Vindicación taurina

En mi primera vida, o al menos la que recuerdo como tal, fui el gran toro de Creta. Rodeado de libros y espíritus cautivos, recorrí durante años inmensas galerías circulares. He sido todo un mito.

Una vez liberado del tedio que representaba el encierro por el infame Teseo, reencarné en Avispado, el toro de lidia mundialmente recordado por ser el responsable de la cornada fatal que terminó con Francisco Rivera Pérez, más conocido como Paquirri, en la plaza de toros de Pozoblanco.

Desde luego, mi mejor versión es la actual. En esta oportunidad he nacido como una mujer que, aunque bastante excéntrica, ha logrado preciarse de la bravura de sus antecesores. Por alguna razón que desconozco, esta nueva traslación taurina ha conservado en esta resurrección la conciencia de la mayoría de las experiencias pasadas.

Respecto de mi última muerte, pude leer con sorpresa que las noticias que relataron lo ocurrido esa tarde de 1984 titularon: «Un toro mató a Paquirri en Pozoblanco». No me extraña que omitieran mi nombre en sus descripciones. Para ellos, Avispado no era más que un toro. Lo que sí me llamó la atención fue que los medios destacaran que mi cornada no fue mortal y que la defunción del torero se debió, en realidad, a deficiencias en los servicios sanitarios en su traslado (hasta se atrevieron a adjudicar el deceso a las malas condiciones de la carretera). Eso no es cierto.

Cargando en mi lomo la experiencia adquirida, producto de mi encuentro con el imberbe Teseo, al héroe de Cádiz no le dejaría las cosas fáciles: recuerdo con claridad cómo me expuse abiertamente a su cuerpo y, en plena lucha, obra de arte viva y efímera, encastado y fuerte, arremetí en su busca. El matador flaqueó y, una vez vencido, agonizando, le supo decir al médico: «Doctor, la cornada tiene al menos dos trayectorias, una pa’cá y otra pa’llá. Abra todo lo que tenga que abrir. Lo demás está en sus manos».

Aún me acompaña la imagen del hombre vestido de luces, tendido en el suelo, retorciéndose, mirándome fijo. Se despidió con un leve ademán, que no pudo significar otra cosa que el reconocimiento de la soberbia y ferocidad con la que lo embestí. De eso nada se escribió.

En la historia de la poesía de los circos taurinos, jamás un tercio de muerte había sido relatado con tanta minuciosidad; de ahí que me resulte pasmoso que se oculte la alusión de mi supremacía.

En esta realidad que habito, la tauromaquia es denostada activamente por sujetos que la combaten vistiendo ropa y calzado de cuero animal, y que, por supuesto, en su rutina alimenticia no privan a su paladar de los manjares derivados de la carne vacuna.

Por otro lado, el arte de lidiar toros es defendido por otro grupo de personas que se atribuyen el conocimiento de una especie de «moral taurina» y pregonan falacias tales como que «no duelen las estocadas», que «no sentimos miedo ante la oscuridad y el frío previos al arribo a la arena», o que «no escuchamos los gritos de la urbe que festeja nuestro inevitable final». Digo inevitable, pues, aun vencedores, nuestro destino será el acero.

Ellos, todos, me dan ternura: cada uno a su manera guarda algo de razón en sus argumentos. Es cierto que, en el calor de la contienda, hombre y bestia pierden todo tipo de sensibilidad; de pronto el mundo se reduce a un último impulso: atacar o caer, no hay tiempo para análisis filosóficos y menos para evaluaciones morales. No es menos cierto que morir duele, y más cuando uno posee pleno conocimiento del alcance de su magnificencia. Lo duro no es sucumbir, sino saberse vencido por un rival que no está a la altura.

En honor a mi pasado, y en miras de un futuro más esperanzador, he colgado en el centro de mi cuarto, en mi renovado laberinto, un pasquín de aquella corrida, en el que me han retratado absolutamente hermoso y de cuya imagen el ojo entrenado podrá descubrir que el lidiador, con una expresión de respeto y llevando la mirada al piso, me ha liberado de toda culpa.

