Kelly Link – Planes de contingencia frente a los zombis

Este es un cuento que trata de cuando uno se pierde en el bosque.

Hay un tipo que se llama El Jabones, en una fiesta en los suburbios. Lo que nos hace falta saber acerca de El Jabones es que tiene un pequeño óleo enmarcado que guarda en el maletero del coche. El cuadro es del tamaño de una novela de tapa blanda. Vaya donde vaya El Jabones, el óleo le acompaña. Pero deja el cuadro en el maletero del coche, porque para qué vas a ir a una fiesta con un cuadro en las manos. La gente pensaría que eres un bicho raro.

El Jabones no conoce a nadie en este lugar. Se ha colado en la fiesta, que es lo que hace últimamente cada vez que se siente solo. Los fines de semana pasea con el coche por los suburbios hasta dar con una de esas fiestas vespertinas, tan concurridas que invaden el jardín delantero.

Hay unos cuantos muchachos en el césped de una casa de dos plantas, están tumbados en la hierba húmeda y beben cerveza en vasos de plástico. El Jabones se ha traído un paquete de seis cervezas. Es lo menos que puede hacer. Cruza la casa, pasando por delante de cuatro tipos negros, sentados en un sofá. Están viendo un partido de fútbol en la tele, y en el estéreo suena un poco de música. La televisión está en silencio. Junto al televisor hay una chica blanca que baila sola. Cada vez que se acerca demasiado, los tipos del sofá empiezan a quejarse.

El Jabones encuentra la cocina. Hay uno de esos grandes hornos para profesionales, y muchos cuchillos con aspecto de ser caros, pegados a una tira magnética en la pared. Qué curioso, piensa El Jabones, las cosas caras parecen siempre las más peligrosas, y también las más seguras, las dos cosas a la vez. Curiosea dentro del frigorífico y encuentra unas lonchas de queso y unos molletes. Agarra tres lonchas de queso y los molletes, y deja las cervezas en el frigorífico. También hay un par de filetes, de modo que saca uno y pone la parrilla a calentar.

Entra una chica en la cocina. Es negra, y el pelo le sube y sube y por encima tiene unos rizos macizos pero mullidos como pequeñas ondas. De los pies a la cabeza de su peinado tan arquitectural, resulta ser tan alta como El Jabones. Tiene ojos del color de una lechuga repollada. Hay una piedra preciosa de imitación en forma de corazón debajo de un ojo verde. La piedra le hace un guiño a El Jabones como si le conociera. Es preciosa, pero El Jabones es lo bastante sensato como para no tontear con chicas que quizá ni siquiera han terminado la secundaria. “¿Qué estás haciendo?”, le dice ella.

“Me estoy haciendo un filete”, le dice El Jabones. “¿Quieres uno?”

“No”, le dice ella. “Ya he cenado.”

Se sienta en la encimera junto al fregadero y empieza a balancear las piernas. Lleva puesta la parte superior de un bikini y unos shorts rosados, y va descalza. “¿Tú quién eres?”, le pregunta ella.

“Will”, dice El Jabones, aunque Will no sea su nombre auténtico. El Jabones tampoco es su nombre auténtico.

“Yo soy Carly”, dice ella. “¿Quieres una cerveza?”

“En la nevera hay cerveza”, dice Will, y Carly responde, “Ya lo sé.”

Will abre y cierra cajones y puertas de armarios hasta que encuentra un plato, un tenedor y un cuchillo, y sal de ajo. Saca el filete del horno.

“¿Estudias en la Estatal?”, pregunta Carly, mientras hace saltar la chapa de la cerveza contra el borde de la encimera, y Will sabe que ella está fanfarroneando.

“No”, le dice Will. Él se sienta a la mesa de la cocina y corta un pedazo de filete. Ha estado solo desde que él y su amigo Mike salieron de la cárcel y Mike se largó a Seattle. Es agradable sentarse en una cocina y hablar con una chica.

“¿A qué te dedicas, pues?”, pregunta Carly. Ella se sienta a la mesa, enfrente de él. Levanta los brazos y los estira hasta que le cruje la espalda. Tiene buenas tetas.

“Al telemarketing”, dice Will, y Carly hace una mueca.

“Uf, qué mierda”, dice ella.

“Sí”, dice Will. “No, no es tan malo. Me gusta hablar con la gente. Acabo de salir de la cárcel.” Se lleva otro pedazo grande de filete a la boca.

“No me digas”, dice Carly. “¿Qué hiciste?”

Will mastica. Se traga la carne. “No me apetece hablar de eso en estos momentos.”

“Bueno”, dice Carly.

“¿Te gustan los museos?”, pregunta Will. Ella tiene pinta de chica que acude a museos.

Un muchacho blanco algo bebido entra en la cocina. Saluda a Will y luego se echa en el piso con la cabeza debajo de la silla que ocupa Carly. “Carly, Carly, Carly”, dice. “Estoy tan enamorado de ti ahora mismo. Eres la chica más bonita del mundo. Y ni siquiera sabes cómo me llamo. Eso duele.”

“Los museos están bien”, dice Carly. “Me gustan los conciertos. El jazz. La comedia improvisada. Me gustan cosas que no son siempre lo mismo cada vez que las miras.”

“¿Y los zombis?”, pregunta Will.

Ya no queda filete. Rebaña el jugo de la carne con uno de los molletes. Quizás podría comerse otro de esos filetes. El chico con la cabeza debajo de la silla de Carly dice, “¿Carly? ¿Carly? ¿Carly? Me gusta que te sientes encima de mi cara, Carly.”

“¿Quieres decir, como en las películas de terror?” dice Carly.

“Los muertos vivientes”, dice el chico debajo de la silla. “Los muertos andantes. ¿Por qué van los muertos a pie a todas partes? ¿Que no pueden tomar el autobús?”

“¿Todavía tienes hambre?”, le dice Carly a Will. “Te puedo preparar unas tostadas de pan con canela. O algo de sopa.”

“Podrían compartir el coche”, dice el chico que está bajo la silla. “Eh, escuchadme todos, yo no sé por qué, pero a eso de compartir el viaje en coche le dicen en inglés carpool. Ni que hubiera piscinas para los coches. Como si la gente fuera a ahogarse, camino del cole… Qué palabra tan rara: carpool. Carpool is cool at my school. Carly’s pool. Hay gente en pelota en la piscina de Carly, pero Carly nunca se despelota en su piscina, qué poco cool es Carly’s pool.”

“¿Hay algún teléfono cerca?”, pregunta Will. “Estaba pensando en que debería llamar a mi papá. Mañana le operan, una operación a corazón abierto.”

No se llama así, pero llamémosle El Jabones. Así es como le llamaban en la cárcel, pero no por los motivos que usted está pensando. Cuando era pequeño, leyó un libro acerca de un chico llamado Jabón. Por eso no le importaba el mote. Era mejor que Avena, que es el mote que le pusieron a otro tipo. Mejor no le cuento a usted el porqué de que a Avena le llamaran Avena. Se le quitarían las ganas de comerla.

