El silbido de la Pimychen

El silbido de la Pimychen

Clara estacionó su auto a la orilla del camino y bajó apresurada. El fuerte viento le dio de lleno en el rostro y la obligó a entrecerrar los ojos. Se subió el cierre de la campera y, con esfuerzo, revisó cada una de las llantas. Estaba preocupada. Quería saber si su auto modelo 2010 había resistido tantos kilómetros por ese camino pedregoso.

Al cabo de unos minutos, suspiró aliviada: estaba intacto, sin daños aparentes. Pensó que lo primero que iba a hacer al regresar a Córdoba era llevarlo al taller. Tenía que asegurarse de que todo estuviera bien. Su auto era su segunda casa. El pequeño de cuatro ruedas no solo le servía para movilizarse dentro de la ciudad, sino que era parte de su trabajo. Con él recorría la provincia en busca de especímenes para el Museo Botánico, en donde trabajaba desde hacía años.

Abrió el baúl del auto y con esfuerzo sacó su mochila. Tenía los dedos entumecidos por el frío. «¿Cómo aguantan vivir acá?», se preguntó mientras miraba a sus dos compañeros de viaje, Juan y Suyai, que bajaban del auto y caminaban con normalidad hacia ella. Era evidente que a ellos el viento no los afectaba. Habían nacido allí y seguramente estarían acostumbrados al agreste clima sureño.

Neuquén era una provincia hermosa, de eso no tenía dudas. Los grandes lagos y sus bosques de araucarias y pehuenes ofrecían un paisaje memorable. Pero el viento era insoportable.

Hacía cuatro días que había llegado a Villa Pehuenia para asistir al Congreso Nacional de Plantas Medicinales y parecía que, con cada día que pasaba, el clima empeoraba junto con su humor.

Odiaba los congresos. Estar parada horas y horas al lado de un póster esperando que alguien se acercara a preguntar sobre su trabajo de investigación le parecía denigrante. Esos eventos solo servían para hacer relaciones sociales y ese no era justamente su fuerte.

Por suerte en este congreso había coincidido con su amigo Juan, un antropólogo obsesionado con su carrera con quien ella se sentía muy a gusto. Cada vez que se encontraban, se pasaban horas hablando de las plantas y sus usos medicinales, tema que les apasionaba.

Clara estaba muy intrigada. El día anterior Juan la había invitado a que los acompañase a él y a Suyai —un alumno suyo de Antropología— a visitar a don Nehuén. El anciano vivía en una comunidad mapuche del paraje de Lonco Luan, a pocos kilómetros de Villa Pehuenia.

Juan aún no le había explicado a qué iban, pero ella estaba feliz de poder conocer a los nativos. Esperaba hablar con alguno que otro lugareño y obtener información sobre las plantas que ellos utilizaban para curar. La única forma de llegar hasta allí era a pie. Había un angosto sendero rodeado de grandes arbustos que los mapuches habían construido hacía ya bastante tiempo.

Una vez que recogieron las mochilas del baúl, emprendieron la caminata. Suyai iba a la cabeza. Lo seguían Juan y Clara. Él pertenecía a otra comunidad mapuche del paraje Quillén. Sin embargo, había ido varias veces a Lonco Luan con sus padres a negociar animales y se conocía a la perfección cuáles eran los desvíos que debían tomar para llegar hasta la casa del anciano.

Clara no dejaba de asombrarse ante lo maravilloso del paisaje. Mas allá de los arbustos que bordeaban el sendero, podían verse grandes extensiones de caña coihue. Y a lo lejos un bosque de araucarias embellecía el horizonte. Suyai les había explicado que debían atravesarlo para poder llegar hasta el rancho de Nehuén. Los esperaba una larga caminata por delante.

—Gracias a un amigo de Suyai nos enteramos de que don Nehuén, hace unos días, perdió a su esposa —le dijo Juan dándose vuelta y elevando un poco la voz. El silbido del viento era muy fuerte.

Ella lo miró un momento y, cuando estaba a punto de preguntarle si Suyai era de su familia y si iban a darle las condolencias, Juan la interrumpió:

—Se niega a enterrarla. Al parecer todavía está recostada en la cama en la que murió. Queremos convencerlo.

—¿Qué dijiste? —preguntó abriendo los ojos, asombrada. Tenía que asegurarse de haber oído bien.

—El hombre dice que fue la Pimychen quien la mató y por eso no la quiere enterrar.

¡Sí, había escuchado bien! Como en un acto reflejo, se detuvo. ¡No podía creerlo! Se lamentó de no haber preguntado antes a qué iban exactamente. No hubiese aceptado si sabía que era para intentar enterrar a un cadáver descompuesto.

—La Pimychen es un monstruo muy temido para nosotros —le explicó Suyai retrocediendo en la fila y acercándose a ella. A pesar de estar estudiando en la universidad, tenía muy arraigadas las creencias de su pueblo.

—¿Y qué es eso? —le preguntó impaciente al tiempo que miraba a Juan, quien también había detenido su marcha y se acercaba hacia ella.

—Dicen que se parece a un murciélago. Tiene alas, pero su cuerpo es alargado como una serpiente —comenzó a explicarle Suyai—. La piel es muy fina y se le pueden ver las venas. Tiene el pico ahusado y los ojos grandes, brillantes. Aparece de noche y espera a su víctima en silencio adherida al tronco de los árboles. Las personas pueden saber dónde ha estado porque deja unas huellas rojas que chorrean de los árboles en donde vive.

