Amanecer

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En medio de la sensación de incertidumbre que lo invadía, Erich evocó su llegada al campo, un día de crudo invierno, dos interminables años y medio antes. Recordó su descenso del tren y la separación, la terrible separación entre lágrimas y gritos, de su mujer y de su hijita, bajo los duros golpes de los soldados: solo unos pocos segundos disponibles, tan cortos, tan insignificantes, para dar aquel adiós tan definitivo. Recordó haber sentido su espíritu y su cuerpo disociados por la indescriptible angustia, como si fuese otro el que estuviese sufriendo; y aquel transitar, entre culatazos y empujones, por un camino desconocido, desde las vías hasta la barraca que se convertiría en su hogar, si es que algún nombre había de darle al repulsivo sitio donde debería sobrevivir.
En esa ocasión soplaba un viento intenso y helado que le cortaba la cara. El tiempo había sido muy seco durante las semanas anteriores, y una arenisca muy fina, que no permitía ver más allá de unos pocos pasos, era levantada por el viento desde el suelo, muy resquebrajado por la falta de humedad; se hacían claramente visibles sus caóticos remolinos. La arena golpeaba su rostro, hacía llorar sus ojos hasta obligarlos a permanecer casi cerrados y se metía en su boca para ser machacada con un crujido por sus dientes, que castañeteaban sin control debido al intenso frío. Podía sentir el amargo sabor de esa arenisca, que hubiese revelado -a alguien un poco más perceptivo- su falso origen mineral.
Poco más tarde descubriría que esa arena que todo lo invadía era, en realidad, ceniza. Restos entremezclados de lo que habían sido miles de personas flotaban en torbellino; hombres y mujeres liberados de su humano sufrimiento por la gracia de sus carceleros. Ceniza que era vomitada por el cuerno de aquel espantoso dragón negro, de lengua ígnea y apetito voraz, instalado exactamente en el centro del campo, que tenía por nombre Majdanek y estaba ubicado a unos pocos kilómetros de la ciudad polaca de Lublin.
Había tenido que habituarse con rapidez al lugar; pronto le enseñarían cuál era la forma adecuada de caminar por el campo: la culata de los fusiles resultó ser una maestra severa y eficiente. Debía hacerlo con la cabeza gacha, inclinada hacia el piso, al mirar el suelo que sería pisado por sus propios pies al dar el siguiente paso. Las briznas del pasto de verano o las piedritas que había sobre el suelo desnudo en invierno eran las últimas imágenes que se habían llevado al otro mundo algunos de sus compañeros de cautiverio, sujetos al capricho ilimitado de los guardias, convertidos, vaya a saber por qué misterio del destino, en horrorosos dioses vengativos.
También evocó el rostro de aquel compañero que, con palabras entrecortadas, casi con timidez, le informó que su esposa había muerto gaseada, envenenada con Zyklon B, durante un falso baño matutino. Cuando -casi sin voz y entre lágrimas- le preguntó al preso si sabía algo de su hijita, el hombre miró al piso y dijo que no en un tono casi inaudible. No insistió. La ínfima esperanza que le quedaba sería, desde ahí en adelante, como un hilo de araña al cual aferrarse para mantenerse unido al mundo de los vivos, o a lo que de él quedaba.
Por eso cuando, en medio de esa noche de verano, el Jϋdischer -el judío colaboracionista que oficiaba de policía de sus compañeros de prisión- lo despertó violentamente para informarle que debía presentarse de inmediato ante el comandante del campo, todos esos recuerdos afloraron ante los ojos de Erich, ante la casi certeza de una muerte inminente. Nunca antes el comandante había llamado a ningún prisionero a su presencia, y esta situación le parecía terminal.
Caminó los trescientos metros que separaban las barracas del edificio de los oficiales -una combinación de oficinas y dormitorios- con el colaboracionista a sus espaldas. Anduvo con la cabeza gacha, como siempre, pero arrastraba los pies más que de costumbre; le parecía que al final del camino lo esperaba el cadalso y por momentos, se sintió desfallecer.
