TRAUMATISMO

La mano agarró la muñeca de la otra mano. El padecimiento era insoportable. La quebradura de los huesos la dejaban doblada del dolor cada vez que debía escribir.
La mañana iniciaba con fuertes masajes, hechos con aceite de almendra, para reducir un poco el tormento. Era una mentira. Nada lo aplacaba. A veces en las noches recordaba el momento en el que subió a esa moto, la sensación de placer, de poder. Ahora la odiaba, a la moto, a las sensaciones, al poder y a sí misma. Sólo tenía lugar para la autocompasión.
¿Cómo pude hacerme esto se decía, como pude coartar mi carrera así?
Había leído, escuchado o pensado, que una forma lógica de sacarse un dolor y descansar un poco del que la torturaba, era lastimarse en otro rincón de su cuerpo, así que luego de pensarlo cinco segundos se pegó un martillazo en el dedo meñique. La teoría era cierta. El dolor era más fuerte y más agudo. Y ella se sentía más estúpida que aliviada. Pero en cierto modo la agudeza de esa sensación cambió de lugar el foco de su atención. Sufría igual pero distinto. Y sentía que era mejor que estar sin hacer nada.
Así empezó una larga seguidilla de golpes, cortes, contusiones y laceraciones con diferentes elementos. Como era de suponer esta “droga” pronto empezó a dejar de hacer efecto y empezaron en su cabeza a girar ideas que nadie podría imaginar. La primera fue la de cortar su mano con un hacha, quizá así cortaba también la fuente inicial de dolor. Pero ya no estaba tan segura de querer dejar de sentirlo, así que descartó esa idea porque si empezaba a mutilarse se quedaba sin sus fuentes primigenias de calvario.
Pensó que un traumatismo masivo, como una caída del techo podría ayudarla a sentirse “mejor”. Se subió al techo de su casa, y ya parada en la arista del precipicio sintió que, de repente, algo la empujaba, pero extrañamente no cayó. Tuvo miedo. Bajó corriendo las escaleras temiendo que alguien la hubiera visto y supusiera que era una suicida. Entró en la casa y sintió que la empujaban de vuelta. Los fantasmas no eran de su mundo, no los tenía por ciertos, así que imaginó que se imaginaba que la empujaban. Volvió a su mundo de suplicios, ahora acompañados por una imaginación generosa en ruidos internos y sensaciones.
Su vida se había vuelto un tormento, por momentos deseaba volver pronto a su trabajo de escribiente en la escuela, pero su adicción al dolor se hacía cada vez más pronunciada.
Persistía aún adentro suyo un poco de cordura, que le recordaba cosas vividas, sentimientos, abrazos, besos. Se sentía dividida. Cuando la cordura tomaba el poder podía recordar esas vivencias, tan bellas y tan alejadas de su tortura diaria, pero el poder cambiaba de manos. En una de las batallas ganadas por la sensatez volvió a hacer uno de sus diarios trabajos de la escuela, sólo para ver cómo se sentía, y empezó con un diagnóstico escolar.
Gritaba, gemía y lloraba pero empezó a escribir. No podía permitir que ganara de vuelta el dolor y sus artimañas. Hacía seis meses ya del accidente y seguía llorando a diario. Empezó a comprender que un diagnostico escolar no podía quitarle su vida así que lo hizo un bollo, lo tiro a la papelera, se abrochó dos grampas en el antebrazo y salió feliz, liberada al fin, a buscar una terraza libre de testigos.

4 Respuestas

  1. ISABEL SALAS MEYER dice:

    Muy imaginativo.Muy bueno el final ME ENCANTO,Felicitaciones

  2. Carlos A. Micca dice:

    Bueno y muy impactante. Fácil de leer porque no tiene «rebusques ni giros inesperados. Me gustó mucho.

  3. Marcela dice:

    como su nombre lo indica TRAUMATICO. Facil lectura, rápido el desarrollo. Felicitaciones.

  4. Cecilia Martinez dice:

    …»así que imaginó que se imaginaba que»… » se abrochó dos grampas en el antebrazo y salió feliz» …»terraza libre de testigos»…Buenísimo.ME ENCANTÓ como lo contás ,Marcos, aunque me asuste el personaje.

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