—Al parecer, cuando elige a su presa, emite un silbido muy fuerte, agudo y tenebroso. Entonces vuela por los aires y se posa sobre ella —continuó Juan, quien conocía las supersticiones y creencias mapuches—. ¡Te desangra en el acto! —exclamó finalmente.

Carla se quedó mirándolos un momento. Pensó que seguramente le estaban haciendo una broma, pero al ver que sus compañeros seguían con la misma expresión en el rosto, mirando fijamente a Juan, les dijo:

—Pero es solo una creencia, ¿cierto? ¿De qué murió realmente esa señora?

—Eso es lo que queremos averiguar —contestó él—. Antropológicamente hablando. —Y, cambiando el tono de voz a modo de profesor universitario, continuó—: La comunidad de Lonco Luan es muy interesante. En el año 1978, por ejemplo, varios miembros de la población mataron a golpes a una mujer y a tres niños porque sostenían que estaban poseídos por el Hualichu. —Al ver la cara de desconcierto de su amiga, le aclaró—: Un espíritu del mal.

—Así es —terminó explicándole Suyai—. Nadie fue juzgado por eso porque, según el juez, actuaban según sus creencias. —Y rápidamente aclaró—: Lo que no significa que sea algo que pasa todos los días.

Permaneció un momento en silencio y siguió hablando.

—Lo que queremos ahora es convencer a don Nehuén de que entierre a su mujer y evitar que todos se enteren y entren en pánico. Al parecer, la única persona que lo sabe hasta ahora es mi amigo. Y nosotros, claro.

—Entiendo—dijo ella con gesto pensativo—. ¿Y… cómo piensan convencerlo?

—¡De eso me encargo yo! —le respondió rápidamente Suyai—. Ahora sigamos caminando para que no nos agarre la noche.

«Para que no se nos aparezca la Pimychen», pensó Clara, disimulando una sonrisa. No quería faltar el respeto a las creencias mapuches. Los pueblos originarios vivían rodeados de supersticiones y leyendas. Clara sostenía que no eran más que eso, historias fantásticas que los definían como pueblo. Solo eso.

Continuaron caminando en silencio. Cada uno absorto en sus pensamientos.

«Ya falta poco», oyó decir a Suyai mientras se adentraban en el bosque de araucarias. Clara aprovechó para tomar unas cuantas fotografías con su cámara. Adoraba aquel paisaje. Miró de reojo a Juan y se preguntó si su amigo creía realmente que podrían encontrarse con esa serpiente voladora. Suyai de seguro lo creía. No hacía otra cosa que mirar los troncos de los árboles en busca de alguna mancha roja.

La casa de don Nehuén era un pequeño rancho alejado del resto de las casas de la comunidad. Se podía llegar hasta allí desde el bosque sin necesidad de atravesar el pueblo. Querían evitar ser vistos para no levantar sospechas. Como era mediodía, tuvieron un poco de suerte con eso.

—¡Los espero acá! —exclamó Clara sosteniéndose a uno de los palos que hacían de cerca y que limitaban el ingreso a la casa.

Ninguno se lo discutió. Juan la observó con gracia. Estaba seguro de que era el cadáver lo que la asustaba.

Ella sabía que les iba a llevar un buen rato convencer al anciano, pero nunca imagino cuánto. Habían pasado como dos horas desde que sus compañeros entraron a la casa.

El sol ya estaba empezando a bajar por el oeste cuando vio a Juan asomarse por la puerta. Con la ayuda de Suyai, cargaban un bulto negro. «Es una bolsa», pensó. «¡La señora…!», exclamó para sí, muerta de miedo.

Los seguía don Nehuén. La expresión en su rostro indicaba que no estaba del todo convencido de lo que estaba haciendo. «¿Cómo lo habrán convencido?», se preguntó al tiempo que cruzaba la cerca y se acercaba a ellos.

Miró al anciano y, con una inclinación de cabeza, le dio a entender que sentía su pérdida. Este la observó un momento y luego se concentró en el bosque. Estaba preocupado. «Lo que son las creencias de la gente», pensó Clara y sintió pena por aquel hombre que seguramente viviría el resto de su vida asustado pensando en ese monstruo chupasangre.

Llevaron el cadáver a la parte trasera del rancho y comenzaron a cavar un pozo.

—¿De qué murió la señora? —quiso saber al rato y se lo susurró a Juan.

Suyai estaba ahora tapando el pozo. Se lo notaba cansado y un poco asustado. En el cielo quedaban unos pocos rayos de luz.

—No lo sé —le respondió—. Estaba seca. Casi ni había olor. Puede que se haya desangrado… —Y rápidamente exclamó—: ¡Alguna enfermedad!

«Seguro», pensó ella mientras respiraba profundamente y miraba hacia el bosque. Ya se había hecho de noche. La enorme luna en el cielo dejaba ver con bastante claridad.

El anciano los despidió en mapuche. Al ver que desaparecían entre los árboles, cerró rápidamente la puerta y se ubicó junto a la lata donde tenía encendida unas brasas.

Permaneció allí, mirando el fuego y preguntándose si había hecho bien en enterrar a su mujer.

De repente, se sobresaltó. Asustado, cerró con fuerza los ojos y se tapó las orejas con las manos. Escuchó a lo lejos el fuerte y tenebroso silbido de la Pimychen, que se mezclaba con los gritos desesperados de Suyai y sus amigos.

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