Cortocircuito

Cortocircuito

Planta baja

 

Antes de terminar su turno de la tarde, Beto pule la puerta de entrada del Dante V. Por el reflejo del bronce, ve llegar a Julia, la rubia del segundo A, abarrotada de bolsas del súper. No la saluda, no le abre la puerta y ni siquiera amaga para ayudarle, se limita a no estorbar.

Como puede, Julia entra y, con pasitos cortos, se dirige hacia el ascensor, pero no llega a puerto: en el camino el plástico se desfonda y un kilo de naranjas de ombligo rueda por el vestíbulo. Beto mira la escena y corrobora que no va a tener que volver a limpiar.

Se corta la luz.

Julia deja la carga en el piso y busca el celular. Llama a Lucas, su novio, para que la ayude a juntar lo que se le cayó y subir las bolsas, pero el teléfono de él está apagado.

Su hermana, que vive con ellos, tampoco contesta. «Francisca y la re p… —piensa—. Cada vez que llego, está en el baño dos horas y nunca atiende cuando la necesito». Resignada, junta las bolsas, deja las frutas en el piso y comienza a subir por las escaleras.

Beto aprovecha la luz de un poste y da los últimos retoques a la puerta. Mira el reloj: su jornada terminó. Para no tropezar, arrastra los pies entre las naranjas en dirección al cuarto que está al final del lobby

 

Primer piso

 

Hernán y Darío discuten en el teléfono:

—No, ya te lo dije mil veces… —entona Hernán castigando a la mesa con un puñetazo de su enorme mano.

―Sí, ya sé lo que me vas a decir —interrumpe con bronca Darío y completa con sorna el discurso que se sabe de memoria—: «No pienso ir a tu casa mientras esté tu hermano». —Suspira. Está cansado de rumiar hasta el ridículo la misma discusión. Como si fuera una plegaria, pide—: Superalo de una vez, Hernán. Lo de Tincho fue hace más de un año. Él ya sabe que estuvo mal. De onda, no sé qué más querés.

—Que me pida disculpas —contesta el grandote sin demora—. Si vos le decís a alguien que es un puto horrendo, mínimo le tenés que pedir perdón, ¿no?

—Basta, Hernán, era una broma entre hermanos, no te estaba hablando a vos. Dejá de tomarte todo tan personal.

—¡Encima lo justificás! —grita Hernán, que no soporta más la rabia. Se contiene antes de dar un segundo puñetazo y quebrar la mesa en dos. Agrega, apuntando con el dedo al vacío—: Que tu hermano sea un tremendo pelotudo, vaya y pase, pero vos…

—Mi hermano es una gran persona —corta una vez más Darío, que parece encarnar ahora un rey persa—. Vos no lo conocés, así que te pido que…

Hernán se queda sin batería. Busca el cargador y prepara el veneno que le va a escupir en la cara a Darío, pero se corta la luz.

Se sienta en la oscuridad del comedor y manotea un paquete de chicles que hay arriba de un mueble. En silencio, repasa la conversación y, cuando aparecen las palabras de Darío, se mete a la boca un chicle y lo mastica con fuerza, como si lo estuviera apuñalando con las muelas.

Con los cachetes llenos de bronca y sabor a menta, planifica el primer mensaje que enviará apenas vuelva la luz: «Holaa. Que hacees??? Cuando vamos por otro helado? Todavía no probaste todos los sabores…».

 

Segundo piso

 

Con la cabeza apoyada sobre ambas manos, Lucas sopla el mechón de pelo caído sobre su cara y se acuerda de Hema, la morocha exótica del tercero; piensa: «Mañana le escribo».

Se corta la luz. Mira la hora en el teléfono y ordena:

—Dale, cambiate, que ya va a llegar tu hermana.

Francisca lo mira y no responde: junta su ropa y se mete al baño.

