Leer para escribir

Escritores que merecen ser leídos porque dejan huellas. Leer para escribir, porque leer no te garantiza que seas escritor, pero sí uno mucho mejor.

ELEGIDO AL AZAR:

Jacques Sternberg – UN DÍA REGRESARON A LA TIERRA…

Un día regresaron a la Tierra.

Y nos hicieron saber que nosotros no éramos ni animales, ni espíritus puros, ni seres humanos. Sino robots.

Robots de carne, ya que habían utilizado esta materia para fabricarnos. Además nos habían hecho a su imagen y semejanza, aunque muy groseramente, con prisas, sin cuidar los detalles. Ellos eran los únicos seres humanos de este planeta. Y lo habían abandonado hacía ya mucho tiempo, dejándonos en él. Porque eran indolentes y nos habían concebido industriosos, trabajadores, llenos de consciencia profesional y de ambición. Durante siglos habíamos sido, a nuestras propias expensas, los cuidadores de su Tierra.

Pero ...

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ÚLTIMO PUBLICADO:

Pedro Mairal – HOY TEMPRANO

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín ...

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ORDENADOS POR AUTOR:

Jorge Luis Borges – EL SUR

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un ...

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Jorge Luis Borges – LA MUERTE Y LA BRÚJULA

A Mandie Molina Vedia

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño – tan rigurosamente extraño, diremos – como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) ...

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María Teresa Andruetto – CUERVOS SOBRE UNA CHIVA

(perteneciente al libro CACERIA, Mondadori, 2012)

             He bebido las aguas del Shu-Am/
             como si no estuvieran contaminadas./
            
 A orillas/ del río silencioso/ crecen
            
 flores amargas/ sobre las que he
            
descansado, leyendo./ Y no he
            
pecado sino/ lo necesario.

             Susana Cabuchi  

 

Cuando abrió los ojos, sin comprender todavía dónde estaba, creyó verse otra vez en aquella casa, tirada en el suelo con aquel peso encima y las rosas tan cerca ...

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Joe Lanzadle – PERRO, GATA Y BEBÉ

A Perro no le gustaba Bebé. Y, por cierto, a Perro tampoco le gustaba Gata. Pero Gata tenía uñas…, unas uñas afiladas. Perro siempre había recibido atenciones y palmaditas en la cabeza.

–¡Toma, cómete esto! ¡Ay, qué bonito eres! Así, guapo. Dame la patita. ¡Siéntate! Así me gusta. Guapo.

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Jorge Luis Borges – LA BIBLIOTECA DE BABEL

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera ...

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James Joyce – UNA NUBECILLA

Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall diciéndole que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero, su traje de tweed bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían su ta­lento y todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher tenía un corazón de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo así.

Desde el almuerzo, Chico Chandler no pensaba más que en su cita con Gallaher, en la invitación de Gallaher, en la gran urbe londinense donde ...

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Abelardo Castillo – EL MARICA

Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces yo siento que tengo que decírtelo.
Escuchame. Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, ...

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Augusto Monterroso – OBRAS COMPLETAS

Cuando cumplió cincuenta y cinco años, el profesor Fombona había consagrado cuarenta al resignado estudio de las más diversas literaturas, y los mejores círculos intelectuales lo consideraban autoridad de primer orden en una dilatada variedad de autores. Sus traducciones, monografías, prólogos y conferencias, sin ser lo que se llama geniales (por lo menos eso dicen hasta sus enemigos) podrían constituir en caso dado una preciosa memoria de cuanto valor se ha escrito en el mundo, máxime si ese caso fuera, digamos, la destrucción de todas las bibliotecas existentes.

Su gloria como maestro de la juventud no era menor. El selecto grupo ...

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Rodolfo Walsh – ESA MUJER

El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ...

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Rudyard Kipling – ELLOS

Un paisaje me llevaba a otro; la cima de una colina, a otra cercana, en la mitad del condado, y ya que no tenía más dificultad que empujar una palanca dejé que el condado fluyera bajo mis ruedas. Los llanos del este tachonados de orquídeas dieron paso al tomillo, los acebos y la hierba grisácea de los promontorios calizos del sur; y éstos a los maizales feraces y las higueras de la costa baja, donde a lo largo de veinticinco kilómetros inalterables ...

