EL CAMELLO DE COLORES

—Gracias por venir, Julia. Te llamé para contarte algo muy delicado.

—¿Delicado? —preguntó ella mientras servía té.

—Sí, tanto que puede afectar la vida de millones de personas. Y es justamente lo que me preocupa —dijo el doctor Ronberg con las manos en los bolsillos parado junto a la ventana—. Además —continuó—, tengo poco tiempo, muy poco tiempo.

—La verdad, no entiendo. ¿Alguna señal del más allá?

—Amiga, ¡por favor! ¿Otra vez con eso del más allá? No es el «allá» lo que me preocupa. Es el ayer, lo que ya pasó… sobre todo, lo que pueda pasar.

El doctor Ronberg caminó hasta la mesa del living, acercó la silla y tomó asiento al lado de Julia. Apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos, le explicó que, como cualquier cambio revolucionario, podría ser usado para bien o para mal. Y, además, debía actuar rápido. 

—Isaac, hoy estás más misterioso que nunca. ¿Babes que justo ayer soñé que algo importante te iba a pasar? Parece que mis sueños son infalibles, ¿no? —aseveró con sarcasmo.

—¿Algo importante? —preguntó mientras se acariciaba la barbilla—. Sabés que no creo en esas cosas, pero, contame, ¿te referís a algo importante bueno o importante malo?

 —Es que no sé cómo decírtelo —dijo inclinándose hacia adelante, gesticulando por sobre la mesa—. Bueno, sabés que las impresiones mentales que me llegan a veces pueden ser subjetivas. Soñé que estabas subido a un camello y, en la lectura de la borra del café, el camello significa que se aproxima una desgracia. Puedo darte algunos amuletos, pero te pido que, antes de tomar alguna medida radical, lo pienses bien.

—¿Camello?, ¿amuletos? ¡Por favor, Julia! —exclamó Ronberg frunciendo el ceño y continuó—: ¿Una desgracia? ¡Esto es algo muy serio!

—El camello también lo es, Isaac. ¿Sabés lo que te hace falta? Mirar tu ojo interior. No todo en la vida se puede comprobar con tubos de ensayo.

—Hablando de tubos de ensayo, vení, seguime —le ordenó Ronberg en tono soberbio.

Caminó hasta el fondo del living y Julia lo siguió. Luego de ingresar un código de seis cifras en un pequeño tablero, una puerta se abrió y bajaron por las escaleras estrechas, tímidamente alumbradas.

Al llegar al sótano, las luces que se encendían a un ritmo armónico iluminaron un gran espacio impregnado de ciencia: frascos de Florencia, embudos, cilindros graduados y paredes tapizadas con fórmulas indescifrables. El doctor Ronberg se paró delante de Julia, la tomó de los brazos y le preguntó:

—Todos tenemos recuerdos, ¿cierto?

—Sí, claro.

—Y también nos pasa que perdemos muchos de ellos, ¿correcto?

—Sí, Isaac. ¿A qué viene todo esto?

Ronberg le hizo señas para que lo siguiera. Cruzaron el laboratorio a través de pasillos entre mesas metálicas y microscopios, e ingresaron a la habitación contigua. Descolgó de un perchero un par de camperas térmicas, le dio una a Julia y le pidió que se la pusiera antes de entrar.

—Aquí está el descubrimiento que cambiará la vida de miles de personas y la de Ruth. —afirmó el doctor Ronberg señalando el lugar.

Dentro de la habitación, una neblina gélida envolvía cientos de tubos de ensayo cuidadosamente alineados sobre estantes de vidrio.

—¡Increíble, Isaac! Nunca me contaste de todo esto. Conozco tu laboratorio en la facultad, pero de este no tenía idea. 

—Logré deducir uno de los mayores misterios de la humanidad.

Julia, frotándose las manos y exhalando bocanadas de vapor, miró a su alrededor y, señalando las vitrinas, dijo con curiosidad: 

—Los tubos de ensayo tienen distintos colores y además no tienen líquido, parecen gases. 

—Son más que simples gases. En este cuarto está Ruth, mi querida Ruth.

El doctor Ronberg se sentó en un banco de madera, secándose las lágrimas que regaban sus mejillas.

—¿Me estás diciendo que tu esposa es un espectro ahora?, ¿partió de este mundo? No sabía nada, Isaac. 

—¿Qué espectro? ¿Qué estás diciendo? Ruth está viva, pero vive en dos lugares diferentes.

—¿En dos lugares? —preguntó Julia con desconcierto.

—Su cuerpo está en un hospital donde la cuidan y la alimentan. Aquí, en cambio, está su vida, su esencia. Lo que fue y lo que es. Y, si todo sale bien, lo que volverá a ser.

—Isaac, no entiendo —murmuró Julia mirándolo a los ojos.

Ronberg permaneció un momento infinito esperando que su boca encontrara las palabras. 

—Ruth tiene Alzheimer. Todos estos tubos de ensayo que ves aquí son sus recuerdos —susurró con voz suave y temblorosa—. Ni bien le diagnosticaron la enfermedad, juré que dedicaría lo que quedaba de mi vida a ayudarla. Le prometí que nunca olvidaría lo felices que fuimos. «Juntos vamos a guardar tus recuerdos y, cuando sea oportuno, los voy a recuperar para vos», le dije. 

—¡Pero eso es una gran noticia, Isaac! Ruth volverá a ser la misma; además de ayudar a miles de personas en el mundo —dijo ella juntando las manos entre las rodillas mientras se acomodaba a su lado—. ¿Y por qué los diferentes colores? —agregó.

—Cada color es un tipo de recuerdo. Pero a eso te lo explicaré en otro momento.

—¿Y ese aparato? —Julia señaló un gran equipo cilíndrico, con paredes de vidrio verde esmeralda y cables de colores colgando en el interior.

—Allí se producirá el renacer de Ruth —respondió Ronberg con satisfacción.

—Entonces, a través de ese aparato, vas a poder reincorporar los recuerdos a su cerebro, ¿cierto?

—Así es. Pero el tiempo se acaba. Debo actuar rápido, ya que su cuerpo se degenera a gran velocidad.

El timbre del teléfono enmudeció al doctor Ronberg y, al atender la llamada del hospital, quedó encadenado por la tristeza.

En ese instante, los tubos de ensayo estallaron uno tras otro, en armoniosa y fatal sincronía, emanando los gases, que dibujaron en el aire un majestuoso camello de colores.

3 Respuestas

  1. Enzo Agustín Galeano dice:

    me gusta

  2. celene paganoni dice:

    me encantó! creo que describe el padecimiento de los que acompañan a seres queridos con estas enfermedades y los esfuerzos por recuperar los mejores momentos.

  3. Maria dice:

    Muy bueno, lástima el final medio que corta de golpe y no resuelve.

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