Muerte en París

Mi nombre es Roi; equivalente gallego del castellano Rodrigo, pero en francés, pronunciado algo así como «guá», significa rey. En efecto, llegaba Roi, rey de los enanos a París, huyendo de Coruña como alma que lleva el diablo. Llovía a mares; en veinte minutos aterrizaría en Orly, en una hora estaría en la pensión Royal, y en un día en el cementerio de Montparnasse, junto a la tumba de Baudelaire, recitando su Letanía a Satán.

«¡Oh, tú, que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
Engendras la Esperanza, —una loca encantadora!».

¡Oh, Satán, apiádate de mí larga miseria!

Por fin desembarqué del avión e hice contacto visual —no me digáis por qué— con una gendarme francesa bajita, regordeta y sonriente:

Monsieur, votre pièce d’identité, s’il vous plaît.

La azafata de mi vuelo le dijo algo al oído a la agente y me miraron. Sentí una gota de sudor deslizarse por mi nuca y pensé que me iba a orinar encima. «Lo sabían». La duda, como una serpiente que clavaba su veneno en mi cabeza. Había imaginado muchas formas para desaparecer en París: volando desde lo alto del Arco del Triunfo, en el fondo del Sena con Las Flores del Mal en el bolsillo…, pero no colgado de los barrotes en la cárcel de La Santé, meado y con lengua fuera».

De repente, la radio de la gendarme la reclamó en la puerta de embarque 19. La agente me devolvió el carnet y señaló al equipaje. La llamaron de nuevo. Contuve un suspiro. Me dejaba marchar.

—Disfrute de París —me dijo con esas erres tan ges que me chiflan de los franceses.

Fui al baño, eché una meada larga. Comprobé la maleta; todo seguía en su sitio.

Subí al tren. Me deleité escuchando el insolente gorgojeo francés: hasta la voz metálica que anunciaba mi parada —Saint Lazare— sonaba sugerente.

Una generosa hora después, exhausto, llegué a la pensión. Un recepcionista antipático me dio un rollo de papel higiénico, una pastilla de jabón y una toalla. Entré en la habitación mohosa; di un respingo al encontrarme con las manchas de humedad en las paredes. Me recordaron a sus caras, sus asquerosos rostros que nunca habría de ver más. «Nunca», me repetía doblando y estirando los dedos para que parara el hormigueo. Miré al techo, no estaban ya, pero oía sus voces—«¡Enano! ¡Enano|», sus risas —«Enano de mierda»— sus mofas pateándome en el pecho! Sentí que las vísceras se me deshacían y que mi cráneo se partía en dos.  Apreté los puños; me repetí siete veces que no existían; que ya no harían burla ni escarnio del bufón… Ya no. «¡Os lo merecíais!», grité. Había dejado que se desangrasen bajo la lluvia pero la hemorragia de mi alma no se detenía ni con ellos muertos. Dormía con la luz encendida desde que aquellos salvajes me encerraron en la jaula por puro placer de verme sufrir. Había vendido mi alma al diablo hacía mucho y no existía humillación a la que no accediera por dinero. Hasta el día del sótano y la jaula, del cuenco de agua y de las latas de comida para perro. No, yo no iba a ir a la cárcel. Corrí las cortinas y abrí las ventanas. Seguía ahogándome.

Pude al fin detener el pánico, pero para mantenerlo a raya toda la noche sabía que necesitaría las tres pes: priva, pastis y prostitutas. Abrí la maleta, allí estaban: la botella de whisky, diez cajas de Lorazepames, una soga y Las Flores del Mal.

Me estaba sirviendo un trago en el vaso de plástico del lavabo cuando vi en la mesilla un papelito fotocopiado en blanco y negro de una chica delgada con orejitas de conejo lamiendo una piruleta: Camile Lapine 19.

«Tú, que en el corazón de las putas enciendes
El culto por las llagas y el amor a los trapos

¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!»

Me despertó el estruendo de la lluvia en los cristales mientras París intentaba amanecer. Las ventanas no cerraban bien y entraba frío; el mismo que me invadió al ver el vacío que había dejado Camile en mi cama y en mi cartera. Eché un vistazo a los ansiolíticos. Pensé que había llegado el momento. No me interesaba la ciudad; ni siquiera quería ver la tumba de Baudelaire. Lo iba a hacer como Jim Morrison, bien de barbitúricos en la… Merde, no había bañera.

Me duché con un hilillo de agua fría; todavía tenía manchas de sangre seca en los brazos que el inútil chorro no borraba. Me acordé del Sena, crecido con la lluvia, de la soga y… de una piedra. «No, frío no; no quiero pasar frío», como el que estaba pasando en aquel cuarto de baño congelado. Fui a recepción a quejarme, pero no había nadie.

Salí a la calle a fumar un cigarro. Había amainado un poco. Un mendigo con miles de prendas superpuestas que empujaba un carrito con sus pertenencias entonaba: «Non, rien de rien, non, je ne regrette rien…». Una mujer con una boina ladeada color púrpura, un ramito de flores y un periódico se cruzó con él y continuó la canción: «Ni le bien qu`on m`a fait, ni le mal» y me miró. Obvio, sólo pude hacer una cosa: hinchar mi pecho de señor bajito y cantar con ellos:

Tout ça mést bien «iguaaaaaal».

Dábamos un poco de asco: la mujer ideal, el mendigo multicapa y yo, Roi, rey de los enanos, cantando a voz en grito por Édith Piaf, en un París perezoso que todavía no había despertado. Salió un hombre de un balcón al que solo entendí «merde» y «cochon».

Las voces del mendigo y la mujer de la boina que no se arrepentían de nada de nada se fueron alejando. Yo tampoco lamentaba ni una chispa lo que había hecho. El sol decía bon jour. Resolví que mi muerte podía esperar hasta después de desayunar, al menos. Estaba en París, que bien merecía una misa, una moza y una aventura. Una lluvia fina me acariciaba la cara y me metí en una pâtisserie de la que salía un delicioso olor a croissants recién hechos.

1 respuesta

  1. Ele a dice:

    Querida amiga:
    Tienes un talento y una imaginacion sublimes
    Quiero leerte más!!

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