A VECES, UN SIAMÉS PUEDE DESNUDARTE

Tiempo de lectura: 6 minuto/s

Ni la humedad ni el frío acobardaron al siamés del departamento vecino. Apuntando las pupilas sobre aquello que le interesaba, hacía horas que iba y venía sobre el parapeto de madera del balcón. Al aquietarse, apretaba las garras contra la baranda de la balaustrada, como si la mordiera.

A metros estaba Dakota, maullando debajo del escritorio, frotándose contra la alfombra de lana rosa, revolcándose debajo del sillón sobre el que Silvia hacía dos horas que estaba en línea con Lautaro.

Poco antes de que el teléfono la interrumpiera, Silvia terminaba de pasarse crema por el cuerpo dejando un aroma de flores ácidas en el pequeño baño; sobre todo después de levantar los brazos para ajustar la coleta en el centro de su cabeza rubia.

Una última gota resbaló desde la ducha y, al golpear, sonó en sinfonía con el timbre del teléfono. Silvia destrabó el albornoz blanco del toallero y se abrigó ocultando sus formas finamente redondeadas.

Segundos después estaba en un viaje telefónico. A Lautaro lo había conocido en la librería donde había dejado sus datos. Buscaban una cajera. Apenas se vieron, ella sintió una exudación fría, primero, y tibia, después; él, malestar estomacal. Intentado evitar que ella notara que se había mareado, apoyó la palma de la mano sobre un mostrador. Lautaro había quedado aturdido.

Días más tarde empezó a llamarla, y ella, a contestar el teléfono. Durante los primeros llamados, el cuerpo de Silvia se redoblaba hacia atrás de la risa. Le causaban gracia los piropos que él arriesgaba del otro lado del aparato, como si fuera un lanzador de béisbol. Pero, con el paso de los días, la espalda de Silvia siguió arqueándose. Ya no por las carcajadas, que no habían desaparecido, sino porque, mientras él le susurraba al teléfono los espacios de su cuerpo que imaginariamente iba acariciándole, la frotación suave y concreta de los dedos sobre su clítoris estrechaban los músculos de la vagina hasta inducirla a levantar el pubis del sillón para despedirse de sí misma en un viaje interplanetario entre Venus, Marte y Mercurio, donde reinaba la liviandad.

En otras ocasiones, mientras él le contaba con qué suavidad la iba lamiendo a través del auricular del teléfono, ella enrulaba un trozo de pelo lacio haciéndolo rodar una y otra vez sobre el dedo índice. Luego, pasaba el mismo dedo en forma circular sobre la copa de agua que se había servido. Y al cabo de un rato se acariciaba los senos con lentitud hasta necesitar arrastrar las manos por la cintura, imaginando que eran las de Lautaro, que resbalaban gustosas sobre ella. Luego regresaba a la vagina, que, con la habilidad de quien la conoce desde muy joven, se ponía dura y tensa; como el sexo de su amante del otro lado de la línea.

Esa tarde Dakota, la siamesa, también ardía en celo. Esa tarde, ambas parecían estar sincronizadas. Así que, mientras Silvia reía al teléfono y, sin querer, acariciaba con el pie el lomo tibio de pelo blanco, la gata hundía el espinazo y se ponía tiesa, igual que el útero de su dueña durante los espasmos del orgasmo.

El sexo por teléfono, al no llegar a concretarse, se repite más que cuando un cuerpo está sobre otro; posiblemente, porque el ejercicio físico, en efecto, desgaste más energías. El uso de la voz para hambrear a los cuerpos, cuando estos no se tocan entre sí, exige menos esfuerzo. Así que los clímax de Silvia se sucedían uno tras otro.

Ambos repetían el mismo juego, y ella volvía a pasar la planta del pie sobre la felina, que, más extrañada aun, volvía a hundir la espalda y a levantar la cola hacia un costado. El siamés extranjero, el que vivía al lado, miraba con atención cómo crecía el sobado enrollado de Dakota alrededor de la pata de la mesa y escuchaba con desconcierto los gemidos de la dueña. Por momentos lo humano y lo animal se tornaban casi indistinguibles.

Silvia tenía la costumbre de dibujar y escribir palabras cuando hablaba por teléfono; símbolos y signos sobre cualquier papel. Así que, en los intervalos en que no estaba extasiada, sino solo hablando, dibujaba objetos simples sobre un papel y garabateaba algunas palabras, que solo dejó de escribir cuando tocaron a la puerta. «¡Ohhh!, debe ser Sergio», pensó.

—Tengo que cortar, ¿sabés? Hablemos mañana —le dijo y cortó.

Se peinó con la manos y ajustó la coleta de caballo que, después de la sucesión de orgasmos, lejos estaba de su centro. Cerró la bata de algodón despacio y caminó hacia la puerta, abriéndola. Sin saludar a su novio ni besarlo, se dio media vuelta y volvió a ajustar el albornoz, como si temiera que él descubriera una desnudez oculta.

—Silvi, pensé que no estarías.

