LA PERSISTENCIA DEL VIENTO

La persistencia del viento

Lunes al mediodía

 

—Comencé a sentirme enfermo como nunca antes —dice el comisario Mike Deer, con un tubo de respiración por bigote.

La periodista del Plover News asiente en silencio y con ojos brillosos.

El médico le cambia el suero al policía y mira a las cámaras con cara de «ok, suficiente».

En la casa, la esposa y la hija de Mike quieren dejar de mirar el reportaje. El tono de cachorrito apaleado con el que habla… Nada les queda del recio Mike, aunque se dan cuenta de que aún así podría conquistar a más de una. Y con la periodista del pueblo parece que está dando resultado: la nota, que no debiera haber durado más de cinco de minutos, ya pasa de los diez.

El comisario también se ha dado cuenta y no pierde la oportunidad de un tiro bien dado.

La hija no soporta más y cambia de canal, a cualquiera. La tele queda en el meteorológico, donde un especialista habla sobre el fin de la temporada de vientos.

La madre mira el plato donde están las chocolatadas migas de la Happy Cake y sus gotas «cósmicas».

—Gracias.

—Agradécele a Peter —contesta la hija.

Podrían sentirse aliviadas. Después de todo, su prometido asumió la culpa y les dijo a las autoridades que les había hecho comer el pastel de chocolate y cannabis engañadas. Había alivio, sí, pero de otra naturaleza.

 

 

El día anterior

 

El domingo, Mike Deer partió con su rifle a descargar furia. Su esposa le había ganado la discusión y, a partir de ahora, el duro comisario tendría un punto débil: sería padre de una porrista del equipo local.

Peter, el prometido de la hija, no tenía tal temple. Tras pensarlo, decidió pedirle perdón con un pastel de chocolate. Si ella quería ser porrista, él no era nadie para impedírselo (en realidad eso le dijo ella cuando discutieron, pero él lo había olvidado y creía que eran fruto de su iluminada conclusión tras una noche de insomnio).

Apenas unos minutos después de que Mike se fuera, conduciendo su camioneta como a un bólido del NASCAR, Peter tocaba el timbre con el codo, ya que con las manos sostenía el pastel.

Después de un intercambio de «perdones» y «te entiendos», los jóvenes engulleron en el living los primeros trozos de Happy Cake, como la bautizó Peter.

Unos bocados después, vieron por la ventana a la madre que volvía de la peluquería. Se miraron y se largaron a reír a las carcajadas. La mujer, ya dentro, no necesitó de mucho para darse cuenta de lo que ocurría. Alguna vez tuvo la edad de ellos (y fue porrista y también «Miss Plover», algo que su hija nunca podría ser, ya que la naturaleza tiene generosidad selectiva).

—Marihuana, ¿verdad? —les dijo sin rodeos.

Los jóvenes se miraron y lloraron de risa. Peter, sin poder mentirle, redobló la sinceridad:

—Con marihuana sobrevuelas Plover, suegra. —Sacó un frasco medio lleno del bolsillo—. Esto es mucho mejor: aceite de cannabis, combustible para viajes interestelares.

Ella se sirvió una porción. Plover era el lugar donde menos quería estar en ese momento.

Y algo del argumento cósmico quedó rondando, porque el prometido se imaginó siendo una nave espacial ávida de entrar a nuevos mundos, y la madre un planeta ansioso de ser descubierto hasta lo más profundo de sus entrañas.

La hija, en cambio, comenzó a sentirse un satélite al que la Happy Cake le otorgaba una enfocada y retrospectiva lucidez.

Enfocada: dejó de importarle el intercambio cósmico entre su prometido y su madre. Atraída por un destello, fue a la cocina. Sobre la mesa, la insignia del comisario reflejaba el ventoso brillo de la luna.

Retrospectiva: el brillo de la placa metálica la llevó a aquella tarde en la que había ido a la comisaría a ver a su padre. En las afueras del edificio estaba aparcado el furgón del Plover News. Si bien era habitual que estuviera, porque Mike Deer era la voz oficial, la de la mano dura en los asuntos de la policía local (grescas domésticas, asaltos a la mini tienda de la gasolinera, cacería ilegal de venados y otros delitos pueblerinos), a ella la ocasión le resultó extraña. El caso del fabricante de aceite de cannabis era lo más trascendente en los últimos cincuenta años de la historia de Plover… ¿y su acerado padre no estaba para hablar de ello?

