Albertita

Albertita

La nena siempre estaba sola en los recreos. Cuando se enojaba, su madre le decía que olía a puta, y ella absorbía como una esponja todas las palabras que oía. Por eso evitaba que se le acercaran las personas, por temor a que percibieran el mentado perfume.

Su lugar favorito del colegio siempre fue la biblioteca. Pasaba horas jugando a que entendía lo que leía, y a veces deslizaba la lapicera sobre la hoja simulando que escribía, pero nunca se animaba a intentarlo: su mamá le había dicho que esas cosas eran para personas inteligentes y que ella era estúpida.

Siempre se preguntaba por qué razón, siendo tan fea y pestilente, sus compañeritos, su maestra, sus abuelos y hasta algún vecinito insistían en convencerla de que disfrutaban de su compañía, pero jamás dudó de las palabras de su madre, que le había explicado que esas personas que le decían cosas lindas lo hacían porque sentían lástima: era sabido por todo el pueblo que su padre, Alberto, la había abandonado de bebé, no por falta de amor a su esposa, sino porque la recién nacida era espantosa. Por eso a todos conmovía la historia de la niña despreciada por fea, hedionda y estúpida.

Albertita nunca se cuestionó esa versión de su llegada al mundo y siempre se imaginó que su caso era evidente, dado que, además de portar el olor característico que despiden los niños despreciados como ella, su piel expelía también un dejo de promiscuidad innato. Era puta de nacimiento.

Otra cosa que generaba dolor en la nena era que se sabía culpable del nacimiento de sus hermanas: la leyenda familiar decía que la mamá de Albertita, una joven de veintidós años, casada y cursando el cuarto año de la carrera de Derecho, ante la llegada de su primera y espantosa hija, debió dejar los estudios y dedicarse a criar al engendro. Por lo tanto, como necesitaba una familia y su progenitor había desaparecido, la mamá decidió vivir en concubinato con su primo lejano, que siempre estuvo enamorado de ella, y en nombre de ese amor el muchacho no dudó en hacerse cargo del bebé nauseabundo. En un acto de sacrificio, le darían un ramillete de preciosas hermanas.

A sus seis años, Albertita ya era responsable de muchas cosas. Entre ellas, tenía plena conciencia del daño que había provocado su nacimiento a la prometedora vida que podría haber tenido su madre.

Los niños a esa edad suelen pedir a las estrellas fugaces una bicicleta, al Ratón Pérez, cincuenta pesos para el quiosco, o una muñeca nueva en su cumpleaños. Sin embargo, Albertita siempre tenía el mismo deseo: quería nacer de nuevo, sin olor, sin esa cara espantosa, sin sus piernas chuecas, sin sus rulos rojizos. Quería ser normal, despertarse un día siendo otra, una nena más parecida a su madre (que se destacaba por su belleza física e inteligencia) y más cercana a sus hermanas (todas nenas graciosas y perfumadas de rosas). Una y otra vez, pedía a la imagen de la virgencita colgada en la pared de su cuarto una nueva oportunidad, hacía cuentas y decía: «Tengo solo seis años, son pocos, puedo borrarlos y empezar de nuevo, siendo buena, linda y buena». Y así se dormía Albertita, soñando que al despertar sería finalmente otra.

Con el correr de los años, dejó de creer en la posibilidad de que se concretaran sus oraciones nocturnas. Cambió al Nuevo Testamento por libros de filosofía, textos que al principio no entendía, pero que a fuerza de desvelos terminó internalizando aún mejor que los mandamientos del Eterno.

Si era estúpida, olorosa y fea, no le importaba tanto: se había dado cuenta de que la mayoría de las personas no se lo mencionaba, solo era su madre quien se lo recordaba cada vez que la veía. Esto ocurría con poca frecuencia, dado que Albertita a sus diecisiete años ya había dejado su casa. Con la excusa de estudiar en la capital, empezó de cero, con dos mudas de ropa y la certeza de que prefería cualquier cosa a convivir nuevamente con esa mujer, aquella que adoraba y a la vez ya no toleraba cerca.