Llegaron a la entrada principal del edificio y, luego de recorrer sinuosos pasillos y subir empinadas escaleras, estuvieron delante de la puerta de la oficina del comandante, teniente coronel de las SS, Martin Weiss; el policía golpeó la puerta y, un instante después, se escuchó el permiso de ingreso dado desde el interior por una voz grave y estentórea, en un perfecto alemán.
Weiss estaba de pie del lado del escritorio opuesto a la puerta de acceso. Erich lo había visto en varias ocasiones, desde lejos, lucir su uniforme de campo gris verdoso; sin embargo, ahora vestía su uniforme de gala, completamente negro. Había escuchado comentarios sobre esta vestimenta; algunos decían que su simple vista producía terror en los enemigos; otros, que aseguraba un absoluto respeto. Erich había desechado estos comentarios como exagerados: ¿cómo podría un simple uniforme atemorizar a hombres que habían perdido a la mayor parte de sus seres queridos y que sobrevivían día a día en condiciones infrahumanas? Sin embargo, si a partir de ese instante alguien le hubiese preguntado a Erich cómo imaginaba al principal colaborador de Satán, sin dudarlo hubiese descrito a Martin Weiss en su uniforme. Su maligna belleza contrastaba con el destrozado traje de preso de Erich, a rayas verticales azules sobre una tela que alguna vez había sido blanca.
El comandante era un hombre muy alto, de unos cincuenta y cinco años. La piel del rostro, blanca y cruzada por pequeñas arrugas, estaba impecablemente afeitada y sostenía anteojos sin montura. La gorra negra ostentaba el águila plateada sobre la visera; debajo del águila, también plateada, lucía la totenkopf -la calavera de las SS-: un cráneo delante de dos tibias cruzadas. Las patillas, muy canosas, asomaban bajo la gorra como marco de un rostro severísimo. En ambas solapas lucía los conocidos símbolos runas de las SS; una corbata negra resaltaba sobre una camisa blanquísima y usaba un ancho cinturón negro. En su brazo izquierdo, llevaba el típico brazalete rojo con la esvástica negra dentro de un círculo blanco, que resaltaba brutalmente al ser usada sobre el uniforme negro. Sobre el lado izquierdo de su pecho, lucía varias condecoraciones, entre las que se destacaba con nitidez una Cruz de Malta. Terminaba su atuendo con unas impecables botas altas, muy negras, que llegaban casi hasta sus rodillas.
—¡Siéntese! —ordenó el comandante, mientras señalaba la silla que estaba delante del escritorio y despedía con un ademán al policía.
Erich se sentó con extrema delicadeza; apenas tocó la butaca. Era una silla con un pulcro asiento de terciopelo dorado, y le pareció que su traje de preso, roto y muy sucio, podría arruinar el tapizado. El comandante permaneció de pie.
—Tenía un gran amigo, Otto Müller —comenzó Martin Weiss—, a quien diagnosticaron, a sus cuarenta y cinco años, una grave enfermedad que no lo dejaría vivir más que unas pocas semanas. ¿Qué cree que hizo Otto con el tiempo que le quedaba? —el comandante prosiguió, sin esperar una respuesta que, de todas maneras, Erich era incapaz de dar—: Era un hombre de recursos. Podría haber viajado por el mundo, tenido mujeres, pero no… Hacía años que deseaba leer un libro muy raro que no encontraba por ningún sitio. Lo localizó en una pequeña librería en Praga y lo hizo traer. Los últimos momentos de su vida los pasó en la lectura de sus capítulos finales. Ese fue su último deseo.
Erich lo miraba con expresión perpleja. No comprendía la razón por la que se encontraba allí, por qué le contaba algo tan personal y, sobre todo, por qué lo hacía en alemán. La mayoría de los presos del campo eran polacos, como él. Solo eran capaces de entender órdenes breves en alemán, pero de ninguna manera podían seguir una exposición compleja. Él era capaz de hacerlo, ya que en su otra vida, en aquella lejana vida en libertad que alguna vez había tenido, había sido lingüista en la Universidad de Varsovia, y conocía el idioma alemán casi como a su lengua materna; pero el comandante no podía saberlo.
