EL JEFE

El jefe

El reloj despertador le gritó la hora de levantarse. Darío estiró la mano y lo calló de un golpe seco. Ya era tarde, como le sucedía todos los lunes luego de un fin de semana de diversión. Se dio una ducha rápida y se vistió, mientras en la planta baja la mucama lo esperaba con el desayuno.

Tomó unos tragos de café con leche de parado, agarró su mochila y levantó una tostada de la mesa al mismo tiempo que saludaba con un ademán de su mano libre. Afuera, en una oscura y fría mañana de invierno, lo esperaba el chofer con el auto en marcha, las luces prendidas y la calefacción encendida, dispuesto a llevarlo a la facultad.

Medio dormido, Darío miraba por la ventanilla oscura del BMW cómo los árboles y los edificios corrían en sentido contrario, queriendo alcanzarse unos a otros; comercios que abrían sus persianas; niños arrastrados de la mano de sus madres yendo al colegio y un perro hecho bolita al costado de su dueño, durmiendo en la entrada de un edificio. Todos los días la misma rutina, los mismos cuadros.

El sonido del celular lo distrajo del paisaje. Era su novia, que le enviaba mensajes, como todas las mañanas. «En un rato nos vemos, amor». Ambos estudiaban Filosofía y los lunes coincidían en el mismo curso. «Obvio, amorcito, dos días sin verte y te extraño un montón», respondió él.

Mientras ellos se amaban a través del teléfono, el BMW frenó bruscamente. Darío se golpeó la cabeza contra el asiento delantero y luego contra el respaldo del asiento trasero, en cuestión de milisegundos. El grito de su chofer lo despabiló del todo:

—¡Agachate, Darío, agachate!

Entonces se escuchó un estruendo seco. Un fuerte sonido con sabor a pólvora. Los vidrios hechos trizas cubrieron el cuerpo sin vida del chofer.

Un silencio negro irrumpió en el interior del auto importado. Agazapado en el piso trasero, cubriéndose la cabeza con las manos, Darío intentó alcanzar el celular, pero no llegó. Sintió unas manos pesadas que le agarraban sus piernas y lo distanciaban cada vez más de su presente. «¿Amor, estás?», fue el último mensaje de su novia. Darío ya no estaba…

Una vez fuera del auto, lo encapucharon y lo cargaron hasta otro vehículo. Lo último que escuchó antes de quedarse dormido fue el chillido de las ruedas sobre el pavimento.

***

Se despertó con la espalda dolorida. Al abrir los ojos, se sintió desorientado. En un instante recordó a su chofer en el asiento delantero, cubierto de sangre y trozos pequeños de vidrio, y comenzó a llorar. No tenía noción del tiempo, no sabía si habían pasado minutos o días.

Se vio sentado en un rectángulo de hormigón cubierto por un colchón viejo y gastado, en una habitación de tres por tres, húmeda, con paredes descascaradas de color celeste y rosa viejo y una pequeña ventana de unos pocos centímetros de ancho por donde la claridad acariciaba una pequeña porción de la pared.

El diablo lo había invitado a pasar una temporada en su casa.

Escuchó el crujir de unas cadenas. La puerta se abrió y una sombra robusta, con un pasamontañas negro cubriéndole la cabeza, le dejó en el piso una bandeja con comida.

Sin decir una palabra, la sombra negra se fue y se volvió a escuchar el escalofriante ruido metálico de las cadenas, el sonido del encierro.

***

El living se había convertido en la sala de crisis de la familia. Un par de agentes de la policía especialistas en secuestros orientaban y acompañaban a los padres de Darío en las negociaciones con los dueños de su hijo.

—¿Tenés lo que te pedí? —dijo una voz robótica al otro lado del teléfono.

—Ya tengo todo. Decime dónde, cuándo, y allí estaré —respondió ansioso el padre de Darío.

—Anotá —le dijo—. Vení solo y no hagas cagadas, que no hay una segunda oportunidad.

El agente a cargo le hacía señas con las manos para que alargara la conversación, pero ya era tarde: la voz disfrazada ya había cortado.

Darío era un objeto precioso, caro. Darío era un millón de dólares.

***

Una noche se despertó con el crujir de las cadenas. No sabía si asustarse o estar contento. No era normal que aparecieran mientras dormía. «¿Ya será la mañana? ¿Volveré a casa hoy?», pensó.

Lo encapucharon y lo llevaron a otro sector de esa casa, donde lo tenían de huésped forzado.

—Sí, jefe, el paquete ya está listo —dijo el hombre a través del teléfono mientras le agarraba el brazo a Darío.

—¿Qué me van a hacer? ¿A dónde me llevan? —preguntó con la voz entrecortada, más por el miedo que por el frío.

El hombre no le respondió. Darío repitió la pregunta un par de veces hasta que finalmente recibió la respuesta: 

—Hoy es tu día de suerte. Parece que te quieren mucho, pibe: un palito verde no lo paga cualquiera.

Los ojos de Darío se empañaron. Al fin vencía su estadía en el infierno.

—No puedo respirar bien, ¿me sacás esto de la cabeza un rato? —suplicó Darío.

Ok, pero solo unos minutos —respondió el hombre mientras se cubría la cabeza con un pasamontañas negro.

En ese momento, se escuchó llegar un auto y, al rato, el eco de unos pasos firmes sobre el piso de madera de la habitación contigua. 

—Todo arreglado, el intercambio es en esta dirección. Lleven al pibe acá en media hora. Nos vemos allá.

Ok, jefe, ahí estaremos —respondió el otro.

—¿Tío Héctor? —dijo Darío, sorprendido y en voz baja, mirando a través de una rendija de la puerta. 

Una película en cámara rápida se disparó en su cabeza. Recordó la primera bicicleta que le regaló cuando tenía cinco años. Recordó comidas en familia, risas y salidas con su tío. Recordó cuando su papá —el hermano— lo había denunciado por una estafa que había cometido en la empresa donde eran socios. Recordó que la última vez que había visto a su tío Héctor este estaba esposado entrando a un patrullero. 

El jefe, que seguía dando indicaciones, escuchó la voz del joven y giró la cabeza hacia la puerta de la habitación donde estaba guardado Darío. El cruce de miradas fue eterno y aterrador. Darío, atormentado y muerto de miedo, retrocedió y se sentó en el piso, apoyando la cabeza sobre las rodillas flexionadas.

—¡No! ¡La puta madre! —dijo el jefe mientras se agarraba la cabeza—. ¿Qué carajo hace el pibe en esa habitación? ¡Acabamos de perder un palo verde! Lamentablemente, debemos cambiar el plan —agregó. 

Afuera de la casa, el viento sacudía las hojas de los arbustos; adentro, la angustia y la desolación sacudían a Darío. Supo que no vería nunca más a su novia ni volvería a sus clases de Filosofía.

1 respuesta

  1. Mario Cesar La Torre dice:

    Triste final… me gusto la tension del relato… felicitaciones!

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