El Jabones estuvo seis meses en prisión. En cierto sentido, seis meses no es mucho tiempo. Uno se pasa más tiempo en el vientre de su madre. Pero seis meses en la cárcel son suficiente tiempo para pensar acerca de las cosas, y a tu alrededor, los demás también están pensando. Te puede volver loco, eso de preguntarte qué es lo que están pensando otras personas. Algunos pensaban en sus familias, y otros pensaban en la venganza, o sobre cómo iban a hacerse ricos. Algunos tipos se apuntaban a cursos por correspondencia o se enamoraban a causa de lo que decían los instructores voluntarios de pintura sobre una de sus acuarelas. El Jabones no hizo ningún curso artístico, pero sí pensaba en el arte. El arte era la causa de que El Jabones estuviera en la cárcel. Sonaba a romanticismo, pero en realidad fue simplemente una cuestión de estupidez.

Ya antes de que El Jabones y su amigo Mike fueran a la cárcel, El Jabones estaba seguro de tener opiniones acerca del arte, aunque no hubiera sabido mucho de arte. Era lo mismo con la cárcel. El arte y la cárcel eran el tipo de cosas sobra las que uno podía formarse opiniones, incluso sin saber nada acerca de ellas. El Jabones todavía no sabía gran cosa sobre el arte. Estas son algunas de las cosas que él sabía acerca del arte antes de ir a la cárcel:

Sabía lo que le gustaba cuando lo veía. En realidad, sabía lo que le gustaba, incluso cuando no podía verlo.

Los museos le daban hipo. También tuvo hipo muchas veces mientras estuvo en prisión.

Estas son algunas de las cosas que El Jabones comprendió acerca del arte mientras estuvo entre rejas.

El gran arte surgía del gran sufrimiento. El Jabones lo había pasado fatal, de culo, por culpa del arte.

Había una diferencia entre el arte, que simplemente se contemplaba, y cosas como el jabón, que se usaba. Incluso si el jabón oliese tan bien que no querrías usarlo, solamente olerlo. Por eso era que la gente se enojaba tanto por el arte. Porque no se comía, porque no se dormía encima de él, porque uno no podía metérselo por la nariz. Mucha gente decía cosas como “Eso no es arte”, cuando fuera lo que fuera de lo que estaban hablando, claramente no podía ser otra cosa que arte.

Cuando El Jabones se cansaba de pensar en el arte, pensaba en los zombis. Se puso a trabajar en su plan de contingencia frente a los zombis. Pensar en zombis resultaba menos agotador que pensar en el arte. Esto es lo que El Jabones sabía sobre los zombis:

A los zombis no les iba el sexo.

A los zombis no les interesaba el arte.

Los zombis no eran complicados. No eran como los hombres lobo o los fantasmas o los vampiros. Los vampiros, por ejemplo, se hallaban en el nivel medio o medio-alto de la gerencia del mundo sobrenatural. Hay quien consideraba a los vampiros igual que las estrellas de rock, pero en realidad eran más como Martha Stewart. Los vampiros eran remilgados. Tenían que seguir reglas. Tenían que tener un buen aspecto. Los zombis no eran así. No era posible exorcizar a los zombis. No hacían falta artículos de lujo como balas de plata o crucifijos o agua bendita. A los zombis simplemente les descerrajabas un tiro en la cabeza, o los quemabas, o les pegabas en la cabeza fuerte de verdad. En la cárcel había algunos tipos que sabían algo de eso. En la cárcel había tipos que sabían algo sobre cualquier cosa que uno quisiera saber. Había tipos que sabían cosas que uno no quería saber. Era como una biblioteca, solo que no lo era.

Los zombis no discriminaban. Todo el mundo tenía un buen sabor, por lo que respectaba a los zombis. Y cualquiera podía ser un zombi. No hacía falta ser especial, ni destacar en los deportes, ni ser atractivo. No hacía falta oler bien, ni llevar puesta la clase de ropa apropiada, ni escuchar el tipo de música apropiada. Con ser lento, bastaba.

A El Jabones le gustaba una cosa de los zombis.

Nunca se aparece un zombi solo.

Los payasos tenían algo que los hacía peores que los zombis. (O puede que fuera algo que era lo mismo. Cuando uno ve a un zombi, al principio quiere reírse. Cuando uno ve a un payaso, la mayoría de la gente se pone un poquito nerviosa. Esa palidez, ese maquillaje apelmazado estilo pompas fúnebres, ese caminar arrastrando los pies, el pelo tan desordenado. Pero los payasos eran probablemente maliciosos, y se movían rápido, montados en esas pequeñas bicicletas y esos cochecitos tan abarrotados. Los zombis no eran gran cosa en ningún aspecto. No llevaban instrumentos musicales, y les daba igual si te reías de ellos o no. Uno siempre sabía qué querían los zombis.) Si le dieran a elegir, El Jabones elegiría siempre a los zombis antes que a los payasos. En la cárcel había un tipo blanco que había sido payaso. Nadie estaba seguro de por qué estaba entre las rejas.

Resultó que en la cárcel todos tenían un plan de contingencia frente a los zombis, una vez que se hacía la pregunta, del mismo modo que todos en la cárcel tenían un plan para escapar de la cárcel, lo que pasaba era que nadie hablaba de esto último. El Jabones trataba de no preocuparse por los planes de huida, aunque a veces soñaba que se estaba fugando. Entonces aparecían los zombis. Siempre se le aparecían en sus sueños de fuga. Uno podía fugarse de la cárcel, pero no escapar de los zombis. Eso era cierto en los sueños de El Jabones, igual que era cierto en las películas. Más cierto, imposible.

Según Mike, el amigo de El Jabones, el cual también estaba en la cárcel, la gente se preocupaba demasiado por los zombis, pero no lo suficiente por los icebergs. Aunque los icebergs sí eran reales. Mike señalaba que los icebergs eran lentos, como los zombis. Quizás se podrían adaptar planes de contingencia frente a los zombis para enfrentarse a los icebergs. Mike le pidió a El Jabones que se pusiera a pensar en los icebergs. Nadie más lo hacía. Alguien tenía que prepararse contra los icebergs, en opinión de Mike.

Incluso después de salir de la cárcel, cuando ya era demasiado tarde, El Jabones todavía soñaba con escaparse.

“¿Entonces, de quién es esta casa?”, le pregunta Will a Carly. Ella está subiendo las escaleras delante de él. Con alargar la mano podría desatarle la parte de arriba del bikini. Simplemente se le caería.