—Yo no participé —continuó el comandante—, al contrario de la mayoría de los oficiales alemanes, de la Gran Guerra. Antes de que se declarase, ya era un joven catedrático; dictaba Filosofía en la Universidad de Humboldt, en Berlín. Fue la mejor época de mi vida; mis mejores recuerdos son de aquellos días. Alemania quedó destrozada después de la guerra; el tratado de Versalles nos impuso condiciones imposibles de cumplir: al comienzo de los años veinte, nuestro pueblo estaba hambriento y desesperado.
»En cierta oportunidad, salí de dar una clase en la facultad para dirigirme a mi casa; era una noche de invierno, oscura y helada. Al pasar por un callejón, escuché a una mujer que lloraba. Me acerqué y la vi; vivía en la calle. Estaba de pie, con el cadáver de su hijito en brazos, que acababa de morir de hambre y de frío; nada pude hacer por ella, salvo acompañarla por un rato. En ese instante sentí que, para ayudar a Alemania, no bastaba con enseñar filosofía, que era poco lo que hacía desde mi claustro; así fue que ingresé en las SS —continuó—. Pronto lo conocí al Führer: un ser capaz de orientar los deseos de los hombres, de poner a una población desesperada a caminar detrás de un objetivo común —aclaró.
Erich se encontraba incómodo. Además de no comprender la razón por la que estaba ahí, algo comenzó a llamar su atención: Weiss no hablaba como si solo él estuviese presente, sino como si se dirigiese a un público numeroso. Por un momento el uniforme de gala se le antojó a Erich un simple disfraz con el cual el comandante pretendía cubrir alguna inusitada debilidad.
—Uno de los pilares de la unión de los alemanes —continuó Weiss— fue el establecimiento de un enemigo común. Este ha sido, en la historia de la humanidad, un aglutinante social incomparable. Así que convertimos a los judíos en nuestros enemigos; unos a los que se debía eliminar. Los culpables de la destrucción de Alemania eran los usureros y los banqueros judíos. ¿Que no todos los judíos eran usureros? ¿Que no todos los usureros eran judíos? ¿Qué importancia tenía? El objetivo era tener un enemigo para unificar nuestra sociedad, y eso hicimos. Y eso habría que hacer otra vez, si tuviésemos que comenzar de nuevo. Es un resorte utilizado por el hombre desde el comienzo de los tiempos. Los griegos atacaron a los troyanos con la excusa de que, nada menos que Helena, la reina de Esparta, había sido seducida por un troyano, Paris. Pero esa fue una simple excusa para convertirlos en enemigos y odiarlos a muerte. El objetivo era comercial: los griegos querían alcanzar el rico mercado de Bizancio y los troyanos lo impedían, al estar su ciudad erigida en las cercanías de un paso obligado. Es inimaginable que se hubiese logrado el apoyo de la población griega para la guerra, si hubiesen expuesto su verdadero motivo. Y ese odio visceral al enemigo se manifiesta, en la Ilíada, con Aquiles, al arrastrar el cadáver de Héctor alrededor de las murallas de Troya y al amenazar con destrozarlo para escarnio de su padre, el rey Príamo —sentenció el comandante.
Erich había comenzado a sentir un arrebato interior, una furia difícil de controlar, mientras escuchaba a Weiss. ¡Amaba a Homero! ¡Lo había amado toda su vida! ¡Y ese horrible monstruo que tenía adelante se atrevía a darle clases de la Ilíada! La simple idea de tener un minúsculo elemento en común, una partícula de empatía con el comandante, con esa basura, le producía ganas de vomitar. ¡Si era necesario que el comandante fuese un ser humano, él prefería pertenecer a otra especie!
Con dificultad, logró controlarse. Erich había interpretado la Ilíada, no como un relato histórico de batallas y odio, sino como la manifestación del amor humano que siempre termina por imponerse, o ¿no era cierto que, finalmente, Aquiles, conmovido por el amor de Príamo hacia su hijo, había entregado su cuerpo sin mutilarlo?
