El enigma Dog-H

Bajó por un par de botellas de vino. Una de ellas cayó y se hizo trizas contra el suelo. El olor húmedo y pesado del sótano se fundió con el aroma a grosella negra.

«¡Maldición!», dijo mientras se agachaba a recoger los vidrios rotos. Uno de los restos quedó debajo de una pequeña caja de cartón. En uno de los lados, tenía escritas las iniciales «C. W.». «¡Cristopher Wilson, mi abuelo!», pensó Friedrich. 

Cristopher Wilson fue un médico veterinario que dedicó su vida a estudiar el comportamiento animal, especialmente el de los perros. Glencoe, un pequeño pueblo escocés donde residía, se conmocionó por su misteriosa desaparición. De un día para el otro, sin rastros ni explicación, la casa quedó habitada solo por los perros que tenía en su laboratorio. La gente comentaba que se lo había tragado la tierra.

Con un cortaplumas cortó el hilo que sostenía la tapa de la caja y la abrió. Sacó el único papel que había dentro, un pequeño pergamino amarillento, duro, casi quebradizo. Lo desplegó con cuidado y leyó: «Dog-H Invert:18812508P3».

—¿Qué es esto? ¿Por qué el abuelo dejaría este pergamino escondido? —preguntó mirando a su mascota, un elegante fox terrier de pelo blanco y una mancha negra en el lomo. 

El animal tenía doce años. Sinclair, así se llamaba, era el único que gozaba de libertad dentro de la casa; los otros veinte permanecían enjaulados en el laboratorio. Comía solo de las sobras que Friedrich le tiraba luego de las cenas. Los perros en el laboratorio no corrían mejor suerte. 

***

Friedrich Wilson era un soltero de sesenta años, alto, delgado, de frente ancha, ojos claros y saltones, bigotes gruesos y orejas grandes. Era un hombre meticuloso en su trabajo, pero descuidado en el aseo de la casa y en su aspecto personal.

Vivía solo, en el mismo lugar donde había nacido en 1871, en la casa que había pertenecido a su abuelo. En la parte trasera, un pequeño jardín con pasto crecido y desprolijo terminaba en un galpón, donde el abuelo había montado el laboratorio de experimentos. En una pared, decenas de perros enjaulados. En la pared contraria, tubos de ensayo, aparatos y una gran cantidad de sustancias químicas prolijamente ordenadas en estantes.

***

Había pasado más de dos meses estudiando las frases del pergamino sin llegar a ninguna conclusión. La idea de no descubrir el enigma lo perturbaba. Pero sabía que su obstinación y terquedad, cualidades que había heredado de su abuelo, lo llevarían a deducir el misterio.

Una tarde oscura y fría, sentado en el sillón frente a la ventana, extrajo de una pequeña bolsa un puñado de tabaco, lo apisonó suavemente sobre el tazón de la pipa y la encendió. Dio un par de pitadas hasta que el humo comenzó a desvanecerse delante de su cara. Se levantó y comenzó a caminar en círculos con el pergamino en la mano. 

—¡Sal del medio, perro! —dijo Friedrich dándole un puntapié a Sinclair en el estómago. 

El animal, quejándose del dolor, voló hasta la otra punta de la sala.

El profesor siguió caminando, repitiendo una y otra vez: «Dog-H Invert:18812508P3».

Cuando el tabaco de la pipa se consumió, caminó hasta el escritorio. Sacó un cuaderno del cajón y escribió: «Dog-H Invert:18812508P3». A continuación, anotó: «1881 25 08 P3».

—Mmm. Interesante. Al parecer es una fecha —dijo Friedrich acariciándose la barbilla. 

«Falta saber qué es P3», pensó. 

—¡Claro! —gritó y dio un golpe tan fuerte en la mesa que los elementos sobre ella saltaron todos al mismo tiempo.

El profesor se levantó y caminó apurado hasta la biblioteca. Con el dedo índice, comenzó a recorrer las filas de los estantes.

—¡Acá está! Veinticinco de agosto de mil ochocientos ochenta y uno. Ahora… página tres —dijo. 

