Dependencia de Servicio(tiempo de lectura: 6 minutos)

     Bajó del colectivo muy temprano por la mañana, sin imaginar lo que encontraría detrás de los límites del Barrio Privado Las Cañitas. Ya en el ingreso, un guardia desde adentro de una casilla de seguridad le pidió que exhibiera su documento de identidad para autorizarle el paso y, a continuación, que abriera su bolso para revisarlo. Marina se sintió intimidada. Siempre había sentido aversión por la policía y, en general, por todo lo que significara autoridad, sin embargo, quedó sorprendida por la amabilidad del guardia mientras realizaba ese procedimiento, aparentemente de rutina. Éste le indicó cómo llegar hasta la manzana y lote que traía anotados en un papelito y la dejó pasar.

     Con  dieciocho años, y solo dos de secundario aprobados,  llegó a ese barrio para trabajar por las mañanas como empleada doméstica en la casa de Patricia, una médica recién divorciada que vivía con su hija. Dejar la escuela para comenzar a trabajar significaba un gran alivio para Marina, que a su corta edad acumulaba un largo historial de fracasos: había repetido varias veces de año escolar y la habían echado de tres colegios. Su madre, advirtiendo que su hija comenzaba a transitar el camino de la adicción al paco (derrotero de casi todos los hijos de sus vecinos), había decidido que ya era hora de dejar de luchar por su escolarización y buscarle otro contexto, quizás más favorable. «De todos modos no va a terminar la secundaria», se justificaba.

        Marina no sabía cocinar ni limpiar, pero Patricia estaba desbordada emocionalmente, aprendiendo a vivir en una casa que ahora le resultaba inmensa, así que la contrató igual, con tal de obtener alguna mínima ayuda.

        Pasaron dos años y Marina logró permanecer en el mismo lugar sin ser echada. Ese trabajo le aportaba una nueva mirada sobre sí misma y sobre los demás. Por primera vez sentía que recibía recompensa por lo que daba. La empleadora, Patricia, le seguía pareciendo la típica rubia cheta de country, pero la trataba bien, y eso no era frecuente para ella. La hija de Patricia, Juana, tenía su misma edad y estudiaba Artes Visuales. Marina sentía compasión por esa chica que tenía toda la belleza y los recursos económicos y sociales que podrían hacer feliz a cualquiera, pero no parecía tener recursos internos para disfrutarlos. De ellas aprendió que a las personas hay que observarlas y tomarse un tiempo para conocerlas.

      Un día de tantos, mientras viajaba en el colectivo, decidió que ya era hora de terminar el colegio. Le había quedado esa asignatura pendiente y sentía que ahora tenía la capacidad para enfrentarse al reto. Apenas llegó, se lo contó a Patricia, que quedó paralizada. Fue tal el miedo de Patricia de quedarse sin ayuda, tal la dependencia que había generado en esos años respecto de Marina para poder salir a flote con su inestable vida dentro de una mansión donde se perdía que, sin pensarlo un momento, le ofreció trabajar sin retiro.

           ̶ Justo yo quería ofrecerte más horas de trabajo. ¿Qué te parece si te quedás en casa?

           ̶ Eso es más de lo que podría soñar, Patricia. ¡Yo viviendo en Las Cañitas!

           ̶ Listo, tenés a tu disposición la dependencia de servicio. Podés estudiar y terminar el secundario a la noche, incluso puedo pasar a buscarte a la salida con el auto.

     «Claro, qué tonta yo… la dependencia de servicio…», pensó Marina. Toda su vida había vivido con su madre y sus tres hermanos en Villa Cartón, en una casa de un solo ambiente sin contrapiso ni revoque, pero ahora sentía que la «dependencia de servicio» que le ofrecía Patricia, con pisos de cerámica, baño y calefacción, marcaba una diferencia. Dejando de lado ese detalle, la oferta era imposible de rechazar, así que se mudó al día siguiente.