Pasaron los años y comenzó a recibir noticias cada vez más preocupantes de su antiguo hogar. Su ramillete de hermanas no resultó tan dócil como había sido ella en su momento, se resistían a asistir a misa o llevar una vida ordenada: ellas, las bellas y perfectas (aún perfumadas de rosas), no estaban interesadas ni siquiera en terminar la educación inicial.

Albertita sentía culpa. Tomar distancia de su familia era, sin lugar a dudas, su mejor opción si quería sentirse bien, pero la suerte de sus hermanas también, en un punto, era su culpa, todo (siempre) era su culpa. Aunque nadie se lo decía ahora, ella misma se ocupaba de reemplazar el espacio vacío de su madre y, frente al espejo, repetía: «Estúpida y apestosa, egoísta y soberbia: dejaste a tus hermanitas, ellas, que nacieron para darte una familia a vos, que no la merecías».

Y la culpa tomó forma de miedo: Albertita crecía en todo sentido, se consolidaba profesionalmente, disfrutaba de una intensa vida afectiva y, cuanto más se esforzaba por pasar desapercibida, más llamaba la atención. Así fue como, ya siendo una mujer, de un día para el otro se descubrió en su versión más compleja: las cosas salían bien, pero tenía miedo de cruzar la calle, miedo de las escaleras mecánicas, miedo de que explotara un electrodoméstico, miedo de que se iniciara un incendio por el calentamiento de un enchufe. Miedo al miedo.

Fue en la cruzada contra su nuevo enemigo, «el miedo a todo», que Albertita se refugió en un alter ego tan peligroso como efectivo. En esta mutación, descubrió que la culpa devenida en miedo no llevaba más que al enojo, uno que la condujo a su versión más punk: una Albertita que prácticamente no duerme, una con dos trabajos, una que camina sola por calles oscuras únicamente para desafiar a sus fantasmas, una que entra y sale de relaciones en las que (en la mayoría de los casos) ni siquiera es capaz de distinguir qué diferencia a una de la otra. Todo le da lo mismo, lo que le importa es seguir adelante, no detenerse, vivir como si no quedara otro día.

Pero el enojo constante usualmente se transforma en tedio y, aunque vertiginosos y emocionantes, sus días no lograban cansarla lo suficiente como para que dejara de pensar. Y pensar tanto nunca es bueno. Enredadas en ideas y bajo el efecto del tedio, las personas ya ni siquiera se esfuerzan en entender lo que escuchan. Cuando alguien le hablaba a Albertita, ella ya no intentaba discernir si lo que oía era efectivamente lo que le decían o si más bien se trataba de una interpretación de los dichos del emisor, combinados con lo que creía que los demás pensaban sobre ella, condimentado con aquellos adjetivos que su madre le había tatuado en la memoria.

No es necesario aclarar que, lógicamente, colapsó cuando comprendió que a todo eso que le pasaba debía adicionar el hecho de que el extremo aburrimiento en el que vivía la había dotado de una potente y activa imaginación que, por momentos, se salía de control.

Miedo, enojo, tedio y aburrimiento conviven en su estrambótica imaginación.

De aquella niña o de esa mujer ya no queda (casi) nada. La fusión de sus diferentes formas dio como resultado a una Albertita que no volvió a saber de su madre, una que, aún cansada, nunca duerme y se sabe sumamente habilidosa para disimular su apestoso olor, fealdad y estupidez.

13 Respuestas

  1. Maira Pelinski dice:

    ¡Es buenísimo este cuento, Vicki! Hermosa redacción y muy buen final.

  2. Msrtha Pérez Machado dice:

    Me gustó.
    Historia triste y dolorosa.

  3. Hernan dice:

    Buenísimo. Muy buen relato y una redacción excelente! Me encantó!
    Temía peor final todavía! Muy bueno.

  4. Romina dice:

    Me encantó

  5. Graciela dice:

    Muy interesante y original el enfoque. Me gustó mucho

  6. Laura Giacomini dice:

    Realmente Hermoso!!!!

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