Lucidez: al salir de la comisaría, se encontró con la periodista y con su padre. Ella la saludó afectuosamente y le explicó que volvían de hacer una toma de exteriores. «Le ha sentado muy bien, ¿sabes? Hay que romper el estereotipo del policía duro.» Él sonreía nervioso, con el sol destellando en la placa de policía que llevaba en el cinturón, cerca de la bragueta a medio subir.

«La placa», piensa la hija. Tenía mucha hambre, pero se controló. Debía cuidar las últimas migas de lucidez que le quedaban. Comenzó a oír gemidos y gruñidos que venían del living. Pensó en su madre y su prometido, en su padre y la zorra del micrófono.

Finalmente reconoció esos ruidos por su persistencia.

La placa brillaba en la oscuridad. La tomó. Con la punta escribió «DAD» en el pastel y clavó la insignia. Por la ventana vio a los árboles bailar con el viento y se rio. Parecían los Village People.

 

 

Lunes a la madrugada

 

Mike Deer vuelve de cacería, orgulloso de sí mismo. Ningún viento le iba a quitar la oportunidad de unos tiros bien dados. En la cajuela de la camioneta yace su recompensa: un venado de los grandes.

Entra por la cocina, para no hacer ruido, y se encuentra con un cuarto de ese «pastel feliz» de chocolate. Tiene clavada su placa de comisario y, en la cobertura hay unos garabatos que, luego de mirarlos un rato, distingue una palabra: «DAD».

Se ríe de la broma y mira el reloj: son pasadas las cinco de la mañana. Tarde para dormir, temprano para trabajar. Desentierra la placa del dulce fango y se lleva la punta chocolatosa a la boca. La chupa y nota un dejo extraño en el sabor, pero a la vez relajante. Y eso es justo lo que necesita.

 Cuando engulle el último bocado, baja la escalera y llega a la planta alta, donde están los dormitorios. Sobre la cama hay una mujer incandescente y un ángel que flotan en el aire, abrazados.

Tratando de no despertarlos, revuelve el placar hasta que da con el uniforme. Le cuesta ponérselo. Se siente un gigante vistiendo ropas diminutas. Siente que no debiera haberse comido todo el pastel. Siente unas irrefrenables ganas de bailar. Siente que va a llorar de alegría. Y siente que se siente mujer.

Baja otro nivel de la escalera y llega al cielo. El venado pasta en la cajuela de la camioneta. Se acerca y lo abraza, hermanado en la eternidad, hasta que un sonido persistente le hace volver la vista en dirección a la casa. Mira la ventana del living. Sus postigos de madera gimen y gruñen, movidos por el viento. Le parecen alas. Sí, eso es lo que son, y hacen viento. Todos los vientos del mundo. Sí, todos los vientos del mundo nacen en su pequeña Plover. Se siente orgulloso de ser el comisario de esa pequeña ciudad, una ciudad con alas de postigos que se abren y cierran ruidosamente.

Camino a la comisaría, mira por el retrovisor. Ahora son tres los venados. Observa sus caras. Las reconoce: Washington, Lincoln y Roosevelt. Y se pregunta si no son cuatro los presidentes tallados en el Monte Rushmore. Claro. Pero ¿y el cuarto dónde está? Ah, ahí. Respira aliviado cuando ve a Jefferson asomarse por la ventanilla de la camioneta. ¡Y qué parecido que es a Peter, su oficial subalterno!

 

 

Tapado con una manta, para que nadie lo fotografíe en ese estado, Peter ingresa al comisario Deer al hospital de Plover.

Su hermano, el doctor John Deer, lo espera para practicarle un lavaje de estómago. Se ha asegurado de que estarán a solas, para, de paso, sacarse la culpa y confesarle que es el fabricante del aceite. Mike solo atinará a mirarlo con una lucidez a medias.

Luego vendrá la periodista del noticiero y la interminable nota a su héroe desafortunado. Interminable también para el doctor, que aguardará el veredicto por su confesión. Cuando la cámara corte, los hermanos volverán a quedar solos. Allí Mike le impondrá a John un 20% de las ventas, un castigo mucho menos engorroso que arrestarlo junto con Peter, su futuro: 1) yerno, 2) subcomisario y 3) cobrador de «protecciones» a los dealers del aceite. Otro de sus buenos tiros al blanco. A tres… o a más: con el ingreso extra de Peter, a su hija no le va a faltar nada. Con un solo tiro acabará acertándole a cuatro blancos.

