FRANCO AMOR

Franco amor

Escucho acercarse a la enfermera con pasos pegajosos. La imagino con delantal blanco y unas Crocs azules. Deben de ser las ocho de la mañana, ya que a esa hora viene a cambiarme el suero, agregar medicación y a revisar los aparatos. Varias veces la escuché hablar con alguien o incluso sola, diciendo la hora. Estos aparatos son ahora la banda sonora de mi vida. Ya no escucho el sonido de un pájaro, ni los molestos ruidos de la calle, las bocinas o el murmullo de la gente.

Silvia, la enfermera, me trata muy bien. Tiene una voz dulce y suave pero firme. Cada vez que viene a la habitación, luego de confirmar que todo esté bien, me toma el brazo para revisar que la vía con la aguja esté en orden y me hace una caricia en la mano. «Vas a estar bien, vas a ver», me dice.

Mi momento de relax es cuando viene el kinesiólogo. Lo espero ansioso. Me sienta, me estira, me masajea la espalda, las piernas y los brazos. Aunque prefiero esos fines de semana en que vos y yo nos hacíamos una escapada a algún spa. Ahora debo conformarme con esto.

Mientras el kinesiólogo hace su trabajo, también me habla. Me dice que tenga fuerza, que voy a estar bien. Ahora entiendo por qué nos llaman pacientes: debemos tener mucha paciencia, ya que nunca sabremos cuándo estaremos curados, si es que lo estaremos.

La semana pasada escuché la primera conversación desde que estoy acá:

—Drake sigue en coma, no ha habido cambios en este año y medio —dijo el doctor.

—Entiendo. —Era la voz triste y resignada de mi madre.

—Está en ustedes la decisión.

Sentí la suave caricia de una mano huesuda, rugosa y tierna a la vez en mi brazo derecho. La reconocí de inmediato. Era mi madre. Al cabo de un rato, escuché los pasos que se alejaban. Me quedé solo otra vez. «¿Hace un año y medio que estoy acá?, ¿y en coma? ¿A qué decisión se refería el médico?», pensé.

Sentí desesperación. Quería gritar, levantarme y decir que estaba bien, pero no podía. Mi cuerpo no respondía. El sonido de mi voz no salía de mi boca. Lloré. Al menos tuve ese sentimiento. No sé si con lágrimas, pero lloré. Lo único que quería era estar con vos. Volver a estar juntos matándonos de risa en nuestro barco en el medio del mar. ¡Estábamos tan felices!

Mi último recuerdo es del viaje que hicimos antes de tener al bebé. Faltaba solo un mes para conocer a nuestro querido y tan esperado Franco. Tu panza estaba tan grande que pensé que tendrías el parto en el medio del océano. Todavía puedo sentir el viento frío que nos pegaba de frente, el chillido de las gaviotas revoloteando y las salpicaduras del agua que de a ratos nos nublaba la vista.

De repente, Dios jugó a los dados. Una ola furtiva, malvada, asesina, nos dio vuelta como un cubilete. Quedaste flotando a metros de mí, envuelta en el salvavidas naranja. Es mentira, no salva vidas: las deja ondulando al ritmo del mar. Tu mirada tierna como la de un bebé que toma la teta de la madre me dijo: «Te amo y siempre te voy a amar». Y cerraste los ojos. Yo quedé flotando y luego el vacío, la nada. Oscuridad.

¡Cuánta falta me hacés, amor! ¡No sabés cuánto te extraño! Me duele el alma, si hay algo que me pueda doler en el estado en el que estoy. Siento angustia. No llegamos a conocer a Franco, pero estoy seguro de que tendría tus achinados ojos color marrón, tu dulzura y tu pícara sonrisa.

Me pregunto: si estando en coma puedo sentir y escuchar, cuando la ciencia supone que no es posible o, al menos, no lo pudo comprobar aún, ¿quién dice que en la muerte no podremos encontrarnos los tres nuevamente y continuar nuestra felicidad juntos? Quiero volver con vos, con ustedes.

Todos los días me hablan y me dicen que estaré bien. ¿Qué saben ellos lo que necesito? Voy a estar bien cuando apaguen este aparato que me da oxígeno para respirar y vuelva con vos.

Siguen los pitidos. Yo inmóvil, alerta, atento. Cada vez que viene la enfermera, tengo la esperanza de que presione el botón de «apagar» y poder así reencontrarme con vos para siempre.

Algo raro pasa. Escucho varios pasos y murmullos que vienen acercándose a mi habitación. Mi madre llora. Silvia, la enfermera, me toma el brazo suavemente. «Ya saqué la vía con el suero, doc», dice.

Mi madre llora con más fuerza. Me da besos en la frente. Sus lágrimas caen en mi cara. Me agarra con fuerza los brazos.

—Doctor, ¿procedemos? —dice Silvia.

Ya no se escuchan los pitidos de los aparatos. Solo el llanto de mi madre. Puedo sentir una mano muy pequeña, tierna y suave que acaricia mi brazo.

—Papi —llego a escuchar.

8 Respuestas

  1. Andrea Sánchez dice:

    Muchas emociones al leerlo. Muy buen final. Te felicito!

  2. Juan Agustín Rodríguez Cuenca dice:

    Es hermoso, Claudio! Piel de gallina al final.

  3. Maira Pelinski dice:

    Es triste pero hermoso, Claudio. El final es impactante. ¡Felicitaciones!

  4. victoria vazquez dice:

    Felicitaciones Claudio, desde el título hasta el final, un viaje a aquellos sentimientos que uno trata de guardar detrás de la rutina… aplausos!

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