¿Qué forma habrá tomado mi rival?, ¿será un toro esta vez?, ¿será ahora una mujer, como yo?, ¿recordará con nostalgia aquella fiesta brava? Sea como fuere, esta imagen colgada en la pared mantiene vivos mis recuerdos y, sobre todo, reafirma una idea que se precipita desde el inicio de este relato: en nuestro vínculo recíproco de víctima y verdugo, toro y torero, hombre y bestia, constituimos, desde el inicio de los tiempos, un todo inescindible.

***

En mi segunda vida, o al menos la que recuerdo como tal, fui un torero. No me llevó demasiado tiempo comprender que, en la primera, no pude ser otro que Teseo.

Mi presente en esta tercera vida es maravilloso. Como profesional de la psiquiatría, paso mis días demostrando una y otra vez que, con el acompañamiento adecuado, todas las personas pueden tener un nuevo comienzo. Me focalizo en la salud y no en el padecimiento. Sostengo que hay en cada sujeto al menos un ápice de cordura del cual aferrarse y, desde ese punto, creo posible tejer en sus mentes redes estabilizadoras. Eso me ha hecho grande, prestigioso y, por qué no decirlo, uno de los mejores.

Solo una cosa no he podido resolver, y es el conflicto ético que se genera cuando un paciente es aún más aterrador que cualquier pesadilla. Por alguna razón que desconozco, producto de las sesiones con una mujer derivada como un «caso extremo», desde hace semanas tengo la capacidad, a través de sueños vívidos, de repasar una y otra vez los detalles de mis vidas pasadas.

Su relato de cómo asesinó a un torero en la arena me obsesiona y espanta.

Mediante los detalles provistos por esta paciente, me he visto reflejado en su delirio y, si bien jamás lo reconoceré públicamente, yo también recuerdo mis reencarnaciones. A la primera más que a la segunda. Quizás eso se explique considerando los términos de cada una de mis muertes: aunque como Teseo fui vencido en combate por el rey Licomedes, he comprobado que haber sido arrojado a un acantilado en la isla de Esciros no fue suficiente para empañar la magnífica reputación que me invistió deshacerme de la Bestia del laberinto de Minos. La leyenda ha sido superior a la suerte que corrió mi carne. En cambio, la muerte de Paquirri, aquel torero español que supe ser, es más bien olvidable. 

Los recuerdos perdidos que las sesiones con aquella excéntrica mujer me despiertan y su total convicción de que en sus vidas anteriores ha sido siempre un toro me dejan perplejo ante la incómoda certeza de que yo siempre he sido y seré su posible verdugo. Lo mejor será, sin dudas, suprimir nuestro pasado común y, aferrándome a la salud, cumplir mi destino. Esta vez no cometeré errores.

Un saludable silencio resguardará al mundo de toros pensantes y seres mitológicos.

21 Respuestas

  1. ¡Muy bueno ese final!
    Me encantó, Vic.
    Besosss

  2. Mariela Argüello dice:

    Muy bueno

  3. Romina dice:

    Hermoso cuento que hizo una hermosa persona te felicito

  4. Morella dice:

    hermoso el cuento, admiro tu capacidad para escribir

  5. Eliana Cintia Scasserra dice:

    Bello. ¿Qué es un caso extremo? ¿No somos todos un caso extremo? Estoy convencida de que sí. Todos batallamos con nuestros propios demonios. Solo que elegimos a quiénes contarlas de esas batallas. Porque nada une más que las historias compartidas de las tormentas internas desatadas.

    • Victoria Karamazov dice:

      Amiga de mi corazón… ambas rotas, quebradas en el teatro, mirando HAMLET con el corazón destrozado por la perdida de nuestros Reyes… quedábamos expuestas, solas, a las garras de nuestras Gertrudis… (la mía se dirime entre Gertrudis y Medusa)… tormenta, dolor, miedo y hoy paisajes, lagos, montañas que curan, amistad y amor… ese toro ha muerto en manos de Teseo y una y otra vez, renace …pero en su cuarta vida, vive en villa la angostura y te espera con amor!

  6. Adrian De Nil dice:

    Excelente como siempre

  7. Laura Giacomini dice:

    Muyyyy bueno

  8. Victoria Karamazov dice:

    Luli, cuando termine el final, por acá leeras un cuento con tu nombre…

  9. pedro el escamoso dice:

    puff! «implesiono» al leerte

  10. Natalia dice:

    Siempre tan apasionante leerte

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