She loves you

Salió sigilosamente de su casa.

Ema la esperaba en el auto, mirándola con una sonrisa amplia y fresca, como la brisa que le acariciaba la cara.

Había dejado el pan caliente presentado en la mesa de la cocina, como para subir la imagen a Pinterest, una imagen perfecta. La ropa quedaba prolijamente doblada en los placares, tanto que al abrirlos parecían acuarelas armónicas de textura y colores. Nadie sospechaba que ella podía estar caminando en ese abismo. ¿Quién iba a creer que ella, la reina del confort, repentinamente buscaría llenar su alma de riesgos y adrenalina?

Ema la saludaba como si estuviera escuchando sus miedos y con la mano la invitaba a confiar en la decisión que habían tomado. El camino hasta el auto parecía mucho más extenso de lo habitual, el sendero tenía un punto de fuga en la sonrisa de Ema. El viento parecía un espíritu viejo y sabio, que susurraba haciendo «uhuhu… uhuhu» entre los árboles. ¿Qué le estaba diciendo?, ¿la estaba alertando?, ¿quería detenerla antes de que fuera tarde?, ¿la estaba alentando a seguir?, ¿sería su mamá, que desde algún lugar la acompañaba para que no se sintiera sola en estos pasos?

Teresa se había puesto los anteojos de sol para esconder un poco el terror que sentía, aun cuando el corazón le estallaba de emoción. Repasaba las obligaciones que había decidido soltar. Algunas responsabilidades volvían como un eco empalagoso. «¿Cuáles serían las consecuencias?», pensaba mientras avanzaba ¿Habría daños irreparables en las personas que le importaban o ellas sabrían entender?

Quiso sonreírle a Ema, pero no pudo. En lugar de eso, se le llenaron los ojos de lágrimas detrás de los anteojos. Ema se dio cuenta y, con una seguridad profunda, le dijo:

— ¡Vamos! Está todo listo.

Teresa suspiró con felicidad (no con alegría) y se dejó invadir por un vuelo amplio que fluyó desde el alma hasta la punta de los dedos. Dejó escapar una carcajada, desprolija y torpe, por cierto. Subió al auto y miró al frente. Estaba convencida de que con esa decisión se jugaba la vida y la de todas las generaciones venideras.

Se fueron. Sonaba «She loves you», de Los Beatles. No hablaban y eso era muy cómodo. Por momentos se miraban, como si pudieran leer lo que pensaban. Teresa no entendía cómo Ema se había convertido en alguien tan esencial. Se habían conocido en el jardín de infantes, buscando a sus nietos «Somos las abuelas atípicas», le decía Ema haciendo alarde de su resistencia a la imagen tradicional de la abuela viejita y abnegada que circulaba en el imaginario de las madres jóvenes.

Se juntaban algunas tardes a tomar una cerveza. Teresa siempre había amado la cerveza. Ema se descostillaba de risa con las ocurrencias de Teresa, que era muy divertida: tenía siempre la palabra justa para romper el protocolo, el hielo, la incomodidad… y transformar esos momentos en complicidad pura.

«Vos ya viviste, mamá. Ahora dejame vivir a mí», le habían dicho sus hijos en diferentes oportunidades, cuando ella había intentado ahorrarles el dolor que veía venir en sus decisiones. Nunca había querido limitarlos, era solo ese deseo tan visceral de que los hijos no sufrieran. Al fin y al cabo, todos hicieron lo que quisieron, y supieron reponerse de los golpes. Ella podría hacer igual. «Ya viviste», como si todo hubiese terminado antes de que muriera. ¿Cuántas cosas no había vivido aún? Sentía las mismas ganas de abrirse camino como a los veinte años, cuando ya estaba en los sesenta y siete.

Carmen, su hija menor, se encontraría con el pan recién horneado y la nota de Teresa, que decía que saldría de viaje. Disfrutaba el desayuno y la audacia de su madre. Tanto se había esforzado ella en los últimos años por mantener una música de familia, incluso con la viudez. Cuidó tanto los detalles, los rituales y los sabores. Carmen celebraba la decisión de su mamá.

Ema había logrado conocerla tanto. Su vida había cambiado desde que estaban juntas. Se acompañaban en todo, en lo cotidiano y en lo existencial. Hablaban todos los días, y ella apreciaba esos momentos como si fueran el corazón de la vida. Nunca habían tenido una charla para decirse «te quiero», si bien ella percibía que la relación con Ema entramaba un amor cada vez más fuerte, más real y permanente.

Una vez discutieron. Teresa hizo un juicio muy duro sobre Ema cuando ella dejó de hablarle a uno de sus hijos. Se distanciaron un tiempo, y entonces Teresa entendió lo importante que era Ema en su vida. No podía perderla, todo se desmoronaba y se asfixiaba en la angustia si ella no estaba. Aunque no era su estilo, la buscó y le pidió perdón, y así la relación entre ellas se hizo mucho más profunda y sincera.

Lo más inquietante había sido ese sueño, erótico tal vez, en el que Ema la besaba. Ella se despertó sin miedo, pero bastante desconcertada. ¿Qué clase de amor sentía por Ema? Ese sueño había puesto en marcha motores de una maquinaria que Teresa desconocía, pero que comenzaba a impulsar muchísimas preguntas, decisiones y libertades.

Teresa quería vivir toda su vida con Ema, quería compartir cada día con ella, abrazarla en cualquier momento, conversar en la galería indefinidamente. Quería que Ema se sintiera a gusto, feliz. Incluso quería concretar con ella proyectos de viajes y la decoración de la «casa ideal», esa que tantas veces habían soñado. Teresa quería irse a dormir con Ema y encontrarla al lado suyo al despertar. Si eso implicase algo en su sexualidad, aún no estaba claro, pero no lo desestimaba.

Teresa le dio la mano a Ema, quien rápidamente le correspondió con calidez.

—Te adoro, Ema— le dijo emocionada.

El paisaje se abrió como el libro de una historia dulcísima, que recién comenzaba.

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