COMO TODAS LAS TARDES

Como todas las tardes

Como todas las tardes, ni bien escuché el ruido chirriante y metálico del portón del garaje, mi cuerpo comenzó a temblar. En un acto reflejo, me coloqué los auriculares en los oídos. Elegí una canción al azar, subí el volumen y reposé la mirada en los apuntes del colegio.

Como todas las tardes desde hace dos años, mis lágrimas pesadas y grises destiñen las hojas de mis cuadernos y opacan mi vida.

Mi papá murió cuando yo tenía diez. Asimilar su ausencia no me resultó nada fácil. Me costó tanto como cuando, seis años más tarde, mamá se volvió a casar. 

Mario Sandival, así se llama mi «nuevo papá». Le dedica gran parte del tiempo a sus dos pasiones: el derecho y los autos caros. Sin embargo, se las arregla para estar bastante tiempo en casa, sobre todo por las tardes.

El Tordo, como le dicen, es corpulento, más bien alto, de cara ancha y piel trigueña. Viste trajes caros y lentes oscuros, y su andar erguido con la frente en alto traza en el aire una estela de respeto con aroma importado de tintes marinos, incienso y pachuli. Su encanto para relacionarse con las personas adecuadas, en los momentos adecuados, lo llevó a hacer una prolífera y veloz carrera política. «Voy a ser el próximo presidente de la nación», nos decía. «Eso sería otra verdadera desgracia», pensaba yo.

Sandival no tiene amigos; tiene socios, colegas, pero amigos, no. Navega con suma destreza en el océano del poder. Fue así que, con habilidad y dedicada paciencia, el «Tordo» Sandival, mi padrastro, se convirtió en el candidato más joven a presidente de la nación.

No es que sea patriótico, ni que le importe el país o la gente. Tener poder, para él, es como tener un orgasmo. Goza con el dominio, con el privilegio que le otorga gobernar sobre los demás. 

Faltaban solo tres días para las elecciones presidenciales y todas las encuestas le daban una ventaja importante respecto de su oponente más cercano. Ser presidente ya no era un plan lejano, sino una realidad inminente.

Pero algo inesperado sucedió. 

Luego del acto de cierre de campaña, al regresar a casa y como hacía cada noche, encendió la computadora y buscó información sobre encuestas y opiniones. De esa manera fortalecía su ego. Yo, agazapada detrás del sillón del living contiguo a su escritorio, observaba y esperaba ansiosa el momento.

Visitó varios sitios, vio titulares y se regocijó viendo sus fotos en primer plano. Estaba exultante. De su rostro brotó una mueca de soberbia. Como era de esperar, para saciar aún más su vanidad, buscó en Google: «Mario Sandival».

Recorría con el dedo índice la pantalla táctil, hasta que de repente se detuvo.

—¿Y esto qué mierda es? —dijo en voz alta. 

«El lado oscuro del doctor Sandival, por Mariana Uriaga», decía el título de la nota. Hizo clic y se sumergió en las entrañas de las letras que se unían para formar palabras y estas, a su vez, frases sombrías sobre su vida.

 Su cara mutaba con cada oración que leía. Con la voz pálida pero firme, dijo: 

—¿De dónde carajos sacó la información este tipo?

Yo miraba la escena, asomada por uno de los lados del sillón.

El sueño y el cansancio que lo habían asaltado minutos antes se desvanecieron y se transformaron en ira y adrenalina. Como una bestia en busca de su presa, saltó de la silla y cerró con fuerza la puerta del escritorio. Inmediatamente, hizo una llamada telefónica.

—Hay una tal Uriaga, que no sé quién carajo es, jamás escuché de ella; está escribiendo boludeces en la red. Te acabo de mandar el link. Lo tienen que encontrar rápido y enseñarle que hay cosas que no se dicen, ¡¿me explico?! —gritó a su colaborador más cercano—. ¡Ah!, y que se retracte públicamente hoy mismo. Solo faltan dos días para las elecciones. Espero novedades pronto —agregó con ferocidad y cortó la llamada.

Mamá lo escuchó gritar y bajó al escritorio.

—¿Todo bien?

—No, nada bien. Y no es asunto tuyo, no te metas. ¡Andá a la cama, no me molestes ahora! —respondió con hastío, sin quitar la vista del monitor.

Ella, dirigiendo la mirada sumisa al suelo, se retiró sin decir nada.

Se me anudaba el estómago al ver, una vez más, la misma escena de maltrato a mamá. Los últimos dos años, por protegerla a ella y a mi hermanito, padecí las más horrorosas situaciones que una adolescente pueda soportar. Era eso o la vida de mi familia. Pero el infierno terminaría pronto…

Al día siguiente, Sandival era la estrella en todos los medios periodísticos. Esta vez, en lugar de alimentar su ego, lo envenenó. La nota de Uriaga se difundió con rapidez y no solo le frustró la posibilidad de ser presidente, sino que, debido al grave tenor de la nota, podría quedar preso.

Ese día por la tarde, dejó su oficina y, acompañado de una ira rabiosa, fue a casa.

***

Me quité por un instante el auricular de un oído y escuché sus pasos subiendo las escaleras. Como todas las tardes, supe que vendría a esa hora. Miré el reloj y advertí que mamá y mi hermanito no llegarían a casa hasta dentro de tres horas. Les había organizado un plan para que no estuvieran allí.

Mi cuerpo tiritaba, pero no tenía frío.

Sandival entró a mi habitación y me miró con ternura despiadada, sucia. Mi cuarto se iluminó con la oscuridad de las tinieblas. Como siempre, sentí miedo.

Sandival se desabrochó la camisa y se relamió los labios. 

—Hoy estoy con mucho estrés, bonita. Así que portate bien, ¿ok?

Sin decir nada, levanté una hoja del escritorio, la hice un bollo y se la tiré con fuerza. Sandival la atajó en el aire, momento que aproveché para salir corriendo y esconderme en el cuarto de al lado.

Deshizo el bollo y leyó en el papel arrugado el mismo texto que había leído en internet.

—¡Hija de puta, pendeja de mierda, fuiste vos! —gritó—. ¿Así que te gustan los jueguitos de palabras? ¡Vení acá, vamos a jugar! —rugió con los ojos desorbitados.

En el momento que estaba saliendo del cuarto, activé los videos en mi computadora. Al escuchar el sonido, Sandival frenó y giró hacia el monitor. Verse interpretando las escenas de sus abusos lo abofeteó una y otra vez. Por primera vez era yo la que se alegraba, y él, quien sentía miedo.

Dio un manotazo a la computadora y la hizo trizas contra el suelo.

***

Pasaron nueve años, y Sandival seguirá preso por muchos más. Hoy, cuando llega la tarde y escucho el sonido del portón del garaje, mi cuerpo ya no tiembla. 

Disfruto de mi trabajo de periodista especializada en abuso y violencia de género. Firmo las notas con mi nombre, Lucía Díaz. Sin embargo, de vez en cuando permito que Mariana Uriaga siga vigente. Después de todo, fue ella quien salvó a mi familia y al país.

6 Respuestas

  1. Gaby dice:

    Me encantó, te felicito!!

  2. silvia dice:

    Ezcelente!!!!!! Me atrapo hasta el final Me encanto como encaraste el tema tan actual Muy bueno»!!!

  3. María Leticia Larruy dice:

    Muy bueno. Atrapa hasta el final. Sólo le sacaría lo de «ira rabiosa», por redundante, pero realmente me gustó. ¡Felicitaciones!

  4. Andrea Sánchez dice:

    Qué buen texto: un tema fuerte y un buen ritmo en la narración! Felicitaciones!

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