Se vende

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Un día más…cuidadosamente programado para no sufrir sobresaltos… Así, como debe ser, si uno no quiere ser sorprendido; si uno quiere transcurrir tranquilo por la vida.

Se levantó temprano. El día estaba gris y llovía. Típico de otoño: nada inesperado, como debe ser. Con la agenda prolijamente ordenada, se dispuso a trasladarse a su consultorio. La esperaba una larga lista de pacientes que, a pesar del clima, asistieron con puntualidad. Como debe ser. Escuchó, recetó, aconsejó.

 Y a las siete de la tarde, según lo previsto, se quitó el guardapolvo y salió a la calle. El clima había empeorado. Demasiado frío para esa estación del año. No debía ser así. Un leve malestar se le metió en el alma, como el frío en el cuerpo. Puro cansancio, pensó…pero bueno; en solo media hora, estaría de regreso en su casa. Como debe ser.

Giró en la avenida. El tráfico estaba inusualmente aturdidor y embotellado. Tendría que armarse de paciencia para llegar. Después de recorrer unos kilómetros, giró de nuevo y tomó otra calle, más despejada. Se relajó, puso música y volvió a recobrar el dominio y la tranquilidad de la vida sin sobresaltos. Como debe ser.

Casi oscurecía cuando volvió a girar y se metió en el barrio colindante al suyo. Siempre recorría sus calles, que conocía de memoria; con la alegría que anticipaba la llegada a su refugio, a su casa. Faltaban sólo algunas cuadras. Pasó por aquella esquina, la de la casa, y en ese momento una ráfaga helada, sacudió un cartel de “Se vende” que alguien había colocado en la reja. Sintió un dolor agudo en el corazón, en el cuerpo, como si el cartel al levantarse por el viento, le hubiese pegado.“¡¿Cómo?! ¡¿Qué?! ¡Imposible!”En ese instante perdió la noción del tiempo y del espacio y la tarde se transformó en noche cerrada. Con dolor en el alma siguió recorriendo calles y lugares que no conocía hasta que se detuvo quién sabe dónde. El mundo a su alrededor había desaparecido, así que no podía más que dejarse llevar dentro de sí misma.

Esa casa… la de sus abuelos…Conocía cada rincón. Todavía olía el perfume del jazmín de la galería y del pasto recién cortado en las tardes de verano que pasaba en ella. El living, siempre ordenado, con los adornos que no se podían tocar, pero ¡tan cálido! Con el hogar a leña en cuyo interior crepitaba el fuego en el invierno. Y se veía a sí misma, sentadita en un cómodo sillón, contemplándolo. Y pensando; o leyendo. Y rezando también. Las habitaciones agradablemente decoradas en azules y verdes unas, ocres y marfiles otras. Su camita, que siempre la esperaba lista para cuando la dejaban quedarse a dormir… Y lo más fascinante de la casa: esa biblioteca de madera, que estaba en el escritorio, cuyas puertas con vidrios dejaban ver las ventanas infinitas que eran los libros de los abuelos…

¿Quién podía atreverse a vender esa casa y con ella esa parte de su vida que era su vida misma? ¿Con qué permiso podían poner un cartel de “Se vende” o lo que es lo mismo “Te mato”?

El dolor se mezcló con tristeza… La casa era intocable. Perenne. Era el cariño y la ternura. Era la vida y si la vendían ella moría. Lo imposible había tomado la forma de un “Se vende” en esa tarde de un día cualquiera. Levantó la vista: el barrio había vuelto a serle familiar. Con lo que le quedaba de sí misma, puso en marcha el auto y giró hasta encontrar el camino a su casa.

Al día siguiente la esperaba otro día como tantos; cuidadosamente programado para no sufrir sobresaltos… Así, como debe ser, si uno no quiere ser sorprendido; si uno quiere transcurrir tranquilo por la vida. Con la agenda prolijamente ordenada y la larga lista de pacientes que la iban a esperar y a quienes atendería con el alma muerta y la dedicación de siempre. Como debe ser.

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