“De una chica”, dice Carly, y empieza a relatar una larga y triste historia. “De una amiga mía. Sus padres se la llevaron a Francia, a hacer un tour en bicicleta. Están metidos en Amway, y este viaje es una especie de plus. Por ejemplo, que su padre haya vendido un montón de filtros de agua, y ahora todos tienen que irse a Francia y hacerse sus propias bicicletas. En Marsella. ¡Qué chungo!, ¿no? Ni siquiera sabe francés. Es una francofilofóbica. Muy torpona. Ni siquiera les gusta a sus padres. Si por ellos hubiera sido, la hubieran dejado en casa. O puede que la dejen en algún lugar de Francia. Mierda, me encantaría verla intentar montar en bicicleta en Francia. Seguro que se caerá por los Alpes. La odio. Íbamos a dar una fiesta, y entonces me dijo que siguiera adelante y que la diera sin ella. Está cabreadísima con sus padres.”

“¿Esto es el baño?” dice Will. “Espera un momento.”

Entra y echa una meada. Tira de la cadena, y cuando va a lavarse las manos, ve que los propietarios de esta casa han puesto un trozo de jabón de lujo junto a la pila. Olisquea el jabón. Entonces abre la puerta. Carly está hablando con una chica asiática que lleva un vestido sin tirantes, todo estampado de florecitas sintéticas. El vestido es demasiado grande para ella a la altura del pecho, y por eso se sujeta la parte delantera, como si estuviera esperando que alguien se acercara y le dejara caer una comadreja dentro. Will se pregunta de quién será el vestido y, en fin, por qué a esa chica se le ocurre ponerse un vestido así de feo.

Le enseña la pastilla de jabón. “Huele esto”, le dice a Carly, y ella lo hace. “¿A qué huele?”

“No sé”, le dice ella. “¿A mermelada?”

“Es hierba limón”, le dice Will. Vuelve a entrar en el baño y abre la ventana. Debajo hay una piscina, y en ella hay gente. Tira el jabón por la ventana y uno de los tipos de la piscina grita, “¡Eh!”

“¿Por qué ha hecho eso?”, pregunta la chica que está en el vestíbulo. Carly rompe a reír.

El amigo de El Jabones, Mike, tenía una novia, llamada Jenny. Jenny nunca fue a ver a Mike en la cárcel. Eso entristecía a El Jabones.

El papá de El Jabones vivía en Nueva Zelanda, y de vez en cuando a El Jabones le llegaba una postal.

La mamá de El Jabones, que vivía en California cerca de Manhattan Beach, estaba demasiado ocupada y demasiado cabreada con él como para visitarle en la cárcel. La mamá de El Jabones no soportaba ni la estupidez ni la mala suerte.

La hermana mayor de El Jabones, Becka, fue la única de su familia que vino a verle en la cárcel. Becka era actriz y camarera, y una vez había tomado parte en una película de zombis de bajo presupuesto. El Jabones la había visto una vez, y no estaba muy seguro de qué le resultó más extraño: si ver a su hermana desnuda, o ver cómo los zombis se comían a su hermana desnuda. Becka era casi lo suficientemente atractiva como para aparecer en un reality de citas románticas, pero no tenía pinta de ser ni lo bastante divertida ni lo bastante triste para los programas de cambio de imagen. Becka estaba siempre renunciando a sus trabajos. Por eso su mamá le compró un billete de ida y vuelta a Becka para que fuera a visitar a El Jabones. Él comprendió que se suponía que debía servirle de ejemplo a Becka: encuentra un buen trabajo y no lo dejes, o terminarás en la cárcel como tu hermano.

Puede ser que en Los Ángeles Becka pasara desapercibida, pero la que pasa desapercibida en Los Ángeles resulta ser la Reina de Marte en la sala de visitas de una penitenciaría federal de Carolina del Norte. A El Jabones no dejaban de preguntarle cuándo iban a ver a su hermana en la tele.

La mamá de El Jabones era propietaria de una boutique en Manhattan Beach. La boutique tenía por nombre Float. Becka y El Jabones la llamaban Lávate la Boca. En la boutique no se vendía otra cosa que jabones y champús. Se suponía que los jabones y champús tenían aromas de comidas. En realidad, los jabones olían igual que esas velas que se supone que deben tener olor a comida, pero que en cambio olían como esos ambientadores que cuelgan de los espejos retrovisores de los taxis o de coches robados. Cuando uno mira detrás de sí huele el olor de las fresas. O una huida fácil tiene el mismo olor que el purificador de aire que El Jabones y Becka solían echar en la habitación cuando se habían estado fumando la hierba de su madre, antes de que ésta llegara a casa.

Una vez, cuando estaban en la secundaria, El Jabones y Becka compraron una pastilla desodorizante. Olía a menta. Sacaron la pastilla desodorizante de su envoltorio y la metieron en una vistosa caja con un poco de papel de seda y un lacito. El Jabones lo envolvió todo y se lo dio a su madre en el Día de la Madre. Le dijo que era un jabón de piedra pómez para exfoliar los pies. A El Jabones le gustaba el jabón que olía a jabón. Su mamá siempre estaba enviando paquetes regalo de jabones que olían a aceite de oliva, a aceite de neroli, a menta, a azúcar morena, a pepino, a martinis y a malvavisco tostado.

Se supone que en la cárcel uno no puede tener pastillas de jabón. Si metieras una pastilla de jabón en un calcetín, podrías pegarle a alguien en la cabeza con ella. Podrías darle una paliza a alguien. Pero Becka hizo un trato con los guardias de la sala de visitas, y los guardias de la sala de visitas hicieron un trato con los guardias a cargo de la cartería. El Jabones repartió las pastillas de jabón de su madre entre todos en la cárcel. A cualquiera que quisiera una. Y resultó que todo el mundo quería un jabón que oliera a comida: los trabajadores sociales, los guardias, los traficantes de drogas, los asesinos, incluso gente que no había podido permitirse contar con un buen abogado defensor. No era de extrañar que la boutique de su mamá fuera viento en popa.

Mientras El Jabones estuvo en la cárcel, Becka le guardó el cuadro. A veces él se lo pedía y ella lo traía cuando venía a visitarlo. Él le hizo prometer que no se lo entregaría a su madre, ni lo empeñaría para conseguir el dinero del alquiler, que lo guardaría debajo de la cama donde estaría seguro, siempre y cuando el gato de su compañera de piso no se colara. Becka le prometió que si alguna vez había un incendio o un terremoto, lo primero que rescataría sería el cuadro. Incluso antes que rescatar a su compañera o al gato de su compañera.

Carly se lleva a Will a un dormitorio. Hay un gran cuadro de un jardín lleno de flores, y debajo del cuadro hay una cama de matrimonio, cubierta toda ella de vestidos. Hay también vestidos tirados por el piso. “Anda, llámale a tu papá”, le dice Carly. “Volveré dentro de un rato con más cerveza. ¿Quieres otra cerveza?”

“¿Por qué no?” dice Will. Espera hasta que ella sale de la habitación y entonces llama a su papá.

Cuando su papá descuelga el teléfono, le dice “Eh, Papá, ¿qué tal, qué haces?”

“¡Hijo!” dice su papá. “¿Qué tal, qué haces?”

“¿Te he despertado? ¿Qué hora es allá?” dice el hijo.

