Espejos

Espejo

No te gustaban los espejos, porque ahí siempre estaba él.
No tenías nada en contra de él: el problema era que los otros parecían creer que eras él. En aquel entonces no sabías cómo demostrar que se equivocaban, así que les seguías la corriente.
Durante años intentaste ser él. Te reíste de chistes que no te hacían gracia, fingiste que no te aburrían las charlas de fútbol con tus amigos, escondiste tu dolor en sobreactuadas demostraciones de ira. La puesta en escena te salía tan bien que, por un tiempo, hasta vos te la creíste.
Hasta que un día estabas frente al espejo y, como siempre, lo viste. Esa vez, respondiste como lo hubiera hecho él: agarraste algo, no recordás qué, y se lo arrojaste. Entre los vidrios rotos del espejo, viste sus ojos, y en ellos viste tu angustia.
Desde ese día, él empezó a irse de a poco. Y, de a poco, empezaste a aparecer, cuando te dejaste crecer el pelo, cuando empezaste a afeitarte, cuando te animaste a vestirte como querías.
Hoy, los espejos ya no te molestan: ahora sí te ves, y te ves hermosa.

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