Chisteras gemelas

Chisteras gemelas

Primer premio – Concurso “Oscars de la Escritura” – 2022

Oooohhhhh meseeeeerooooooo —canta el cliente con sombrero de copa negro mientras mantiene la mano levantada, atrayendo la atención de todos y en especial del mozo de la cafetería—. Meseeeeerooooooooo.

—Ya lo escuché, señor —responde el joven fastidiado de su trabajo—. Tan solo espere un segundo que estoy con otro cliente

El cliente del sombrero exhala indignado y hasta sorprendido. Se levanta del asiento y camina con mucho vigor hasta el camarero.

—¡¿Cómo que estás con otro?! ¡¿Quién es el otro?! ¡¿A quién me escondes, Roberto?! —interroga el hombre de la gran chistera con lágrimas a punto de escaparse.

—Me llamo Carlos, señor, y mi trabajo es atender a varios clientes —aclara el joven empleado con los ojos entrecerrados.

—¡¿Qué más me estás escondiendo, Julio?! —grita el hombre y se cruza de brazos mientras respira con fuerza, como si estuviera por explotar de ira.

—Le juro que nada, señor. Si me espera en su mesa, iré a atenderlo de inmediato.

El de sombrero lo analiza con un ojo y rompe el ceño con una sonrisa para darle unas palmaditas en la cabeza al joven.

—Entonces no te demores tanto, mi pequeño Leonardo —dice y regresa a la mesa.

El empleado suspira agotado y regresa a hacer su trabajo. Después de unos pocos minutos, se acerca a la mesa del sujeto que no recuerda su nombre.

—Bienvenido a Tardes de Pepe. ¿Puedo pedir su orden? —dice sin ninguna pizca de vida y con una sonrisa más falsa que los padres de un huérfano.

El hombre comienza a llorar, a respirar muy agitado y se suena la nariz con un pañuelo.

—¿Qué le sucede, señor? —pregunta el joven obligado por su empleo.

—Nadie nunca se había preocupado por mí de esa forma.

—Solo hago mi trabajo, señor. Le pido que no lo haga más difícil.

—¡En ese caso, mi joven Paulo, le recomiendo agrandar su sonrisa y mirar al cielo! —exclama el hombre con tal rapidez que las lágrimas se le secan al mover la cabeza hacia arriba, desprendiendo motivación con su sonrisa—. La vida es muy corta como para estar triste, debe sonreír y afrontar las adversidades con una voluntad inquebrantable.

—Tomaré su consejo, señor —responde con la misma falta de esperanza que la de un adolecente gordo enamorado de la más linda del curso y con un novio deportista—. ¿Ahora podría decirme qué quiere?

—Está bien, pero… no seas tan brusco conmigo, es mi primera vez en esta cafetería —responde el de la chistera con la mirada baja mientras se toca la punta de los dedos—. Quisiera un licuado de melón, por favor, si no es mucha molestia, porque, si lo es puedo, pedir otra cosa.

El joven mozo suspira antes de responder:

—Lo siento, señor, pero no tenemos ese licuado.

—¡¿Cóooooomoooooooo?! —grita el hombre y golpea la mesa con mucha fuerza, volviéndose a ganar la atención de todos los clientes—. ¡Exijo ver al gerente!

—Podría tan solo pedir otra cosa, como usted dijo.

—No puedo hacer eso, dañaría mi orgullo. Necesito solucionar este conflicto mediante fuerza letal —dice para sí mismo mientras planea algo con una sonrisa malévola—. Pero no tengo ningún tipo de arma. Ya sé. —El hombre chasquea los dedos y abraza al joven para inclinarlo como a una bailarina. —En verdad valoro nuestro tiempo juntos, Mauricio, pero el deber me llama. Tan solo quisiera estar un poco más de tiempo contigo —agrega, cerca de los labios del mozo, quien sigue con la cara ausente de interés.

—Lo que usted diga, señor. ¿Me deja volver al trabajo?

—Claro, joven Penélope, el trabajo es muy importante. —El cliente de la chistera lo suelta y camina hasta la salida para ver al mozo de reojo. —Volveré —dice con dramatismo y se pone unos lentes de sol que le roba a otro cliente en ese mismo instante.

El hombre sale y, enseguida, un portazo tira a una mujer al piso, y el cliente del sombrero de copa ahora entra con un monóculo en el ojo derecho, seguido de dos matones muy robustos como guardaespaldas. El joven mesero vuelve a suspirar falto de vida y cansado de su rutina.

—Señor, aún no tenemos licuado de melón —aclara el mozo sin ninguna pizca de miedo debido a que el desinterés lo aparta de otras emociones.

