La Leyenda

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Las luces de la ciudad se divisan cercanas y sonríe. Sabe que esa noche habrá cosecha. El viejo de la bolsa camina despacio. Solo escucha sus pies que arrastran la tierra del borde de la ruta. Sus manos callosas han estado cavando el pozo donde meterá lo que quede del niño. Ha caminado tanto que su derruido saco está mojado de transpiración. Un camión pasa a toda velocidad, generando un aturdidor sonido metálico. El polvo se pega en su rostro húmedo. Pasa su lengua por los labios y la tierra se mezcla con la saliva espesa de su boca pastosa.

Al llegar al primer semáforo, gira internándose en el barrio municipal, sus sentidos se agudizan, esperando escuchar algún crío berreando. Los orificios de su nariz se agrandan, buscan en el aire, huele. Dirige la mirada de lince alineando todos los sentidos como un puntero láser directamente a la tercera casita de la cuadra. Se detiene y se le llena la boca de saliva. Baja la harapienta bolsa y se dispone a asomarse por la ventana iluminada. Cuando ve en la puerta de entrada un lazo negro de luto con la foto de un hombre, queda paralizado. Se apoya en la verja de la casa vecina pensativo. Arma un cigarro y recuerda a ese mocoso de la ciudad de Salto en 1887.

Era una noche de otoño cuando se robó a un chiquito de la familia Quiroga, era diminuto para sus casi diez años. Estaba sentado en el umbral de la casona al anochecer. El niño respiraba con dificultad y estaba transpirado como si hubiese estado corriendo: estaba atravesando una crisis de asma. Hacía nueve años que había muerto su padre, pero de tanto escuchar el relato una y otra vez, creía poder recordar el trágico acontecimiento del que fue testigo con tan solo dos meses.

Al viejo no le implicó ninguna dificultad meterlo en la bolsa y emprender el camino hacia la oscuridad del monte. Necesitaba carne fresca y el bocado estaba al alcance de la mano.

A diferencia de las patadas, el llanto y los gritos de desesperación que usualmente ocurrían con cualquier crío, Horacio Quiroga, como se llamaba el niño, estaba quietito. Se escuchaba el esfuerzo que realizaba para poder respirar. El pequeño era nervioso, tenía un fuego en su interior que no podía manejar. A veces ese fuego se convertía en fiebre. La ansiedad y la timidez lo devoraban.

Dentro de la bolsa, el mocoso apretaba sus manos para calmarse, las hacía un nudo hasta clavarse las uñas en las palmas; sabía que estaba en peligro, pero casi siempre se sentía así. Era un estado que conocía y que a veces lograba dominar. Intentaba gritar, pero no podía, como en sus pesadillas.

El viejo de la bolsa se abría camino entre los yuyos sin más luz que la de la luna y sin más ruido que el de la hierba al quebrarse bajo sus pies.

Entonces, de la bolsa salió una vocecita inmutable:

— Nadie te recordará, padre, si yo muero esta noche. Yo te vi morir en mi amanecer. En esta bolsa, todo es oscuro. Mi cuerpo se balancea como el  péndulo de un reloj. Este hombre dice que soy su cena, no sabe que mi carne está hecha de dolor. Debiera llevarse  a quienes se burlan de mi tartamudez en la escuela, a quienes me rechazan y hacen que mi sangre se envenene. Yo puedo morir esta noche por el viejo, por el frío o el miedo. Pero es preciso que la muerte tenga un propósito, e igual la vida, la mía será la de ser testigo y la del viejo la del castigo.

El viejo se frenó. Le llamó la atención la manera instruida con que hablaba el pequeño. Se sentó en una piedra y pensó que podía nivelar la balanza entre su hambre feroz y la limpieza de la estirpe malformada de los niños malos. Pero negó con la cabeza instantáneamente: su naturaleza no podía modificarse.

Lo sacó a Horacio de la bolsa, y le asestó un golpe seco en la cabeza. Luego le arrancó la camisa para saborear su presa, pero un olor a putrefacción lo hizo retroceder. El niño emitía un pestilente hedor a descomposición, como si llevara muerto semanas. Al viejo se le revolvieron las tripas y comenzó a vomitar. Lo miró con sorpresa, ya que parecía sano y vivo. Y lo estaba pero expedía un tufo inmundo. Pudo oler todas las muertes que encerraba esa criatura, disparos, cianuro, fiebre tifoidea, accidentes y suicidios. Una abundancia espectacular de tragedia. Se alejó haciendo arcadas y blasfemando.  

Al niño lo encontraron al mediodía, con las extremidades endurecidas y una espuma blancuzca que manchaba su boca. Deliró de fiebre una semana y enmudeció más de un mes. Cada vez que oscurecía, gritaba como loco y se mecía sentado en un rincón de la habitación. Los médicos no hallaban qué enfermedad podría causarle esos síntomas. Al final sugirieron internarlo en un hospicio para dementes. La madre decidió que su casa y el amor filial era lo mejor. Y así fue como el pequeño comenzó a hablar, lento y bajito, luego ganando firmeza y reponiéndose sin más remedio que tiempo y paciencia. Un día comenzó a contar su pavorosa experiencia a sus hermanas y compañeros. Sentía pánico por dentro. Estaba seguro de que el viejo lo había dejado vivo para que esparciera la leyenda. El miedo de aquella noche selló para siempre su carácter taciturno y retraído. Era normal verlo sentado solo mirando la profundidad del monte, como esperando algo.

Horacio pudo cambiar el tiempo, pero no el destino. Más le hubiera valido haber perecido aquella noche de 1887, porque la tragedia tiñó de muerte todos los años de su vida, y más allá de ella también. La muerte no se conformó con su padre, su padrastro, sus dos hermanos, su esposa, sus tres amados amigos, ni con su propia vida. Solo se sació cuando pudo hacer desaparecer la estirpe total de su sangre: sus tres hijos.

4 Respuestas

  1. Yael Rodríguez dice:

    Es muy bueno, el personaje de diez!

  2. carlos peludero dice:

    Atrapante e inquietante. Me gustó. No es para levantar el ánimo un domingo al anochecer, estando solo, en un departamento con ventana al patio de luz mientras llovizna y con la luz cortada. pero…

  3. Amadeo Belaus dice:

    Mariana.
    Excelente texto. Muy llevadero y facilita mantener la expectativa, al conocer la leyenda (parcial) del hombre de la bolsa (ideal para asustar a niños).

  4. Ariel Graziani dice:

    Que cuentaso. muy bueno Mari, me encantó el final!!!

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