Olivares y luciérnagas

Ludmila cierra los ojos y siente un hilo de viento que se cuela por una hendija de su ventana. Por un momento, le parece sentir la brisa fresca que anunciaba el otoño en su caluroso y seco Cruz del Eje natal, cuando las luciérnagas hacían sus últimos vuelos antes de desaparecer con el frío hasta el próximo verano. Con esa imagen en su mente, escribe una carta. Aprovecha que todos duermen. De nueve a tres de la tarde, ni una mosca debe volar: Raúl, su jefe, se endemonia si lo despiertan en ese intervalo. Allí aparece el único silencio del día, donde Ludmila se encuentra con sus pensamientos y puede volcar en un papel lo hermosa que es la vida en Río Gallegos, donde vive desde hace siete años. En ese escrito, dirigido a sus hermanas, habla de las bondades del sur y las oportunidades que se concretan. Las gemelas, sus hermanas menores, tenían doce cuando dejó su ciudad, y aunque nunca hubo respuesta a estas cartas, escribirles es la mejor manera de mantenerlas cerca.

Sin embargo, no es todo como ella lo escribe. Sus cartas son más una expresión de deseo, de cómo le gustaría que fuera su vida. La realidad es que desde que dejó su casa a más de 2500 kilómetros de donde ahora vive, no hace otra cosa que trabajar: paga la deuda con Patricia, su patrona, y se escapa, en esas cartas que manda hacia el silencio.

Antes de su exilio, cuando un hombre foráneo la abordó mientras vendía aceitunas en la ruta, algo le indicaba que la oferta de trabajar en la barra de un boliche de Punta Loyola, al extremo sur del país, sonaba demasiado generoso. Su madre, que falleció de un cáncer que apareció y se la llevó en seis meses cuando ella apenas tenía diez años, siempre repetía que «cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía», pero el pobre no puede darse el lujo de elegir, más si es mujer, de madre muerta, padre alcohólico y hermanas al cuidado. Claro que sospechó de ese pasaje «prestado» y de la ropa que le regalaron, pero partió igual. En ese momento, era eso o seguir cosechando aceitunas en los olivares de Cruz del Eje, pasando hambre y sin poder ayudar a nadie.

La realidad es que cuando llegó a Río Gallegos no estuvo en ninguna barra. Le compraron ropa más provocativa —más deuda—, y la pararon en la puerta de una whiskería cerca del puerto. Su trabajo consistía en atraer marineros y petroleros a este local que funcionaba en una vieja casona. Una vez que los hombres seducidos entraban, las otras mujeres —las de adentro—, se encargaban del resto. No había mucha oferta inmobiliaria en el pueblo, por eso le alquilaron una pieza arriba del local donde vivían todas juntas, las nueve mujeres que trabajaban allí: más deuda.

Al cabo de un tiempo, debía la ropa, el pasaje y el alquiler. Nadie le ordenó acostarse con los clientes, pero la mirada de sus patrones y la insistencia para que afrontara sus deudas no le dejaron —otra vez— opciones para elegir.

Tampoco podía volver a Córdoba sin nada. En realidad, ya no podía volver, punto. No tenía dinero, y no quería imaginar lo que sería tratar de huir de allí, debiéndole plata a esa gente en un lugar donde estaba absolutamente sola.

La primera vez, para disimular el miedo y por consejo de las otras, se bajó una caja de vino y probó la que sería la primera del millón de veces que tomó cocaína. Esa noche, por ser su primer «servicio», la atendieron mejor que nunca, le compraron ropa interior nueva y le regalaron un perfume. La habían reservado para el comisario del pueblo, un gordo repugnante. El obeso y bigotudo «representante de la ley» no tuvo ningún reparo en estacionar el patrullero y entrar uniformado al bar. El mensaje era claro: nadie era confiable en ese extremo del mundo.

Ese día, con ese cerdo, activó una estrategia que le permitió la cordura que la sostuvo los siguientes siete años. Facilitada por el vino y la cocaína, se disoció en un alter ego. Su nombre era Ivana, la Ivi de Cruz del Eje, pero desde esa noche, se presentó ante los hombres como Ludmila, el escudo que mantenía alejada a su «parte sana» de las atrocidades que veía y vivía. Así se mantuvo con vida; en cuerpo era Ludmila, la trola más picante de Punta Loyola, pero su mente se escapaba en las manchas de humedad del techo sobre la cama: imaginaba los olivares llenos de luciérnagas del verano cruzdelejeño, se pensaba limpia, con sus hermanas, se imaginaba Ivana, la Ivana digna sepultada.

Luego de esa primera noche, las otras, las miles que vinieron, gradualmente se hicieron más simples. No el aguantar la baba y el olor a cuerpo sucio de los pasajeros, fue más fácil drogarse, entrar en trance, escaparse hacia el techo mientras la violaban.

Así pasaron, como viento del sur, los años de 1990 a 1997. Ludmila tomó el control, y ya solo quedaba como una imagen borrosa, o en ráfagas de algún sueño ecléctico, el recuerdo de la noche anterior al día en que se fue de Córdoba; haciendo dormir a las gemelas mientras su padre tiraba botellas contra la pared en otra habitación. Así le gustaba recordarlas, ajenas a la mierda, en paz.

