EL VIAJE DE BORGES

El viaje de Borges

Recuerdo a Borges en el silencio de su estudio, escribiendo.

Con destreza organizaba el remolino de ideas que lo asaltaba y pacientemente dejaba fluir en la historia solo a aquellos personajes que, por su determinación y empeño, eran capaces de hacerse oír.

Ocurría que las figuras empezaban a formarse iniciando una verdadera batalla. Borges procuraba que no hablaran siempre los mismos (usualmente, gauchos y malevos) para dar lugar a aquellos que, aunque más tímidos, también tenían algo para contar. Triunfaban quienes desde el mundo de las ideas surgían con la fuerza suficiente para desplegarse en la totalidad del texto.

Este ejercicio era habitual en él, casi lo hacía involuntariamente: las palabras fluían como si hubieran sido inventadas exclusivamente con el fin de que un día jugara a combinarlas.

Si me lo preguntan, les diré que a mí nunca me interesó llegar al plano del papel, todo eso de entrar en el texto y formar parte de una historia me parecía aburrido y estanco. Por esa razón preferí quedarme en la mente de Borges, jugar en sus ficciones inconclusas y observarlo.

Siempre admiré cómo ejercía el control de sus narraciones, las armaba y desarmaba a su antojo. Fue casi de causalidad, pensando en eso, que se me ocurrió la idea de invertir los roles y, esta vez, llevar al mismo Borges a una aventura.

Un día lo tomé por sorpresa mientras descansaba, le hablé por primera vez y, al oído, susurré: «No tema, mi buen Jorge Francisco Isidoro Luis, vamos a dar un paseo».

Consideré una buena ocurrencia llamarlo por todos sus nombres. Sentí que le daba cierto toque de camaradería a mi repentina irrupción. Como era de esperarse, no me respondió: su impulso inmediato fue cerrar los puños y agudizar el oído.

Partimos. Borges se desplomó en el suelo y, pese al mareo, supo contener los síntomas físicos de la travesía.

Cuando despertó, lo primero que sintió fue calor. Su cuerpo ya no tenía la pesadez propia del paso de los años, sus piernas ahora se apreciaban nuevamente ligeras, y sus brazos, desbordantes de vigor. Tocó con los dedos su cabeza y, para su sorpresa, allí estaba la alocada cabellera de sus años mozos. Lo siguiente que reconoció fue su visión. Ya se había olvidado de cómo era ver y no solo podía hacerlo, sino que sus ojos funcionaban con una intensidad que jamás había sido capaz de experimentar.

El nuevo Borges, aún confundido, nunca perdió el control de la situación y, como el gran estoico que era, supo adecuarse enseguida a los hechos que se presentaban.

—Es evidente que hemos hecho un salto en el tiempo, pero en direcciones simultáneas y opuestas: mi cuerpo ha viajado físicamente al pasado, pero históricamente tengo la certeza de que este no es otro que el futuro», dijo Borges. A lo que respondí: —¿Cómo se ha dado cuenta de eso? ¡No llevamos aquí más de cinco minutos!

Fue la única vez que tuvimos la necesidad de hablar en voz alta. Durante el resto del recorrido, nos comunicamos a través de nuestros pensamientos.

Caminamos por la Buenos Aires de esos tiempos. Él no sentía miedo, lo dirigía con firmeza su inagotable curiosidad, y yo, modestia aparte, no me quedaba atrás en mi gallardía.

Desde la vidriera de una librería de calle Corrientes, Borges reconoció una de sus obras, pero ya no se trataba de un libro, sino que un fino rectángulo de metal ofrecía las doscientas doce páginas de El Aleph. Dentro del local no había vendedores circulando. La atención al público estaba a cargo de un catálogo parlante que orientaba a los visitantes al sector correspondiente a sus necesidades.

Otra cosa que le llamó la atención fue que la gente se trasladaba principalmente en graciosos monopatines, llenos de luces y colores extravagantes.

Sin temor a quedar como un lunático, inició una conversación con un hombre que pasaba, con el único objeto de corroborar si en el futuro existía el peronismo. Esa fue la parte más insólita de nuestra hazaña, teniendo en cuenta que pude percibir que, ya avanzada la charla, Borges claudicaba ante los buenos argumentos de su interlocutor, quien resultó un apasionado defensor del presidente de turno que, efectivamente, pertenecía al movimiento del general.

Considerando el tiempo que pasé dentro de su mente, creí que eso me convertía en una especie de experto borgeano; sin embargo, no era así: cuanto más lo observaba desenvolverse, más descubría a un hombre osado que no se parecía en nada al niño bien que me había representado.

