La niña bonita(tiempo de lectura: 8 minutos)

Una vez le pregunté a Eduardo si el ajedrez le gustaba tanto como el póquer. Su respuesta fue rotunda:

—No, me llevo pésimo con los alfiles. Ni que decir con las damas. Eso dejáselo a mi viejo —continuó—. De todas maneras, lo que sí me entusiasmó siempre, y eso gracias a papá, es la idea de la estadística asociada al juego.

Lo interrogué con la mirada. No entendía un corno de qué me estaba hablando.          

—Mi viejo —agregó Eduardo— me prestó los textos que Pascal y Fermat escribieron sobre el juego de dados. Desde entonces no paré de leer todo lo que caía en mis manos sobre cálculo de probabilidades. ¿Conclusión? Nada ocurre porque sí. Si hay un patrón de comportamiento, siempre un suceso va a ser más probable que otro.

Me rasqué la cabeza. Para mí, el juego es instinto, nace del orden de lo primitivo, de la intuición. Debo de haber puesto una cara muy de pelotudo, porque Eduardo se apresuró en aclarar:

—Antes de jugar calculo muy bien mi mano. Así siento que tengo algún control sobre lo que puede pasar. Mi gran pasión es desafiar al azar. Pero con la inteligencia. No como vos, Beto, que te vas de cabeza tras las patas de un pingo. Te mataría, boludo. ¡Haceme el favor, ponele a tus apuestas un poco de materia gris! No te va a venir mal.

—Bueno, loco —le respondí—. Ni las minas me calientan tanto como los caballos. ¡Qué querés! Son mi debilidad.

—Y la manera más embolante de regalar la plata —remató Eduardo.

En definitiva, él se sentía un jugador racional. Si era así, estaba condenado al póquer o a cualquier otro juego que requiriera habilidad mental.      

—Paremos aquí la mano, macho —recuerdo que le marqué. Estaba por decirle «dejame de hinchar los huevos», pero si seguíamos, íbamos a terminar a los puños. Decidí tomármelo con soda. Más calmo pregunté—:  ¿Un whisky? El que tengo es un espectáculo. —Eduardo me siguió con la mirada, codiciándolo. Agregué—: El miércoles encontré en el mercadito a Gloria y a las chicas. ¡Están enormes, che! Uno de estos días le digo a Moni que me ayude con la cocina y ustedes se caen por acá. ¿Te parece?

—Por supuesto. Quién no se va a prender a un asadazo como los que hacés. Che, ¿y para cuándo el casorio?

Lo miré pensando «¿Por qué no te vas al carajo? Estaba muy cómodo así y, por ahora, resistía los apuros de Mónica.

Seguimos hablando, esta vez de los campos. Ambos administrábamos algunos en una zona muy despoblada. Aunque ya nos conocíamos de la Universidad, ayudarnos a resolver problemas imprevistos sobre el uso del agua y el impacto de los desmontes fue el punto de arranque de nuestra amistad. Después nos enteramos de que, además, ambos necesitábamos el aire del juego para respirar.

—No hay como una apuesta bien fuerte —coincidimos, y Eduardo agregó—: Te da más placer que una buena borrachera.

Jugador irregular, aunque no lo admitiese, mi amigo no era ¡taaan racional como pensaba! Cuando se adelantaba la razón, la jugada iba sobre ruedas, pero si lo ganaba la impaciencia, no quieran saber hasta dónde lo llevaban sus errores: ¡al subsuelo y tres niveles más abajo también!  Podía pasar de millonario a pobre, o de pobre a millonario de la noche a la mañana. Y eso ya era una fija en su vida.

 

 

Después de aquel día, dejé de verlo por un largo tiempo. Fue cuando tomó una estancia muy grande para administrar en una zona alejada. Toda la familia se trasladó allí. Más tarde me enteré por los vecinos de que Eduardo había conseguido ganar con el juego una fortuna con la que saldó todas sus deudas y pudo comprar la casa que tanto le había reclamado su mujer.

Me sorprendí sonriendo y recordando un latiguillo de Gloria: «Pensá en las chicas. Por una vez, pensá en ellas, Eduardo».

Con el paso de los meses sin noticias, di por sentado que había perdido a mi compañero de andanzas… Por eso me extrañó verlo aparecer durante aquella siesta en la tranquera, con el viejo Falcon de otras épocas. Corrí hacia él, nos abrazamos y caminamos hacia la casa para tomar unos mates.

—Bueno, vos me conocés —me dijo Eduardo, mirándome fijo—. Aposté fuerte otra vez. Te la hago corta: perdí todo, hermano, todo. La casa, los dos autos, la camioneta… hasta tuvimos que cambiar a las chicas de colegio. Gloria está furiosa, pero yo sé que, como siempre, me voy a recuperar.

«¿Sería así siempre?», pensé. «Al menos yo contaba con un capital heredado de mis padres, y por el momento no tenía ninguna responsabilidad sobre otros. Pero, ¿y él?».