“No importa”, dice su papá. “Estaba haciendo un rompecabezas. Pero la caja no lleva el dibujo. Creo que son lémures. O quizás sean glotones.”

“Pues no mucho”, dice el hijo. “No meterme en líos.”

“Súper”, le dice su papá. “Eso es súper.”

“Estaba pensando en aquello de que hablamos. ¿De que podría ir a visitarte alguna vez?” dice el hijo.

“Claro”, dice su papá. El papá siempre se muestra entusiasmado por las ideas del hijo. “Oye, eso sería fantástico. Lárgate de ese país de mierda mientras puedas. Ven a visitar a tu viejo. Podríamos hacer cosas de padres e hijos. Como hacer saltos bungee.

La chica del vestido de flores de plástico entra resueltamente en el dormitorio. Se quita el vestido y lo deja caer en la cama. Entra en el armario y sale de nuevo con un vestido en las manos, hecho de plumas negras y moradas. Tiene el aspecto de algo que podría ponerse una bailarina de La Vegas al salir del trabajo.

“Acaba de entrar una chica y se ha quitado toda la ropa”, le dice el hijo al papá.

“Vaya, pues dale los mejores recuerdos de mi parte”, dice su papá, y cuelga.

“Mi papá te manda saludos”, le dice el hijo a la chica desnuda. Luego añade, “Mi papá y yo tenemos una pregunta que hacerte. ¿A ti te preocupan alguna vez los zombis? ¿Tienes algún plan de contingencia frente a los zombis?”

La chica sonríe como si le pareciera que se trata de una buena pregunta. Se pone el nuevo vestido. Sale de la habitación. Will telefonea a su hermana, pero Becka no responde el móvil. De modo que Will recoge todos los vestidos y entra en el armario. Los cuelga. La gente recoge sus cosas. Los zombis no.

En opinión de Will, a los zombis les atraen los suburbios del mismo modo que los parques de caravanas atraen tornados. Quizás sean todas las ventanas. Quizás las casas de los suburbios tengan demasiadas ventanas, y es eso lo que vuelve locos a los zombis.

Si aparecieran los zombis esta noche, Will se atrincheraría tras la puerta de la habitación con el pesado tocador de roble. Will dejará entrar a la chica desnuda la primera. A Carly también. Los tres harán una cuerda atando todos esos vestidos y escaparán por la ventana. Quizás podrían también hacer unas alas con el vestido de plumas y salir volando. Will podría ser el Hombre Pájaro de Suburbatraz.

Will mira debajo de la cama, simplemente para asegurarse de que no hay ningún zombi ni ninguna maleta y de que el tipo borracho del piso de abajo no se ha metido debajo.

Hay un pequeño negro vestido con un pijama de Superman, dormido, acurrucado bajo la cama.

Cuando Becka era pequeña, guardaba una maleta debajo de la cama. La maleta estaba llena con las cosas que habían de ser rescatadas en caso de terremoto, incendio o de que irrumpieran unos asesinos. Una función secundaria de la maleta era utilizar al máximo parte del espacio peligroso y oscuro que hay debajo de una cama, que por lo demás podría haber estado habitado por monstruos o muertos. Aquí haber maletas. En la maleta, Becka guardaba una vela que tenía forma de dragón, que había comprado en el centro comercial con el dinero de su cumpleaños, pero que después no se resignaba a usar como vela; un perrito de cerámica; sus animalitos de peluche favoritos; la pulsera de fetiches de su madre; un álbum de fotos; Belleza negra y un montón de otros libros sobre caballos. De vez en cuando Becka y su hermanito sacaban a rastras la maleta de debajo de la cama y la ordenaban. Becka sacaba algunas cosas y metía otras. Su hermanito se sentía siempre feliz y seguro cuando ayudaba a Becka a hacer eso. Cuando las cosas se ponían feas, uno rescataba lo que podía.

El arte moderno es una pérdida de tiempo. Cuando aparecen los zombis, uno no puede preocuparse por el arte. El arte es para gente a la que no le preocupan los zombis. Además de los zombis y los icebergs, hay otras cosas en las El Jabones lleva un tiempo pensando. Tsunamis, terremotos, dentistas nazis, abejas asesinas, hormigas soldado, la peste negra, ancianos, abogados matrimonialistas, chicas de hermandades femeninas, Jimmy Carter, calamares gigantes, zorros rabiosos, perros extraños, presentadores de noticias, niños actores, fascistas, narcisistas, psicólogos, asesinos con hachas, el amor no correspondido, las notas a pie de página, zeppelines, el Espíritu Santo, sacerdotes católicos, John Lennon, profesores de química, hombres pelirrojos con acentos británicos, bibliotecarios, arañas, libros de naturaleza con fotografías de arañas, la oscuridad, los maestros, las piscinas, las chicas listas, las chicas bonitas, las chicas ricas, las chicas enfadadas, las chicas altas, las chicas simpáticas, las chicas con superpoderes, los lagartos gigantes, citas con desconocidas que luego resulta que padecen narcolepsia, monos enfadados, anuncios de higiene femenina, telecomedias sobre alienígenas, cosas debajo de la cama, lentes de contacto, ninjas, artistas de performance, momias, la combustión espontánea. El Jabones le ha tenido miedo a todas estas cosas en algún u otro momento. Desde que fue a la cárcel, se ha dado cuenta de que no tiene que tener miedo. Todo lo que tiene que hacer es idear un plan. Estar preparado. Es como los Boy Scouts, excepto que hay que estar incluso más preparado. Hay que prepararse para todo lo que no te prepararon en los Boy Scouts, que viene a ser pues casi todo.

El jabón también es una pérdida de tiempo. ¿Para qué te sirve el jabón en una situación con los zombis? El Jabones se imagina a veces atrapado en la boutique de jabones de su madre. Salen zombis de entre las olas, chorreando agua, la mar de hambrientos, siempre tan jodidamente lentos, arrastrando inútilmente los pies por la arena de Manhattan Beach. El Jabones se ha atrincherado en Float con su madre y unos turistas rubios japoneses que llevan unas tablas de surf. “¡Haz algo, cariño!” implora su madre. De manera que Cariño arroja agua por el piso. Cuentan con las tablas de surf, un bate de beisbol bajo el mostrador, algunos paquetes de monedas y un pez espada montado en la pared, pero Cariño decide que la caja registradora es lo mejor que hay para dar golpes. Les dice a los turistas japoneses que se echen al piso a cuatro patas y que froten todo el piso con jabón. Cuando los zombis hallan finalmente el modo de entrar en Float, su madre y los turistas pueden esconderse detrás del mostrador. Los zombis resbalarán en el piso y Cariño les romperá la crisma con la caja registradora. Será exactamente como un musical de Busby Berkeley con zombis.

“¿Qué pasa?”, le dice Carly. “¿Cómo se encuentra tu padre?”

“Está bien”, dice Will. “Excepto por lo de la cirugía a corazón abierto. Quitando de eso, está bien. Solo estaba mirando debajo de la cama. Hay un chavalillo ahí abajo.”

