Once

Once

El mozo dejó los cafés y se retiró. 

—Pará, ¿Estás seguro de que no lo dijo en joda? —preguntó Dante.

—Once.

—¿Y los contó, y todo?

Luis arqueó las cejas. Dante hizo una pausa y agregó:

—Lo que pasa es que…

—Once —repitió Luis sin levantar el volumen, como si estuviese dando una sentencia. 

—Dejame hablar, Luigi. Digo… A lo mejor dijo «no se» y escuchaste «once»… 

Luis amagó con interrumpir, pero lo dejó terminar. 

—Vos sabés… Pasada la medianoche, la música al palo, todo el mundo cagado de risa… Quizás dijo «zoncear» o «zonceando». Viste que a veces las palabras no salen de corrido… Capaz que le dio hipo, de borracha… «zonce», hipo, «ando». Y vos, entre whisky y whisky, escuchaste cualquiera… Es un número muy alto…

Las palabras de Dante se fueron apagando de a poco. Luis se aseguró de que su amigo había terminado y con el mismo tono volvió a decir: 

—Once polvos, Dante. Once polvos. Uno, dos, tres, cuatro, etcétera, etcétera, diez y once. Uno atrás del otro. Como los dominós, viste que los ponés en fila y después… Pum. Bueno, igual. Once en una noche. Ni «no se», ni «zoncear», ni el equipo de fútbol Once Caldas. Dijo «once». Vos comete la que quieras. Yo te lo cuento como lo contó Vero.

Se quedaron pensando por un rato. No se miraban.  

—Te veo muy tranquilo, como que no te importa un carajo —dijo Dante.

—¿Tranquilo?… Resignado… 

Se hizo otro silencio. Un auto frenó de golpe antes de cruzar la bocacalle, junto al bar. Los dos voltearon al escuchar el chillido de las cubiertas, pero no hicieron ningún comentario. 

—Ratones importantes los de Vero, ¿no? —insistió Dante—, porque pasa todo por la cabeza…

—Y sí… 

—El sumum, ¿no te parece?

—Puede ser.

—No, en serio, imaginate, boludo. ¡Once! —dijo Dante y se quedó mirando a una pared.

—Lo pensé, lo pensé…

—Se puede, ojo. 

Luis lo miró y el otro agregó:

—Se puede, Luis… No me mires así… Tampoco estamos tan arruinados…

—Cómo te gusta mandar fruta, Dante… 

—Se puede, boludo…

—Vos sabés que los hombres no tenemos orgasmos múltiples, ¿no? 

—No me agarres para la joda. Te estoy hablando en serio. 

—¿Cómo no te voy a agarrar para la joda?

—¡Se puede llegar a once, Luis! No en una hora… pero la noche es larga… ¿No escuchaste el caso del pendejo ese que se hizo cincuentaicuatro pajas en un día? —Y luego aclaró—: Se le vencía la subscripción al canal porno.

—Dejate de joder, Dante…

—¡Es posta! Como poder, se puede.

—¡Un carajo se puede! —interrumpió Luis, sin ocultar su malhumor—. Ni en dos semanas me echo once polvos, Dante, ni en dos meses me echo once polvos… Y vos menos.

Dante se mordió las uñas y luego aceptó:

—Quizás… Pero porque las responsabilidades cuentan, ojo ahí.

—¿Qué responsabilidades? —Luis arrugó la cara.

—Y… laburo, estudio, lo que sea… Después de una de esas noches no servís para nada, negameló… Hay que pensar bien antes de lanzarse a algo así… 

Luis lo miró sin expresión. Dante alzó las cejas y le dio el último sorbo al café. Miró la borra y dejó el pocillo sobre el plato con cuidado.

—Escuchame —dijo—. Vero… ¿labura?

El otro pensó la respuesta por un segundo.

—Sí. Como una condenada labura. De profesora, en dos escuelas. Y a veces entre el bondi, las horas de clase y lo que se sienta a corregir en la casa, mete doce horas por día. —Hizo una pausa. Dante se había inclinado para escucharlo con atención—. Y tiene tres pibes —remató.

—Tres pibes tiene… —repitió Dante, quedamente, y se enderezó de a poco.

Luis comenzó a impacientarse y miró varias veces a la barra como para llamar al mozo. 

—El segundo… —dijo Dante como pensando en voz alta.

—¿El segundo pibe?

—No, el segundo polvo… Estaba… organizando mis ideas…

—Uy Dios… —bufó Luis.

—En serio… Viste que el segundo polvo es mucho mejor que el primero… en general, digo. Me estaba imaginando…, ¿no? Si la progresión de placer se mantiene a medida que pasan los orgasmos, ¡imaginate el onceavo, boludo!

Luis se sintió agotado. Las frases de su amigo lo hundían en algo parecido a la depresión. Se aprontó como para retirarse, pensando que un poco de aire le haría bien, pero la mueca del otro lo retuvo. 

—Dante, te quedaste con una cara de pelotudo que da vergüenza —dijo y miró hacia los costados. —Dejá, no me des bola, igual ya me iba. 

—Eh… pero, ¿cuál es el problema?

—El problema es que ponés esa cara de… 

—¿De qué?, ¿a ver? 

—De positivo… No sé… De… de… Como si ahora fueras a volver a tu casa a clavarte once polvos. ¡Como si fuera lo más normal del mundo! 

—Ya te dije: poder, se puede.

—No, Dante. Justamente. No se puede una mierda.

—Vos pensá lo que vos quieras… —cerró Dante y se estiró para agarrar el diario de la mesa vecina.

Luis detuvo el saludo. Se guardó las llaves del auto, volvió a dejar el teléfono sobre la mesa y miró al otro. No podía creer que se tomara el tema de manera tan liviana, o que estuviera tan convencido de algo que le parecía absurdo. Pensó en el marido de Verónica por un momento. «Once…», «¿cómo mierda?». Negó con la cabeza y suspiró.

—En realidad, ahora que vuelvo sobre la charla con Vero… la otra noche…

—Aha… —dijo Dante sin dejar de leer los titulares.

—¿Vos sabés que creo que dijo «bronce»?

Dante lo miró con desconfianza.

—En serio —siguió Luis—, me vino… así… —chasqueó los dedos—, de golpe.

—¿Bronce? ¿Bronce polvos? No tiene nada que ver.

—No, justamente… Todos la cargaban, ahora me acuerdo… Porque parecía que había dicho once polvos… Pero hablaba de los trofeos de bronce del equipo de hockey, que se le llenaban de polvo… Algo así… El lugar era un quilombo… mucha gente… y yo…

—Y vos estabas más borracho que el cuñado de Rocky Balboa.

—Mas o menos —mintió Luis.

—Más o menos… Escuchaste cualquiera y te hiciste la cabeza… Si te conoceré, Luisito…

Dante sonrió y volvió al diario. Y de repente dijo:

—Porque poder, se puede…

Luis asintió y miró a la gente que se juntaba en el semáforo. Ambos giraron hacia la puerta para ver un grupo de mujeres que entraba al bar a las carcajadas.

—¿Hoy la tenés que buscar a Male, no? —preguntó Dante.

—Sí, en una hora.

—Te hago el aguante.

—Dale. ¿Me pasás el suplemento de deportes? 

Dante separó las páginas y pidió dos cafés más.

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