Casi sin darse respiro, agregó:

—Vos sabés que yo no creo en sueños ni en la ruleta ni en nada de la leyenda sobre el azar. Pero hace poco soñé con una mensura muy complicada que cerraba con el número cero quince. Al día siguiente fui al casino de Río Ceballos a arreglar las cuentas con mi banquero de juego —continuó—. Había elegido la siesta para evitar toda tentación de quedarme. Sin embargo, al estacionar vi una mina que me volvió loco. Llevaba un vestido rojo… Despampanante, hermano, despampanante. —Hizo un breve silencio—.  ¿Y qué querés que te diga, Beto? Me pudieron sus curvas. Ese culo perfecto. Esas tetas… Me partió la cabeza.

Yo bajé las cejas y miré hacia abajo. Hasta donde sabía, mi amigo no era de ponerle los cuernos a su mujer.

—No pude evitar fijarme en la patente de su auto: un Clío terminado en cero quince—siguió Eduardo—. Entré al casino con ella. Me senté a su lado y le di chamuyo. ¿Y a que no sabés? Terminó siendo la típica cordobesa de la zona norte que deja los chicos en el colegio y desaparece toda la mañana para jugarse unos mangos en las tragamonedas.

Le alcancé un mate casi lavado y me prometí cambiar la yerba apenas me lo devolviera.

—Esa tarde no pasó nada, macho —siguió luego de una generosa chupada—. Yo estaba tan volado que a la noche me fui a una de mis guaridas y jugué fuerte al póquer. Me fue muy bien. Ahí nomás le hablé a Gloria. Le dije: «Glo, esperame con un champagne. Del bueno, ¿sabés? Y tratá de que las chicas se duerman». Necesitaba sacarme a esa mina de la cabeza. Pero no pude. A los pocos días volví y la encontré apostando en una de las maquinitas. —Eduardo toma aire para continuar—. Habrán sido tres o cuatro revolcadas, hermano, porque después desapareció.

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Miré a mi amigo, expectante. Me preguntaba por qué ella no había vuelto a dar señales de vida.

—Lo curioso —agregó— es que la última vez que nos vimos fue en un motel, y la habitación era la quince. Y aquí viene mi mangazo.

No sé qué cara habré puesto, porque Eduardo se apresuró a aclararme:

–No. No te asustés. No es guita. ¡Acompañame al casino, hermano! Son demasiadas coincidencias. ¡A la bosta! Voy a jugar a la ruleta. Pero si gano, no quiero irme de boca y patinarme la plata. Necesito que me saqués arrastrando si fuera necesario. ¿Te prendés, Beto?

 

«Cero quince. Yo también podría jugarlo», pensé. Tenía la tarde libre. Seguramente llegaríamos al lugar en las primeras horas de la noche. ¿Por qué no? Alcé la campera y metí la mano en el bolsillo para asegurarme de que llevaba la billetera. Íbamos con tiempo y distendidos, así que Eduardo no apuró la velocidad. Pero, a más de la mitad del camino, un camión se desvió imprevistamente. El choque fue instantáneo.

 

 

Hace una semana empecé a reaccionar. He pasado mucho tiempo, ni sé cuánto, en terapia intensiva. La enfermera me contó que Eduardo murió.

Desde que estoy acá, Mónica no se ha apartado de mi lado. Cuando me recupere, pienso casarme. Acabo de cerrar los ojos cuando Gloria entra a la habitación. Ha venido todos los días, según me dijo Mónica. Hoy, creyéndome dormido, se sienta a mi lado y le comenta a mi novia:   

—Tengo los papeles del accidente. ¿Querés verlos? El abogado me aseguró que el arreglo con el seguro va a ser muy bueno. Se comprobó que el conductor del camión se había dormido y que Eduardo, como nunca, iba con el cinturón puesto. Con lo que cobremos, voy a tener de nuevo una casa. Y, por supuesto, podré cubrir los gastos de internación que ustedes están teniendo.

Gloria se levanta para alcanzarle a Moni la carpeta, pero olvida otra más pequeña encima de la mesa, cerca de la caja de las pastillas de la mañana, muy a mi alcance. La agarro con torpeza y la abro. Con un solo ojo —el otro está tapado por los vendajes— repaso las fotos que están en su interior.

Me estremezco. El camión que dejó al Falcon cortado por la mitad tiene patente terminada en cero quince. 

«También la muerte, cuando juega al azar, usa el cálculo de probabilidades», concluyo. Y acomodo como puedo la pequeña carpeta sobre la mesa de luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

6 Respuestas

  1. Ángela dice:

    Gracias por el comentario, Zulma. Me alegra que te haya interesado.

  2. Entonces traslado los comentarios para Angela. Felicitaciones

  3. Ecelente. Buen tema. Bien ubicado el accidente, me hizo dar un salto. Felicitaciones Germán.

  4. Ángela Peláez dice:

    ¡Qué bueno que te haya gustado! Gracias, Isabel.

  5. Isabel dice:

    Muy bueno excelente con el cálculo de probabilidades

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