“Oh”, dice Carly. “Él. Ese es el hermanito. De mi amiga. Le hermani de mon ami. Estoy cuidando de él. Le gusta dormir debajo de la cama.”

“¿Cómo se llama?”, pregunta Will.

“Leo”, dice Carly. Le pasa una cerveza a Will y se sienta en la cama a su lado. “Cuéntame lo de la cárcel. ¿Qué hiciste? ¿Debería tenerte miedo?”

“Probablemente no”, dice Will. “No sirve de mucho tener miedo de las cosas.”

“Cuéntame lo que hiciste”, dice Carly. Ella eructa tan fuerte que Will está sorprendido de que no se despierte el chico que está debajo de la cama. Leo.

“Esta fiesta es fantástica”, dice Will. “Gracias por pasar el tiempo conmigo.”

“Alguien acaba de vomitar por la ventana de la sala de estar. Y otro estuvo a punto de vomitar en la piscina, pero me ha dado tiempo a hacerles salir del agua. Como a alguien se le ocurra vomitar en el piano, sí voy a meterme en un buen lío. No se puede sacar el vómito de entre las teclas de un piano.”

Will piensa que Carly dice esto como si supiera de qué está hablando. Hay chicas que durante años han recibido clases de piano, y luego hay chicas que han recibido clases de piano que también saben cómo dar una gran fiesta y cómo limpiar el vómito de un piano. Tiene algo de sexy el que una chica sepa cómo se toca un piano, y que haya teclas que se pegan sin motivo aparente. Will no tiene ningún plan de contingencia para zombis que implique pianos, y eso le pone enfermo. ¿Cómo puede haberse olvidado de los pianos?

“Te ayudaré a limpiar”, dice Will. “Si quieres.”

“No hace falta que te esfuerces tanto, sabes”, dice Carly. Lo mira fijamente, como si tuviera una araña en la cara, o un tatuaje interesante, alguna palabra deletreada de abajo arriba en un idioma extranjero que ella quisiera comprender. Will no tiene ningún tatuaje. Por lo que a él respecta, los tatuajes son como el arte, pero peor.

Will le devuelve la mirada. Dice, “Una vez que estuve en una fiesta en las afueras de Kansas City, oí una historia sobre un chico que daba muchas fiestas mientras sus padres estaban de vacaciones. Justo antes de que ellos volvieran, se dio cuenta de lo arruinada que estaba la casa, de modo que la incendió.” Esta historia siempre le hace reír a Will. Qué chico tan tonto.

“¿Quieres que te ayude a quemar la casa de mi amiga?” dice Carly. Ella sonríe, como diciendo, qué chiste tan bueno. Qué tipo tan simpático es. “¿Qué hora es? ¿Las dos? Si son las dos de la mañana, entonces tienes que contarme por qué fuiste a la cárcel. Es como una regla. Hace como mínimo una hora que nos conocemos, ya es muy tarde y todavía no sé por qué estuviste en la cárcel, aunque me doy cuenta de que quieres contármelo, o de lo contrario, no me habrías dicho en primer lugar que estuviste en la cárcel. ¿Fue tan malo lo que hiciste?”

“No”, le dice Will. “Fue solamente una estupidez, la verdad.”

“Una estupidez, eso está bien”, dice Carly. “Venga. Porfa, porfa.”

Ella tira de la colcha que hay sobre la cama y se mete debajo, y tira de las sábanas hasta ponérselas bajo la barbilla. Buenas noches, Carly. Buenas noches, hermosas tetas de Carly.

Era tan pequeño y estaba tan lejos, incuso cuando lo mirabas bien de cerca. El Jabones decía que eran árboles. Un bosque. Mike decía que era el cuadro de un iceberg.
Cuando El Jabones piensa en los zombis, piensa en que no hay ningún sitio adonde puedas ir en el que los zombis no te encuentren. Hasta en los cuentos de hadas que Becka solía leerle. Alí Babá y los Cuarenta Zombis. Ábrete, Zombi. Blancanieves y los Siete Enanitos Zombis.

En cualquier lugar en que piense Will, al final los zombis llegarán allí también. Se imagina todos estos sitios como cuadros en una galería, puesto que en la medida que un lugar es simplemente un cuadro, es un lugar seguro. Paisajes con marcos que los circundan, para impedir que los paisajes se escurran. Para impedir que se adentren los zombis en ellos. Una estación de esquí en verano, todas esas góndolas solitarias. Una plataforma petrolífera en un mar nocturno. El Museo de Historia Natural. La mansión de Playboy. La Torre Eiffel. El Matterhorn. La casa de David Letterman. El Palacio de Buckingham. Una bolera. Una lavandería. Se sitúa en el cuadro del jardín de flores que cuelga por encima de la cama donde están sentados él y Carly, y hace sol y calor, es un lugar seguro y bonito. Pero tan pronto se pone dentro del cuadro, aparecen los zombis, como hacen siempre. La estación espacial. Nueva Zelanda. Apuesta a que su papá piensa que está a salvo de los zombis en Nueva Zelanda, porque es una isla. Su papá es un idiota.

La gente pinta árboles todo el tiempo. Toda clase de árboles. Se supone que el arte trata de cosas como los árboles. O como los icebergs, aunque hay más cuadros de árboles que cuadros de icebergs, y por tanto Mike no sabe de qué habla.

“No estuve mucho tiempo en la cárcel”, dice El Jabones. “Lo que hicimos Mike y yo no fue realmente algo tan malo. No le hicimos daño a nadie.”

“No tienes pinta de malo”, dice Carly. Y cuando El Jabones mira a Carly, ella tiene pinta de chica encantadora. Una chica encantadora con unas tetas encantadoras. Pero El Jabones sabe que solo con la mirada no se puede saber.

El Jabones y Mike iban a hacerse ricos tan pronto terminaran los estudios. Los dos lo tenían todo bien claro. Iban a tener una página web excelente, en cuanto tuvieran claro de qué iba a ser y cómo iban a llamarla. Mientras estaban en la cárcel, decidieron que la web habría sido sobre zombis. Hubiera sido la hostia de impresionante.

Zombihambriento.com, zombisolitario.com, zombidesnudo.com, mecaseconunzombi.com, plandecontingenciafrenteazombis.com, puntocomdelosmuertosandantes.com: estos fueron algunos de los dominios que se les ocurrieron. La opinión de Will es que la gente irá donde sea, si hay zombis por en medio.

A la web habría ido gente muy guay para ligar. La gente habría hablado de las viejas películas de terror, o de sus horribles trabajos temporales. Habría tenido comics y conciertos. Habría tenido publicidad, patrocinadores, ofertas especiales de películas. El Jabones podría haberse permitido el lujo de comprar arte. Se hubiera comprado unos Picassos y unos Vermeers, y ejemplares originales de comic. Hubiera invitado a unas copas a las mujeres. A mujeres guapas, bisexuales, biónicas, con nombres imposibles de pronunciar y extravagantes costumbres en la cama.

