¡Milagro!

Sí… ¡Milagro!… ¡Afuera hay vida!… Lo confirmé ayer y quedé tan sorprendido que re-cién hace horas tomé conciencia y pude escribirlo para ustedes, mis lectores. Sí, afuera hay vida, continúa empobrecida, pero es vida al fin… para mí y para muchos.
Por ser mayor de ochentaiséis años, con familia fallecida y autorizado por la superiori-dad, ayer salí de casa luego de estar encerrado cuarentaiocho días… ¿o fueron ochentaicua-tro? No lo sé, tal vez tan solo fueron cuatro o ciento treintaidós. No importa, lo real es que abandoné, por unas horas, la maldita y larguísima cuarentena.
Salí para vacunarme. Apenas abrí el portón ciego a la calle, respiré aire con aroma a li-bertad, a espacio ampliado, a distancias amigables. Resurgió mi esperanza a participar en la lucha vital. ¡Había autos rojos y verdes estacionados! Colores casi olvidados. ¡Persianas le-vantadas en la mayoría de las ventanas de mis vecinos! Vi árboles con pocas hojas nuevas y el resto amarillentas, apesadumbradas: eran demasiadas sobre las veredas y el asfalto. «¿Ya será otoño?», me pregunté al descubrir todo eso a pesar de mi vista deteriorada. Las sorpre-sas siempre me entusiasmaron y fueron bienvenidas. La respiración agitada satisfacía mis pulmones y colaboraba con el desborde de tantas emociones hermosas.
¡Vi pasar un auto!… El conductor, asombrado y con su mascarilla reglamentaria, me mi-ró. Lo saludé —tal vez demasiado eufórico— y él aceleró. Me dejó atrás, desconcertado y tris-te. «¿Por miedo al contagio?», dudé. «Imposible», pensé: yo vestía abrigos cerrados, borce-guíes, barbijo doble y la pantalla-máscara de soldador. Además cargaba alcohol en gel en ca-da bolsillo. No me ofendí. Creí haberlo comprendido, pues todos vivíamos en alerta máxima.
Avancé con pasos alegres, bajo un amplio cielo que parecía interminable. Caminaba por veredas que eran solo para mí y así de feliz llegué a la esquina.
Un perro lanudo, sentado, parecía esperarme. Cruzamos nuestras miradas. «¿Hace mucho tiempo que aguardás para cruzar?», le pregunté solo para hablar con alguien, para decir algo, cualquier cosa y no olvidar las palabras. Como no me iba a contestar, supuse un movimiento afirmativo con su cabeza. Entonces le hice señas y cruzamos juntos. La mirada de agradecimiento del animal fue realmente pura. Caminamos a la par unos metros hasta que él, apurado, entró a un chalet sin rejas y corrió hacia el fondo. No hubo tiempo para la despedida. Lo sentí amigo, compañero, a pesar de no habernos hablado.
Los comercios céntricos —muchos cerrados y otros vacíos— conformaban un paisaje feo que llenó de tristeza mi corazón. Otro auto por la calle: este sí respondió con amabilidad a mi saludo. Avancé unos cientos de metros más y por fin —¿o lamentablemente?— llegué a la farmacia donde me vacunaría. La fila para el ingreso constaba de bastantes personas libera-das como yo. Estaban distanciadas entre sí dos metros —o bastante menos, en algunos ca-sos— para poder conversar y confesarse sus alegrías y pesares. Algún sordo gritaba y todos nos enterábamos de la vida de sus seis nietos y de los remedios que desayunaba.
Sin dolor, con una sonrisa de mi parte y profesionalidad por la otra, recibí el pinchazo tan deseado como excusa conveniente y oportuna. Tras el saludo y comprar un remedio, salí de la farmacia a paso lento —exprofeso— para prolongar el afuera por autodeterminación.
Llegué a la plaza desolada y aproveché un minuto para sentarme y descansar. Pasó en bicicleta una señorita sonriente, sin barbijo: «¡Tu familia y tus amigos no te lo perdonarán!», le grité sin control. Ella ni miró.
La soledad duró poco —por suerte—. De pronto me vieron y rodearon unas diez palo-mas hambrientas. Me observaban atentas, curiosas, y con sus picos entreabiertos parecían pedirme semillas y, por qué no, compañía, como en los tiempos normales.
Me levanté angustiado por mi falta de solidaridad. Las alejé agitando mis manos y, ca-bizbajo, avancé cuadra por cuadra. Saludé al perro con el que había cruzado la calle y las mi-radas. Parecía saber que yo regresaría por allí, por el mismo camino. Le hablé, lo llamé amigo y él me respondió moviendo la cola. Sus ojos brillaban y los míos más, por el lagrimeo.
Llegué a casa. No quería más encierro, no podían obligarme. Sí podían… Sí, pero… yo solo en la calle: nadie me delataría. Sin pensarlo demasiado, decidí dar dos vueltas a la man-zana. Habría veredas vacías, ausencia total de autos circulando y de cánticos de pájaros: solo un silencio opaco. Caminé pausado, atento, para detectar cada detalle de las casas, de los árboles, cada mancha, cada color y señal distintiva. Nadie supo de esta, mi valiente transgre-sión, solo ustedes ahora al leerlo. Espero que comprendan estos excesos ilegales.
Abrí el portón negro de mi prisión y entré cansadísimo pero feliz. Caí en el sillón-cama. No quería dormir, sino gozar de mi reciente gran aventura. Soñé con nuevas vacunas —prefería las infantiles— que me iría colocando a razón de una por semana y, si fuera necesa-rio, repetiría algunas. Imaginaba cada salida. Las programaba diferentes, todas rodeadas de aire puro, de sol acariciante, saludando a personas y a mi amigo perro. Intentaría gozar de la felicidad otorgada por tanta libertad fuera de las cuatro paredes de la casa.
Con hambre, llegué a la cocina. Allí, sentado y serio, me dije en voz alta: «¡Milagro!», al presentir uno verdadero. Segundos después concluí con que la vida prosigue su curso, que no me espera, que el planeta gira, que los minutos existen, que las horas, los días y los meses llegan. Además, consideré que la paciencia vale oro y entonces sonreí radiante por tanto des-cubrimiento.
Más tarde, encerrado y mirando el techo deduje que, por suerte, esta maldita pandemia también se agotará y que yo quedaré en libertad total sin figurar en las estadísticas.
Solo me resta esperar el después, un nuevo después.

1 respuesta

  1. Sofia dice:

    Hermoso, Felicitaciones !!!!

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