—Ya lo sé, pequeño Daniel —responde el hombre con soberbia—. De hecho, uno de mis subordinados me lo dijo hace dos días y, al ser mi local favorito, no podía permitir que alguien de mi familia no pueda disfrutar una tarde conmigo en este lugar.

—Señor, llevo trabajando en este local por cinco años y nunca lo he visto.

—¡No digas tonterías, Mariano! —grita con imponencia y todos en la cafetería se asustan al verlo sacar una pistola—. ¡Esto no es contra ti, solo quiero hablar con el dueño sobre su selección del menú! ¡Ahora!

De repente, la puerta de la cocina se abre con brusquedad y un hombre de chistera blanca,  con un monóculo en el ojo izquierdo, sale dando tumbos con una pistola en mano para apuntarle al del sombrero negro.

—¡Aparta esa arma de mi querido Nahuel! —grita con una voz muy aguda, como si hubiera respirado mucho helio antes de salir— ¡Si no lo haces, me veré obligado a dispararte, hermano!

Todos, a excepción del joven mesero, exhalan sorprendidos por tal revelación. Al instante, los matones sacan sus pistolas y le apuntan al dueño, pero dos cocineros salen para apuntarles con más pistolas. Es así como todos terminan apuntándose entre ellos mientras los clientes permanecen expectantes. El joven mesero suspira fastidiado porque no lo dejan trabajar, pero sin intenciones de interrumpir porque odia su trabajo, y se sienta en una mesa a observar lo que sigue de toda esta locura poco interesante para él.

—¡Sabía que me estabas engañando, Manuel, pero no sabía que era con mi propio hermano! —exclama el hombre de chistera negra—. Pero entiendo que no tuviste opción, así que te perdono, pero jamás te perdonaré a ti, hermano menor. —Rápidamente, le apunta al de sombrero blanco. —Te llevaste a Julio y ahora te quieres quedar con Rodolfo.

—¡Sabes muy bien que Esteban es mío! —responde el hermano.

—Si saben que me llamo Carlos, ¿no? —pregunta el joven mesero fastidiado—. No es un nombre muy complicado de memorizar.

—¡Silencio, Miguel, esto es entre mi hermano mayor y yo! —grita el de chistera blanca.

—¿Puedo exigir mi renuncia?

El hermano menor, dueño de la cafetería, grita con furia en un berrinche:

—¡Mira lo que provocaste con tus estupideces, hermanote!

—¡No es mi culpa que Samuel se quiera ir conmigo! —responde el otro con una sonrisa ganadora—. Claramente, no podías satisfacerlo como yo.

Mientras tanto, los clientes se encuentran confusos por no saber lo que está pasando, pero la presencia de las armas y el drama los hace quedarse a mirar.

—Oigan, yo dije que quiero renunciar, no que me quiero ir con alguno de ustedes —interviene el joven mesero ya harto de ver que lo tratan como si fuera un amante—. Suponiendo que hablan de mí, porque ni siquiera se acuerdan de mi nombre y es muy confuso…

—Espera, Raúl —interrumpe el de chistera blanca con los ojos húmedos—. Prometo que mi hermano mayor nunca se te acercará, pero no me abandones. Eres la razón por la que este negocio se mantiene a flote.

—No es cierto.

—¡Sí lo es en mi corazón! —exclama, estallando en llanto mientras que los cocineros le dan la razón sin bajar las armas.

El joven empleado se agarra la cien, intentando contener toda la irritación. Ya le es casi imposible mantenerse estoico en una situación tan ridícula.

—¡No lo escuches, mi querido Lionel! —grita el de chistera negra con la voz ahogada en un intento de retener las lágrimas, pero entra en desesperación—. ¡Nuestro destino es estar juntos, así lo predijo la profecía! ¡Tú y yo debemos volvernos uno!

—¡Así es! —gritan sus guardaespaldas estoicos, pero con determinación.

Los clientes se dejan llevar por las emociones y el drama, enganchándose a la escena como con la telenovela de la tía. Algunos incluso comienza a animar a Carlos para que se valla con el señor del sombrero negro, pero otros le gritan que debe quedarse con su primer amor, el de chistera blanca. Es así como todos los clientes del local comienzan a discutir cuál es la mejor pareja mientras los señores de chisteras siguen gritándose, echándose la culpa entre ellos por todo este desastre.

La cafetería, Tardes de Pepe, se volvió un griterío de fanáticos y mafiosos que luchan para que Carlos elija a uno de ellos. Hablando de él, el joven empleado vuelve a su desinterés total, porque no quiere darle importancia a un drama sin pies ni cabeza y acuesta el rostro en la mesa, lamentándose haberse levantado esta mañana.

