De cuerdas y adoquines

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Ahí está como siempre: el viejo de la guitarra haciendo bailar las mañanas con su música. La gente sonríe cuando lo escucha. Cuando toca, enciende su presente apagado. Vibra con las cuerdas y respira hondo mientras sus orejas tiran de las sogas atadas a su boca. Sonríe con toda la cara y su rostro surcado descubre el recorrido de estos cables de expresión. 

Varias veces me detuve a observarlo. Él es ciego pero no necesita ver para saber que estoy. La guitarra es todo en su vida, su único vínculo, amor y sustento. Hasta el estuche lo perdió una noche mientras dormía. Alguien sin corazón le robó. A partir de ahí la tapa con una manta todas las noches para que no quede a la intemperie como él. Se preocupa en alimentarla todos los días con arpegios y punteos que también disfruta. La limpia. Sus trastes, ya bajos por la antigüedad, brillan orgullosos y la caja suena como hace quince años. Ama demasiado a este instrumento que es lo único que tiene en el mundo. No hay familia ni amistades que lo demanden. Se ha ocupado que su final sea así: solo.

Decidí ir hoy a escucharlo por última vez. Camino a su escenario de adoquines en la peatonal, me puse reflexiva como siempre en estas situaciones. Me pregunté: ¿quién cuida a quien?, ¿el viejo mantiene viva a la guitarra o es al revés? 

Empieza a anochecer y la gente va despoblando el centro. Me siento cómoda en la noche y, saber que faltaba poco para llegar, me pone de buen ánimo. Estando a una cuadra escuche su música. Me encanta su arte, pero me molesta saber que son las últimas piezas que escucho de él.

 Siendo la única espectadora y conociendo la melodía, me senté a su lado para disfrutar el final. Él me sintió cerca y sus orejas soltaron las cadenas. La sonrisa desapareció y calló las cuerdas con la palma de la mano. Giró la cabeza hacia donde yo estaba y se quedó un instante acariciando toda la extensión del mástil. Mientras lo miraba me pregunté: ¿qué pasaría con la guitarra cuando él no esté? o ¿qué pasaría con él si no estuviera la guitarra? Se complementaban desde hacía años. Ya eran uno solo. ¿Podría uno sin el otro? Decidí no separarlos. 

 El viejo, con la cabeza escondida entre los hombros, dejó la guitarra en el piso y se sentó apoyando la espalda en la pared. La cuadra estaba desierta. No se movía una sola hoja de ningún árbol. La luz que nos alumbraba se apagó. Me levanté y pisé las cuerdas donde termina el clavijero. Instantáneamente el viejo se agarró el cuello con ambas manos. Hice presión, y empezó a ahogarse, tosía solo cuando lograba dejar pasar algo de aire. Me paré encima para quebrarla. El viejo, ya tendido en el piso, se agarraba el corazón y abría la boca buscando respirar. Todavía parada sobre la guitarra saqué de mi bolso una cuchilla curva y la apoyé sobre la más aguda de las cuerdas. El viejo dejó de moverse, pero seguía con las manos en el cuello. No quise demorar más el proceso y con fuerza corté las seis cuerdas de un solo movimiento. El sonido del latigazo pegando en la caja de la guitarra coincidió con el ruido de sus brazos sin vida golpeando sobre los adoquines.

 

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