TENER UNA VIDA

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NECESIDAD

Sofía llegó media hora antes a la sesión. Se sentó en la sala de espera del consultorio de su analista. Cuando se abrió la puerta y salió el paciente, ella ya estaba de pie.
—Hola, Esteban.
—Hola, Sofi, en un minuto estoy con vos.
—Ok.
—Adelante…
Ella entró y se tiró al diván como quien se larga para atrás a una enorme pileta llena de agua. Su mirada quedó fija en el techo. Después de unos segundos de silencio, comenzó a hablar:
—Hace más de media hora que estoy esperando entrar para desahogarme y ahora no sé por dónde empezar.
Ante el silencio de su terapeuta decidió continuar —: Te pedí adelantar el día de la sesión porque estoy muy angustiada. Voy a empezar por el titular: estoy embarazada. Imaginate, justo ahora que ingresé a Medicina. ¡Dos años que lo vengo intentando! A punto de rendir el primer parcial y me pasa esto.
—¿Esto qué?
—¿Cómo qué? No entendés nada; esta desgracia. Estoy embarazada te dije. Todos mis planes al carajo. Cuando mi vida se estaba encaminando: me va bien en la facu, Rodrigo es el novio ideal, y ¡el viaje! —dijo y con las manos se tomó la cabeza—. Me había olvidado del viaje con mi amiga Yanina, que venimos pagando para fin de año. Esto realmente es una cagada. Nos cuidamos siempre con Rodri. Solo una noche se olvidó del preservativo, ¿te das cuenta?, ¡una noche y bingo!
«Entonces no se cuidaron siempre…», pensó Esteban.
—Todavía no se lo dije a nadie. Fui a la casa de mi prima a hacerme el test de embarazo. O sea, solo ella lo sabe. Fue un momento de mierda, no tenés idea lo que se siente. Me temblaban las manos, me mojé los dedos con mi propia orina, un asco. Y después esperar… una rayita o dos. Eso es lo peor, la ansiedad te mata. Cuando se empezó a colorear la segunda línea, te juro que se me aflojaron las piernas. Creo que se me bajó la presión. Mi prima vive sola, me llevó a la cocina y me dio agua con azúcar. Cuando me sentí un poco mejor, miré de nuevo ese aparatito, imaginando que podría haber cambiado, pero no, así que me desahogué; en realidad, me largué a llorar sentada en la silla, no sé cuánto tiempo. Esperaba un abrazo de ella, pero fue a buscar un pañuelo y me dijo —: «Quedate tranquila. A mí me pasó algo así también», y me contó todo.
—¿Qué es «algo así» para tu prima y qué te contó?
—Que se quedó embarazada…
—¿Y?
—Y abortó. Tenía veinte, un año menos que yo.
—¿Y vos qué pensás?
—No lo sé, nunca estuve de acuerdo con el aborto, pero nunca imaginé que me quedaría embarazada en un momento tan inesperado. Y… viste cómo es: una cosa es pensar algo sobre un tema y otra es vivirlo en carne propia.
—¿ Y cómo es vivirlo en carne propia?
—Es terrible. No es que tenga miedo, es una sensación muy rara. Quisiera volver el tiempo atrás. Deseo recuperar mi vida; o sea, no es que no tenga vida ahora, pero…
Sofía hizo una pausa.
«No es que… La negación, el modo de hacer presente en el análisis emociones inconscientes. En realidad tiene miedo», pensó Esteban recordando la teoría del mismo Freud. La deja seguir hablando.
—Me siento sola, como cuando era niña y me perdí en la playa, y no sabía para dónde ir. Recuerdo la culpa que me provocaba porque pensaba que seguro mi mamá me iba a retar, y el deseo de que no se enojen conmigo.
—Pensá, Sofía, cuál es tu deseo hoy.
—No logro ver con claridad. La angustia y la incertidumbre me están matando. Quiero resolver esto cuanto antes. En realidad, desearía no estar en esta situación.
—Pero estás…
—Sí, ya sé, obvio que lo sé. Ayer estuve a punto de contarle todo a mi novio, pero no me animé, no sé cómo va a reaccionar. No encuentro las palabras, se me hace un nudo en la garganta. Pienso qué me puede llegar a decir…
—¿Y si lo averiguás?
—Necesito hablar con él, eso voy a hacer.
—Me parece una buena decisión. Finalizamos por hoy —dijo Esteban y la acompañó a la puerta.