Lucas calcula que Julia debe de estar llegando y adivina que, por el corte de luz, le pedirá ayuda para subir por las escaleras las bolsas del súper. Se apura: apaga el celular porque «se le quedó sin batería y se le apagó solo» y se acuesta porque «no sabe en qué momento se quedó dormido».

 

Tercer piso

 

—Querida —dice Rashid sin poder despegar la cabeza de la cama—, me parece que las paletas del ventilador giran al revés.

—En Argentina giran así, querido —contesta Hema con la naturalidad de quien se acostumbra a responder una idiotez con otra. Rashid hace un gesto que parece de sorpresa y se queda callado. La mujer peina su pelo negro frente al espejo del dormitorio y continúa—: Has llegado tarde, Rashid, ¿dónde has estado? 

—En el parque. Me encontré con un muchacho del edificio, uno alto, grandote. Hernán creo que es su nombre. Muy buena persona, conversamos mucho. Le comenté que buscaba trabajo y rápidamente me respondió que era parte de recursos humanos de una empresa y que me podía ayudar. Me invitó a tomar helado porque, según me dijo, «hay que probar lo sabores argentinos». —Cuando pronuncia la frase, se le dibuja una sonrisa inocente y gentil. Como si hablara para sí, repite—: Muy buena persona.

Hema, que ya vio a Hernán antes en el edificio, tarda menos de dos segundos en sacar conclusiones. Lejos de humillar a su marido con semejante obviedad, se sigue peinando en silencio.

Se corta la luz.

—¡Ay, la luz! —protesta la mujer—. Mañana llamaré a Lucas, del piso de abajo, para que examine si el problema viene de nuestro departamento. Siempre nos ayuda, es muy buena persona también.

El esposo asiente sin dejar de mirar las paletas del ventilador, que se detienen con lentitud.

 

Cuarto piso

 

Héctor hace girar la silla con rueditas esperando que el movimiento le sacuda alguna idea. Hace años que mastica argumentos a los que nunca da forma. Antes de deprimirse, se aferra a su manojo de excusas: «Si tuviera el tiempo…»; «El espacio…»; «¡El sueldo!»; «Si viviera en un lugar más interesante…». Entonces se le viene una idea. Piensa un poco y tipea: «Tengo la firme sospecha de que Beto, el portero de mi edificio, es un robot modelo QUARCK Z500».

El esfuerzo por escribir una oración lo agota y se tira en el sillón a mirar las notificaciones del celular.

Se corta la luz.

Con los ojos puestos en la pantalla, reprocha: «Justo hoy, que estaba por escribir…».

 

Quinto piso

 

Dolores recicla el intento de no quedarse dormida al frente del teclado. Ya es tarde, hace dos días que no duerme y la entrega vence en dos horas. Su impulso es uno solo: ganarle a sus compañeros, un año más, el bono por productividad. Solo imaginarse la cara de asco de Natalia, su compañera y rival, es suficiente para quedarse despierta.

Por el cansancio, se olvida de los constantes apagones y de guardar el archivo en la nube. 

Se corta la luz.

Desesperada, se le ocurre hablar con el portero para que arregle cuanto antes el problema. Baja los cinco pisos saltando de a tres escalones y corriendo en los descansos.  Cuando llega al segundo, choca contra Julia, a quien se le cae la mitad de las bolsas. No hace caso al insulto que sale de la boca de la rubia y sigue.

Al llegar a la planta baja, una de las naranjas que se le acaba de caer a la vecina del segundo A hace de intermediario entre su pie y el suelo. Se resbala y golpea con la nuca en el escalón que acaba de saltar.

Beto escucha un golpe seco un par de metros atrás de él y apura el paso, se mete en su habitación y cierra la puerta con fuerza. Su turno terminó. Mañana verá si tiene que limpiar algo.

1 respuesta

  1. Silvia Lenzano dice:

    Me encantó… Fui piso por piso y hasta vi al portero. FELICITACIÓNES

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