Es entonces que las puertas de la cafetería se vuelven abrir con fuerza, pero, esta vez, se rompen en mil pedazos y uno de esos termina en el pie de un hombre, que grita de dolor hasta desmayarse. Todos los cliente voltean a ver sorprendidos, el joven levanta la mirada exhausto y los hermanos de chisteras gemelas ven con temor a la persona que acaba de entrar. Los guardaespaldas de cada uno sueltan las armas y se inclinan ante el gran hombre robusto en la puerta.

Un señor de chistera gris, y un monóculo en cada ojo, se acerca con los brazos cruzados a ambos hermanos.

—Ma…Marcelo —titubean aterrados a la vez.

—Mi querido Mario —pronuncia el grandote con una voz gastada, mirando al de chistera negra—. Mi querido Pepe —dice y ve al de sombrero blanco—. Me decepcionan, creí que los adiestré de la forma correcta para que tuvieran éxito en sus negocios. —Los hermanos bajan la mirada. —Yo les brindé todo, con la única regla de que no vuelvan a pelear por una chica. Se suponía que ya maduraron, son el futuro rostro de mi empresa, tienen que estar en equilibrio y en control. Eso representa las chisteras.

—No lo entiendes, Marcelo —dice Pepe determinado, habiendo abandonado el temor.

—Así es, peleamos por algo mucho más importante que una chica —continúa Mario, desafiando a Marcelo con la mirada.

—Entonces, ¿por qué luchan? —Ambos se miran entre sí y se ruborizan antes de voltear hacia el joven empleado que permanece confuso. —Oh, ya veo.

Carlos suspira con pesadez y dice:

—Ya recordé por qué detesto las chisteras. —Se levanta y camina hasta el hombre robusto. —Cuando dijiste que conseguiste herederos más parecidos a ti, en serio no creí que fueran tal cual como tú.

Marcelo levanta una ceja y, en un rápido movimiento, abraza con fuerza al joven mientras chilla entre lágrimas.

—¡Mi legendario Dylan, me alegro que estés sano y salvo después de un evento tan problemático! —exclama sin querer soltarlo.

—Ya suéltame, papá, te dije que no me gustan tus muestras de afecto —revela y toda la cafetería exhala sorprendida hasta caerse al piso—. Quiero irme a casa —dice al soltarse del abrazo y camina hasta la salida—. Ya me cansé de este sitio.

—Pero,  mi increíble hijo Fausto, creí que querías experimentar el trabajo de una persona normal —dice Marcelo con una gran sonrisa burlona.

—Ya lo hice y fue horrible, no sé cómo la gente pobre no se vuelve loca.

—Entendido, espérame en la limosina, mi amado hijo Sandra —indica y le lanza un beso muy cariñoso.

—¡Carlos, ese es mi puto nombre , papá! ¡Y lo sabes maldita sea! ¡Los odio a todos! —estalla en furia para encerrarse en el auto.

Marcelo vuelve a mirar a los hermanos con imponencia mientras ellos se agachan, intimidados por tal presencia.

—Entonces, ¿quisieron conquistar a mi hijo Steven? —Ambos asienten aterrados por el castigo que vendrá. —No me quedará otra que… —Toda la cafetería queda en silencio a esperas del castigo del verdadero jefe de la mafia. —Darles mi bendición —aclara con una sonrisa bonachona y todos los clientes vuelven a caerse por el asombro—. Ambos son mi mayor orgullo. Mi hijo es difícil, pero estoy seguro que…

—No, gracias —interrumpe Mario con la mirada bajo la sombra de la chistera—. Lamento decirle que el joven Paulino ya no me interesa. Ahora estoy enamorado de otro. El joven Sebastián solo fue un amor de verano. —Algunos clientes se desmayan por todo el suspenso y el drama mientras que la mayoría se confunden porque es primavera. —¡Ahora busco el amor y la pasión de ti, mi querido Cristian! —exclama y señala a un hombre que acaba de entrar.

—Hola, mi nombre es Leonardo y vengo a entregar un paquete al señor Pepe —dice el cartero sin prestarle atención a su alrededor.

Mario exhala sorprendido y voltea hacia su hermano para apuntarle con la pistola.

—¡Siempre quieres llevarte lo que es mío!

—¡Eres tú el que no puede aceptar que nadie te quiere! —exclama Pepe, señalándolo con el arma.

2 Respuestas

  1. Vicente dice:

    Me encantó. Un delirante relato que te atrapa en su ¿absurdo? hasta el final. Felicitaciones!

  2. Qué locura tan hermosa la de este cuento. Felicitaciones al autor.

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