Atropellos esporádicos

Atropellos esporádicos

Un joven disfrutaba de su clase virtual de viernes. Pensaba en las cervezas que se enfriaban en su congelador. Desde la silla, frente a la pantalla de la computadora, creía escuchar unos leves crujidos de las botellas.

Alguien dio dos golpes en la puerta. Él pensó que era muy temprano para que fuera Alis, su novia. Además, ella siempre hacía sonar el timbre, aunque tuviera las llaves de la casa. Sus suaves manos de terciopelo no producían sonido.

Ante el desconcierto, interrumpió la clase virtual y se asomó por la mirilla. No había nadie del otro lado. Se mantuvo en silencio unos segundos, observando y conteniendo la respiración. Impulsado por la curiosidad, abrió la puerta. Intuitivamente, miró hacia abajo, y allí estaba: una tortuga bebé con un moño en el caparazón.

—¿Qué carajos? —dijo y se agachó para alzarla.

Pero no pudo: estaba atascada. Intentó con más fuerza, pero la tortuga se trajo consigo la baldosa sobre la que estaba. Los segundos siguientes se sucedieron muy rápido. La baldosa floja activó un mecanismo, el piso desapareció y el joven cayó al vacío.

***

—No me habías dicho que éramos tres, Agustino —le reprochó una voz femenina.

El chico abrió los ojos y reconoció a Lola, su expareja. Luego de caer por la trampa que le acababa de tender, terminó sentado en un sillón individual que no le permitía moverse.

—¿Hace cuánto que te la estás cogiendo? —insistió Lola, sosteniendo una frágil copa de cristal.

—Estoy en clase —le aclaró él—. Soltame, que tengo que volver.

—Estabas en clases, Agustino —corrigió ella—. Ahora estás conmigo. La piba que te estás comiendo… ¿es una compañerita de tu clase virtual?

—Tengo que volver, Lola —repitió—. Al menos dejame mandarle un mensaje a mis compañeros desde el teléfono para avisar que me voy a ausentar.

—No se puede, Agustino. Acá no hay señal de celular. Hablame de ella y te suelto. Llega a las nueve, ¿no? ¿Planean una cena romántica a la luz de las velas?

—No, no es así. Ella va a llegar cuando me soltés. —El chico intentó moverse del asiento, pero era imposible.

—Así que viniste en modo rebelde. —Lola sirvió la cerveza preferida de su exnovio y se la acercó con un movimiento mágico que hizo levitar la copa. Luego, le dijo—: Tomá, refrescate un poco. Te ves sediento.

Agustino se quedó mirando a Lola, inexpresivo, ignorando la cerveza. No podía evitar que ella usara sus fuerzas para quitarlo de cualquier lugar en cualquier momento. Pero, más allá del miedo que le tenía, desde que comenzó su relación amorosa con Alis sentía que se estaba reconstruyendo por dentro y que tenía las fuerzas suficientes como para hacerle frente a sus atropellos esporádicos.

—Se está calentando, ¿qué esperás? Tomala —indicó la ex, haciendo temblar la copa a la distancia.

—No tomo más alcohol —le mintió con inseguridad.

La furia contenida de la mujer se traducía en la vibración amenazante del cristal. Ella no estaba acostumbrada a que Agustino le contestase.

—¿Qué sigue después de esto?, ¿vas a dejar de comer carne?

—Puede ser; si ella me lo pide, tal vez deje todo.

El joven temblaba por dentro, temiendo que sus palabras produjeran una reacción violenta en la que pudiera resultar gravemente lastimado, tal como le pasó en varias discusiones similares en el pasado.

—Yo también cambié, ¿sabés? —dijo ella en un intento por demostrar madurez y cordura—. La vieja Lola ya habría hecho explotar esa estúpida copa en tu cara, pero ya ves: la copa está entera, servida con todo el amor para demostrarte que puedo hacer las cosas bien.

—Te voy a contar algo. —La voz de Agustino cobró un tono suave de rendición y cansancio.

—¿Viste? Conmigo es fácil, estamos hechos el uno para el otro. Hablamos un ratito y te suelto.

La mujer se aprestó a escuchar con aires de victoria.

—Se llama Alisha.

—Bien, raro, pero bien —interrumpió Lola.

—Nació y se crio en un poblado muy alejado, llamado Velouria —continuó relatando con voz calma y pausada, al tiempo que los gestos de Lola se llenaban de incertidumbre.

—Te dije que es rara, yo huelo esas cosas —interrumpió de nuevo—. Dale, seguí, te estoy escuchando atentamente, tanto que estoy a punto de soltarte.

—Y, en aquel lejano lugar, las cosas son un poco diferentes.

—Sí, veo que en Velouria son diferentes. Siento que son diferentes, ¿pero a qué te referís vos con diferentes, Agustino? Sé claro, por favor, que estoy tratando de entender por qué me dejaste por esta minita rara.

—Me refiero a la alimentación.

—No me vas a decir que ahora estás de novio con una ovolactovegetariana.

—No. Te lo resumo. Donde vive Alis tienen la costumbre de juntarse a comer tortuga. Sí, así como nosotros nos juntamos a comer asado, ellos se juntan a comer tortuga. No me preguntes por qué, es solo una costumbre.

—Ajá —balbuceó Lola sin querer, expresando vagamente que no terminaba de hacerse a la idea.

—Ahora, imaginate este escenario —continuó Agustino—: llega Alisha a mi puerta, habíamos quedado en cocinar algo esta noche, ve a tu tortuga, que con tanto esmero sacaste de vaya Dios a saber dónde, con un moño en la entrada de mi casa. ¿Qué creés que va a hacer con ella?, ¿que la va a acariciar como a una mascota? No, va a entrar a casa con sus llaves, va a ver al animal y…

—¿Vos decís que tu Alisha se va a comer mi tortuga? —conjeturó la mujer, con un extraño sentimiento de temor en el pecho.

—Mi querida novia debe estar muy cerca de casa.

Agustino juntaba valor cada vez que Lola perdía seguridad.

—Me cansaste, Agustino, vos y tus gustos raros. Ahora vas y te asegurás de que a la tortuga no le pase nada. Pero no te creas que nos vamos a dejar de ver.

Lola hizo un movimiento mágico circular con la mano y transportó al joven hasta su casa.

Sus intentos por recuperarlo perdían fuerza a medida que su expareja progresaba con su vida amorosa.

La tortuga seguía a salvo, con su moño en el caparazón. En el teléfono de Agustino, aparecieron mensajes de Alisha preguntando qué iban a comer esa noche. Él sugirió pedir algo por delivery y luego recordó que tenía cervezas frías en el congelador.

2 Respuestas

  1. Graciela Elso dice:

    Diego me gustó tu cuento. Remite a la dificultad de olvidar amores remplazando los por otros

  2. Mario Cesar La Torre dice:

    Muy bueno!!! Me encantó la novia hechicera….

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