—Sí, no pude salir hoy —respondió de espaldas—. A veces tengo la sensación de que la casa me traga.

—¿Que te traga? ¿Cómo va la búsqueda?

—No tan mal. Subí varios currículums a las bolsas de trabajo de algunas páginas web. Es una alternativa…, no sé cuánto se mueve.

—A mí nunca me funcionó. También es cierto que la última vez que me quedé sin trabajo fue hace diez años. Y los tiempos han cambiado. Pero desconfía de la red. La cosa online no marcha. Más vale seguirse moviendo en forma personal.

—Mañana voy a salir.

—Mejor. Te va a hacer bien salir. Estás mucho tiempo en soledad, eso no es bueno. Lo digo por tu bien. Por el de los dos: las cosas están difíciles hoy en día.

Ella lo miró y sonrió, sin ser consciente de la leve mueca de sorna que asomaba de sus labios. La sensualidad de Lautaro, de las palabras de Lautaro, repicó en su mente. Recién entonces fue cuando volvió a tomar consciencia de que debía esconder sus sentimientos, recrear una suerte de reproche fuera de tiempo:

—¿Creés que no me importa? Pienso todo el día en eso.

—Bueno. Te recuerdo algunas cosas. Es todo.

—Sergio, Sergio —repitió acercándose a él para desprenderle los botones del tapado negro que llevaba puesto—. Las cosas van a salir bien. Lo prometo. —Y lo abrazó. Él también la ciñó con sus brazos.

Permanecieron estrechados sin reparar en que, segundos antes, mientras intercambiaban evasivas y presiones, el siamés de ojos azules había entrado a la sala y había llegado al escritorio, a medio metro de Dakota, con las patas firmes encima del papel que Silvia había garabateado durante la llamada telefónica de Lautaro.

—Shhhh, ¡fuera gato! —gritó Sergio.

El siamés salió disparado empujando en la huida lo que estaba debajo de sus patas. Así fue como el papel con estrellas, con corazones y con la palabra Lautaro territorializando la mitad de la página sobrevoló el living y llamó la atención de Sergio, que siguió el vaivén de la hoja hasta que esta frenó en el piso, mostrando la cara ilustrada.

Los ojos de Sergio se posaron sobre ese nombre. Silvia se agachó para recogerlo y, al levantar la vista, los ojos de él se clavaron encima de los de ella, primero con sorpresa y después con ira; sin reconocerla ni reconocerse.

19 Respuestas

  1. Oscar Finkelstein dice:

    Los textos que revelan intimidades, reales o presuntas, suelen ser difíciles de abordar sin caer en resoluciones burdas. Acá no hay nada de eso, hasta lo menos implícito está sugerido, esbozado. Muy lograda la descripción del placer paralelo de Silvia y Dakota.

  2. Marcelo dice:

    Hacés la historia muy vivenciál, el lector se siente ahí desde el comienzo. Me gusta como a través de la acción, se van introduciendo características de los personajes y sus universos internos, se da muy fluida esa interacción de caracteres, motivaciones y acción, muy bien hilvanados. Hay talento como para seguir escribiendo historias……

  3. Flavia dice:

    Es muy bueno como haces girar el escenario de la intimidad de la protagonista y su gata cuando entra Sergio: cambia completamente el clima y es perfecto. Me gusta mucho cómo se componen los espacios, las escenas y los personajes: universos propios que uno identifica como singulares, no genéricos.

  4. Florencia Izquierdo dice:

    Excelente! Cómo siempre,t cuentos me trasladan y me hacen sentir parte de la historia. Cierro los ojos y hasta puedo percibir los aromas de los espacios. Eso, es motivo de celebrar. Felicitaciones Pilar!

  5. Laura dice:

    me encantó la complicidad con la o el lector, creando mucha intimidad. Muy bueno!

  6. Pata Cardozo dice:

    Excelente! una exquisitez..con un dulce lenguaje. El juego erótico, una maravilla narrativa. Me encantó

  7. Marcos Festa dice:

    ¡Maestra! Impecable redacción, historia cotidiana descrita con humor.

  8. Marta dice:

    Contundente y bello!!! Para volver a leer!
    Excelente !!!!

  9. María Leticia Durán dice:

    Excelente. Difícil es describir las escenas eróticas con buen gusto. Me gustó la comparación entre el siamés y Dakota, ambos coincidían en sus intereses y necesidades. con los de Silvia y Lautaro.

    • Pilar Ferreyra dice:

      Gracias, María Leticia. Sí, parece que las escenas eróticas son de difícil construcción. Gracias por tomarte el tiempo para leerlo. Un fuerte abrazo.

  10. Analía Pérez dice:

    Excelente! Me encantó!!!!

  11. Federico Roque dice:

    Buenísimo, me encantó. La descripción del sexo telefónico es limpia. La óptica del siamés es graciosa y hasta me generó expectativa de su historia con la gata. Por último me gusta que por mas que se ajuste el albornoz termina desnuda por la causa menos pensada. Las dos lecturas de desnuda… ¡Bárbaro!

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