FUERZA G

—¡Nunca pasa nada, siempre todo igual, la puta madre! —insulta para sus adentros el hombre, mientras espera que el reloj de pared anuncie con sus campanadas que es la hora de retirarse.

A sus cuarenta y cinco años, Alejo lleva veinticinco trabajando como empleado en una sucia oficina municipal de un pueblo del interior cordobés. Su vida es llana como los campos de maíz que rodean el poblado. Solterón por cobardía, vive a cinco cuadras de su trabajo, en una vieja casona heredada de sus padres.

Todos los días repite la misma rutina: a las catorce horas, apenas el hermoso reloj de pared—una joya inusitada para el lugar—da las dos, agarra su campera azul, su portafolios, el que su madre le regaló cuando empezó a trabajar, y su táper vacío, en donde lleva el almuerzo, y se dirige con paso cansino hacia su domicilio, previo ordenamiento de su viejo escritorio de madera lastimada.

Es un empleado ejemplar, que nunca ha faltado ni cometido ningún desliz. Más de una vez, ha rechazado coimas para hacer la vista gorda en algún expediente. Es el blanco de las burlas de sus otros tres compañeros, que siempre lo cargan por su estilo de vida  monacal.

 A unos metros de su domicilio, posa la vista en la casa de Noemí, el amor de su vida, a la que nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. Ella se casó con su compañero de colegio, Javier, y es madre de cinco niños. Hace años que la belleza la abandonó, pero a Alejo no le importa y suspira largamente cada vez que la ve.

Una vez en su hogar, mira alrededor y ve el estado de decadencia: las paredes llenas de humedad y con la pintura verde al agua descascarada, los pisos de baldosas gastadas y sin brillo, el viejo baño con las canillas siempre perdiendo agua. Se dirige hacia su dormitorio y abre una de las puertas del chirriante ropero, la que tiene un espejo de cuerpo entero. Se mira y piensa: << ¿quién te va a dar bola con esta pinta?>>: es bajito, esmirriado, con una calva incipiente y unos anteojos culo de botella que ocultan unos ojos tan pequeños como los de un ratón.

El sábado a la tarde, mientras está haciendo la limpieza, suena el timbre. Es su sobrino Joaquín, el hijo de su única hermana, que es piloto acrobático del escuadrón Cruz del Sur, de la Fuerza Aérea Argentina. Está de visita en Córdoba y ha decidido ir a verlo, ya que ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Mientras toman unos mates acompañados de pan con chicharrón, su sobrino  lo invita a hacer un vuelo en el aeródromo de Villa María el domingo por la mañana. En un acto de valentía, Alejo acepta: necesita un poco de emoción en su vida.

Al día siguiente se lleva una sorpresa al subir a la avioneta: en el asiento de atrás, agarrado con un cinturón de seguridad, hay un dogo argentino. Alejo se asusta y no quiere subir. Su sobrino lo tranquiliza:

—No te asustes tío, él es Rufus, mi mascota y mi ángel de la guarda, totalmente inofensivo.  

 Entonces, Alejo se sienta a su lado y le acaricia la cabeza. El vuelo comienza tranquilo, hasta que Joaquín comienza a ascender y hacer piruetas y rotaciones con la nave. Una vez alcanzada la altitud necesaria, su sobrino empuja de la palanca con fuerza, la nariz del avión baja abruptamente y realiza un impresionante tirabuzón. Alejo comienza a gritar sin control,  hasta que ocurre algo inesperado: la fuerza g actúa como una centripetadora, expulsando de su cerebro todos los miedos, ansiedades, complejos y lo va llenando de valentía, determinación y una fuerza descomunal. En esos segundos, miles de pensamientos se vienen a su mente: << ¿Por qué Joaquín me invitó a volar? Seguro que para burlarse de mí, como lo hizo tantas veces en el pasado. Yo para él soy el tío boludo, el solterón. Nunca le gustaba venir a casa cuando era chico. Quería irse apenas llegaba. Ahora le voy a demostrar qué equivocado que está>>.

Una vez estabilizada la avioneta, mira a su compañero canino y piensa: <<Tengo hambre y no tengo qué comer. Si me lo como, no pasa nada>>. Entonces, desabrocha su cinturón y el de Rufus, y, con una valentía inusitada, lo agarra del cogote, en donde le clava sus dientes. El perro  comienza a gritar y trata de defenderse, mordiendo las manos de Alejo, pero parece que él no siente el dolor y con cada embate de Rufus adquiere más y más fuerza, hasta que logra doblegarlo. Es por ello que el animal solo emite un lastimero quejido cuando su  inmaculado pelaje blanco es desgarrado y comienza a teñirse de rojo. Los dientes de Alejo llegan hasta la carne oscura y correosa. Su sobrino grita y se desespera, pero nada puede hacer. Su tío, como poseído por un demonio, vocifera con voz de gula:

—¡Está delicioso! —y sigue comiendo desaforadamente, con los colgajos de carne asomando por sus dientes, y su rostro cubierto de sangre.

 Casi en shock, Joaquín logra aterrizar y llama a las autoridades del aeródromo. Alejo baja, mira al perro destrozado, y sin inmutarse, se limpia sus manos ensangrentadas en el pantalón.

Su sobrino se abalanza sobre él y lo golpea mientras grita:

—¡Te comiste a mi perro, hijo de puta!

—¡Sí, lo hice porque tuve ganas! ¿Y qué? ¡Dale, pegame si te atrevés! ¡A ver si ahora pensás que soy un pelotudo! —le contesta con voz desafiante Alejo mientras sube al móvil policial. 

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