La sexta marca

Ochocientos cincuenta y dos días pasaron desde la Lluvia de Fuego. Cada vez que se oculta el sol, hago una marca en mi pequeño cuaderno rojo. Cada trazo contra el papel es un día más desde la lluvia de meteoritos que destruyó el planeta. También hay cinco marcas en mi antebrazo, pero de eso no quiero hablar.

Siempre pintaron el fin del mundo como algo glamuroso, espectacular. La verdad es que es bastante aburrido. Una monótona rutina de buscar comida, medicinas, ropa, balas, y dormir en un lugar incómodo hasta el día siguiente. Y caminar, caminar hasta el hartazgo. A esto lo repetís hasta la locura, el suicidio o la muerte. ¿A dónde voy? No lo sé. Escuché que las cosas están mejor en el sur. 

Hoy me muevo entre carreteras desiertas y un pueblo fantasma. En el cartel verde de la ruta, dice: «Cushamen». Lo único que me acompaña es el viento que aúlla y sopla fuerte. ¡Mierda que hace frío! En el cielo, solo hay nubes oscuras: pueden pasar semanas enteras sin que vea el sol. No puedo caminar recto por más de unos metros sin tener que desviarme por los cráteres que se hunden en el suelo. En este lugar deben de haber caído muchos, son miles.

Es gracioso de pensar: no cayó un solo meteorito gigante para borrar el planeta del cosmos; cayeron miles, lo suficientemente grandes como para aniquilarnos a nosotros y todo lo que conocíamos. La gente, muerta. Los sistemas, destruidos. Los Gobiernos, caídos. Nuestra cultura, borrada. Creo que estoy muy solo.

Cushamen está incluso más muerto que otros pueblos. Pocas estructuras quedan en pie. En otros lados se suele escuchar un grito, un disparo, algo. Acá no hay nada, ni siquiera algún animal salvaje que me sirva de cena. Será otro día sin comer. Uno puede acostumbrarse al ruido de su estómago rugir o a la náusea constante por el hambre. Según mi mapa hay un río más o menos cerca y capaz que pueda conseguir algo ahí. 

Retomo la camita, a pesar de la relativa calma, trato de estar atento. De cualquier lado puede salir alguien que se lleve todo lo que tengo. He lidiado con eso antes. Mi única defensa es un revólver, pero es casi inútil, no puedo usarlo para cazar.

 Cuando llego al río, veo que tiene poco caudal, pero es más que suficiente. Los pocos árboles que hay cerca están secos. Lleno mi cantimplora y disfruto de un buen trago: el agua está fresca. Escucho el ruido de una rama romperse a mis espaldas. Desenfundo el arma. Oigo pasos. Me doy vuelta y lo veo: es un pibe, de trece o catorce años. Tiene en alto un cuchillo oxidado. Está temblando. Se detiene apenas ve la pistola. 

—No quiero problemas —me dice en voz alta—. Pensé que eras un bandido.

Evito contestarle. Se nota que no se ha encontrado con otras personas antes. Está claro que me quiere robar. 

—Solo quiero sacar un poco —señala el río.

Afirmo con la cabeza y bajo el revólver. Busca en su mochila tres botellas para llenar; debe de estar con un grupo. Veo que no lleva muchas cosas, su refugio debería de quedar cerca y… tiene comida: una mara patagónica pequeña. 

Para cuando nota que lo estoy mirando demasiado, ya tengo el arma apuntándole. Está a un par de metros de mí. Se para rápido y saca el puñal. Me da pena que sea tan inocente, que haya confiado. El viento empieza a soplar más fuerte.

—¡No te la puedo dar¡ !Hay gente que tiene hambre! —me grita—. Te lo pido, por favor. —Su respiración se agita—. ¡Seguro que ni siquiera está cargada!

No puedo mirarlo a los ojos: yo también hace días que no como. Seguro que me está mintiendo, está solo y quiere todo eso para él. A ese cuento ya me lo sé.

Intenta atacarme, abalanzarse sobre mí con su cuchillo. Tiro del gatillo y su rodilla  estalla en sangre y cartílago. Esa era mi última bala.

Sus gritos se mezclan con llantos y chillidos, mientras se retuerce de dolor en el suelo. Estoy seguro de que me ruega que no le robe, que no lo deje tirado como si fuera basura, pero ya no escucho sus palabras. No se va a poder mover, la herida se le va a infectar y el frío de esta noche lo va a matar. Ojalá le hubiera pegado el tiro en la frente.

Saco la mara de su mochila. Me voy a toda prisa por si había uno de los suyos cerca. Oigo todavía los gritos del chico, el viento me los trae. Sigo corriendo, necesito encontrar refugio antes del anochecer. Tengo que hacer una nueva marca en mi cuaderno. Y una sexta en mi antebrazo, pero de eso no quiero hablar.

***

 

Ochocientos cincuenta y tres días desde la Lluvia de Fuego. Estoy viendo un campamento que encontré no muy lejos del río. Me oculto detrás de un tronco podrido. Hay un viejo y una niña. Ambos están enfermos, tosen, y ella se agarra el estómago todo el tiempo. Antes de alejarme en silencio del lugar para que no me descubran, veo y escucho:

—Nono, ¿cuándo va a volver Agus?

El tipo mira preocupado en dirección del río. Tiene que haber escuchado el disparo, sí o sí. No le responde. Solo la observa y le sonríe.

—Ojalá que esté bien —murmura la niña, agachando la cabeza.

Después de oírlos, desearía haber usado ese último disparo para volarme la cabeza, pero eso ya no importa. Tengo que seguir yendo hacia el sur.

9 Respuestas

  1. Eduardo Cuadrado dice:

    Muy bueno, felicitaciones

  2. Paula Ávila dice:

    ¡¡Excelente cuento Manu!! ¡Felicitaciones!

  3. Moira dice:

    No hacía falta leer el autor, te hubiera reconocido de inmediato en este cuento, hermosísimo por cierto. Felicitaciones!
    ¿«Cushamen» no quedará cerca de Yucates?.

  4. Florencia Aliza dice:

    Qué gran historia, la verdad que denota un gran trabajo de investigación.
    Quiero leer más de este autor.
    Quisiera saber ¿cómo continua?

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