Lo que pasa es que para cuando El Jabones y Mike y el resto de sus amigos terminaron los estudios, todo aquello se había acabado. A nadie le importaba que uno tuviera una web. Todo el mundo tenía ya su página web. Nadie iba a darle nadie dinero por eso.

Había muchísimos tipos que sabían cómo hacer lo que El Jabones y Mike sabían hacer. Resultó que los padres de Mike y los de El Jabones habían pagado mucho dinero para que ellos aprendieran a hacer cosas que ya podían hacer todos los demás.

Mike tenía una novia, que se llamaba Jenny. A El Jabones le gustaba Jenny, porque Jenny le coqueteaba, pero en realidad Jenny no tiene ninguna importancia en esta historia. Nunca iba a enamorarse de El Jabones, y El Jabones lo sabía. Lo que sí importa es que Jenny trabajaba en un museo, de modo que El Jabones y Mike empezaron a ir a eventos del museo, porque te daban queso Brie con galletas saladas, y vino y vermús. Comida gratis. Todo lo que uno tenía que hacer era ponerse un traje y escuchar a gente que hablaba de arte e hipotecas y de sus hijos. Había muchas mujeres mayores que a El Jabones le recordaban a su madre, y estaba claro que él les recordaba a ellas a sus hijos. Lo que nunca estuvo claro fue si estas mujeres flirteaban con él o si querían sus consejos acerca de algo que ni siquiera podían señalar.

Una mañana, en prisión, El Jabones se despertó y se dio cuenta de que la oportunidad estaba ahí, y que nunca la había visto. Él y Mike podrían haber comenzado una página web para mujeres mayores de clase media-alta con una sólida ética laboral y con hijos adultos confusos y rencorosos, licenciados pero sin trabajo. Eso era mejor que lo de los zombis. Incluso podrían haber hecho alguna buena acción.

“De acuerdo”, dice Will. “Te contaré por qué fui a la cárcel. Pero primero tienes que decirme qué harías si aparecieran unos zombis en tu fiesta. Esta misma noche. Se lo pregunto a todos. Todos tienen un plan de contingencia frente a los zombis.”

“¿Quieres decir, como con las universidades, por si no logras entrar en la primera que eliges?” dice Carly. Se levanta el párpado, pone un dedo contra la pupila y se saca una lente de contacto. La deja encima de la mesilla de noche. No se saca la otra lentilla. Quizás el otro ojo no le pique. “No tengo ojos verdes, ya ves. Pero los pechos son genuinos, por cierto. No veo muchas películas de terror. Me dan pesadillas. A Leo sí le gustan.”

Will se sienta en el otro lado de la cama y la observa. Ella se lo está pensando. Puede que le guste la pinta que tiene el mundo a través de una sola lentilla verde. “Mis padres tienen una pistola escondida en la nevera. Supongo que me haría con ella y me pondría a dispararles a los zombis. ¿O a lo mejor me escondía en el armario de mi mamá? ¿Detrás de todos sus zapatos y demás cosas? Lloraría mucho. Pediría ayuda a gritos. Llamaría a la policía.”

“Vale”, dice Will. “Solo tenía curiosidad. ¿Y tu hermano? ¿A él, cómo le protegerías?”

Carly bosteza como si no estuviera impresionada en absoluto, pero Will puede verlo: está impresionada. Es solamente que también tiene sueño. “Will el listo. Sabías que era mi casa, todo el rato. Y sabías que Leo era mi hermano. ¿No sirvo para mentir?”

“Claro”, dice Will. “Hay una foto de ti y de Leo encima del tocador de tus padres.”

“Vale”, dice Carly. “Este es el dormitorio de mis padres. Están en Francia montando bicicletas, y nos han dejado aquí a mí y a Leo. Y por eso he dado una fiesta. Se lo merecerán si alguien les quema la casa.”

“Es como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo”, dice Will. “Aunque nos acabamos de conocer. Por poner un ejemplo, yo ya sabía que en realidad no tenías los ojos verdes.”

“No nos conocemos muy bien”, le dice Carly. Pero lo ha dicho de una forma amistosa. “No dejo de intentar llegar a conocerte mejor. Apuesto que no sabías que quiero llegar a ser la Presidenta algún día.”

“Apuesto que tú tampoco sabías que yo pienso mucho en los icebergs, aunque no tanto como pienso en los zombis”, le dice Will.

“Me gustaría irme a vivir a un iceberg”, dice Carly. “Y también me gustaría ser presidenta. Quizás podría hacer las dos cosas. Podría ser la primera mujer negra que vive en un iceberg.”

“Yo te daría mi voto”, le dice Will.

“Will”, dice Carly. “¿No quieres meterte bajo las colchas conmigo? ¿Te intimida el hecho de que algún día voy a ser la presidenta? ¿Te intimidan las mujeres competentes y exitosas?”

Will le dice, “¿Quieres manosearme o quieres que te cuente cómo es que terminé en la cárcel? Puerta A o Puerta B, elige. Sé besar muy bien, la verdad, pero Leo está dormido, debajo de la cama. Tu hermano.” Jenny y Mike solían desaparecer para besarse en el museo donde trabajaba Jenny, pero El Jabones nunca le dio un beso a Jenny. Una vez, cuando estaban en la universidad, El Jabones le dio un beso a Mike. Estaban los dos borrachos. En la cárcel, los hombres se besaban. Los hombres blancos se liaban con los negros. Becka solía liarse con sus novios en la playa mientras su hermano se escondía en las dunas y miraba. En la película de zombis, había un zombi que se comía los labios de Becka. Que no se te ocurra nunca besar a un zombi.

“Tiene el sueño pesado”, dice Carly. “Quizás deberías contarme lo que hiciste, y luego seguimos.”

El Jabones y Mike y unos cuantos amigos suyos estaban en una de las fiestas del pequeño museo privado donde trabajaba Jenny. Bebieron mucho vino y no comieron casi nada, solo unas aceitunas. Jenny estaba atareada, y entonces El Jabones, Mike y sus amigos salieron de la sala donde estaban el queso y el vino, donde los docentes y los ricos estaban conociéndose, y empezaron a recorrer el resto del museo. Se alejaron más y más del evento que había organizado Jenny, pero nadie les dijo que volvieran, no apareció nadie y les preguntó qué estaban haciendo. Las otras salas estaban a oscuras, y alguien le retó a Mike a que se atreviera a entrar en una de ellas. Querían ver si sonaría la alarma. Mike lo hizo y la alarma no sonó.

El siguiente en entrar en la sala fue El Jabones. Entonces no se llamaba El Jabones. Se llamaba Arthur, pero todo el mundo le llamaba Art. Qué risa. En la sala no se veía nada. Art se sentía estúpido allí, simplemente de pie, de modo que puso las manos en alto, por delante de él, en la oscuridad, y caminó hacia adelante hasta tocar una pared con los dedos. Sin quitar los dedos de la pared, siguió recorriendo la sala lentamente. De vez en cuando sus dedos tropezaban con un marco, y entonces movía las manos arriba y abajo y a lo largo del marco para hacerse una idea del tamaño del cuadro. Recorrió la sala entera, hasta que se encontró otra vez en la puerta.