 

ANGUSTIA

Sofía se acomodó en el diván; su rostro develaba cansancio.
—Fue una semana muy agotadora. Me siento desganada, tengo sueño, me despierto a la noche a orinar y después no me puedo dormir. No logro memorizar ni dos renglones de la materia que rindo en dos días. —Así comenzó el relato y continuó—: Hablé con Rodrigo. También se lo dije a mis padres y a Yanina, mi amiga.
—Contame cómo fue eso…
—A Rodrigo, apenas se lo dije, se quedó como momificado. Después que reaccionó empezó a despotricar: que cómo pudo ser, que él tenía otros planes para su vida, que no era el momento y una sarta de boludeces que yo no tenía ganas de escuchar. Me quedé callada un rato. Él preparó un café; estábamos en su departamento. Se calmó un poco, me tomó de las manos y me miró como con lástima.
—Esa fue quizás una impresión tuya.
—Bueno… me miró con amor y me preguntó qué quería hacer. Hablamos más tranquilos. Yo le conté todo lo que sentía, que no era muy diferente a lo que sentía él. Después me habló con total sinceridad sobre el tema de tenerlo o no. Y me dejó bien en claro que, a pesar de todo, si decidía seguir con el embarazo, iba a estar conmigo. Sin embargo… ¿Adiviná qué? Me sentí más sola que antes. Si bien se mostró comprensivo, me tiró toda la responsabilidad a mí. «Es tu cuerpo, mi amor, obvio que yo te apoyo en lo que sea, pero vos sos la más afectada». ¿Afectada? Yo estoy hecha mierda. Lo pensé, pero no se lo dije.
Esteban observaba que Sofía cruzaba las piernas, al segundo las estiraba, y le pareció ver desde atrás que se acariciaba el vientre.
—Seguimos…
—Sí, claro. Al otro día hablé con mis viejos. Tenía la necesidad de blanquear la situación y de que alguien me dijera algo…
—Algo como qué…
—Algo que me ayudara a decidir, a sentirme más segura. Después de cenar les dije a mis padres que tenía que hablar con ellos. Y ahí nomás les largué todo. Mi papá se puso como loco. Me dijo que justo yo, que cursaba medicina, no sabía cómo cuidarme. Siguió con un discurso del esfuerzo de ellos para que estudie, que era una irresponsable y bla, bla, bla… Mi vieja lloraba. Yo les pedí perdón. Otro momento de mierda.
En fin, al día siguiente mi viejo me fue a buscar a la facultad y, fuimos a un bar a tomar algo. «Mirá, Sofi, esta situación es muy difícil para mí. Me parece, además, que no estás preparada para ser madre. Conozco una clínica donde hay un médico de mi confianza. Pensalo y coordinamos un día. Por ahora es una bolsa de células y no afectaría a tu salud.
—Que no afectaría a tu salud… ¿en qué sentido?
—Qué sé yo, supongo que me quiso decir que, al ser tan reciente, no corre riesgo mi vida, que es algo simple. A mí me caían las lágrimas, ¿viste?, esas que son involuntarias. Me sequé con la manga del buzo y le pedí que me llevara a casa. Me sentí contenida y a la vez abandonada. ¿Vos podés entender esta contadicción?
Cuando llegué, entré a la cocina y mi mamá seguía llorando. «Menos mal que llegaste hija», me dijo, y continuó: «Sentate por favor, quiero decirte que ayer quedé como shockeada: no es lo que esperaba de vos; pero bueno, un hijo es siempre una bendición. Cuando me quedé embarazada, tu padre recién empezaba a trabajar como abogado. Todavía alquilábamos y realmente nos tomó por sorpresa, estábamos un poco desconcertados; sin embargo fue hermoso tenerte. Tu papá fue creciendo profesionalmente, después llegó tu hermano, y hoy tenemos una gran familia, una casa… Cuando uno quiere, se puede». «¿Y vos mamá? ¿Qué fue de tu vida, de tu carrera?, le pregunté sabiendo la respuesta. «Y bueno, yo soy mamá. Algún día continuaré mis estudios, cuando tu hermano termine el secundario quizás…». Ok, gracias, le contesté, y le dije que necesitaba descansar. «Pero, nena, decime algo. Yo estaría feliz de tener un nietito», seguía hablando mientras yo caminaba hacia mi cuarto. «Un nietito de una nena, según ella», pensé. Además, era obvio que ni habían hablado del tema con mi papá. «No hagas nada de lo que te puedas arrepentir», fue lo último que dijo ese día. Me acosté sin poder dormir, aunque tenía sueño; es todo una contradicción mi vida.
A la noche hablé con mi amiga. Palabras más, palabras menos, me dijo lo mismo que Rodrigo: es tu cuerpo, es tu vida, yo te apoyo en lo que decidas.
Sofía se arqueó sobre su propio cuerpo y, flexionando las piernas las rodeó con sus brazos.
—La verdad es que sí tengo miedo.
—¿Y, a qué le tenés miedo?
Sofía piensa en la pregunta. Luego de unos minutos, responde:
—Es ese miedo de siempre. De pronto en este momento me vino a la cabeza cuando ingresaba a los exámenes de medicina. El miedo me paralizaba, se me hacía una laguna en la mente y no me acordaba de nada. Y pensaba en la reacción de mis padres, que me esperaban ansiosos en casa deseando un buen resultado.
—¿Era miedo al examen o a la opinión de tus padres?
El silencio se tornó pesado, pero necesario, hasta que Sofía respondió:
—Las dos cosas: por un lado, ese miedo de mierda, de estar en una situación sola, donde todo dependía de mí; y por el otro, la presión de mis viejos.
—¿Pensás que es el mismo miedo que sentís ahora?
— Por un lado, sí, pero hoy la realidad es diferente, Esteban.
—¿Por qué creés que es diferente?
— Porque esto no es un examen. Igual, no sé qué voy a hacer.
—Entonces habrá que re pensar qué es lo que te está provocando miedo en este momento.
Silencio.
—Nos vemos en una semana, Sofi.