Las notas incluían largas y complejas fórmulas, dibujos y planos. En uno de los márgenes de la hoja, había una lista con una enumeración de elementos químicos y materiales, como si fueran ingredientes de una comida. Friedrich dedujo que eran componentes necesarios para armar y hacer funcionar el aparato dibujado en el centro de la hoja. En uno de los extremos, había un recuadro con la letra H; en el otro, un recuadro con la letra D; en el medio, lo que parecía ser un cable o tubo que los unía. Luego prestó especial atención a la nota al pie de la hoja: «Para la Humanidad». Le llamó la atención la letra H resaltada. Pero a la exaltación le siguió el desencanto: no había descubierto aún la frase restante del pergamino. Durante más de diez minutos, contempló el manuscrito con una mirada obsesiva y desafiante. 

—¡Piensa, Friedrich, piensa! —dijo elevando la voz y mirando el pergamino. 

Sinclair paró las orejas, pero por temor no se acercó.

—¿Qué quiso decir el abue…?

Friedrich hizo una pausa. Su respiración se aceleró, como la de una fiera salvaje que va al encuentro de su presa. Miró nuevamente la frase al pie del pergamino: «Para la Humanidad». 

—¡Eureka! —gritó exaltado—. H es por human —dijo mientras levantaba el pergamino en señal de victoria.

Escribió en su cuaderno: «Dog Human – Human Dog».

—¡Increíble! —dijo agarrándose la cabeza con las manos—. El abuelo era un maldito genio. ¡Había descubierto la fórmula! ¡Yo, que siempre le decía que su idea era imposible, que estaba loco! —agregó—. Al fin podré entender cómo viven ustedes —dijo eufórico, mirando a Sinclair. El perro alzó la cabeza al oír su nombre y luego lo ignoró.

***

—¡Llegó el día! Ven, Sinclair, ¡vamos a hacerlo! —dijo Friedrich, entusiasmado.

Fueron tres meses de trabajo intenso, de hacer cientos de pruebas con los perros del laboratorio.

Afuera comenzaba a nevar. El perro lo miró con indiferencia y siguió sus órdenes. Cruzaron el patio e ingresaron al laboratorio. Allí estaba todo dispuesto según los planos. Dos cabinas transparentes unidas por un cable grueso. Una de ellas tenía escrito en uno de sus lados la letra H; la otra, la letra D.

—Aquí ingresas tú, perro. ¡Vamos, adentro! —le dijo a Sinclair mientras lo empujaba hacia la cabina con la letra D.

El profesor accionó una palanca roja y comenzó a sonar un ruido metálico.

—Nos encontramos en un rato, lindo perrito —agregó con una sonrisa aguda mientras ingresaba a la cabina con la letra H.

Las notas del abuelo eran muy precisas. En la cabina con la letra D, iba el perro; en la cabina con la letra H, el humano. 

***

En menos de una hora, regresaron a la sala principal de la casa. Sinclair se sentó en el sillón frente a la ventana. Se sintió airoso, joven. Supo en ese instante que tenía muchos años de vida por delante.

Agarró un bastón apoyado en la pared, miró hacia abajo y vio que Friedrich, su amo peludo de cuatro patas, descansaba recostado en el piso. Sin titubear, le dio dos golpes secos en la cabeza. Friedrich emitió un par de ladridos ásperos y oscuros. Luego el silencio glacial de la habitación comenzó a ser decorado con un charco rojo y amorfo sobre el piso de madera gastada.

Sinclair encendió la pipa y miró, con áspero regocijo, los copos de nieve que caían en la calle.

6 Respuestas

  1. Diana dice:

    Muy bueno Claudio. El enigma se resolvió, una gran lección para los humanos. Me gustó mucho. Relato corto y bueno, dos veces bueno

  2. Ruben Bien-Willner dice:

    Great short story, you write so well, it reminds me of other short stories like «The Cask of Amontillado» from Edgar Allan Poe, «The mystery of the Yellow Room» from Gaston Leroux and «Casa Tomada» from Julio Cortazar, that I read when I was a kid. I am so glad that you can do this, a quality that you probably didn’t know you had. Kudos to you, I will wait for the next one impatiently, they are so good. Keep it up!!!

  3. Cuento Fantástico, no pude parar de leerlo, quería llegar rápido al final para entender el enigma. Me mantuvo en suspenso el tiempo todo. No soy un gran lector, pero la narrativa inteligente me agradó mucho.
    El Final no tiene precio. Parabéns!!!

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