Entonces entró alguien más, fue Markson el que entró, y al salir llevaba un cuadro sujeto en sus brazos. Un cuadro de un metro de lado. Un cuadro de un barco, con muchos mástiles y velas. Montones de pequeñas pinceladas azuladas. Con gente diminuta en la cubierta del barco, con pinta de estar muy afanados.

“La rehostia”, dijo Mike. “Markson, ¿qué has hecho?”

Hay que entender que Markson era un idiota. Todos lo sabían. Y en ese momento era un idiota borracho, pero los demás estaban también borrachos.

“Solo quería verlo”, dijo Markson. “No pensé que podía pesar tanto.” Dejó el cuadro apoyado en la pared.

No sonó ninguna alarma. La sala de enfrente estaba también a oscuras. Y lo convirtieron en un juego. Todos entraban en una de las salas y las recorrían y elegían un cuadro. Entonces salías y veías lo que habías sacado. Alguien sacó un Seurat. Alguien tenía un Mary Cassatt. Otro tenía un Winslow Homer. Había muchos cuadros de artistas que ninguno de ellos conocía. Esos no contaban. Art volvió a entrar en la primera sala. Esta vez fue muy despacio. En la pared de la sala había ya algunos huecos. Aplicó el oído a uno de los cuadros. Le parecía que estaba intentando escuchar algo, pero no sabía qué.

Escogió un cuadro muy pequeño. Cuando salió al vestíbulo, vio que era un cuadro al óleo. Una masa amorfa verdeazulada que podría haberse tratado de agua, o una persona, o árboles. Bosques vistos desde muy lejos. Algo muy lento y lejano. No pudo leer la firma del artista.
Mike estaba en la otra sala. Cuando salió con un cuadro, resultó que el cuadro era un Picasso. Una mujer muy peculiar, con un aire de tristeza, y su peculiar perro con un aire de tristeza. Todos convinieron que Mike había ganado. Entonces el idiota de Markson dijo, “Me juego lo que sea que no sales de aquí con ese Picasso.”

A veces, cuando está en una casa que no es la suya, El Jabones no se siente a gusto. No debiera hallarse donde se halla. No pertenece a ninguna parte. En realidad nadie lo conoce. Si lo conocieran, no les gustaría. Todo el mundo siempre parece estar más contento que El Jabones, y es como si supieran algo que El Jabones no sabe. Se dice a sí mismo que las cosas serán diferentes cuando aparezcan los zombis.

“¿Robasteis un Picasso?” dice Carly.

“Era un Picasso menor. Apenas era un Picasso. En realidad no estábamos robándolo”, dice Will. “Simplemente pensamos que sería divertido sacarlo a hurtadillas del museo de Jenny y ver hasta donde llegábamos con él. Simplemente salimos del museo; nadie nos paró. Pusimos el Picasso en el coche y volvimos al apartamento. Yo me llevé también el cuadrito, para que el Picasso tuviera compañía. Y porque quería mirarlo un ratito más. Me lo puse debajo del abrigo, bajo el brazo, mientras los demás ayudaban a Mike a pasar por delante de la fiesta sin que los vieran. Colgamos el Picasso en la sala de estar de nuestro apartamento, y yo puse el cuadrito en mi habitación. Estábamos todavía borrachos cuando llegó la policía. Jenny se quedó sin trabajo. A nosotros nos mandaron a la cárcel. Markson y los otros tuvieron que prestar servicios a la comunidad.”

Deja de hablar. Carly le toma la mano. La aprieta. Dice, “Es la historia más extraña que he oído nunca. ¿Por qué será que todo parece mucho más triste y divertido y mucho más genuino cuando uno está borracho?”

“Todavía no te he contado la parte extraña”, le dice Will. No puede contarle la parte más extraña de la historia, aunque quizás pueda intentar enseñársela.

“¿Te he dicho que solía formar parte del equipo de debates de mi colegio?”, le dice Carly. “Eso es lo más extraño en mí. Me gusta meterme en discusiones. El chico que tenía la cabeza debajo de mi silla, le di una paliza en un debate sobre la marihuana. Lo humillé de cabo a rabo.”

Will ya no se droga. Se parece demasiado a como cuando uno está en un museo. Hace que todo parezca arte, y le da a todo un aire de cuando los zombis están a punto de aparecer. Dice, “Los del museo dijeron que yo no les había robado ese cuadro pequeño. Dijeron que no era suyo, incluso después de que yo lo explicara todo. Les dije la verdad y todos creyeron que yo estaba mintiendo. La policía hizo sus pesquisas por aquí y por allá, por si Mike y yo habíamos hecho lo mismo en algún otro sitio, en algún otro museo, pero nadie dijo nada. Nadie conocía el nombre del artista. Así que al final me devolvieron el cuadro. Se pensaron que intentaba hacer una estafa.”

“¿Y qué pasó con él?”, pregunta Carly.

“Todavía lo tengo. Me lo guardó mi hermana mientras estuve en la cárcel”, dice Will. “Durante dos años. Desde que salí, he intentado encontrar un sitio donde deshacerme de él. Lo he dejado en un par de sitios, pero luego va y resulta que no lo he dejado. No puedo dejarlo detrás. Por mucho que lo intente. No me pertenece, pero no puedo deshacerme de él.”

“Mi amiga Jessica hace una cosa que ella llama tiendabotar”, dice Carly. “Cuando alguien le regala una camisa horrible por su cumpleaños, o si se compra un libro y luego resulta que no es nada bueno, entonces ella entra en una tienda y deja la camisa colgando de una percha. El libro lo deja en la estantería. Una vez, tenía un periquito que estaba loco y que era muy malo, y se lo llevó a una zapatería y lo metió dentro de una caja de zapatos. ¿Qué le pasó a tu amigo? ¿A Mike?”

“Se fue a Seattle. Puso en marcha una web para expresidiarios. Se la financiaron. Hay mucha gente que ha pasado por la cárcel. Necesitan sus páginas webs.”

“Qué bueno”, dice Carly. “Es como un final feliz.”

“Tengo el cuadro en el coche”, dice Will. “¿Lo quieres?”

“Me gusta Van Gogh”, dice Carly. “Y Georgia O’Keeffe.”