A la semana siguiente, cuando Esteban se despidió del paciente anterior a Sofía, miró hacia la sala: ella no estaba. En un gesto rápido, observó su reloj y, regresó al consultorio. Esperó media hora mientras organizaba algunas fichas de pacientes y cambios de turnos. Sofía no asistió a la sesión.

 

SÍNTOMA

El día de la próxima entrevista, habían pasado diez minutos de su horario y no llegaba. Esteban pensó que había abandonado la terapia y de pronto se abrió la puerta.
—Hola, Esteban —dijo Sofía, y agregó—: Perdón por la demora.
—No te preocupes. Adelante.
La joven se sentó en el diván, esta vez con cierto cuidado.
—Primero te quiero pedir disculpas porque no pude venir la semana pasada, y no te llamé para avisar. Tampoco fui a la facultad ni al gimnasio. —Su voz empezaba a quebrarse—. Estuve muy descompuesta y sin ganas de nada. Mi vieja no me habla. —Esa última frase apenas se entendió, cuando estalló en un llanto íntimo e insondable que fue trepando hasta la tristeza más profunda.
Esteban le acercó unos pañuelos descartables. Esperó a que el desahogo siguiera su curso. Cuando la notó más tranquila, intervino:
—¿Qué es lo que te produce tanta angustia? —le preguntó.
—Lo que hice.
Silencio prolongado.
—¿Y qué fue lo que hiciste?
—Aborté, no podía con todo esto. Por un lado, estoy aliviada; sin embargo, no logro quitarme la culpa y detesto esta sensación de sentirme condenada por la mirada de mi madre.
—El deseo de tu madre no es tu deseo, Sofía.
—Lo entiendo perfectamente, y lo venimos trabajando hace rato, aunque me cuesta horrores liberarme de esta sensación incómoda, como si hubiera hecho algo malo. ¿Sabés qué fue lo último que me dijo?: Que era muy egoísta y nunca iba a ser una buena madre. Y yo quiero ser mamá, te lo juro, pero no en este momento.
Con los ojos hinchados de lágrimas, volteó la cabeza hacia el costado del sillón y, mirando a Esteban, le dijo:
— ¿Te puedo pedir un cara a cara?
—Sí, por supuesto contestó de inmediato él.
Sofía se sentó en la silla frente al escritorio de su terapeuta. Se miraron un largo rato en una afonía de palabras que no hubieran tenido sentido. Hasta que ella quebró nuevamente en un llanto donde la tristeza se mezcló con la emoción. Cuando se repuso, hundió sus ojos en los de él y, con una mirada suplicante, le preguntó:
—¿Vos creés que nunca seré una buena madre y que soy una egoísta?
—Eso es lo que dice tu mamá. ¿Vos qué creés?
—Creo que tengo que empezar a separar…
—Considero que, a pesar de tu angustia, ya lo estás haciendo, porque pudiste situarte desde el lugar de tu deseo y actuaste en función de él sin que el otro interfiera en tu decisión. Es un buen comienzo.
Se despidieron con un beso.

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