 

 

En su casa, y a mitad de la nota, las mujeres cambiarán al canal meteorológico, oirán al especialista hablar sobre el fin de la temporada de vientos y mirarán el plato con migas de Happy Cake.

—Gracias —dirá la madre, que ha sacado de la basura y escondido el medio frasco de aceite «cósmico» que quedaba. Para el próximo viaje va a estar más preparada. Anoche apenas pudo resistir tres bocados. Al cuarto tuvo que dejar la conversación espacial con su futuro yerno e irse a dormir antes de quedar dando lástima en el living.  

—Agradécele a Peter —contestará la hija, que nunca olvidará la imagen de su padre revolviéndole el placar y bailando en su habitación con el uniforme de porrista. Por suerte Peter estaba con ella y la abrazó antes de que gritara a garganta batiente.

Las mujeres sienten alivio, y no porque el ángel de Peter haya asumido la culpa de todo. Es otro alivio, en los oídos y proviene de la naturaleza: silencio. El viento ha cesado al fin. Los postigos de la ventana del living ya no gimen ni gruñen con su persistente aleteo de madera. Apenas Mike salga del hospital, ellas le pedirán que los aceite.

Germán Maretto

Creo en lo que creo

20 Respuestas

  1. miriam.bologna dice:

    Excelente cuento! Con gran habilidad descriptiva un «simple» pastel de chocolate es el disparador de una historia bien contada con personajes muy posibles. En apariencia con cierta complejidad en la lectura, solo si el lector no se centra en el meollo de la cuestión, si lo hace podrá entenderlo todo. Sin embargo esa aparente complejidad le dan al cuento el condimento que lo hace atractivo y divertido. Felicitaciones!!!

  2. Santos Ionadi dice:

    Muy buen cuento, Germán. Mucha dinámica en las acciones, por momentos noté gran cantidad de imágenes y voces superpuestas, con una agilidad y una vitalidad muy impresionantes. Muy logrado el ingrediente del humor con el trasfondo trágico del contexto social. Bien creada la atmósfera con escenas muy vitales. De lectura necesariamente pensante y concentrada.

  3. Me resultó conocido este cuento. Parece ser que sufrió modificaciones. En cuanto a esta versión, me costó seguir el hilo de la trama, el final aclara bastante. Si no lo interpreté mal su personaje principal es un comisario que se siente orgulloso de su accionar en el pueblo. Sin embargo no se entera del delito más preocupante, que es la fabricación de aceite de cannabis, del que él también fue una «víctima», al instalarlo su futuro yerno en su casa. Cuando todo se aclara de un solo tiro el comisario le da a cuatro blancos. Un cuento con muy buenas imágenes, delirante y excelentes metáforas. Muy bien retratada una sociedad que trata de llenar, y no sabe cómo, su vacío existencial. Felicitaciones.

  4. Ángela Peláez dice:

    Me gusta mucho: la situación extraña y alucinatoria, el humor ácido, irónico, el cierre con doble sentido de la palabra «aceite». Y de fondo, la imagen de la sociedad americana. Una duda:»¿la mujer dentro o adentro?»

  5. Flora dice:

    Genial! Muchísimo más claro sin llegar a lo obvio. Me gusta mucho!

  6. Pedro dice:

    Creo que con las correcciones, que vos dijiste le agregaste, ha quedado mejor, mas claro, y me parece que con mejor ritmo. Me sigue gustando.

  7. carlos dice:

    Me pareció bueno, aunque en algunos párrafos un poco confuso, lo que quizás haya sido lo deseado.
    Porqué el duro corrector no te obligó a dejar sangrías?

    • Originalmente, Carlos, este texto lleva sangría, lo que pasa es que el sistema las elimina. Es una cuestión de programación informática que al día de la fecha no logramos resolver. En cuanto a los párrafos confusos, sería muy interesante que me diga cuáles fueron. Su respuesta será de gran ayuda.

  8. Augusto dice:

    Ahora queda más clara la trama. La Lectura del inicio es más fluida. Pequeño error de tipeo: «…hasta que un sonido persistente y le hace volver…»

  9. Alicia Navarro dice:

    me parecio estupendo

  10. Muy lindo profesor. Muy moderno. Su relato me hace acordar al gran Fogwill. Psicodelico, descarnado y también humorístico. Saludos.

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