Una ventana y mil margaritas

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  Menos mal que existen las ventanas. Menos mal. Recuerdo la de la cocina de mi casa… Hace tantos años… Me gustaba sentarme allí, a la mesa, con mi café con leche, mirando hacia afuera por la ventana. Era pequeña y, como en las casas antiguas, ubicada muy alto. Solo se veía a través de ella la tapia que separaba mi terreno del terreno del vecino y, un poco más allá, un nogal majestuoso, enorme, del vecino también; que, por esa magia inexplicable del alma, en realidad era mío.

   Era bellísimo, altivo y un poco huraño; de profuso follaje verde intenso en primavera, que se iba trocando en verde maduro a medida que el calor avanzaba hacia el verano… Aunque su mayor esplendor lo alcanzaba en invierno, cuando mostraba orgulloso sus sedosas ramas marrón ceniza, todavía con algunas nueces que se resistían a desprenderse. Fuerte, altivo, inalcanzable en su desnudez… ¡Qué emoción sentía cuando cada mañana lo reencontraba! Podía pasarme largo rato contemplándolo, esperando, algún día, salir de mi encierro y viajar a los lugares que él, me aseguraba, existían más allá de mi cocina. Y sí… Yo veía a través de sus ramas, el cielo. Celeste a veces, tormentoso otras. Prometiéndome también él -eso creía yo- que era posible otra vida, otro lugar.

   ¿Cómo iba yo a saber en aquel lejano tiempo lo que en realidad el nogal y su cielo me decían?, ¿aquello para lo que me estaba preparando con sus colores cambiantes y sus ramas sedosas?

   Hoy, cuando ya salí de ese encierro para recorrer el mundo, evoco la tranquilidad de mis desayunos contemplándolo. Y aunque he visto mil margaritas en los prados y abismos oscuros acechándome y he recorrido las montañas de Mordor y vivo para contarlo, aunque he conocido atardeceres y se me han lastimado los pies y el alma de tanto andar, regreso allá. Y le cuento que esas mañanas de pura esperanza eran mejores que éstas; que sí, que tal como él me dijo, existen otro mundo y otros árboles; que los he conocido. Le cuento que aprendí mucho, que mis ramas también crecieron como las de él y que me volví un poco inalcanzable y huraña, como él; que a través de mí otros vinieron y descubrieron mundos. Pero que ya partieron; que hay galaxias y agujeros negros. Le cuento tantas cosas que él ya sabe… Y me quedo, una vez más, refugiada en sus brazos fuertes, acunada por el ruido del viento entre sus ramas, y ahora sé que él me enseñaba eso de la vida: el regreso al amor primero.

 

Jaimeta Coll (29/4/2019)