Recorrimos la ciudad en silencio durante un rato.

De la nada y sin previo aviso, una deslumbrante rubia comenzó a caminar junto a nosotros. Los ojos se nos fueron directo a su vestido: ajustado y a la rodilla, desde un fondo negro, intensas rosas rojas destacaban su figura.

—Así que usted es el famoso Borges… Pero, Iván, ¡no me dijiste que era tan guapo!

»¿Sabe, Borges? Me gustaba imaginar que yo era como aquella esclava de pelo rojo del cuento ese que escribió. El de Averroes. ¡Qué gran injusticia! A esa preciosa muchacha se la menciona casi al pasar; en cambio, a las otras, a las brujas de pelo negro, les dio como una línea entera. En fin… yo no tuve tanta suerte como mi querido Iván, yo soy un personaje ordinario, producto de la mente de un escritor principiante que se obsesionó con Hamlet. El muchacho leyó el libro más de quince veces, y a todos sus cuentos los inicia con una rubia que se llama Ofelia. En fin.

»Por supuesto, mi nombre es Ofelia. Un gusto.

Así es Ofelia. Fascinante, aunque un poco intensa. Sabe que cedo ante su encanto y se acostumbró a aparecer cuando le place. Esa es una de las ventajas de vivir en el plano etéreo.

Borges comprendió enseguida la naturaleza del vínculo que me unía a ella, y me bastó una mirada para saber que me ayudaría a dominar los nervios que la presencia de esa mujer me provocaba. Ante mi silencio, tomó la posta y dijo:

—Mucho gusto, señorita, sería un placer que nos acompañara en nuestro paseo.

Cuando a Borges le gustaba realmente una mujer, era compulsivo: he sido testigo de llamadas telefónicas dirigidas a la «inalcanzable de turno» (varias veces al día) y era capaz de enredarse en un asedio que no daba tregua, pero, hábil como siempre, se había ocultado dentro del mote de «desdichado» y, con esa astucia de galancete de Buenos Aires, había logrado que el mundo lo viera como aquel hombre al que «las mujeres le dolían en todo el cuerpo». Yo sabía que no era así y la despiadada Ofelia, también.

Coquetearon delante de mí y quedé perplejo frente al espectáculo. Borges no era tan predecible como yo creía.

—Jorge Luis, ¿lo puedo llamar así? —preguntó Ofelia encogiendo los hombros y despertando en mí esos justificados celos que mencioné. Ella continuó—: Sé que mi querido Iván no me esperaba; de hecho, entiendo que él tenía preparado otro recorrido, pero se corrió la voz de su viaje y, bueno… se han contactado conmigo varios amigos que insisten en conocerlo. Si están de acuerdo, podemos pasar el resto de la tarde junto a ellos.

Borges asintió y yo a Ofelia no sabía decirle que no. Dejamos Buenos Aires con un chasquido de los dedos de la rubia.

Suavemente, el piso comenzó a temblar y, mientras todo ocurría, con absoluta calma Ofelia sacó de su cartera un espejo para retocarse el labial. Borges y yo queríamos esconder la confusión que nos apremiaba, pero no era posible: nuestras caras expresaban más de lo que deseábamos.

—Tranquilos, queridos, nos estamos trasladando, eso es todo. Cuando lleguen al final del pasillo principal y encuentren una cruz dorada, simplemente, sonrían.

Una vez que los temblores del suelo cesaron, y como si con esas palabras hubiera cumplido su misión, Ofelia nos dejó. Sin despedirse, se fue caminando serena hasta perderse. Frente a nosotros, una imponente catedral nos llenaba los ojos de detalles de armoniosa arquitectura, con colores y formas dignos del mejor prestidigitador.

Comprendimos que nuestra aventura continuaría allí dentro. Borges contemplaba con entusiasmo el nuevo escenario. Su restaurada visión era un regalo que no esperaba y no dejaría pasar un solo detalle.

Una vez dentro, pudimos ver que no éramos los únicos visitantes y, de forma espontánea y con ese aire solemne que uno les da a las cosas que repite por efecto de la observación, nos persignamos.

Borges recordó a su madre: se imaginó en su cuarto narrándole este ¿sueño? en el que viajaba en compañía de un desconocido, pero inmediatamente dudó. No tenía la certeza de estar dentro de uno y, además, desde hacía años el cuarto de su madre estaba vacío.

Caminamos hacia la enorme cruz dorada que colgaba en el fondo de la catedral y, siguiendo las indicaciones de Ofelia, sonreímos.