“Déjame que vaya a por él”, dice Will. Baja antes de que ella pueda detenerle. Los tipos del sofá están ahora viendo el video de la boda de alguien. Se pregunta qué pensarían si supiesen que Carly está en el piso de arriba, en la cama, esperándole. La chica que bailaba está ahora en la cocina, con el chico que estaba debajo de la silla. La chica del vestido está afuera, tendida en el césped. No está haciendo nada, excepto quizás mirar las estrellas. Observa a Will que se dirige a su coche, abre el maletero, y saca el pequeño cuadro. Will puede oír a la gente que está en la piscina, detrás de la casa. Hace tiempo que Will no se siente así de tranquilo. Es como esa primera parte, tan lenta, de una película de terror, antes de que pase lo malo. Will sabe que uno no debiera tratar de anticiparse a lo malo. A veces se supone que uno solamente tiene que escuchar a los bañistas haciendo el tonto en la piscina. Gente a la que uno no puede ver. La noche y la luna y la chica del vestido. Will se queda de pie en el césped durante un rato, sujetando el cuadro, deseando que Becka estuviese aquí con él. O Mike.

Will se lleva el cuadro arriba y entra en el dormitorio grande. Apaga las luces y despierta a Carly. Ella ha estado llorando mientras dormía. “Aquí está”, le dice.

“¿Will?” dice Carly. “Has apagado la luz. ¿Es el mar? Parece el mar. De verdad que no veo nada.”

“Sí que puedes”, le dice Will. “Hoy hay luna.”

“Solo llevo puesta una lente de contacto”, dice Carly.

Will se sube de pie a la cama y levanta el cuadro del jardín hasta sacarlo del gancho que lo sujeta. ¿Cómo es posible que un cuadro de unas flores pese tanto? Lo apoya contra la cama y cuelga el cuadro que ha sacado del coche. Un iceberg, un zombi, un puñado de árboles. Una cosa oscurecida e imposible de conocer. ¿Cómo va a saber uno distinguir lo que es? A veces le dan ganas de morirse.

“Toma”, le dice. “Es tuyo.”

“Es precioso”, dice Carly. Will piensa que quizás ella esté llorando otra vez. Ella le dice, “¿Will? ¿Quieres echarte aquí a mi lado? ¿Durante un ratito?”

A veces El Jabones tiene este sueño. No está seguro si sueña con la cárcel o si sueña con arte o si sueña con zombis. Puede que no se trate de ninguna de esas cosas. Sueña que está en una habitación oscura. A veces se trata de una habitación enorme, muy larga y estrecha. A veces hay gente en ella, apoyada en silencio contra las paredes. Solamente puede hacerse una idea de si hay gente o de lo grande que es la habitación cuando extiende los brazos y camina hacia adelante. No tiene ni idea de qué están haciendo en la habitación con él. Tampoco tiene ni idea de qué es lo que se supone que tiene que hacer. A veces es una habitación muy pequeña. Está oscuro. Está oscuro.

“Eh, chico. Eh, Leo. Despierta, Leo. Tenemos que irnos.” El Jabones está tumbado en el piso junto a la cama, sosteniendo el faralá. Tiene que hablarle en un susurro. Carly está dormida en la cama enorme, bajo las colchas.

Leo se estira. Se escurre hacia adelante, hacia donde está Will. Y entonces se echa hacia atrás, alejándose de Will. Tiene seis años, quizás siete. “¿Quién eres?” dice Leo. “¿Dónde está Carly?”

“Carly me mandó aquí a recogerte, Leo”, dice El Jabones. “Tienes que guardar mucho, mucho silencio y hacer exactamente lo que yo te diga. Hay unos zombis en la casa. Han entrado unos zombis que se comen el cerebro de la gente. Tenemos que ir a un lugar que sea seguro. Tenemos que ir a buscar a Carly. Ella nos necesita.”, leo extiende la mano. El Jabones la agarra y tira de ella para sacarlo de debajo de la cama. Levanta a Leo. Leo se agarra a Will con fuerza. No es que pese mucho, pero qué cálido está. Los chicos pequeños tienen metabolismos rápidos.

“¿Los zombis están persiguiendo a Carly?” dice Leo.

“Así es”, dice El Jabones. “Tenemos que ir a salvarla.”

“¿Puedo llevarme mi robot?”, pregunta Leo.

“Ya he puesto tu robot en el coche”, dice Will. “Y tu camiseta del dinosaurio y tu pelota de baloncesto.”

“¿Té eres Wolverine?”, le dice Leo.

“Así es”, dice Wolverine. “Soy Wolverine. Salgamos de aquí.”

Leo dice, “¿Me dejas ver tus garras?”

“Ahora no”, dice Wolverine.

“Tengo que ir al baño antes de que nos vayamos”, dice Leo.

“Vale”, dice Wolverine. “Es una idea magnífica. Estoy orgulloso de ti por habérmelo dicho.”

Algunas de las cosas que uno puede intentar con los zombis, pero que no funcionarán:

Dejarse llevar por el pánico.

No dejarse llevar por el pánico. Guardar la calma.

Llamar a la policía.

Llevarlos a cenar a un restaurante. Emborracharlos.

Pedirles que vuelvan más tarde.

No hacerles caso.

Llevárselos a casa.

Contarles chistes. Jugar a juegos de mesa con ellos.

Decirles que los quieres.

Rescatarlos.

Wolverine y Leo tienen una mochila. En ella meten una caja de Cheerios, unos plátanos, el revólver de los padres de Carly, un Game Boy y unas cuantas pilas, una bolsita hermética llena de billetes de veinte dólares que estaba en el armario del dormitorio principal. En la tele ponen una película de terror de madrugada, pero no hay nadie para verla. La chica del vestido que estaba en el césped se ha ido. Si queda alguien en la piscina, están muy callados.
Wolverine y Leo se suben al coche de Wolverine y se marchan de allí.

Carly está soñando que es la Presidenta de los Estados Unidos de América. Vive en la Casa Blanca—resulta que la Casa Blanca está hecha de hielo. Es más bien la Casa Blancuzca Verdosa Azulada. Todo el mundo viste grandes abrigos de piel, y cuando la Presidenta Carly da sus discursos presidenciales, puede verse el aliento. Todas sus palabras, flotando ante ella. Está conociendo a estrellas de rock y a los ganadores del Premio Nobel. Es un sueño maravilloso. Carly va a salvar el mundo. Todos la quieren, incluso sus padres. Sus padres están tan orgullosos de ella. Cuando se despierta, lo primero que ve —antes de notar todo lo que falta, además del cuadro al óleo del bosque en el que no vive nadie, que nadie pintó y que nadie robó— es el espacio vacío en la pared del dormitorio, por encima de la cama de sus padres.

 

Cuento publicado en julio del 2011 en el sitio de Hermano Cerdo.
Traducción: Jorge Salavert 
Original: Some Zombie Contingency Plans
Tanto el original como la traducción están bajo licencia CC-BY-NC-SA 3.0.

 

1 respuesta

  1. Ingrid Arguelles dice:

    Es la mquina observando al objeto o es un ojo viendo a otro ojo desde un lente o una pantalla en singular. Pienso que uno se contagia de la forma en que se va narrando la historia. Es una forma de sacar las moscas fuera de la ventana o alimentar la mente en un rodar de escenas hasta plegar los ojos sobre la pared.

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