De pronto, Weiss continuó su exposición, pero no como para una audiencia imaginaria, sino que, claramente, se dirigió a Erich:
—En tres días, a más tardar el veinticuatro de julio, el Ejército Rojo estará a las puertas de este campo. —El comandante hizo una breve pausa al tiempo que Erich abría sus ojos, pletóricos de asombro—: Es por eso que, como mi amigo Otto, quise tener un deseo final. Quise revivir, por unos breves instantes, aquellas épocas tan queridas para mí, en las que daba mis clases en la Universidad de Humboldt. Quería tener una audiencia a quien contarle estas cosas, pero mis compañeros de la oficialidad son militares de carrera. Ellos solo entienden de estrategia, de armas, de mujeres… Usted, en cambio, fue un lingüista catedrático de la Universidad de Varsovia, experto en alemán, y ha resultado, por lo tanto, un alumno adecuado. La llegada del ejército soviético debía ser un secreto militar, pero ya no tiene ningún sentido el ocultarlo.
»Pero le voy a decir una cosa más, Erich Miczuk, antes de que nos separemos —comenzó el comandante a la par que Erich se sentía extraño al escuchar su nombre, en lugar de su número de preso, por primera vez en boca de un oficial—: Si un hombre se enamora de una mujer, pero la mujer muere súbitamente sin que ese amor se materialice, ese hombre enloquece con un dolor eterno. Es porque el amor ha llegado a su espíritu, pero si el objeto de su amor, la mujer que era amada por él, y solo por él, ha desaparecido, y, por lo tanto, ese amor no puede materializarse queda, entonces, idealizado. Quizá, con el tiempo, logre conocer a otra mujer y ese sentimiento perturbador que lleva en su interior se dirija al nuevo objeto de su amor y su tormento desaparezca. Con el odio sucede exactamente lo mismo. Ustedes, los judíos, nos odian ahora y nos odiarán en el futuro a los nacionalsocialistas, con toda su alma; pero nosotros no podremos ser objeto material de su odio, por la sencilla razón de que ese odio no será exclusivo del pueblo judío: nos odiará el orbe entero. Seremos escarnecidos, nos convertiremos en el ejemplo de lo que nunca debió hacer pueblo alguno en la historia: ese odio no será materializado —el comandante hablaba cada vez en tono más alto y la pálida piel de su rostro había comenzado a enrojecer—. Transmitirán su odio de generación en generación, de padres a hijos —dijo, mientras hacía muecas incontroladas—, hasta que un día encontrarán algún pueblo que pueda ser objeto de ese odio y lo materializarán. ¡Sí! —gritó mientras gesticulaba y daba un golpe para llamar al policía que esperaba afuera—. ¡Ustedes odiarán a ese pueblo y harán con él lo mismo que dicen que les hemos hecho nosotros a ustedes! ¡Ustedes se habrán convertido, entonces, en nosotros! ¡Nosotros no somos monstruos! ¡Cualquier pueblo puede convertirse en lo que nosotros somos, si se dan las circunstancias adecuadas!
El policía vino a buscarlo y se retiraron del lugar. Al salir del edificio de los oficiales, todavía se escuchaban, desde el campo, como un presagio, los gritos desquiciados del comandante:
—¡Ustedes se convertirán en nosotros! ¡Ustedes se convertirán en nosotros!
Caminó hacia las barracas lentamente, con el colaboracionista pegado a sus talones. La noche era tibia y agradable; no lo había notado durante la ida. El disparo se escuchó cuando faltaban aún por recorrer unos treinta metros. Sus ecos, atenuados, se repitieron con insistencia, como si hubiesen querido marcar un antes y un después. A la par que daba gritos y gesticulaba, con el rostro descompuesto, el policía judío retrocedió, a la carrera, hacia el edificio de oficiales.
Erich se quedó inmóvil, por unos pocos instantes, en absoluta soledad, casi clavado al suelo. Después, con decisión, con la cabeza erguida, como acostumbraba hacerlo el hombre que alguna vez había sido y que quería volver a ser, caminó, resueltamente, hacia su barraca.
En el horizonte, la Aurora, de rosados dedos, empezaba a iluminar débilmente el campo, al esparcir sus primeros rayos de esperanza.

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