegando en el álbum de mi memoria; como cuando pibe. Más de una vez, tuve que darme vuelta y hacer como que buscaba alguna herramienta para que no me viera lagrimear.

El sábado previo a que se acabaran mis vacaciones, terminamos de instalar todo. No exagero si digo que en esas tres semanas pasamos más tiempo juntos de lo que lo habíamos hecho durante los últimos años.

Para el domingo de la inauguración, imprimimos unos volantes que anunciaban el evento y empapelamos con ellos cada poste de luz, cada negocio del pueblo. Pasadas las dos de la tarde, algunas familias comenzaron a llegar a la plaza y una hora después se había acumulado una multitud tal que hacía recordar algún festejo patrio o la vez que los pataduras del Athletic ganaron el regional. Si hasta tuvimos que organizar las colas para que todos pudieran entrar.

Mientras yo cobraba los tickets en la garita, mi viejo, con la boina puesta y el pucho en la boca, revoleaba la sortija que era un contento.

—¡Una vuelta gratis para el que consiga arrebatármela! —gritaba a voz partida. Se lo veía tan exultante que por un momento temí que el corazón no le fuera a aguantar.

La dicha de lo que parecía una tarde perfecta duró hasta entrada la tarde. Cuando apenas quedaban una vueltas por dar, un chispazo en la zona de máquinas desató el desastre. Nunca supe a ciencia cierta cuál fue la verdadera causa; supongo que el viejo motor rectificado no aguantó el traqueteo y entró en corto. La madera, junto con la pintura epoxi y el plástico hicieron el resto.

Afortunadamente, el daño solo fue material; alcanzamos a desalojar a todo el mundo apenas vimos el humo, de manera que, cuando las llamas ganaron el lugar, ya no significaban un riesgo para nadie.

Los bomberos hicieron lo suyo, pero no lograron salvar nada. Cuando todo terminó y los últimos curiosos se marcharon, caí en la cuenta de que hacía rato que no veía a mi viejo. Lo encontré sentado en un banco, con la cara tiznada y un volante de los que habíamos impreso en la mano.

—Lo siento —le dije y me senté a su lado.

—¿Qué cosa? —me respondió como extraviado.

—¿Como qué, papá? Esto… perder en un segundo lo que más amabas en la vida.

Él me sonrió, pero no con una sonrisa resignada; era más bien una sonrisa llana, tranquila. Luego me acarició la cabeza y me dijo:

—¿Vos creés?

Esa fue la última vez que hablé con mi viejo; el lunes a primera hora me volví para la capital porque tenía que reintegrarme temprano al trabajo.

No habían pasado dos semanas, cuando recibí un llamado del sanatorio diciendo que lo habían internado, que por favor fuera pronto. Esa vez no me molestó manejar los 290 kilómetros.

Cuando llegué, lo hallé inconsciente. El médico que lo atendía me dijo que era de esperar, que en el estadio que cursaba su cáncer de pulmón era cuestión de tiempo.

—¿Qué, no sabías nada? —me preguntó al notar mi gesto de incredulidad—. Hace más de un año que lo diagnosticamos.

No respondí. Me producía una terrible vergüenza reconocer que no tenía ni idea.

Mi viejo murió dos días después. Terminado el funeral, me volví para capital, pero enseguida presenté los papeles solicitando el traslado a una sucursal que el banco tenía en la ciudad de San Nicolás, a unos veinte kilómetros del pueblo. Viajaba de lunes a viernes y los fines de semana me dedicaba a refaccionar la vieja casa.

Un día, sin siquiera pensarlo, me encontré removiendo los restos chamuscados del carrusel y, cuando me quise acordar, la casa se había convertido nuevamente en un taller donde cada una de las figuras devoradas por el fuego fue hallando resurrección.

Un año después reinauguré; claro que solo la abro los domingos, y cuando la nostalgia me lo permite. A veces, cuando ya todos se han ido, vuelvo a hacerla girar un rato más y me trepo al tordillo de madera. Sé que mi viejo no está, pero me reconforta pensar que es solo cuestión de tiempo, que en alguna vuelta, en mi última vuelta, lo veré salir desde atrás del palo borracho para ofrecerme la sortija.

2 Respuestas

  1. maria eugenia Rodriguez dice:

    Las vueltas de la vida, que tema, me gustó

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