ULTRAMAR

Se enfrentan en una batalla desigual, en donde la superioridad de uno de ellos es indiscutible: el Mediterráneo se yergue majestuoso en su trono turquesa.

El mar embravecido arrastra la pequeña barca del viejo pescador hacia el infinito insondable. Sus manos callosas luchan con los remos, que amenazan con escapárseles. Quiere regresar a casa, pero una fuerza irresistible lo aleja cada vez más. Su rostro recibe los embates del agua fría y salobre, que rellena sus profundas arrugas con una fina pincelada blanca. Alza su rostro al cielo plomizo e implora: «¡Señor, piedad por favor!».

***

Como todos los días, Francisco se dirige al amanecer hacia el mar para tirar las redes. Pero hoy es un día especial, ya que ha decidido que será su último viaje: de sus ochenta años, setenta los ha compartido con esas aguas ahora grises, siempre con el corazón expectante y los ojos llenos de asombro, como cuando tiró las redes por primera vez, esperando el milagro de la abundancia.

Su alma está cansada. Necesita paz. Ya no tiene fuerzas para luchar. El mar le ha dado mucho y  quitado más. Le dio el sustento diario para su familia, pero le quitó lo más preciado: a su único hijo, también pescador, desaparecido en una tormenta  treinta años atrás.

Hoy cerrará un capítulo muy largo de su vida, y abrirá otro, corto pero más previsible, con sus últimos atardeceres junto a su amada esposa Consuelo, fiel y abnegada como pocas. Le comprará un enorme ramo de claveles rojos, sus preferidos, y por primera vez en la vida, la llevará de tapeo por las tabernas del pueblo. Se reirán mientras se toman un tintillo. Disfrutarán de la puesta de sol tomados de la mano, sentados bajo los geranios del frente de su humilde casita en la escollera.

***

Las olas son cada vez más altas, ya no puede controlar su barcaza. Una lluvia torrencial clava sus cristalinas agujas en su piel morena. Su viejo cuerpo consumido está empapado de agua y de tristeza. No puede, no puede. Un imán invisible lo lleva cada vez más adentro. Siente que es su final y se deja llevar. Reza una última plegaria. Invoca a Consuelo y le pide perdón por una vida de privaciones y miserias. Hizo lo que pudo. Nació para ser pescador: era su designio.

Entonces, cae desfallecido y larga un llanto que enmudece a la tormenta. Grita liberando el dolor contenido por tantos años, y les pide perdón a su hijo y a su esposa. No se atreve a hablar con Dios. Sabe que lo ha defraudado y que no merece su misericordia.

***

Las condiciones climáticas no eran las óptimas para hacerse a la mar, pero Francisco desoyó los ruegos de Consuelo y salió junto con su hijo Ramiro, de veinticinco años, a tirar las redes una vez más. Necesitaban el dinero y creían que serían capaces de luchar contra las inclemencias del tiempo, como tantas otras veces. Su esposa, con sus enormes ojos verdes cargados de angustia, se quedó mirándolos desde la orilla, mientras su hermosa cabellera negra ondeaba al viento.

Después de un par de horas, el mar se intranquilizó: las olas comenzaron a crecer y la embarcación se transformó en una cuna mecida por una mano gigantesca. El viento soplaba con fuerza y la lluvia cegaba a los pescadores. Ramiro cayó al agua y su padre lo tomó de las manos. El tiempo se detuvo. Las fuerzas de Francisco se estaban agotando y estaba a punto de caer él también. Entonces, su instinto de supervivencia pudo más que su amor de padre y, mirando a su hijo por última vez, lo soltó,  sintiendo como se escapaba su vida como agua entre los dedos.

Jamás olvidaría el momento en que llegó a su casa acompañado por un guardia civil, después de haber sido rescatado por un barco pesquero italiano: nunca se había oído, ni se ha vuelto a oír, un grito como el que profirió su esposa.

***

Dos días después, unos niños que están recogiendo caracoles en la playa encuentran una descascarada barcaza color naranja con el nombre Ramiro pintado en letras negras. Pero esta vez, en la casita de la escollera no se oye ningún grito.

1 respuesta

  1. Graciela dice:

    Trajica historia
    Bien contada para no caer en lo lineal.

    Felicitaciones a la autora.

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