Un nuevo temblor imprevisto me dejó sentado en el piso, mientras Borges, de pie, parecía tener que tomarse con las manos el corazón, que se le escapaba del cuerpo por la emoción. —Qué privilegio. Este laberinto ha sido buscado durante siglos y nosotros llegamos a él en un parpadeo, dijo Borges, reconociendo inmediatamente la estructura del laberinto de Minos.

Desde su interior, se escucharon escalofriantes ruidos. Se percibía cómo un animal de gran tamaño se dirigía seguro a nuestro encuentro.

—Bienvenidos, los estaba esperando —dijo Asterión, quien, pese a sus tres metros de altura y su apariencia aterradora, se movía con la gracia de un niño.

Borges estaba visiblemente conmovido. El Minotauro era aún más fantástico de lo que en su relato había podido describir. Su cuerpo apolíneo y su cabeza de toro parecían no encajar con la dulzura que proyectaba su mirada. Su voz se imponía con la potencia de un huracán, pero su cadencia se oía triste:

—Te oyes como el lamento de un sitar —le dijo Borges sonriendo.

El minotauro nos llevó hacia una galería circular. Una vez en el centro, nos sentamos sobre unos almohadones que, junto a la alfombra, le daban al espacio una atmósfera oriental.

—Si me lo permite, quisiera saber por qué me ha hecho usted analfabeto en su cuento. Tengo entendido que en el de don Julio he sido menos aterrador, y hasta me ha dotado de virtudes… Camus, por su parte, no dudó en calificarme como «encantador» —disparó Asterión.

—Te has detenido en naderías. Las cosas que le ocurren a un minotauro les ocurren a todos —respondió Borges, creyendo que con aquella frase lograría cambiar de tema, pero no fue así.

—Quienes ingresan al laberinto, usualmente, hacen el mismo comentario: «¡¿Para qué tiene una bestia analfabeta tantos libros?!». A eso ni siquiera respondo, solo pienso: «¡Borges y su maravillosa idea de decir que no sé diferenciar una letra de otra!» —insistió Asterión.

En realidad, el minotauro era sumamente afectuoso y sensible (eso lo sorprendió). Tenía un gusto exquisito por la literatura fantástica y, aun con las limitaciones propias de una criatura mitológica, era capaz de disfrutar de la poesía en cada una de sus variables.

—No quiero robarme todo su tiempo, somos muchos los que esperábamos su visita —dijo Asterión y, detrás de él, se unieron a la charla Ireneo Funes y muchos otros de los personajes más famosos de Borges.

Para mi sorpresa, los que captaron su absoluta atención fueron aquellos que nunca escribió, los mismos que, un poco por falta de gracia y otro poco por no ser capaces de soportar la presión de la hoja, se quedaron dentro de su mente, como yo. Así, pasamos la tarde hablando sobre filosofía, literatura y, por supuesto, sobre qué significaba morir.

Nos hubiéramos quedado más tiempo, pero ambos sabíamos que debíamos continuar con el recorrido. Le preguntamos al minotauro cómo salir del laberinto para regresar a Buenos Aires. Desarmándose en risas, nos dijo:

—Tan inteligentes y me preguntan eso… por supuesto: ¡por arriba!

Así fue como, después de varios intentos fallidos, logramos tomar altura. Por falta de experiencia en este tipo de vuelos, nos retiramos sin despedirnos adecuadamente. Aun así, Borges se llevó consigo el saludo precipitado de la bestia, que, con una sonrisa, le señaló que en un extremo de la galería su gato Beppo jugaba con el famoso hilo de Ariadna.

A nuestro regreso, pretendí dejarlo nuevamente en su despacho, pero él prefirió continuar el viaje.

Su largo atardecer se apagó en la ciudad de Ginebra el 14 de junio de 1986. Tenía 86 años.

11 Respuestas

  1. Maira Pelinski dice:

    Impresionante, Vicky! Además, tan impecablemente escrito, como siempre. Me tenés malacostumbrada.

  2. Morella dice:

    Me encanto el libro! como iban haciendo el viaje, muy bien descritos los escenarios donde pasaron juntos. Como uno piensa que puede predecir a alguien y al final termine siendo impredecible. Me encanto!

  3. Hernán dice:

    Muy entretenido!!! Felicitaciones

  4. Victoria Karamazov dice:

    Justamente, ese es uno de mis adjetivos preferidos… GRACIAS!

  5. Natalia dice:

    Genial! Muy bueno

  6. aldo dice:

    …hermoso!!

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