El mundo de Luisito

Luisito se sienta frente a la ventana de su habitación en planta alta y observa. Por encima de los arbustos del cerco, ve a Laila, su vecina, regresar de la escuela y jugar con su perro peludo antes de entrar a casa.

Luisito acaba de cumplir 9 años, hace dos que vive en esta casa, y uno que observa a Laila regresar de su escuela. Van a escuelas distintas. En la de Laila, hay muchos chicos y pocas maestras. En la de Luisito, hay pocos chicos y varias maestras para atenderlos. En la de Laila, hay barullo y gritos cuando juegan en el patio. En la de Luisito, hay silencio y no salen al patio. Ni siquiera hay patio, aunque sí un jardincito muy verde al que salen los días lindos.

Luisito reconoce los pasos de su mamá entrando a su cuarto.

—Acá está tu Nesquik, mi amor. Con un poquito de azúcar y la cucharita para que lo revuelvas vos. Lo pongo en la mesita. Cuidado, no lo vuelques.

 No mira a su mamá ni a la bandeja; no necesita hacerlo, porque sabe perfectamente lo que está sucediendo. Recién cuando su mamá se retira hasta la puerta, él se acerca a la mesa y mira. Ve que hay solo dos galletitas, no tres. Debería haber tres. Una vibración incómoda le aturde la cabeza. Debería haber tres. La vibración aumenta y le toma el pecho. Emite algunos gemidos y empieza a golpear sus sienes con los puños para acallarla. Su mamá se acerca a él, sin tocarlo:

—Uy, cierto, las galletitas. Es que se acabaron, mi amor. Me olvidé de comprar. Solo quedan estas dos.

Viendo que los gemidos continúan, la mamá retira las galletitas y las esconde en sus manos.

—Ya está, mi amor. Mirá, no hay ninguna. Ninguna está bien, ¿cierto?

La vibración cesa y Luisito deja de gemir y de golpearse. Con expresión serena y sin mirar a su mamá, revuelve tres veces el Nesquik y coloca la cucharita en el lugar que le corresponde, paralela al borde de la bandeja. Bebe el Nesquik lentamente y sin separar los labios del vaso hasta acabarlo.

El mundo de Luisito es así, seguro y confiable. No admite errores. Está regido por un orden estricto en el que repite sus rutinas, organizadas sobre ciertos ordenadores en los que confía, como el número tres, las líneas paralelas y las matrices simétricas. Lo construyó poco a poco, desde que abrió los ojos por primera vez, para protegerse de las amenazas: los cambios bruscos, los sonidos chirriantes que lo aturden y los círculos blancos que esconden cosas feas. O el dos, que hace que todo se caiga y se rompa. Cuando sus ordenadores son transgredidos, se desdibujan los límites y entran los terrores.

Antes de retirar la bandeja, la mamá le anuncia: «Mi amor, te voy a dar un beso». Entonces todo está bien, y Luisito puede recibir el beso y disfrutarlo. Aunque no dice nada, porque lo que siente en su cuerpo está desconectado de sus palabras.

De vuelta en su observatorio, se queda mirando hacia la ventana de Laila. Algunas veces, como ahora, ella aparece, le sonríe y lo saluda. Y él la mira, a ella sí la mira. Siente algo lindo cuando la mira. Distinto de lo que le pasa con sus compañeros de la escuela especial. Y cuando ella desaparece de la ventana, él se queda imaginando que un día sale a esperarla en la vereda y juegan juntos con su perro peludo. Pero al mismo tiempo sabe, a su manera, que hacer eso implica exponerse a muchas amenazas e incertidumbres que podrían romper los límites seguros dentro de los que ya se maneja tan bien.

Deja la ventana y se sienta en el piso, junto al rompecabezas de quinientas piezas que dejó a medio armar. Elige una pieza y, antes de colocarla, lo inquieta un pensamiento que cruza fugaz por su mente: «Quizás mañana podría …». Enseguida desaparece, y todo está bien otra vez, y coloca la pieza en su lugar.

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