      Vivir en Las Cañitas la acercó a Juana, la hija de Patricia, que atravesaba una serie de brotes psicóticos breves, pero cada vez más frecuentes. Salían a caminar por el barrio al atardecer y hablaban de lo difícil que les había resultado su infancia y su integración al colegio. A la hija de Patricia no le habían renovado la matrícula en dos colegios privados, por inadaptada y rara; a Marina la habían echado de tres colegios públicos, por irresponsable y rebelde. Una hablaba sobre los efectos del paco; la otra, sobre los del Rivotril. Por las mañanas, Marina le cebaba mate en silencio mientras Juana estudiaba. Se acompañaban mutuamente, y tenían más cosas en común de lo que cualquier desprevenido podría notar. Lentamente, Marina comenzaba a asumir otro rol en la casa: contener los desbordes emocionales de Juana. Con caminatas, mate y silencio lograba algo que Patricia, con su formación académica y su vínculo afectivo madre-hija, no podía lograr.

    Puertas adentro, los límites entre ellas se volvían difusos. Patricia veía con incomodidad cómo Marina transgredía esa frontera de clase que las separaba. Esto la llevó a tomar distancia: dejó de ir a buscarla al colegio y comenzó a exigirle más atención en la limpieza de la casa.

      La relación entre ambas se fue tensando y confundiendo cada vez más. Una tarde, luego de su habitual caminata con Juana y mientras ordenaba su bolso para ir al colegio, Marina le reclamó:

          ̶ Le pido un poco de paciencia conmigo, Patricia, ya me falta poco para recibirme. Estoy volviendo muy tarde del colegio: entre la espera y el viaje en colectivo, y después la caminata desde la puerta del country hasta la casa, pierdo mucho tiempo. Llego agotada, no me puede exigir que madrugue, limpie, cocine, planche, lave, acompañe a Juana… tengo aguante, pero también tengo límites.

          ̶ ¿Acompañar a Juana? ¿Desde cuándo esa es tu función? ¡Yo te pago por limpiar la casa! –respondió Patricia intentando dejar bien claro qué lugar debía ocupar Marina.

          ̶ ¡Qué desagradecida resultó, doñita! –soltó Marina con desparpajo.

          ̶ ¡La desagradecida sos vos! Si estás terminando el secundario es gracias a mí  y a todo lo que te dí.

          ̶ Lo que tengo me lo gané, a mí nadie me regaló nada –desafió Marina.

     Era consciente de la ayuda que había recibido y del paulatino cambio que había podido realizar en su vida, pero había un sentimiento de igualdad en ella que le impedía aceptar esa jerarquía que Patricia quería enfatizar.  

    Al día siguiente, le envió una carta documento a su empleadora donde la demandaba por treinta mil pesos en concepto de indemnización, jubilación, aportes patronales y daños morales. «Termino el secundario y empiezo a estudiar peluquería», se propuso.

    Marina fue la única empleada a la que Patricia se permitió tutear en su vida. Luego contrató a Ana. A ella la trata de usted.

6 Respuestas

  1. Guillermo dice:

    Felicitaciones, no has caído en lugares comunes y el lenguaje es sencillo. Me quede con ganas de saber del vínculo entre Marina y Juana, me falto ese día después..

  2. Ángela Pelaez dice:

    Y cuando surgieron los celos en Patricia, ya estaba en” puesta en valor” la autoestima que Marina pudo y supo conseguir. Marina encontró su manera de cruzar la frontera. Patricia, no. Para reflexionar: hay situaciones que van más allá de la pertenencia a una clase social y tienen que ver con cómo se da el afecto. Vos planteás una de ellas. Felicitaciones.

  3. Miguel Cabanne dice:

    ¡Qué tema difícil Isabel! Tu historia se mete como un iceberg, con mucho más por debajo, que lo que se ve. Muy dura al final, como la vida misma.

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