Una tarde más de esas de espera, mientras el ruido de las maquinitas de afeitar contra los fuentones rumoreaba por la casona, Ludmila vio desde su ventana la camioneta de Raúl salir apurada hacia el pueblo. Pensó que, seguramente, llegaba el grupo de españoles que hacía negocios con YPF por aquella época; eran un poco mas exigentes que los locales y cada vez que venían había que comprar bebida de mejor calidad.

Al anochecer, el regreso ruidoso del gordo Raúl fue seguido por los gritos de Patricia, que las convocaba a todas. Eso era extraño, dado que aún era temprano para clientes.

Cuando Ludmila bajó, en el hall central Patricia sonreía con crueldad entre dos jóvenes gemelas. Un escalofrío, propio de la incredulidad y la mezcla de alegría y estupor atravesó todo su cuerpo. Bastó una mirada para notar que esas, ya mujeres de casi veinte, altas, estilizadas, bellas, pero con la cara inocente de la gente buena del interior del interior del país, eran sus propias hermanas.

Ludmila no sabía si correr a abrazarlas o gritar y salir corriendo. Prefirió esperar, dejar que fuera el momento correcto, mientras se ocultaba detrás de otras mujeres en bata.

Patricia las presentó como recepcionistas, aunque todas sabían lo que eso significaba: la puerta de entrada. Luego de ello, dio la arenga habitual; indicó que las gemelas estarían en el ingreso al local y que el resto ya sabía lo que tenía que hacer. Las mujeres empezaron a dispersarse y fue entonces cuando Ludmila se acercó. Recién allí, a pocos metros, el reconocimiento mutuo se produjo: las mujeres descubrieron a su hermana tras la máscara de vedet cansada y se fundieron en un ovillo de abrazos y besos.

A lo lejos, Patricia las observaba con recelo. No le sorprendía que las mujeres de la noche se cruzaran en distintos sitios, lo que temía era que alguna veterana arruinara las joyas que había encontrado: dos gemelas eran su gallina de los huevos de oro.

A pesar del intento, no hubo tiempo para hablar, a Ludmila no le salió preguntar ni los cómo, ni los porqués, ni emitir una advertencia. Patricia interrumpió y se llevó a las chicas a otra habitación. Por lo pronto, le bastó saber que estaban bien, pero la aterrorizó reconocer en el futuro de ellas su propio camino recorrido.

No volvió a verlas, a las nuevas las tenían separadas. Esa noche, mientras Ludmila servía su cuerpo, ya no vio otra cosa en el techo que las caras de sus hermanas como en un espejo. Las veía ultrajadas, aguantando uno tras otro a los que ella tuvo que aguantar tanto tiempo.

Luego, cuando los de siempre se fueron del local como vampiros huyendo del sol, un viento crudo, nevoso, empezó a soplar.  Patricia organizó la limpieza y el cierre, no sin antes hacer pasar a las gemelas hacia el piso de arriba para que fueran a descansar.

Ludmila las vio de pasada subir las escaleras y alcanzó a gesticular «vayan a dormir, más tarde hablamos». Ellas sonrieron, y las perdió de vista. Luego, mientras aún limpiaba un vómito en el piso, volvió a ver a Patricia bajar del brazo de Raúl; allí, recuperó algo que él decía: «Hay que apurarlas porque el comisario las quiere ver».  

***

Ivana se quedó acostada mirando el techo. A las 11 de la mañana se levantó. Avanzó por el pasillo, las ventanas estaban cubiertas de nieve. La primera puerta entreabierta, a su izquierda, le mostró la escena de Raúl roncando boca arriba y Patricia, con sus tetas fláccidas al aire, desmayada sobre su pecho. Caminó unos pasos más hasta una puerta cerrada; no necesitaba abrirla, pero lo hizo igual. Allí estaban sus hermanas, dormidas, intactas, ajenas a lo frágil que eran sus últimas horas de dignidad. Supo que un solo ruido podía arruinarlo todo, y se limitó a mirarlas unos minutos, tratando de grabar ese cuadro, de ellas, así.

Con esa imagen, volvió al pasillo. Desenroscó uno a uno los tubos que alimentaban los tres calefactores del lugar, dejando escapar el gas siseante que fue perfumando el ambiente. Hizo lo mismo con el calefón y las hornallas de la planta baja, luego volvió a subir. Tambaleante, volvió a la pieza con sus hermanas, que estaba cubierta por una nube.

Ivana se acostó en el piso, a su lado, en silencio. Alzó la vista y, sobre el techo, aparecieron siluetas de olivares frondosos; de ellos, surgieron luciérnagas revoloteando que poco a poco bajaron y rodearon a las tres de una luz incandescente, como un sol de amanecer de otoño que las abrazó, para que finalmente pudieran descansar.

1 respuesta

  1. María Negro dice:

    Bello cuento y bello final. Aunque podía ser el inicio de una aventura mas larga 😉

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