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SAKI (H.H. Munro) El jardín ocasional

No me hable a mí acerca de los jardines de la ciudad —dijo Elinor Rapsley—, lo que significa, naturalmente, que quiero que me escuche por alrededor de una hora mientras no hablo de otra cosa. “Qué bien proporcionado jardín tienen”, nos decía la gente cuando acabábamos de mudarnos acá. Lo que supongo que querían decir era qué lugar ...

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Julio Cortázar – LA NOCHE BOCA ARRIBA

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;

le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla.

En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba.

El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía

nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento ...

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John Cheever – EL NADADOR

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.
El ...

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Gonzalo Drago – Mister Jara

Mr. Jara había nacido en Machalí. La mina lo había arrastrado inevitablemente hacia su vientre, como un potente electro-imán atrae a la brizna de acero, cuando apenas era un muchacho inexperto y canijo, recién egresado de la escuela rural. Fue peón, alarife, capataz, alistador, escribiente y por último ayudante de ingeniero. Para llegar hasta ese cargo se había valido de dos recursos que le dieron espléndidos resultados: su rudimentario conocimiento del idioma inglés y el uso cotidiano de su flexible espina dorsal cuando se veía en presencia de un jefe rubio, auténtica mente yanqui, “made in USA”.
Desde sus comienzos ...

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Saki (Hector H. Munro) – La benefactora y el gato satisfecho

Jocantha Bessbury andaba en plan de sentirse feliz, serena y bondadosa. El mundo en que vivía era un lugar ameno, y ese día mostraba una de sus facetas más amenas. Gregory había logrado venir a casa para almorzar de prisa y fumarse un pitillo en el acogedor cuartito de descanso; el almuerzo había estado bueno y aún quedaba tiempo para hacerles justicia al café y al tabaco. Ambos eran excelentes a su modo; y Gregory era, a su modo, un marido excelente. Jocantha se sentía más bien tentada a sospechar que como esposa era encantadora, y sospechaba de sobra que ...

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Anton Chéjov – GANAS DE DORMIR

Es de noche. La niñera Varka, una muchacha de unos trece años, mece la cuna en la que está acostado el niño y canturrea con voz apenas audible:

Duérmete, niño,
al son de la nana…

Ante el icono arde una lamparilla verde; una cuerda, de la que cuelgan pañales y unos grandes pantalones negros, se extiende de un extremo al otro de la habitación. La lamparilla dibuja en el techo una gran mancha verde, mientras los pañales y los pantalones proyectan largas sombras sobre la estufa, la cuna y Varka. Cuando la lamparilla empieza a parpadear, la mancha y las sombras se ...

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KJELL ASKILDSEN – Ajedrez

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por que vivir tampoco tiene nada por que morir.

Tal vez sea ese el motivo.

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. “Sigues ...

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ANÓNIMO CHINO – EL PAISAJISTA

Un pintor de mucho talento fue enviado por el emperador a una provincia lejana y desconocida, recién conquistada, con la misión de traer imágenes pintadas. El deseo del emperador era conocer así aquellos lugares remotos.
El pintor viajó mucho, visitó y observó detenidamente todos los parajes de los nuevos territorios, pero regresó a la capital sin una sola imagen, sin ni siquiera un boceto.
El emperador se sorprendió por ello y se enojó mucho.
Entonces el pintor pidió que le habilitaran un gran lienzo de pared del palacio. Sobre aquella pared representó todo el país que acababa de recorrer. Cuando ...

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Juan Rulfo – La cuesta de las comadres

Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran; pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vi­víamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.
Por otra parte, en la Cuesta de las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo. Seguido había ...

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Dino Buzzati – El colombre

Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
-Cuando sea mayor -dijo-, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.
-Dios te bendiga, hijo mío -respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y ...

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